Dante Alighieri

Por Israel Lotersztain.

 

Todo indica que llegó a Ravena en torno al comienzo del año 1310. Tenía unos 45 años, pero los que lo conocieron por entonces coincidían en que parecía muchísimo más viejo, un anciano, incluso para una época en que se envejecía muy rápidamente. Es que su vida había resultado terriblemente dura, azotada por un inimaginable cúmulo de conflictos y sinsabores. Sin embargo ya era reconocido en toda la península como un valioso escritor, por lo que la ciudad costera le brindó un cálido reconocimiento. Y allí, con esa tranquilidad duramente alcanzada luego de una azarosa existencia, pudo finalmente dedicarse a culminar una gran obra que había meditado y probablemente iniciado algunos años antes.

Esa obra en cierta manera daba forma poética a su voluntad de reencontrarse, a través de la literatura, con la que había sido la gran pasión de su vida, la hermosa Beatrice, quien murió cuando ambos tenían tan solo 25 años.  Y el dolor provocado por esa temprana desaparición fue de tal magnitud que el florentino jamás pudo reponerse. Ese reencuentro con su amada, reencuentro que habría de posibilitar la maravilla del arte a través de la poesía, implicaba en su imaginación un peligroso viaje al mundo del Mas Allá. Al Universo donde reina la Muerte, un mundo en el que él, atravesando bajo la guía del poeta Virgilio el Infierno y el Purgatorio, alcanzaría finalmente el Paraíso donde se reuniría para siempre con el amor de su juventud.

Poco antes de morir culminó su obra. Y como el final resultaba feliz por expresarse a través de su unión en el Paraíso con Beatrice, la tituló: “La Comedia”. La inmediata posteridad, sea por la temática de la misma, o quizá porque rápidamente comprendió la grandeza de la obra del florentino, le agregó a ese título la calificación de “Divina”. Y así ella fue, desde entonces y para siempre, “La Divina Comedia”, esa inmortal creación de Dante Alighieri. Una creación fabulosa, sin duda alguna. No solo la obra literaria mas importante de la Edad Media, no solo la base del hermosísimo idioma italiano, no solo un punto de partida insoslayable para la literatura de los siglos por venir. Es además una de esas creaciones insólitas, cuya relectura siete siglos mas tarde sigue teniendo para nosotros una actualidad inaudita, acompañada de la certeza de que dentro de otros siete siglos esa actualidad seguirá persistiendo.

 

Por eso no es para nada casual que un joven fiscal italiano, el Dr. Antonio Di Pietro, al encabezar un famoso proceso denominado “Mani pulite”, utilizara reiteradamente en sus alegatos las alusiones al Dante. Un proceso que, como puede recordarse, bruscamente barrió del mapa italiano a toda una clase política. Una clase que sin embargo había resultado extremadamente exitosa, ya que había conducido a una Italia desde su estado de postración a fines de la Segunda Guerra Mundial hasta transformarla en una de las primeras potencias económicas del planeta. Pero se trataba de una clase política totalmente corrupta, en un nivel tal que se había vuelto insoportable para el pueblo italiano.

 

¿Y que decía Di Pietro en sus alegatos? El fiscal recordaba de que manera estaba construido el Infierno para el Dante: una serie de Círculos que se hundían cada vez más acercándose a Satanás. Y cuanto mayor fuera la magnitud del pecado, mas profundo se ubicaba el Círculo donde se castigaba a los pecadores, y peor el castigo. En el último, destrozados por las garras del mismísimo Señor de las Tinieblas, se torturaba a los grandes traidores: Judas Iscariote, Casio y Bruto que traicionaron a Cesar. Pero tan solo un Círculo por encima de lo más profundo, y en un lugar mucho peor aún que el correspondiente a los asesinos, los parricidas, los herejes, los ladrones, los adúlteros, el Dante ubicaba al infierno de los corruptos. Es que para él era evidente que la corrupción constituía un pecado muchísimo mas grave y mas abominable que cualquiera de los anteriores.

 

¿Y como describía a los corruptos en su Infierno? Los contemplaba inmersos en un río de brea o alquitrán, un río interminable mezclado con mugre y suciedad de todo tipo. En ese río siniestro los corruptos se movían frenéticamente, con insólita actividad, hacia un lado y hacia el otro, hacia arriba y hacia abajo, procurando entre otras cosas escapar al castigo de los demonios. ¡Cuán interesante, profunda y sobre todo perspicaz la descripción del Dante! Ya que su visión de la corrupción implicaba, como hoy sabemos muy acertadamente, varias características simultáneas. Por un lado actividad: los corruptos no cesan de moverse, de actuar. Por el otro oscuridad y disimulo, la brea cubre todo e impide ver lo que están haciendo, para ellos la opacidad es esencial. A eso se suma la viscosidad, lo untuoso… la brea es además pegajosa y maloliente. Y por último la suciedad, la mugre insoportable y total.

 

¿Y cómo es descripto el castigo? En ese infierno del Dante los demonios encargados del mismo pescan con enormes ganchos a los corruptos pese a sus esfuerzos por escapar y los destrozan con todo tipo de instrumentos torturantes, sin atender a súplicas de piedad. Pero los pedazos se vuelven a rearmar y el proceso recomienza eternamente. Y cuenta además el poema (que nos muestra a un Dante desenfrenado con ellos) que los peores corruptos son arrastrados por el río de alquitrán hasta unos campos de hielo en los que reina un frío infinito, y en los cuales un viento infernal quiebra sus cuerpos congelados hasta hacerlos saltar en mil pedazos, cuerpos que vuelven a recomponerse para seguir recibiendo el dolor y el castigo eternos.

 

Está mas o menos aceptado que las reglas de la profesión del historiador implican que éste debe tener con respecto a la corrupción una actitud mucho mas fría, más profesional que la del Dante, y por sobre todo no debe dejarse atrapar por exaltaciones como las que vimos caracterizaban al temperamental florentino. Y pese a lo difícil que por momentos pueda resultarle (especialmente si se trata de un historiador argentino), debe abstenerse de enunciar cualquier tipo de juicios de valor, debe calmar su irritación con ciertos protagonistas, y por sobre todo no debe formular pedidos de algún tipo de castigo póstumo, y menos aún descargar rencores si algún personaje objeto o no de su estudio o de su conocimiento aún está con vida. Está claro que él no es un fiscal como Di Pietro y aparentemente su serenidad es indispensable para comprender nuestra historia (y nuestro presente), pese a que con tal actitud corre el riesgo de que el propio Dante, quizá, lo hubiera caracterizado muy duramente. Es que probablemente uno de los fragmentos mas sublimes de la Divina Comedia lo constituye la descripción de la entrada al Infierno. El poeta comprueba allí que un número enorme de almas vaga sin destino, sin alejarse de su entrada pero sin penetrar en él. Recuérdese que de acuerdo a la teología medioeval era dual el posible destino de las almas: el Infierno para los pecadores, el Paraíso para los demás, sea directamente, sea pasando previamente por las angustias del Purgatorio.

 

¿Pero esas almas sin destino, a que tipo de personas corresponden? Virgilio se lo explica al Dante brillantemente: son las almas de aquellos hombres que jamás se jugaron, de los indiferentes y de los tibios. Aquellos seres especiales “que vivieron sin escándalos pero también sin honor. Los pusilánimes, los incapaces de asumir responsabilidad alguna, ni para sí mismos ni para los demás. A tan mezquinos individuos el Cielo no los quiso, pero tampoco el Infierno los ha aceptado”.

 

¿Será este el destino reservado a la tibieza de algunos historiadores?

 

Israel Lotersztain es Dr. en Historia Universidad Nacional de General Sarmiento. Participa de un proyecto de investigación sobre corrupción bancaria en ESEADE.

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