JESUCRISTO, BERGOGLIO Y BONAFINI.

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 22/5/16 en: http://gzanotti.blogspot.com.ar/2016/05/jesucristo-bergoglio-y-bonafini.html

 

La noticia de una eventual visita de Hebe de Bonafini a Bergoglio ha despertado ya una gran polémica. Para no ser menos y contribuir a la confusión reinante, vamos a hacer algunas reflexiones sobre el tema.

Ante todo, vamos a analizar lo que van a decir los defensores de Bergoglio. Que él hace lo que hace Jesucristo, que se reunía con todos y estaba con todos.

Veamos, pues, los casos más importantes de visitas de grandes personajes de la farándula política de entonces al Vaticano de Jesucristo.

Ante todo, la parábola de la oveja perdida:

“Muchos recaudadores de impuestos y pecadores se acercaban a Jesús para oírlo, de modo que los fariseos y los maestros de la ley se pusieron a murmurar: «Este hombre recibe a los pecadores y come con ellos.» Él entonces les contó esta parábola: «Supongamos que uno de ustedes tiene cien ovejas y pierde una de ellas. ¿No deja las noventa y nueve en el campo, y va en busca de la oveja perdida hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, lleno de alegría la carga en los hombros  y vuelve a la casa. Al llegar, reúne a sus amigos y vecinos, y les dice: “Alégrense conmigo; ya encontré la oveja que se me había perdido.” Les digo que así es también en el cielo: habrá más alegría por un solo pecador que se arrepienta, que por noventa y nueve justos que no necesitan arrepentirse.”

Como vemos, la oveja está perdida, es el pecador que se arrepiente.

Veamos ahora el caso de Jusucristo comiendo con pecadores y recaudadores de impuestos:

“Al ver los escribas de los fariseos que El comía con pecadores y recaudadores de impuestos, decían a sus discípulos: ¿Por qué El come y bebe con recaudadores de impuestos y pecadores? Al oír esto, Jesús les dijo: Los que están sanos no tienen necesidad de médico, sino los que están enfermos; no he venido a llamar a justos, sino a pecadores.”

Es claro que Juscristo tiene claro que come con pecadores, a lo cual se agrega, como si fuera equivalente –qué interesante- la categoría de recaudadores de impuestos. El come con enfermos que tiene que sanar, o sea con pecadores. Jesucristo considera pecadores a sus comensales, pecadores para los cuales él es fuente de redención.

El caso del hijo pródigo también es claro en ese sentido:  “Un hombre tenía dos hijos.  El más joven le dijo: ‘Padre, dame la parte de la herencia que me corresponde.’ Y el padre repartió los bienes entre ellos.  Pocos días después, el hijo menor vendió su parte y se marchó lejos, a otro país, donde todo lo derrochó viviendo de manera desenfrenada. Cuando ya no le quedaba nada, vino sobre aquella tierra una época de hambre terrible y él comenzó a pasar necesidad.  Fue a pedirle trabajo a uno del lugar, que le mandó a sus campos a cuidar cerdos. Y él deseaba llenar el estómago de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie se las daba. Al fin se puso a pensar: ‘¡Cuántos trabajadores en la casa de mi padre tienen comida de sobra, mientras que aquí yo me muero de hambre! Volveré a la casa de mi padre y le diré: Padre, he pecado contra Dios y contra ti,  y ya no merezco llamarme tu hijo: trátame como a uno de tus trabajadores.’ Así que se puso en camino y regresó a casa de su padre. Todavía estaba lejos, cuando su padre le vio; y sintiendo compasión de él corrió a su encuentro y le recibió con abrazos y besos.  El hijo le dijo: ‘Padre, he pecado contra Dios y contra ti, y ya no merezco llamarme tu hijo.’ Pero el padre ordenó a sus criados: ‘Sacad en seguida las mejores ropas y vestidlo; ponedle también un anillo en el dedo y sandalias en los pies. Traed el becerro cebado y matadlo. ¡Vamos a comer y a hacer fiesta,  porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a vivir; se había perdido y le hemos encontrado!’ Y comenzaron, pues, a hacer fiesta”.

Nuevamente parece claro que el hijo pródigo tiene claro que ha pecado contra el cielo y contra su padre, se reconoce pecador y vuelve implorando, curiosamente, justicia, y se encuentra en cambio con la misericordia de su padre. Es más, por ese pecador arrependito hay una fiesta, que produce celos a quien supuestamente no era pecador.

Lo mismo sucede con el fariseo y el publicano:

“….Dos hombres subieron al templo a orar: uno era fariseo, y el otro publicano. El fariseo, puesto en pie, oraba consigo mismo de esta manera: Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano; ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que gano. Mas el publicano, estando lejos, no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios, sé propicio a mí, pecador. Os digo que éste descendió a su casa justificado antes que el otro; porque cualquiera que se enaltece, será humillado; y el que se humilla será enaltecido.

Es claro que será enaltecido quien se reconoce como pecador, no el que NO reconoce sus pecados.

 

Lo mismo con el famoso Zaqueo: “…….. Jesús entró en Jericó. Allí vivía Zaqueo, un hombre muy rico que era jefe de los cobradores de impuestos. Zaqueo salió a la calle para conocer a Jesús, pero no podía verlo, pues era muy bajito y había mucha gente delante de él.  Entonces corrió a un lugar por donde Jesús tenía que pasar y, para poder verlo, se subió a un árbol de higos. Cuando Jesús pasó por allí, miró hacia arriba y le dijo: «Zaqueo, bájate ahora mismo, porque quiero hospedarme en tu casa.»  Zaqueo bajó enseguida, y con mucha alegría recibió en su casa a Jesús. Cuando la gente vio lo que había pasado, empezó a criticar a Jesús y a decir: «¿Cómo se le ocurre ir a la casa de ese hombre tan malo?» Después de la comida, Zaqueo se levantó y le dijo a Jesús: Señor, voy a dar a los pobres la mitad de todo lo que tengo. Y si he robado algo, devolveré cuatro veces esa cantidad. Jesús le respondió: Desde hoy, tú y tu familia son salvos, pues eres un verdadero descendiente de Abraham. Yo, el Hijo del hombre, he venido para buscar y salvar a los que viven alejados de Dios.”

Es evidente que la salvación de Zaqueo y su familia viene de su cambio de actitud, de su verdadera conversión, o sea, nuevamente, de reconocerse como pecador ante Jesús.

El caso del diálogo con la samaritana es igual: “…Vino una mujer de Samaria a sacar agua; y Jesús le dijo: Dame de beber. Pues sus discípulos habían ido a la ciudad a comprar de comer. La mujer samaritana le dijo: ¿Cómo tú, siendo judío, me pides a mí de beber, que soy mujer samaritana? Porque judíos y samaritanos no se tratan entre sí. Respondió Jesús y le dijo: Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber; tú le pedirías, y él te daría agua viva. La mujer le dijo: Señor, no tienes con qué sacarla, y el pozo es hondo. ¿De dónde, pues, tienes el agua viva? ¿Acaso eres tú mayor que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, del cual bebieron él, sus hijos y sus ganados? Respondió Jesús y le dijo: Cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed; mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna. La mujer le dijo: Señor, dame esa agua, para que no tenga yo sed, ni venga aquí a sacarla. Jesús le dijo: Ve, llama a tu marido, y ven acá. Respondió la mujer y dijo: No tengo marido. Jesús le dijo: Bien has dicho: No tengo marido; porque cinco maridos has tenido, y el que ahora tienes no es tu marido; esto has dicho con verdad. Le dijo la mujer: Señor, me parece que tú eres profeta. Nuestros padres adoraron en este monte, y vosotros decís que en Jerusalén es el lugar donde se debe adorar. Jesús le dijo: Mujer, créeme, que la hora viene cuando ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis lo que no sabéis; nosotros adoramos lo que sabemos; porque la salvación viene de los judíos. Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren. Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren. Le dijo la mujer: Sé que ha de venir el Mesías, llamado el Cristo; cuando él venga nos declarará todas las cosas. Jesús le dijo: Yo soy, el que habla contigo.”

Este caso es muy particular, porque mujer reconoce a Cristo como profeta luego que este último le desnuda ante ella su vida interior. La mujer no defiende su estilo de vida, sino que reconoce que hay un salvador que habrá de venir, ante lo cual –dichosa ella- responde Cristo: “Yo soy, el que habla contigo…”.

Y, finalmente, la mujer adúltera: “…los escribas y los fariseos le trajeron una mujer sorprendida en adulterio; y poniéndola en medio, le dijeron: Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en el acto mismo de adulterio. Y en la ley nos mandó Moisés apedrear a tales mujeres. Tú, pues, ¿qué dices? Mas esto decían tentándole, para poder acusarle. Pero Jesús, inclinado hacia el suelo, escribía en tierra con el dedo.  Y como insistieran en preguntarle, se enderezó y les dijo: El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella. E inclinándose de nuevo hacia el suelo, siguió escribiendo en tierra. Pero ellos, al oír esto, acusados por su conciencia, salían uno a uno, comenzando desde los más viejos hasta los postreros; y quedó solo Jesús, y la mujer que estaba en medio. Enderezándose Jesús, y no viendo a nadie sino a la mujer, le dijo: Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te condenó? Ella dijo: Ninguno, Señor. Entonces Jesús le dijo: Ni yo te condeno; vete, y no peques más”.

De vuelta, lo mismo: este memorable ejemplo de sabiduría y misericordia termina con esta expresión: “ve y no peques más”. Jesucristo, primero, ha negado autoridad moral a los condenadores, y él mismo, que sí la tenía, la convirte en misericordia, la cual no niega, sino que requiere conceptualmente, el pecado cometido.

En todas estas parábolas y episodios, encontramos varias cosas que siempre se cumplen. La primera y fundamental es que Cristo se reúne con pecadores que se reconocen como tales. Su misericordia es concomitante a la verdad: la verdad de su condición de pecadores y la verdad de su condición de redentor. Porque, a su vez, él siempre se presenta como lo que es, lo que él va revelando hasta el último momento en el que habla por la cruz: que él es Cristo, el Mesías, el Hijo de Dios Vivo, el Redentor, el que ha venido a salvar, no a condenar, ante el cual, por ende, no vale presentarse sino como arrepentido, y por eso el publicano es exaltado y el fariseo es humillado, y por eso Cristo se enoja con los hipócritas pero no con los que reconocen sinceramente su pecado.

La “imitación de Cristo” en este tema tiene, para nosotros, los sólo humanos, características especiales. Primero, en una sociedad con libertad religiosa y laicidad de estado, los católicos estamos acostumbrados a convivir con personas de diferentes credos y actitudes vitales, ante los cuales mostramos siempre nuestro corazón abierto a la amistad. NO como táctica, no como proselitismo, sino por la amistad por la amistad misma, porque el amor del cristiano a los demás es incondicional. Ello implica, sí, que si el otro se abre al diálogo de su intimidad, entonces, con ese permiso para aterrizar en delicada pista, sí podemos hablar de nuestra Fe, pero la prédica de nuestra Fe no es condición para la amistad.

Ello implica que convivimos con toda sencillez y sin ninguna táctica con personas cuyo estilo de vida  es contrario a nuestra Fe, sin que ello signifique aprobación o indiferencia, sino sencillamente respetar la conciencia del otro y saber que nunca la Fe puede imponerse por la fuerza, ni física ni lingüística. Y saber, además –esto es fundamental- que conforme al propio Cristo NO debemos, ninguno de nosotros, juzgar la conciencia subjetiva del otro.

Ahora bien, hay convivencias y convivencias. Aún con toda nuestra amistad y con todo nuestro corazón abierto al otro, hay convivencias que, según ciertas circunstancias, pueden resultar en ocación de escándalo para los demás. Yo no puedo ir a un bar conocido públicamente como de cierta clase de costumbres como si nada, aunque sí pueda ir en carácter de médico, de psicologo o de sacerdote, y ello en principio tiene que estar claro para los demás, excepto circunstancias heoricas donde uno deba sacrificar el propio nombre.

Di un ejemplo, nada más, de una norma general, cuya aplicación es prudencial y por lo demás no podemos en este momento hacer casuística. Pero como vemos nunca fue el caso de Jesucristo, donde nunca hubo confusión alguna.

Por lo demás, los jefes de estado, actualmente, se ven obligados, por la propia naturaleza del cargo, a hacer diplomacia, y tiene que encontrarse muchas veces, para evitar un mal menor, con verdaderos tiranuelos psicopáticos ante quienes lo mejor sería absolutamente huir o callar, como Jesús ante Herodes, com quien, recordemos, Jesús NO dialogó. Pero lo que hacen se explica por su función.

Ahora bien, hace décadas que el Pontífice es Jefe de Estado. Por lo tanto debe hacer diplomacia y encontrarse con embajadores, presidentes, etc. Qué horror. Hace rato que escribí que el Estado del Vaticano, en nombre precisamente de Jesucristo, el Pontificado y la Iglesia Católica, debería ser sencillamente eliminado. ¿Lo ven a Jesucristo haciendo diplomacia? ¿Dando un discurso de bienvenida a Herodes? ¿Teniendo largas conversaciones con Pilatos sobre la política internacional romana? ¿Dónde está, en la diplomacia, la imitación de Cristo?

Pero no volvamos ahora a ese debate. Comprendamos a los pontífices que han tenido que tragarse algunos sapos por esa función. Juan Pablo II recibió a Arafat. Posiblemente estaba convencido de que hacía bien. Podríamos seguir dando lindos ejemplos de algo que es humano damasiado humano….

Pero ello implica, necesariamente, estar en el medio de la línea del escándalo, según sean nuestras lecturas políticas de la realidad social. O sea, esa función diplomática de los pontífices los pone en el centro de obvios debates que necesariamente se van a dar, según el personaje en cuestión sea más o menos pasable para los diversos interesados en la cuestión.

De todos modos hay una distinción que me resulta extraña. No he visto a ningún pontífice reunirse con el Director de Abortos Mundiales, o con el Jefe de Abusadores Unidos de Niños, o con el Director de la Oficina Mundial de Corruptos. En esos casos parece haber un línite. Sin embargo sí se han reunido con líderes que han hecho del asesinato su modus operandi habitual. Con  ello han cruzado una línea peligrosa que, si no existiera el Estado del Vaticano, no debería haber sido cruzada nunca.

Por lo tanto los pontífices eligen, en esos casos –dije en esos casos- con quién reunirse y con quién no según sus particulares opiniones políticas del momento. Pueden haber tenido razón o no, pero no es una cuestión de dogma, ni de caridad ni nada por el estilo. A Juan Pablo II le gustaba la política. Se reunió con Reagan para hacer alianza ante los soviéticos. Pudo haber estado muy bien. Pero era una función ajena a la naturaleza misma de la Iglesia, que es más bien denuncia profética y martirio.

Por lo tanto, en la reunión de un pontífice actual con “alguien” hay un mensaje. Siempre hay un mensaje. Puede ser la misericordia. Pero puede ser también que considere que el “alguien” en cuestión NO está detrás de la línea que ellos consideran in-franqueable incluso por razones diplomáticas.

Hebe de Bonafini, ¿en qué lugar de la lína se encuentra? Si Bergoglio la recibe, es obvio que en el “más acá”, o sea en aquellos que, a pesar de sus defectos, “pueden pasar”, porque NO serían ocasión de escándalo públco.

Y ese es el debate en el que necesariamente se introduce todo sumo pontífice cuando recibe a cualquiera en el actual estado del vaticano.

Dabate, esto es, un tema que no es de Fe. Para mi, Hebe de Bonafini es el símbolo de la reivindicación de la violencia y la crueldad de la guerrilla marxista, de la hipocresía y la mentira en la defensa de los derechos humanos, de la indefendible defensa de Irán y el ataque a las torres gemelas, del atropello total a las instituciones republicanas, del robo y la corrupción en sus propias instituciones, etc.

Pero todo eso, para Bergoglio, no parece estar en la línea de los abusadores de niños, las clinicas abortitas o los corruptos. Parace ser una mera cuestión política perdonable en aras del diálogo, la conciliación, etc.

Pero él tiene que saber que para muchos argentinos Hebe de Bonafini es el símbolo de la violencia hecha política, y que por más pontífice que él sea, no sólo no vamos a cambiar de opinión sino que nos vamos a escandalizar mucho más. Y que si la quiere recibir, que sea él en su condición de sacerdote y ella en su condición de ser humano pecador. O sea, en el confesionario. No hay otro lugar.

Por lo tanto no me vengan con la misericordia porque como ven no se trata de eso. Tampoco me vengan con Jesucristo que como vemos recibía y estaba con todos los pecadores en función de tales. No me vengan con Jesucristo, dos, porque como ven Jesucristo no hacía diplomacia, ni jugaba a la política ni creo que la politiquería argentina hubiera invadido su santo territorio.

“……..¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!, porque sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera lucen hermosos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia.”

Eso sí es Jesucristo.

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación.

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