Colombia: ante las etapas finales del acuerdo de paz con las FARC

Por Emilio Cárdenas. Publicado el 1/9/16 en: http://www.lanacion.com.ar/1933579-colombia-ante-las-etapas-finales-del-acuerdo-de-paz-con-las-farc

 

Después de 52 años de guerra civil y de cuatro años de muy difíciles negociaciones, el gobierno de Colombia y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia ( FARC ) han llegado felizmente a un acuerdo de paz que deberá ahora ser sometido -mediante un plebiscito- a la aprobación o el rechazo del pueblo colombiano, la principal víctima de medio siglo de un duro conflicto armado interno. Luego vendrá el necesario desarme integral de los insurgentes, en el que nuestro país está dispuesto a colaborar.

La región toda puede, como consecuencia de ello, haber cambiado. Mucho. No sólo ya no hay en nuestro hemisferio gobiernos militares, tampoco hay guerras civiles de alguna significación, aunque con la preocupante excepción de la actividad del denominado Ejército del Pueblo Paraguayo, grupo terrorista pequeño, que alguna vez tuvo vínculos con las FARC y que acaba de consumar un atentado con explosivos que lamentablemente dejó ocho soldados paraguayos sin vida.

En Colombia, la izquierda radical ha abandonado el camino de la violencia y presumiblemente lo reemplazará en más por el del diálogo; en Paraguay, en cambio, no es así.

Pero los países que dejan atrás los conflictos armados internos quedan lastimados y, por ende, sumergidos en la etapa de fragilidad, a veces larga, que generalmente sigue al desgraciado tiempo de la violencia en esos conflictos. Por eso los colombianos necesitan concentrarse en construir la paz y en hacerla duradera. Tarea prioritaria, que naturalmente la región toda debería apoyar.

Esa etapa, la del post-conflicto, es compleja. Pero es indispensable. Hay que atender y curar heridas profundas. Y dedicarse de lleno a la tarea de reconciliar. Lo que supone dejar atrás los odios y los resentimientos y afanarse -sinceramente- en construir el futuro, entre todos.

Lo que por cierto implica no quedarse empantanados en el pasado, sino tratar de modelar conjuntamente el futuro. La marcha es -con frecuencia- lenta, pero debe siempre ser firme. La paz no es una utopía. Es perfectamente posible. Es una realidad que, sabemos, se edifica y se alimenta desde el respeto, la verdad, la justicia y la tolerancia.

Las negociaciones del gobierno colombiano con las FARC, cabe señalar, no fueron consecuencia de una rendición incondicional de los insurgentes, sino de una oportunidad derivada esencialmente de la voluntad mutua de procurar vivir en paz. Lo que no puede perderse de vista.

No obstante, lo cierto es que el conflicto armado interno colombiano generó nada menos que unas 220.000 muertes y más de cinco millones de desplazados internos que en su momento escaparon penosamente a la violencia. Con las heridas y cicatrices consiguientes.

En Colombia, cabe apuntar, se aplicaron las Convenciones de Ginebra que, olímpicamente ignoradas en la Argentina, fueron allí tenidas honestamente en cuenta. Porque ellas disponen inequívocamente que, en los conflictos armados internos, los crímenes de lesa humanidad -de todas las partes de la contienda, por igual- deben ser reconocidos y juzgados.

Es posible que muchos piensen que el nivel de castigo pactado en el acuerdo de paz colombiano no sea ciertamente el que merecen los responsables de los aborrecibles crímenes cometidos por las FARC (como los de la masacre de 2002, en Bojayá) o por los llamados paramilitares y sientan, entonces, que el acuerdo de paz no hace justicia. Y que, por ello, de pronto se pronuncien en contra del mismo. Sin advertir que la paz, valor supremo para poder vivir civilizadamente, puede tener costos. Y que el acuerdo alcanzado también supone, entre otras cosas, discontinuar -en gran medida- una realidad muy terrible: la de tener que vivir en un país donde el narcotráfico está extendido y ha permeado en una buena parte de la sociedad colombiana, infectándola profundamente.

Eso explica quizás las inquietudes, las reservas y hasta las dudas de algunos. Como las del avezado José Miguel Vivanco, partidario ciertamente de poner fin a la violencia, quien cree que el acuerdo, por la falta de los castigos que -en justicia- pueden corresponder y que eran esperados por una sociedad malherida, puede haber debilitado la oportunidad de sumar voluntades para construir entre todos la ansiada paz sostenible. Pronto lo sabremos. Para Vivanco “castigar a criminales de guerra confesos y condenados con penas de servicio a la comunidad es grotescamente desproporcionado”. Razón por la cual sostiene que “la comunidad internacional no debería hacer la vista gorda ante esa fachada de justicia en nombre de la paz”. Todo un tema, entonces.

Habrá que esperar al pronunciamiento concreto del pueblo colombiano, que en esto tendrá la última palabra, que se pronunciará el próximo 2 de octubre, fecha prevista para el plebiscito.

Antes, las FARC realizarán en San Vicente del Caguán su Conferencia Nacional. Allí se sabrá si todos sus contingentes y elementos refrendan, o no, lo ya acordado por sus líderes. Y si alguien queda eventualmente afuera, por las razones que fueren, cuál es su verdadera dimensión.

Luego de todo ello, el Presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, y el máximo cabecilla de las FARC, Rodrigo Londoño Echeverri, firmarán solemnemente la paz tal como se han comprometido, con presencia internacional.

La enorme oportunidad de vivir en paz que se ha construido -paso a paso- en Colombia no puede dejarse pasar. El país está ahora frente a una disyuntiva histórica. Con sus más y con sus menos, ciertamente. Aunque lo cierto es que hoy, para Colombia, la paz aparece como una alternativa posible y, más aún, luce bastante cercana.

 

Emilio Cárdenas es Abogado. Realizó sus estudios de postgrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan y en las Universidades de Princeton y de California.  Es profesor del Master de Economía y Ciencias Políticas y Vice Presidente de ESEADE.

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