Las inconsecuencias del “capitalismo de estado”

Por Gabriel Boragina. Publicado el 14/5/16 en:  http://www.accionhumana.com/2016/05/las-inconsecuencias-del-capitalismo-de.html

 

Como ya dijéramos en otras ocasiones, la expresión “capitalismo de estado” se hecho más frecuente que la de socialismo, según L. v. Mises con el objetivo deliberado de encubrir a este último sistema y, con ello, simular sus notorios defectos. Pero, en esencia, no hay que llamarse a engaño y creer que el “capitalismo de estado” sería algo diferente al socialismo, aunque no faltan autores que hacen ciertas distinciones y que acercan más la fórmula “capitalismo de estado” a lo que L. v. Mises ha denominado intervencionismo. No obstante -y desde nuestro propio punto de vista- hemos de coincidir con el maestro austriaco en cuanto a que lo que se describe como tal no es ninguna otra cosa que un nombre un poco más “elaborado” para renombrar a lo que siempre se ha conocido como socialismo liso y llano.

“En el capitalismo de Estado más inexorablemente que en sistemas sociales más abiertos, una cosa lleva a la otra, y cuando se elimina una inconsecuencia, aparecen otras que a su vez reclaman su eliminación. La sección final y futurista de este libro («En la plantación») versa sobre la lógica de un Estado que posee todo el capital, necesitando poseer también a sus trabajadores. Los mercados de trabajo y bienes, la soberanía del consumidor, el dinero, los empleados-ciudadanos que votan con los pies son elementos extraños que estorban a algunos objetivos del capitalismo de Estado. En la medida en que se relacionan con él, el sistema social llega a incorporar algunas características del viejo Sur paternalista.”[1]

Por otra parte, si se aceptara la existencia de un “capitalismo de estado”, ello nos llevaría forzosamente a la necesidad de distinguirlo de un capitalismo privado, con lo cual se crearía una categoría que -a renglón seguido- daría lugar a otras y así sucesivamente. Ya hemos dado en varias partes razones que creemos suficientes como para estar convencidos que recurrir al neologismo capitalismo privado no consiste en otra cosa más que en una redundancia, que no hace más que generar confusión y la necesidad de entrar en recurrentes aclaraciones respecto de qué se está hablando cuando se lo hace naturalmente del capitalismo. Hemos sido pertinaces en cuanto a que si queremos tener en claro qué es el capitalismo debemos separarlo necesariamente de toda connotación estatal. El capitalismo es un sistema económico que, como tal, no puede funcionar adecuadamente si el estado-nación lo interfiere y –lógicamente- si termina anulándolo.

“El pueblo tiene que convertirse en esclavos mobiliarios en aspectos relevantes. No poseen, sino que deben su trabajo. No hay «desempleo», los bienes públicos son relativamente muy abundantes, y los «bienes de mérito» como alimentación sana o discos de Bach, baratos, mientras que los salarios son poco más que calderilla según los niveles medios del mundo exterior. El pueblo tiene su ración de vivienda y transporte público, atención sanitaria, educación, cultura y seguridad en especie, en vez de recibir cupones (de dinero, ni hablar) y la correspondiente responsabilidad de elección. Sus gustos y temperamentos se modifican de acuerdo con esto (aunque no todos se convierten en adictos; algunos pueden volverse alérgicos). El Estado habrá maximizado su poder discrecional antes de que finalmente descubra que se encuentra ante un nuevo apuro.”[2]

La descripción anterior de lo que sería un “capitalismo de estado” recuerda más bien al tristemente célebre “estado de bienestar” o “benefactor”. Y efectivamente, bastante poca es la diferencia que aparta a este tipo de “estados” del estado socialista como siempre se lo ha conocido y tanto se lo ha estudiado. Pero nos parece suficientemente descriptivo el párrafo cuyo resumen se encuentra perfectamente sintetizado en la primera oración del mismo, cuando el autor dice muy claramente que en el “capitalismo de estado” “El pueblo tiene que convertirse en esclavos mobiliarios en aspectos relevantes”. Llámesele como se le quiera llamar, “capitalismo de estado” o socialismo, o los sistemas intermedios que conducen hacia este último como el intervencionismo del que participan el “estado benefactor” o “de bienestar”, todos ellos que, en realidad no son más que uno –al fin de cuentas- conducen a la pérdida de toda libertad, y con ella se anula la acción y la motivación del ser humano. Principalmente, se elimina todo incentivo a progresar, porque se diluye el sentido de la responsabilidad personal.

“Volvamos a la idea de una sociedad donde los individuos tienen un título sobre su propiedad y sus cualidades personales (capacidad de esfuerzo, talentos) y son libres de venderse o alquilarse en condiciones voluntariamente acordadas. La producción y la distribución en tal sociedad estarán simultáneamente determinadas, aproximadamente, por el título y por el contrato, mientras que sus acuerdos políticos estarán al menos estrechamente limitados (aunque no completamente determinados) por la libertad de contratar. Sólo el Estado capitalista, con los fines metapolíticos que le atribuimos para conservarse en su sitio, puede sentirse cómodo dentro de tales límites. El Estado adversario, cuyos fines compiten con los de sus ciudadanos y que confía en el consenso para ganar y conservar poder, debe proceder a echarlos abajo. En el caso extremo, sustancialmente puede abolir el título de propiedad y la libertad de contratar. La manifestación sistemática de este extremo es el capitalismo de Estado.”[3]

Aunque nosotros insistimos en aislar (y mantener alejadas) las esferas que corresponden al capitalismo por un lado, y al “estado” por el otro, podemos comprender perfectamente la idea que nos describe el autor en la cita que antecede. Según su nomenclatura, lo que él llama “Estado capitalista” puede garantizar la existencia de lo que simplemente vamos a rotular comoderechos de propiedad comprendiendo en esta última locución tanto la posibilidad de poseer a nombre propio bienes materiales como la de disponer de su propia fuerza de trabajo. El criterio de distinción que parece esbozar el autor, consiste en que el “estado capitalista” reconoce límites que le impiden competir con los fines de los ciudadanos que operan bajo su órbita. Al aludir al caso extremo, lo que denomina “estado adversario” no es otra cosa que el “capitalismo de estado” o -lisa y llanamente- según nuestro propio léxico, el estado socialista.

[1] Anthony de Jasay. El Estado. La lógica del poder político. Alianza Universidad. Pág. 22/23

[2] Anthony de Jasay. El Estado. ..ob. cit. Pág. 22/23

[3] Anthony de Jasay. El Estado ….ob. cit.. Pág. 174

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

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