Asuntos legales vs. asuntos morales

Por Sergio Sinay: Publicado el 22/3/16 en: http://sergiosinay.blogspot.com.ar/2016/03/asuntoslegales-vs.html

 

Las leyes ofrecen fisuras y resquicios gracias a los cuales algunos robos pueden no parecerlo. Por eso  lo moral es más importante que lo legal.

Tras haberse quedado con 8 mil millones de pesos del erario público (es decir, dinero que tras salir del bolsillo de los ciudadanos no llegó a escuelas, hospitales, rutas, seguridad y otras áreas en las que se concentran las necesidades comunes de la sociedad), tanto el empresario Cristóbal López como su socio Fabián De Sousa, arguyeron que no había nada ilegal en su acto. Ricardo Echegaray, con cuya complicidad en la AFIP pudieron hacer lo que hicieron, insistió en el tema de la presunta legalidad. Fuera de tecnicismos jurídicos, el Diccionario Panhispánico de Dudas de la Real Academia define con la palabra robar al acto de “tomar para sí algo ajeno sin conformidad del dueño”. Y en su imprescindible Diccionario de Uso del Español, la filóloga y lexicóloga María Moliner (1900-1981) propone como primera acepción de la palabra robar, lo siguiente: “Quitar una cosa de valor considerable a su dueño con violencia o engaño, lo que constituye un delito”.

Abogados bien pagos y especializados en encontrar fisuras, sofismas y filtraciones por donde las leyes puedan ser sorteadas se encargarán posiblemente de defenderlos y  argumentar que quienes se quedaron con lo que pertenecía al bien común actuaron “legalmente”. Pero una cosa es lo legal, que tiene que ver con la letra fría, siempre falible e incompleta de la ley, y otra cosa es lo legítimo. Muchas, demasiadas, cosas son legales y no son legítimas. La legitimidad remite a lo moral, y lo legal no siempre es moral.

Desde los primeros filósofos griegos en adelante la moral ha sido tema de estudio, discusión y análisis en la filosofía, en el derecho, en la literatura, en la teología y, aunque los ciudadanos de a pie no tomen conciencia de ello, en diversas circunstancias de lo cotidiano. La pregunta esencial de la moral es sencilla: ¿cómo debemos actuar? La respuesta parece no serlo. ¿Actuar para qué?, se repregunta de inmediato. Immanuel Kant, que dedicó su vida y obra al tema, ponía a la razón como herramienta esencial de la moral (al razonar, los humanos no tenemos excusa ni podemos fingir ignorancia) y proponía lo que llamó imperativo categórico: “Actúa de tal modo que tus acciones puedan convertirse en ley universal”. Robá si aceptás que todos roben. Matá si aceptás que todos maten. Mentí si aceptás que todos mientan. De lo contrario, abstente. Y siempre, agregaría un existencialista, hacete cargo de las consecuencias de tus actos.

¿Qué pensarán de esto los señores López, De Sousa, Echegaray (podríamos agregar Bodou, Jaime y seguir la línea hasta el pináculo de la pirámide)? Ocupados en lo que suelen ocuparse, quizás estas lucubraciones estén muy lejos de su entendimiento. Mientras tanto, el activo y estimulante filósofo inglés Anthony C. Grayling (entre muchas otras cosas, presidente de la British Humanistic Association) propone en su libro “¿Qué es lo bueno?”, la siguiente respuesta a esa pregunta fundacional de la moral: “Lo bueno es la mejor vida humana en un mundo humano, vivida humanamente”.

Parece sencillo. Pero es complejo. Los llamados valores morales apuntan a garantizar esa vida. Y, como señala Adela Cortina (primera mujer en ocupar un sillón en Real Academia Española de Filosofía), las ficciones morales útiles ayudan a ordenar un mundo caótico en el que la injusticia y la desigualdad son evidencias permanentes e innegables. ¿Por qué ficciones? Porque nos brindan una trama, un horizonte, algo en que creer, herramientas para luchar por “la victoria de la justicia, la reivindicación del héroe y la eficacia de la lógica”. Así lo dice en su ensayo “Ética sin moral”.

 

El título del libro de Cortina permite un oportuno señalamiento. Mientras la moral nos dice a todos qué es lo bueno (considerado como medio para la convivencia verdaderamente humana), la ética de cada persona muestra cómo elige actuar, al margen de si lo hace en línea con lo bueno o no. También las acciones de muchos jueces deslindan ética de moral. En definitiva, hay éticas que no son morales. Y hay operaciones que, aun cuando encuentren un ropaje legal, tampoco lo son. Quedarse con lo que es de todos desentendiéndose del daño causado a otros nunca puede ser moral. Y avalarlo y defenderlo, mucho menos.

 

Sergio Sinay es periodista y escritor, columnista de los diarios La Nación y Perfil. Se ha enfocado en temas relacionados con los vínculos humanos y con la ética y la moral. Entre sus libros se cuentan “La falta de respeto”, “¿Para qué trabajamos?”, “El apagón moral”, “La sociedad de los hijos huérfanos”, “En busca de la libertad” y “La masculinidad tóxica”. Es docente de cursos de extensión en ESEADE.

 

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