La psicología asistencialista

Por Gabriel Boragina. Publicado el 30/4/16 en: http://www.accionhumana.com/2016/04/la-psicologia-asistencialista.html

 

La “ayuda social” no sólo tiene importantísimos efectos económicos, sino, y que sin una menor importancia, también los tiene a nivel psicológico. Esto implica que la política asistencialista ocasiona modificaciones en la actitud psíquica de las personas que son objeto del auxilio social. Paralelamente, también se va transformando la orientación de los incentivos que operan en uno u otro sentido, conforme sean los cambios que se producen en tales actitudes psicológicas, que son las que sitúan el resultado final de las acciones humanas.

“El único elemento que impide que el actual Estado Benefactor sea un absoluto desastre es precisamente la burocracia y el estigma que conlleva el recibir asistencia social. El beneficiario de la asistencia social aún se siente psíquicamente agraviado, a pesar de que esto ha disminuido en los últimos años, y tiene que enfrentar a una burocracia típicamente ineficiente, impersonal y complicada. Pero el ingreso anual garantizado, precisamente al hacer que el reparto sea eficiente, sencillo y automático, eliminará los principales obstáculos, los mayores incentivos negativos para la “función proveedora” de la beneficencia, y hará que la gente adhiera en forma masiva al reparto garantizado. Además, ahora todos considerarán al nuevo subsidio como un “derecho” automático más que como un privilegio o regalo, y todo estigma será eliminado.”[1]

Conforme el estado “benefactor” o de “bienestar” avanza sobre el sector privado de la economía, este adelanto va reacomodando tanto el pensar de sus recipiendarios como el actuar de los mismos. Y no sólo ello, sino que produce serias alteraciones en los valores morales tradicionales, resquebrajando los pilares básicos de la sociedad civilizada, como son la dignidad humana, el valor del propio esfuerzo, y corrompe el sistema de recompensas y castigos, con lo que se desmorona -finalmente- una de las columnas primordiales de la convivencia humana, que es el sentido de la responsabilidad individual. Este podría ser un breve resumen de los efectos devastadores del estado “benefactor” y sus políticas “asistenciales” o a veces también llamadas “políticas públicas”.

“Los diversos proyectos para lograr un ingreso anual garantizado no constituyen una solución genuina para los males universalmente conocidos del sistema del Estado Benefactor; todo cuanto harán será profundizar más aun esos males. La única solución viable es la libertaria: la derogación del subsidio estatal que hará posible la libertad y la acción voluntaria de todas las personas, ricas y pobres por igual.”[2]

Fundamentalmente, porque los programas “sociales” perjudican -a la postre- las economías personales de aquellos a quienes se procura “beneficiar”, y terminan invariablemente favoreciendo a quienes otorgan tales programas “sociales” que son los políticos, que en virtud de sus ideologías populistas o pro-populistas ganan prestigio (frente a los observadores poco informados) como “caritativos benefactores sociales”, lo cual, por supuesto, está muy lejos de ser cierto, en gran parte porque no son esos sus verdaderos motivos, y -en otra medida principal- porque los recursos que utilizan para desplegar y ofrecer sus subsidios “sociales” no provienen de su propio peculio, sino del dinero de los contribuyentes, quienes así se ven privados de ofrecer no sólo una genuina ayuda social, sino de efectuar inversiones productivas, que darían trabajo a millones de personas que -de otra manera- sólo podrían depender de la asistencia social.

“El apoyo del mundo de las altas finanzas al Estado benefactor-Bélico Corporativo es tan escandaloso y de tan largo alcance, a todo nivel desde el local hasta el federal, que incluso muchos conservadores han tenido que reconocerlo, al menos en cierta medida. ¿Cómo explicar, entonces, ese ferviente apoyo a la “minoría más perseguida de los Estados Unidos”? La única salida para los conservadores es asumir a) que estos empresarios son estúpidos y no entienden cuáles son sus propios intereses económicos, y/o b) que les han lavado los cerebros los intelectuales populistas socialdemócratas de izquierda, que envenenaron sus almas con culpa y un altruismo mal entendido. Sin embargo, ninguna de estas explicaciones resiste un análisis, como queda ampliamente demostrado con un rápido vistazo a AT&T o Lockheed. Los grandes empresarios tienden a ser admiradores del estatismo, tienden a ser “populistas socialdemócratas corporativos”, no porque sus almas han sido envenenadas por los intelectuales, sino porque esto los ha beneficiado. Desde la aceleración del estatismo a comienzos del siglo xx, los grandes empresarios han venido utilizando los considerables poderes que otorgan los contratos estatales, los subsidios y la cartelización para obtener privilegios a expensas del resto de la sociedad. No es descabellado suponer que Nelson Rockefeller es guiado mucho más por su interés personal que por un confuso y vago altruismo.”[3]

El estado “benefactor” y sus políticas asistenciales es entonces consecuencia -en gran dimensión- no sólo de las razones políticas que defienden los candidatos a ocupar posiciones de poder en las ramas ejecutiva, legislativa y judicial, sino que de un modo consciente –en otra magnitud- responden al sostén de los grandes empresarios que apuntalan decididamente medidas intervencionistas, no por motivaciones ideológicas, sino por meras conveniencias personales, para sus empresas -en primer lugar- y para –en última instancia- ellos mismos en forma particular. Algo que, con acierto, autores de nivel como Alberto Benegas Lynch (h) han llamado modernos barones feudales o pseudo empresarios que medran del poder político con miras a beneficiarse ellos mismos, con independencia y completa exclusión de todos los demás. Como se señala en la cita, este rasgo aparece con mayor frecuencia en el “mundo de las altas finanzas”. Dado que el estatismo es la forma mediante la cual los políticos obtienen las más altas ganancias a costa del resto de la población -o sea a través de un mecanismo claramente depredatorio- aquel tipo de empresarios se ven tentados a convertirse en socios del sistema estatista, y es por este propósito que lo promueven y tratan de “venderlo” como sumamente “beneficioso” para el conjunto social. De allí que, no sea de extrañar que estos pseudoempresarios alaben las políticas redistribucionistas, las promueven, y canten loas al asistencialismo que lleva a cargo el gobierno de turno.

[1] Murray N. Rothbard. For a New Liberty: The Libertarian Manifesto. (ISBN 13: 9780020746904-Pág. 198

[2] Murray N. Rothbard. Íbidem. pág. 200

[3] Murray N. Rothbard. Íbidem. Pág. 359

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

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