El “ogro” monopólico

Por Gabriel Boragina. Publicado el 6/3/16 en: http://www.accionhumana.com/2016/03/el-ogro-monopolico.html

 

En materia económica existe un “fantasma” que continuamente es esgrimido por todos aquellos que se declaran “defensores” de la intervención del gobierno en la economía, y que -en consecuencia- propician posiciones socialistas como las ideales para liberar a la gente de tan “pavoroso espectro”. Ese “monstruo” económico constantemente blandido en los discursos de políticos, comentarios periodísticos, aulas universitarias, y hasta en reuniones familiares y de amigos, no es otro que el “malvado” monopolio. Sin embargo, el monopolio está lejos de ser aquel “ogro feroz que se devora a los niños”, si es que se hacen las distinciones adecuadas acerca de lo que se quiere significar con dicho vocablo.

“Respecto de las situaciones de monopolio mencionadas debe señalarse que hay dos tipos de monopolios. El artificial y el natural. El primero opera en base a dádivas que recibe de los gobiernos y, por tanto, explota a los consumidores. El segundo significa que, dadas las circunstancias imperantes en todo el planeta, al momento, el oferente en cuestión es el mejor. Es importante subrayar que el progreso está muy ligado a este tipo de monopolio: cada invento y descubrimiento es una situación de monopolio. Si, en éste sentido, se impusiera una ley antimonopólica, significará una prohibición para progresar puesto que nadie podría instalar una nueva empresa en un nuevo rubro a menos que exista una segunda (?). Por último, nadie en el mercado cobra el precio que quiere, se tenderá a cobrar el más alto que se pueda, lo cual es sustancialmente distinto. El precio del monopolista natural será siempre el de mercado, los precios máximos, la fijación de márgenes operativos o el establecimiento de cuotas compulsivas produce los mismos efectos nocivos que los que se producen cuando hay varios compitiendo en el mercado. Cuando se alude al mercado abierto no se afirma que debe haber varios, uno o ninguno operando. Simplemente se afirma que el mercado debe estar abierto.”[1]

Bien visto, toda circunstancia comienza siendo monopólica. Los actos más triviales de la vida comenzaron siendo únicos y exclusivos de alguien. Todo tuvo y sigue teniendo una primera vez y un actor único e irrepetible que fuera su autor. El monopolio es un escenario cotidiano que se da en la vida diaria con mucha más frecuencia que con la que lo imaginamos, y está lejos, muy lejos de ser algo perverso, excepto en el caso de que se trate de un monopolio artificial, ya que el principio que inspira a todo monopolio artificial es el de encontrarse respaldado por el uso de la fuerza, lo que lo hace particularmente dañino. No es pues, la mera condición de “monopólico” lo que hace de un acto o producto algo bueno o malo en sí mismo, sino que lo que determina la “bondad” o “maldad” de cualquier monopolio es su mismo origen, esto es si es fruto espontáneo del mercado (o sea de la libre elección y determinación de la gente) o si bien –en contrario- es obra de una imposición, ya sea de un particular amparado por el uso del poderío gubernamental, o bien de la autoridad estatal misma constituida en monopolio o concediendo licencias para el uso, la detentación o explotación de determinado bien o servicio. Esto es, en rigor, lo único que ha de tomarse en consideración en cuanto a este tema.

Socialistas e intervencionistas, en general, suelen “alegar” contra el monopolio ciertos falsos remedios como los nominados el de “la industria incipiente”, el dumping, y otras muchas falacias de ese tipo. Pero:

“En resumen, en el análisis económico no tienen asidero los argumentos de la industria incipiente, el dumping y las derivaciones como las del monopolio esgrimidas para imponer restricciones al comercio. Jacques Rueff no considera pertinente que los gobiernos lleven las estadísticas del comercio exterior porque mantiene que esto se traduce en una tentación para intervenir. Esta sugerencia refuerza la posibilidad que “el sector externo” se trate igual que el interno donde nunca se producen problemas de balance comercial ni balance de pagos debido, precisamente, a la ausencia de aduanas interiores y controles de cambios. Un río, una montaña o una frontera política no modifican las relaciones causales de la economía.”[2]

Por lo que el “argumento” del combate a los monopolios mediante políticas de comercio exterior también deviene falaz. La mejor defensa hacia los monopolios de cualquier tipo es el libre mercado, que opera sus propios mecanismos contra los monopolios naturales (que en sí mismos nada tienen de malo, ni moral ni económicamente hablando, ya que son monopolios nacidos de la voluntad y del deseo de todos aquellos consumidores que -mediante sus compras y abstenciones de comprar- elevaron -probablemente sin proponérselo- a determinado producto, comercio y empresa a la condición de un monopolio). Lamentablemente, el mercado cuando es obstruido, obstaculizado o directamente anulado por parte de los gobiernos, nada puede hacer frente a los monopolios genuinamente dañinos, esto es los monopolios gubernamentales (o como los llama el autor citado, artificiales) dado que estos últimos monopolios -que constituyen la mayor parte de los monopolios existentes en el mundo- están legalmente blindados frente de los mecanismos saneadoras del mercado. En consecuencia, esta clase de monopolios tiene a sus anchas el campo abierto para perjudicar a todos los consumidores en su conjunto, y no solamente a aquellos que necesitan el producto o servicio monopolizado.

“En la década que ahora termina han estado de moda las llamadas “privatizaciones”. Prima facie esto daría la impresión que la gente pueda elegir el proveedor de su agrado. Pero no es así. Estas peculiares “privatizaciones” se han traducido las más de las veces en traspasos de monopolios estatales a monopolios privados con lo que, en muchos casos, la explotación ha sido mayor, especialmente a la gente más necesitada: tarifas más elevadas y, simultáneamente, impuestos y endeudamiento creciente, déficit fiscal en aumento y manipulaciones monetarias de diversa índole.”[3]

El autor se refiere a la década de los años 90. En la actualidad –debemos apuntar- la situación no es muy diferente a la señalada en la cita que comentamos.

[1] Alberto Benegas Lynch (h) Entre albas y crepúsculos: peregrinaje en busca de conocimiento. Edición de Fundación Alberdi. Mendoza. Argentina. Marzo de 2001. pág. 453

[2] A. Benegas Lynch (h) Entre albas y….. ob. Cit. Pág. 454

[3] Alberto Benegas Lynch (h) “Economía, libertad y globalización”. Especial para la Fundación Adenauer. pág. 2

 

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

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