Capitalismo, intervencionismo y socialismo

Por Gabriel Boragina. Publicado el 26/6/16 en: http://www.accionhumana.com/2016/06/capitalismo-intervencionismo-y.html

 

El capitalismo (del que ya nos hemos ocupado extensamente en muchas otras partes) dominó en esencia un periodo muy breve en la historia de la humanidad, que estuvo comprendido aproxidamenente desde fines del siglo XVIII a comienzos del siglo XX, aunque geográficamente -y siempre dentro de este lapso temporal- tampoco se dio en todos los países del mundo. Algunos autores suelen denominar al fenómeno que tuvo lugar en dicha época con el rótulo (bastante cuestionable) de “capitalismo sin trabas”. Territorialmente se localizó especialmente en Gran Bretaña y en los EEUU. Su punto de partida también recibe el nombre de Revolución Industrial, con particular epicentro en el Reino Unido. Puede decirse, sin lugar a dudas, que fue la época de mayor desarrollo y esplendor de la civilización, a partir de la cual el progreso se multiplicó exponencialmente, al tiempo que se reducían abruptamente las tasas de mortandad, y crecía de manera espectacular el nivel de vida de todas las poblaciones que recibían sus beneficios. Lamentablemente, como se observa, tal periodo de tan magníficos y espectaculares avances y conquistas sociales, no se prolongó demasiado allá en el tiempo, y más temprano que tarde comenzaron a aparecer sus adversarios fruto de la incomprensión del suceso que tenían a la vista en algunos casos y -en otros- nacidos de la envidia que producía el ascenso de las masas a niveles de vida que no se habían conocido nunca antes en la historia mundial. El principal enemigo de tan colosal movimiento económico fue -sin lugar a dudas- Karl Marx. A partir de fines del siglo XIX y principios del XX tuvo su aparición un nuevo fenómeno político-económico que vino a reemplazar al capitalismo hasta entonces vigente, el intervencionismo:

“El capitalismo sin trabas ha dado paso a un nuevo período histórico, a nuestro propio período de intervencionismo político, de injerencia económica por parte del Estado. El intervencionismo ha adquirido diversas formas: tenemos la variedad rusa, la forma fascista del totalitarismo, y el intervencionismo democrático de Inglaterra, Estados Unidos y de las llamadas «democracias menores” con Suecia a la cabeza, donde la tecnología de la intervención democrática ha alcanzado hasta ahora su nivel más elevado. La evolución que condujo a este intervencionismo se inició en la época de Marx, con la legislación británica para las fábricas. Sus primeros pasos decisivos tuvieron lugar con la introducción de la semana de 48 horas y, más tarde, con la introducción del seguro contra la desocupación y otras formas de seguro social.”[1]

El “capitalismo sin trabas” -fruto involuntario de la evolución de las ideas de un grupo de pensadores en su mayoría británicos, y que con Adam Smith entre sus principales representantes, dieron posteriormente lugar a la llamada Escuela de Manchester– representaba un amenaza cierta a los intereses de las clases políticas dominantes y sus escuelas demagógicas que le daban sustento. La libertad de contratación y el respeto a la propiedad privada a ultranza (que fueron los pilares mantenidos por esos pensadores y en los que se fundamentó el capitalismo) representaban en los hechos una menor cuantía de ingresos transferidos desde los particulares a las burocracias gubernamentales, fueran estas del color político que fueran. Los soberanos políticos perdían con el capitalismo el prestigio que les daba el intervencionismo e, incluso antes, el absolutismo. y que tenía a los estados-nación como únicos dadores de prosperidad y seguridad a la población. De alguna manera, el intervencionismo daba aliento a las burocracias mundiales para que recuperaran el papel protagónico que habían tenido históricamente, y resultaba -de tal suerte- de alguna manera lógico para tales burocracias que declararan al capitalismo como “el enemigo a combatir y a vencer”. No obstante, existen quienes se empecinan en decir que el sistema económico actual es “capitalista” cuando esto de ningún modo es así:

“Resulta patente, al primer vistazo, lo absurdo de identificar el sistema económico prevaleciente en las democracias modernas con el sistema del «capitalismo» marxista, sobre todo si se lo compara con el programa de diez puntos de la revolución comunista. Si se pasan por alto los puntos de menor significación de este programa (por ejemplo, el «4: Confiscación de los bienes de todos los emigrados y rebeldes»), puede decirse que en las democracias ya han sido puestos en práctica la mayor parte de estos puntos, o bien completamente o, en todo caso, en una medida considerable; y junto con ellos, una cantidad de pasos importantes hacia una mayor seguridad social que Marx ni siquiera había soñado.”[2]

En otras palabras, resulta más que claro que la gran suma de los diez puntos del Manifiesto Comunista de Marx y Engels han sido adoptados por la gran mayoría de los países del mundo, sin bien en distintos grados y proporciones. Pero ello, nos acerca más a un mundo moldeado mas a la forma del sistema comunista (ideado por aquellos dos personajes antes mencionados) que a nada parecido a un “capitalismo” véaselo de la manera que se lo quiera ver. El mundo ha ido encaminándose, desde los comienzos del siglo pasado, hacia la realización del programa marxista y no al revés. Si la humanidad aun progresa y se desarrolla es porque en pequeñas dosis se mantiene un capitalismo residual, que donde surge conserva la potencia de aquel otrora “capitalismo sin trabas” hoy -sin duda- desaparecido de cualquier lugar del planeta. En cuanto al marxismo mundial:

“Sólo mencionaremos los siguientes puntos de su programa: 2. Un fuerte impuesto gradual y progresivo a los réditos. (Llevado a cabo.) 3. Abolición de todo derecho de herencia. (Cumplido en gran medida, mediante los fuertes gravámenes impuestos a la herencia. Si ha de desearse más de lo ya alcanzado es, en todo caso, dudoso.) 6. Control central por parte del Estado de los medios de comunicación y transporte. (Por razones militares, esto se llevó a cabo en Europa central antes de la guerra de 1914, sin resultados muy beneficiosos. También ha sido alcanzado por la mayoría de las democracias menores.) 7. Aumento del número y magnitud de las fábricas e instrumentos de producción pertenecientes al Estado… (Cumplido en las democracias menores; si esto es siempre beneficioso o no, puede ponerse, en todo caso, en tela de juicio.) 10. Educación libre para todos los niños en escuelas públicas (esto es, del Estado). Abolición del trabajo de los niños en las fábricas de la forma actual… (La primera exigencia se ha cumplido en las democracias menores y, en cierta medida, prácticamente en todo el mundo; la segunda se ha realizado con creces.)”[3]

[1] K. R. Popper. La sociedad abierta y sus enemigos. Paidos. Surcos 20. pág. 355-356

[2] K. R. Popper (ídem) pág. 355-356

[3] K. R. Popper (ídem) pág. 355-356

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

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