Burocracia asistencial y educativa

Por Gabriel Boragina: Publicado el 7/8/16 en: http://www.accionhumana.com/2016/08/burocracia-asistencial-y-educativa.html

 

“El único elemento que impide que el actual Estado Benefactor sea un absoluto desastre es precisamente la burocracia y el estigma que conlleva el recibir asistencia social. El beneficiario de la asistencia social aún se siente psíquicamente agraviado, a pesar de que esto ha disminuido en los últimos años, y tiene que enfrentar a una burocracia típicamente ineficiente, impersonal y complicada. Pero el ingreso anual garantizado, precisamente al hacer que el reparto sea eficiente, sencillo y automático, eliminará los principales obstáculos, los mayores incentivos negativos para la “función proveedora” de la beneficencia, y hará que la gente adhiera en forma masiva al reparto garantizado. Además, ahora todos considerarán al nuevo subsidio como un “derecho” automático más que como un privilegio o regalo, y todo estigma será eliminado”. [1]

Cuando Rothbard escribía lo anterior, el asistencialismo no se encontraba tan difundido (ni aceptado) en los EEUU ni en el mundo como se halla hoy. Allí, hablaba de un beneficiario del sistema que se sentía psíquicamente agraviado en su carácter de tal. En ese entonces, recibir un subsidio del estado nación era todavía oprobioso en alguna medida, pero ya en ese momento ese sentimiento había disminuido en modo considerable. Lo que impedía que el estado “benefactor” colapsara eran precisamente aquellos dos elementos: que la burocracia era “típicamente ineficiente, impersonal y complicada”, y la deshonra que en la psiquis de la gente constituía ser receptor de una dádiva del gobierno. También alude que, al momento de escribir la obra que comentamos, se estudiaba en su país implementar lo que llama “el ingreso anual garantizado”, el cual -con independencia de la mayor o menor cantidad de la gente que realmente lo precisara- tendría un carácter universal. La clave de la cuestión la encontramos en su frase: “ahora todos considerarán al nuevo subsidio como un “derecho” automático”. Se podría creer que lo que parece querer significar en esta cita, es que esta transmutación psicológica, por la cual lo que antes era pensado como “un privilegio o regalo” ahora lo es como un “derecho”, contribuiría a hacer de la “burocracia típicamente ineficiente, impersonal y complicada” lo contrario. Pero nosotros no opinamos que este sea el sentido. Más bien, interpretamos que, dado que ese subsidio podría ser distribuido por vías no burocráticas (por ejemplo, incluido -por ley- en los salarios que los empleadores pagan a sus empleados) este mecanismo aliviaría, de alguna manera, el “trabajo” de la burocracia, pero no haría mella alguna en lo “típicamente ineficiente, impersonal y complicada” inherente a ella. Y dado que la burocracia tiende a funcionar en idéntico estilo en cualquier parte del mundo (con mayores o menores variantes) y que su tendencia natural es a crecer y no a disminuir, podemos estar seguros que -en esa línea- su típica ineficiencia, impersonalidad y complicación estarán -en la misma proporción- garantizadas.

Esto sucede por los amplios objetivos y extensos campos que pretende cubrir la burocracia. Un ejemplo característico se da en el campo educativo:

“Es necesario comprender que el Estado o los políticos que lo componen no siempre tienen la razón en cuanto a la educación. Es más, para mi gusto, rara vez la burocracia gubernamental piensa acertadamente porque está bajo la influencia de factores de orden político y sus intereses; de esto hay muchos ejemplos.” [2]

Es casi una ironía hablar de los “móviles” de la burocracia, porque si hay algo que define a esta es –precisamente- su poca movilidad, y -en la mayoría de los casos- su más completa inmovilidad. Este es un resultado ineludible de la misma estructura de la burocracia y de su fuente de financiamiento. A estos se les llama pomposamente “recursos públicos” como si en verdad todo el público tuviera acceso o participación en los mismos. La realidad es muy diferente, los recursos no son de uso público, sino que son estatales aunque su fuente de financiamiento si tiene origen en el público, es decir en el de todos los ciudadanos, a los que se rotulan como “contribuyentes”, y que son expoliados sistemáticamente por vía del mecanismo fiscal que –como no podía ser de otra forma- también compone parte de la burocracia. La burocracia fiscal es entonces aquella parte del estado nación encargada de expoliar al resto de los ciudadanos de sus recursos con el objeto de costear la vida y empleos de esos mismos burócratas fiscales, y estos -a su turno- redistribuir el saldo de los tributos percibidos para poder hacer lo propio con los demás sectores de la burocracia. Incluida, por supuesto, la burocracia educativa:

“…hay que reconocer que nuestro sistema educativo gubernamental es muy reacio a los cambios. Cualquier reforma que se quiere implantar en educación pública desata reacciones violentas. La burocracia educativa se ha acostumbrado a cobrar sin trabajar, sin que nadie le pida cuentas y a vivir sin riesgos. Prefiere un salario flaco pero seguro y de por vida. Esta burocracia educativa ni siquiera se muestra preocupada por incorporar las nuevas tecnologías y métodos de enseñanza. Han transformado a las universidades en centros de simulación donde unos hacen como que enseñan, otros hacen como que aprenden y al final toda la sociedad pierde.” [3]

Claro que este problema, que bien describe el Dr. Mercado Reyes, no es privativo ni exclusivo de la burocracia educativa, sino que se extiende a la burocracia como un todo. Si sus ingresos provienen de los impuestos que pagamos por vía de la fuerza estatal, sin necesidad que los burócratas nos ofrezcan ningún servicio a cambio por ello, es un resultado casi obligado que no habrá ningún tipo de incentivos para trabajar o cosa semejante. Es, en cambio, cuando aparece el simulacro de “trabajar”, espectáculo con el que tanta frecuencia nos topamos quienes hemos de acudir a la burocracia para poder hacer cada vez más cosas para las cuales la burocracia no debería ser en absoluto necesaria.

[1] Murray N. Rothbard. For a New Liberty: The Libertarian Manifesto. (ISBN 13: 9780020746904). Pág. 197-198

[2] Santos Mercado Reyes. El fin de la educación pública. México. Pág. 7

[3] Mercado Reyes. S. El fin…ob. cit. Pág. 18

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

Post a comment or leave a trackback: Trackback URL.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: