Acerca del federalismo fiscal

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 2/2/16 en http://www.cronista.com/columnistas/Acerca-del-federalismo-fiscal-20160202-0021.html

 

En lugar de seguir con los archiconocidos y reiterados forcejeos entre gobernadores de provincias y el ejecutivo nacional, debería apuntarse a un federalismo institucionalizado y eliminar de una buena vez el caudillaje implícito en el centralismo desde tiempos inmemoriales.

Para lograr un genuino federalismo debieran prorratearse todos los gastos a las provincias excepto los vinculados a relaciones exteriores y defensa junto a la capacidad tributaria. A partir de ese momento cada gobierno provincial estará incentivado a recortar el gasto a los efectos de poder reducir la presión impositiva para que, por una parte, la gente no se mude a una provincia más respetuosa con el fruto de su trabajo y, por otra, para atraer inversiones.

Este proceso de competencia fiscal constituye un eje central del federalismo tal como lo han señalado los Padres Fundadores en el siglo XVIII en Estados Unidos de donde copiaron las naciones libres el esquema federal (hoy lamentablemente en gran medida abandonado en ese país que se ha dejado arrastrar por las fuerzas centrípetas a favor del gobierno nacional).

Originalmente los denominados antifederalistas estadounidenses, quienes paradójicamente eran en esa época más federalistas que sus oponentes circunstanciales, han subrayado la herramienta potente que significa la defensa de las libertades individuales a través de la descentralización del poder político y, en este caso, no solo en materia fiscal sino en temas legislativos / administrativos en general.

Gottfried Dietze en su obra sobre el federalismo considera que la descentralización tributaria y su contrapartida del gasto público constituyen la quintaesencia del sistema republicano y un camino eficiente en la gestión.
En realidad el único sentido de la división del globo terráqueo en naciones y las respectivas fronteras es para evitar los abusos de un gobierno universal. No es para la sandez de vivir con lo nuestro como los trogloditas, sino para preservar el derecho de las personas, lo cual se acentúa en la medida en que dentro de cada nación, el poder, a su vez, se fracciona en provincias y éstas a su vez en municipalidades.

Por otra parte, el concepto de coparticipación argentina está mal parida desde hace mucho tiempo. Son las provincias las que debieran coparticipar al gobierno nacional y no al revés. Son las provincias las que constituyen la nación y no es que el gobierno central da lugar a las estructuras provinciales.

En este contexto de buscar incentivos fuertes para aplacar los atropellos del Leviatán, es pertinente destacar lo impropio que significa aludir al Estado ausente cuando la herencia recibida consiste en un aparato estatal presente hasta en los vericuetos más íntimos en las vidas y haciendas de las personas que deben entregar forzosamente el fruto de sus trabajos desde enero a agosto de cada año para financiar la voracidad fiscal. En todo caso está ausente de su misión específica de garantizar la libertad de cada cual y está muy presente en muchas actividades dignas de la mafia.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

La ley sirve para que exista la trampa

Por Alejandro A. Tagliavini. Publicado el 4/2/16 en: http://www.elheraldo.hn/opinion/columnas/926220-469/la-ley-sirve-para-que-exista-la-trampa

 

Si así sale el presidente de la primera potencia mundial, más vale abandonar todo interés en la política mundial”, escribía Pablo Pardo en el diario El Mundo, de España. Sea como sea, lo cierto es que, si el mundo está como está, el primer responsable es el gobierno de EE UU por eso es esperable que las elecciones allí despierten gran interés global.

Los resultados de los “caucus” de Iowa, con los que comenzaron las primarias que se prolongarán hasta junio, han sorprendido a todos, aunque con una importancia puramente psicológica, allí ganó Obama, ya que el candidato más votado obtuvo unos 60,000 votos cuando para ganar la Presidencia en noviembre hacen falta alrededor de 65 millones.

En el Partido Republicano, el gran derrotado fue Donald Trump, el segundo en votos aunque se espera que gane en New Hampshire el 9 de febrero y retome la iniciativa, mientras que el ganador en papeletas fue Ted Cruz gracias a que es evangelista en una zona donde la mayoría de los votantes lo son, siendo Marco Rubio, el tercero, el verdadero vencedor psicológico.

Mientras que Rand Paul hizo un buen papel, por haber acabado entre los “cinco grandes”, dado que es un “rebelde” que en el pasado ha fundado diversas ONG para oponerse al aumento de los impuestos que son, precisamente, el dulce de los políticos. Por el contrario, entre los demócratas, el ganador psicológico es Bernie Sanders, con el discurso más populista entre los precandidatos, que quedó segundo tras Hillary Clinton, pero por poca diferencia.

Ahora, en 2012, el gasto total en las elecciones presidenciales y legislativas alcanzó los $7,300 millones, según la Comisión Federal Electoral. En 2016, la agencia Bloomberg estima que el costo total llegará a los $10,000 millones. Aunque si Michael Bloomberg, con un patrimonio estimado de $38,000 millones, ocho veces más que Donald Trump, el fundador y dueño de Bloomberg, se presenta en marzo como candidato independiente puede hacer que las cifras finales sean más grandes.

Es mucho dinero. ¿Quién y por qué desembolsa tanto? ¿Es creíble que solo sea por idealismo? Sean ciudadanos comunes, que esperan que el candidato favorezca su economía familiar, o grandes fortunas o corporaciones, es obvio que hay muchos intereses en juego ya que el gobierno, utilizando el monopolio de la violencia, puede imponer, por sobre el mercado, por sobre las personas, leyes que favorezcan a unos en detrimento de otros.

Frente a esta realidad, se intentaron transparentar las elecciones limitando con leyes la cantidad de dinero en donaciones y exigiendo transparencia. Entonces, aparecieron las “SuperPAC”, organizaciones que en teoría no tienen relación con las campañas, pero que en la práctica apoyan a un candidato. Gracias a una sentencia de la Corte Suprema pueden gastar lo que quieran, sin ningún límite o restricción, y sin tener, tampoco, que informar acerca de sus donantes, entre los que hay gobiernos extranjeros.

Por ejemplo, entre las “SuperPAC” que apoyan a Ted Cruz, solo Keep the Promise ha obtenido unos $110 millones de donaciones. Los hermanos Charles y David Koch, que tienen una fortuna combinada de $90,000 millones, se habrían comprometido a donar $1,000 millones a republicanos. Corolario: basta que los gobiernos coaccionen leyes para que entre los insatisfechos, por la coacción, surja la trampa

Alejandro A. Tagliavini es ingeniero graduado de la Universidad de Buenos Aires. Es Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California y fue miembro del Departamento de Política Económica de ESEADE.

LA TRADUCCIÓN ES CLAVE

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Cuando fui rector de ESEADE durante veintitrés años también fui director de Libertas, la revista académica de esa casa de estudios en cuya faena me percaté más claramente de la importancia medular de la buena traducción de textos. Recuerdo que cuando seleccionaba traductores/as aparecían personajes exhibiendo tarjetas donde se consignaba esa profesión en una tipografía más o menos llamativa pero al inquirir cual era la especialidad, en la mayor parte de los casos respondían que podían hacer el trabajo en cualquier rama del conocimiento, lo cual resultaba suficiente para descartar al postulante de marras.

 

Con mucha razón Victoria Ocampo escribió que “no puede traducirse a puro golpe de diccionario” ya que la traducción literal desfigura y degrada el texto. Se trata de estar muy imbuido no solo del área en cuestión sino de contar con riqueza gramatical y gran capacidad de reflejos y flexibilidad cortical para adaptarse a los más diversos escritos que exigen mucha gimnasia en la pluma. De lo contrario se asesina el texto, tal como comprobamos en infinidad de casos. Es un lugar groseramente común el repetir aquello de traduttore-traditore para resaltar la dificultad de ese trabajo.

 

Por supuesto que no se trata de dar rienda suelta a la imaginación, sino de ajustarse a lo que escribe el autor que se quiere traducir. Para justificar el aserto no hace falta más que atender ciertos títulos de producciones cinematográficas, obras de teatro y libros cuyos títulos nada tienen que ver con el original.

 

Sin duda los problemas graves se suscitan en la poesía que es mucho más difícil de traducir que la prosa (aunque Borges sostiene  que es más fácil componer un poema que escribir en prosa puesto que en el primer caso es cuestión de seguir la regla de la rima), para no decir nada de los modismos que ya de por si complican la traducción de la prosa y que se suman otras acrobacias en la poesía (algunos dichos en si mismos son imposibles de traducir tal como también nos dice Borges respecto del infructuoso intento de convertir al inglés la expresión “estaba sentadita”).

 

Como apunta Elsa Gress, sin la traducción no habría la civilización en la que vivimos: “Sin traducciones la civilización occidental desde la antigüedad en adelante resultaría inconcebible en su forma actual” y también, dada la dificultad de la tarea, concluye que “es mucho más fácil reescribir el texto en otra lengua que traducirlo” y que “las traducciones están [muchas veces] a cargo de gente que solo conoce la letra (si acaso llega a eso), en tanto que el espíritu resulta para tales individuos un misterio”.

 

Clara Malraux suscribe lo dicho por André Gide en cuanto a que todo intelectual debe hacer algunas traducciones en el transcurso de su carrera puesto que constituye un ejercicio invalorable al efecto de una eficaz administración de sus propias producciones.

 

Por otra parte, la traducción es un buen antídoto contra las culturas alambradas propias del nacionalismo puesto que fortalece la unión y el vínculo entre procesos que siempre consisten en donaciones y recibos en un contexto cambiante. Esto es así aunque aparezcan vallas formidables en el intento de trasponer un contexto cultural y extrapolarlo con el debido cuidado y con las necesarias notas aclaratorias. En esta línea argumental, es muy cierto lo consignado por Alfonso Reyes en cuanto a que “el objeto del traductor debe ser el no quitar a la obra su sabor extranjero” y “cuando se trata de nombres propios, precisamente la adaptación resulta más repugnante”.

 

En este último sentido, tengo muy presente cuando la Universidad de Buenos Aires le entregó al premio Nobel en economía Friedrich. A. Hayek un doctorado honoris causa: mientras bajábamos la escalera en la Facultad de Derecho donde tuvo lugar el acto,  Hayek apuntando a su diploma en el que se leía “Federico”, me dijo “you never do this”.

 

Sin duda que hay peripecias más escabrosas que otras en la traducción, por ejemplo, la agilidad mental que demanda la traducción simultánea, especialmente si se traduce de alguien que proviene de una estructura gramatical germana donde el verbo va al final de la oración.

 

Ortega y Gasset en su estudio sobre la traducción, entre otras cosas insiste en que el traductor debe respetar no solo lo que se dice en el texto sino lo que no se dice, es  decir los silencios del autor que más de una vez son insolentemente ocupados por la fantasía del traductor.

 

Umberto Eco sugiere aplicar el método popperiano para la traducción, esto es la noción de la provisonalidad en los textos, abiertos a posibles refutaciones al efecto de captar el significado del escrito que se desea convertir en otra lengua.

 

Vuelvo a Borges para mostrar su rechazo tanto en textos originales o en traducciones de la expresión “texto definitivo” puesto que esto no es apropiado ya que eso solo corresponde “a la religión o al cansancio” ya que, como he señalado muchas veces,  este autor ha enfatizado con Alfonso Reyes que no hay tal cosa como texto perfecto, “si no publicamos nos pasamos la vida corrigiendo borradores”.

 

En otros términos como explica Octavio Paz “aprender a hablar es aprender a traducir, cuando el niño pregunta a la madre por el significado de esta o aquella palabra, lo que realmente le pide es que traduzca a su lenguaje el término desconocido”.

 

Y aquí viene un asunto de la mayor trascendencia y es la necesidad de expresarse de la manera más clara posible, no solamente en casos corrientes sino de modo particular si es que se desea trasmitir valores y principios compatibles con la sociedad abierta. Para esto se requiere la aceptación que hablar implica un proceso de traducción ya que lo que recibe el receptor no es idéntico a lo que genera el emisor. Hay una traducción implícita. El ser humano no es un Pen Drive, incluye contextos personales, formas de interpretación, esqueletos conceptuales previos y similares, por lo que no es infrecuente la mala interpretación y el equívoco.

 

En uno de sus ensayos -y dejando de lado sus otras implicancias colaterales referidas a autores como Gadamer, Ricoeur y Lachmann- Donald Lavoie precisamente se detiene a hurgar en el tema de la comunicación en el que asimila toda acción humana a textos susceptibles de ser leídos en donde los mensajes están sujetos a una pesquisa hermenéutica en el contexto de la comunicación interpersonal, es decir, a través del discurso cotidiano.

 

Lavoie se sale del análisis convencional de la interpretación objetiva de lo que se dice, para concluir que lo relevante es el sentido en que llegó el mensaje al receptor y no lo que dijo o escribió el emisor. Esta visión subjetivista tiene otras derivaciones en otros campos pero es fértil para lo que aquí estamos comentando respecto a la traducción que está presente en todo acto comunicacional. Por supuesto que este autor reconoce que “cuando me comunico [….] seguramente lo que deseo es que él o ella reciban mi mensaje de modo que resulte lo más cercano posible a una copia de lo que pienso” aun teniendo en cuenta que “no es lo mismo que una computadora cuando scanea un documento” y termina escribiendo que la teoría de la copia pretende que la comunicación sea un proceso de suma cero, lo cual no es correcto.

 

Independientemente de los vericuetos a que conduce la teoría que reproduce Lavoie, es de interés para hacer foco en la calidad de la comunicación, es decir, como queda dicho, en la traducción siempre presente en las relaciones interindividuales. Esto hace más patente la necesidad de pulir el mensaje todas las veces que sea necesario para que los receptores comprendan lo trasmitido.

 

Termino con un ejemplo de malinterpretación grave en el campo de la economía que no debe ser atribuido a la mala voluntad del receptor sino más bien a la oscuridad de las palabras del emisor. En este ejemplo reformulo el tema en la esperanza de dar en la tecla. Pretendo disipar o por lo menos mitigar un problema comunicacional.

 

Cuando se propone cortar el gasto público eliminando funciones, la consecuencia inevitable es el despido de burócratas improductivos que cumplen tareas incompatibles con un sistema republicano. Pues bien, lo que es imperioso comprender es que la financiación de esas burocracias superfluas son financiadas principalmente por los más pobres. Esto es así porque los contribuyentes de jure reducen su tasa de inversión por lo que se contraen los salarios e ingresos en términos reales, especialmente de los que se encuentran en el margen.

 

Por otro lado,  cuando se produce esa reducción en las cargas que debe afrontar el aparato estatal, se liberan recursos para engrosar los bolsillos de los gobernados quienes solo pueden hacer una de tres cosas o una combinación de las tres: invertir, consumir o guardar bajo el colchón (en realidad, invertir en dinero). Cualquiera de las tres cosas que haga estará inexorablemente reasignando factores humanos y materiales hacia áreas productivas (si guarda bajo el colchón estará modificando la ratio entre la cantidad de dinero en circulación y los correspondientes bienes y servicios, lo cual significa que los precios bajarán que es lo mismo que decir que se transfiere poder adquisitivo a los demás).

 

Si hubiera quienes no les parece suficiente resguardo la antedicha reasignación puede donar de su propio peculio a tantas instituciones privadas que se ocupan de ayudar a otros o crear nuevas, pero nunca pretender que los pobres se sigan haciendo cargo de la financiación de burócratas innecesarios y que ponen palos en la rueda para el progreso general. “Put your money where your mouth is” resulta un aforismo de gran provecho.

 

En resumen, en modo alguno debe subestimarse el inmenso valor de la traducción tanto en la ocupación profesional propiamente dicha como en la simple conversación y la trasmisión de ideas, para lo cual es menester ocuparse y preocuparse por el uso adecuado de las palabras. Como he manifestado en varias oportunidades, no es conducente quejarse porque otros no entienden ni aceptan lo que se trasmite, es mucho más productiva la autocrítica y centrar el problema en la ineptitud para explicar la idea, situación que nos empuja a que hagamos mejor los deberes.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

Límites al oportunismo politico. Aquí van dos: límites al deficit fiscal y al crecimiento del gasto público

Por Martín Krause. Publicada el 29/1/16 en: http://bazar.ufm.edu/limites-al-oportunismo-politico-aqui-van-dos-limites-al-deficit-fiscal-y-al-crecimiento-del-gasto-publico/

 

Con los alumnos de la materia Economía e Instituciones vemos algunas de las conclusiones normativas del Public Choice, en particular propuesta para limitar el oportunismo político. Aquí van solamente dos:

1.            Límites al déficit fiscal

Se impone una prohibición o límite al déficit fiscal. En el primer caso no puede gastarse más de lo que ingresa, pero el Estado, como cualquier empresa, se maneja con un presupuesto anual que se espera cumplirá. Si el dinero recaudado no alcanzara a cubrir el gasto presupuestado, el Estado terminaría sin cumplir algunos contratos y paralizando ciertos servicios. Para evitar esto, se impone la necesidad que el presupuesto presentado para su aprobación no tenga déficit, luego puede haber algún desvío si durante el transcurso del ejercicio fiscal los ingresos o los gastos difieren de lo presupuestado.  Para que la prohibición de déficit tenga alguna credibilidad ese límite al desvío debe ser pequeño y también considerarse un mecanismo para que sea compensado. Es decir, si el ejercicio termina con déficit podría pensarse en que ese exceso se cubrirá en el ejercicio siguiente, o que si termina con superávit, pasa a formar una reserva que sirva para cubrir desvíos negativos en el futuro.

En cuanto a establecer un límite al déficit fiscal, se lo suele hacer en relación al PIB. Así, por ejemplo, el Pacto de Estabilidad y Crecimiento, parte del  Tratado de Maastricht, establece un límite del 3% del PIB para los países miembros de la Unión Europea, un nivel superior impone la obligación de medidas correctivas. Argentina, promulgó una ley de “déficit cero” el 30 de Julio de 2001, pocos meses antes de que se desatara la peor crisis de su historia.

En este último caso la norma fue aprobada cuando ya era demasiado tarde. Pretendía ser más una señal que generara confianza en los mercados para que éstos siguieran financiado la renovación de la deuda argentina. En el primero, su incumplimiento por los países más importantes de Europa no generó suficiente credibilidad para las sanciones y no extraña que luego se desatara en la región una profunda crisis fiscal (2010-11) .

Una diferencia importante entre una y otra que analizaremos en mayor detalle adelante es el nivel constitucional de la norma. En el caso argentino era una ley aprobada por el Congreso, en el de la Unión Europea formaba parte de un tratado internacional. Algunos autores sostienen que cuanto más alto el nivel constitucional, mayor impedimento será para las conductas que se quieren evitar (mejor una ley a un decreto presidencial, mejor una cláusula constitucional a una ley, mejor un tratado internacional a una cláusula constitucional), pero la experiencia europea muestra que esto no es necesariamente así. Todo depende de dónde se encuentra el mayor poder de control sobre el cumplimiento de la norma. En el caso europeo, el tratado imponía un límite relativamente estricto pero con pocas posibilidades de control, generando un incentivo por parte de ciertos países a actuar como free riders de los esfuerzos de los demás. Ellos obtenían los beneficios de las garantías de estabilidad generadas por la UE, pero aplicaban políticas fiscales irresponsables con las que nunca podrían haber generado tal credibilidad por parte de los acreedores que financiaron esos déficits. El control más fuerte puede estar en manos de los votantes, como veremos en el punto 3.

La obligación de no incurrir en un déficit fiscal no necesariamente genera una restricción en el crecimiento del gasto público, ya que se lo puede aumentar al mismo tiempo que se aumenta la presión impositiva e igualmente se cumple con el requisito, y el Estado termina así llevándose una mayor parte de la riqueza producida por los ciudadanos. Para evitarlo se han propuesto límites al crecimiento del gasto y a la creación de nuevos impuestos o el aumento de las tasas de los existentes.

2.            Límites al crecimiento del gasto público

En este caso se establece un límite a su crecimiento, normalmente asociado a la evolución del PIB. Podría establecerse un límite algo por encima del crecimiento del PIB si se quiere que el gasto aumente en relación a ese indicador, igual para que se mantenga o menor para que se reduzca.

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade).

Legión de ñoquis k = defraudación al fisco

Por Roberto H. Cachanosky. Publicado el 31/1/16 en: http://economiaparatodos.net/legion-de-noquis-k-defraudacion-al-fisco/

 

Parece bastante claro que este despliegue de nombramientos de militantes en todos los niveles de la administración pública se ha transformado en una verdadera tentativa de defraudación al fisco

Creo que no hay ninguna provincia que no tenga algún problema en sus cuentas públicas. Posiblemente el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires tenga más en orden sus números, pero el resto está colapsado. Y están colapsados porque los estados provinciales y municipales se han transformado en generadores de falsos puestos de trabajo. Ya veníamos de décadas de un estado sobredimensionado, con infinidad de reparticiones públicas que no tenían ningún sentido de existir. Con el kirchnerismo llegamos a la saturación total del estado como lugar para nombrar “empleados” que no cumplen ninguna función y mucho menos alguna función útil para el contribuyente.

Esta explosión de “empleados” estatales en las provincias, que pasó de 1.766.600 en 2003 a 3.045.900 en 2015 fue posible gracias a diferentes mecanismos de financiamiento, pero, fundamentalmente, a la enorme presión impositiva que nos impuso el estado para financiar éste delirio. Si a los empleados públicos les agregamos aquellos que viven de planes “sociales”, buena parte de los habitantes de Argentina no trabaja y consume lo que producimos unos pocos.

Ahora bien, yendo al tema de las provincias en momentos en que se debate el tema de la coparticipación federal, queda claro que la mayoría de las provincias y municipalidades se llenaron de “noquis” porque los gobernadores e intendentes no tenían que hacer un gran esfuerzo de recaudar porque el estado nacional se encargaba y se encarga de asumir el costo político de recaudar y las provincias tienen el beneficio político de gastar. En rigor, el kirchnerismo tuvo la habilidad de hacer el gasto político de recaudar pero aprovechar para también tener el beneficio político de gastar, porque los gobernadores pasaron a ser simples aplaudidores en los monólogos de Cristina Fernández desde el atril cuando hablaba por cadena.

Lo cierto es que Juan Bautista Alberdi y su Constitución de 1853 no incluía la coparticipación federal. La nación se financiaba con los recursos de aduana y del correo, y de paso aclaro que tampoco la Constitución de 1853 hablaba de democracia sino que definía como forma de gobierno representativa republicana federal. Las provincias se financiaban con los impuestos que ellas imponían. Este esquema realmente federal de financiar los gastos de la nación y de las provincias le otorgaba un verdadero federalismo al país porque las provincias no dependían del gobierno central para financiar sus gastos.

El embrollo de la coparticipación federal de impuestos aparece incipientemente con la crisis de 1890 y toma mayor envergadura ya en el siglo XX en la década del 30. Pero termina de desbocarse con la ley de coparticipación federal de 1973 que pasa a ser redistributiva. Es decir, unas provincias empezaron a financiar a otras.

El problema fundamental del sistema de coparticipación federal es que separa la responsabilidad política de recaudar del beneficio político de gastar, con lo cual potencia el gasto de las provincias. Si no hubiese coparticipación, si una provincia gasta demasiado, no se lo financia un señor que vive en otra provincia, sino que es el gobernador de la misma provincia que aumentó el gasto público el que tiene que poner la cara ante sus contribuyentes, que son sus votantes, y decirles que les va a cobrar más impuestos. La ausencia de coparticipación federal lleva a ser más austeros a los gobernadores por una cuestión de conveniencia política.

Por supuesto que el gobernador puede desbordarse en el gasto, cobrarle más impuestos a los sectores de mayores ingresos de su provincia, pero al final del camino se encontraría con que perdería inversiones, puestos de trabajo y tendría un serio problema de desocupación.

En los últimos 12 años el kirchnerismo ha impulsado la cultura de la vagancia. De llenar el estado de inútiles militantes que cobran buen dinero por no hacer nada. Y esa estrategia la acentuó en los últimos meses de gestión cuando Cristina Fernández aceleró el nombramiento de empleados que son militantes de su corriente política al saber que perdía el poder. Por otro lado, hizo que echarlos de esos cargos le costará caro al contribuyente. Creo yo que cabría a Cristina Fernández una fulminante denuncia penal  por tentativa de defraudación al fisco. Obvio en este solo caso. Después seguirá el largo listado de descarados contratos, etc.

Volviendo al  tema de la coparticipación, me inclino por volver a un verdadero federalismo fiscal en que la nación se financia con los recursos de aduana y tal vez algún impuesto más, concentrando sus gastos solo en defensa, seguridad, justicia, legislación, relaciones exteriores y lo que tiene que ver con la administración del estado nacional.

Las provincias deberían asumir el mismo tipo de gasto a nivel provincial pero cobrando sus propios impuestos. Lo que digo es que deberíamos volver al espíritu de la Constitución Nacional de 1853 y terminar con  la coparticipación federal.

Imagine el lector el gran lío que puede haber para que sancionar una nueva ley de coparticipación federal. Habría que debatir dos niveles de reparto. Primero la coparticipación primaria, es decir, de la recaudación de los impuestos coparticipables, cuánto se queda la nación y cuánto las provincias. Una vez definido ese porcentaje vendría lo más complicado: de los impuestos coparticipables, cuánto correspondería a cada provincia. Qué porcentaje se llevaría cada una.

En el debate de la coparticipación secundaria, las provincias más chicas pretenderán ser financiadas por las provincias más ricas. Es decir, un sistema redistributivo. Un sistema que impulsa el populismo.

Se argumentará que provincias más pobres no podrían sostener su gasto público. Bien, ahí volvemos al debate de los 90 cuando se hablaba de regionalizar la administración del país. Es decir, que 3 o  4 provincias tuvieran una sola legislatura, un solo poder judicial y un solo ejecutivo. En ese momento ya se rechaza la idea porque, obviamente, los políticos querían usar el estado para acomodar a sus seguidores políticos en las reparticiones públicas estatales. Sin embargo, a mi juicio, sigue siendo una salida razonable.

En definitiva, no pretendo que el gobierno de Macri solucione un problema que tiene 80 años de existencia como es la coparticipación. Es más, no sé si el presidente  coincide con la idea de terminar con la coparticipación. De lo que sí estoy convencido es que la coparticipación lleva a la irresponsabilidad fiscal.

Por otro lado, mucho se ha llenado la boca el kirchnerismo contra el endeudamiento público del pasado, sin embargo ha dejado al país más endeudado que cuando fuimos al default en 2001 y, encima, parece bastante claro que este despliegue de nombramientos de militantes en todos los niveles de la administración pública se ha transformado en una verdadera tentativa de defraudación al fisco. Otro delito más por los que deberían responder Cristina Fernández, gobernadores y muchos intendentes.

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE

“No alcanza con solo ajustar las tarifas de luz”

Por Belén Marty: Publicado el 31/1/16 en: http://cadenaba.com.ar/nota.php?Id=35168

 

¿Es normal que en un país aumente cualquier tarifa un 500 por ciento? En Argentina sí. Al menos no sorprende. Hemos aprendido a incorporar estas vicisitudes en nuestra rutina. Las tomamos como se toman a las catástrofes naturales: sabemos que llegan y no podemos hacer nada para impedirlo.

Sin demasiada precisión, como un cirujano de primer año de residencia, el ministro Juan José Aranguren, dictaminó el fin de las tarifas congeladas. Estiman que con mayores ingresos por las nuevas tarifas estarán en condiciones de mejorar el servicio.

“Esta actualización tarifaria reconoce los verdaderos costos de las empresas, lo que permitirá retomar un camino de normalidad para brindar previsibilidad e inversión al sector”, aseguró el presidente de Edesur.

Como parte de esta normalidad pretendida, la Cámara Argentina de Industrias Electrónicas, Electromecánicas y Luminotécnicas (Cadieel) publicó una guía para el uso racional de la energía. Es decir, para que uno no abuse de la electricidad deberá, por ejemplo, poner su aire acondicionado en 24 grados.

La discusión que está en cada mesa hoy es ¿había alguna otra solución al problema energético argentino? ¿Se podría haber solucionado sin aumentar tanto las tarifas? La respuesta es no. Como a todos nos gusta que nos paguen por lo que valemos, lo mismo sucede con los servicios. Como dijo por twitter el economista ortodoxo José Luis Espert hay que pagar las cosas por lo que valen.

Pero más allá de que está bien (es lo correcto) haber sacado los subsidios, ¿alcanza eso para desactivar la bomba que dejó 12 años de kirchnerismo? El gobierno de Macri recibió la bomba y ha decidido hacer el ajuste (necesario) de manera gradual. Están pagando los costos del desastre kirchnerista.

Pero no todo está bien. Suben las tarifas pero no tienen planes de recortar el despilfarrado gasto público. Por tanto, se espera que este año la inflación sea aún más alta que la del 2015. Con ocho puntos del PBI de déficit fiscal hacer solo un ajuste de tarifas de energía zampándole a la gente un monstruoso tarifazo no alcanza. Además, el costo recayó en la gente y no en los políticos. El costo político fue casi nulo.

El punto es que no se puede tener la chancha, los 20 y la máquina de hacer chorizos. No se puede subir de un mantazo las tarifas sin asimismo bajar la carga impositiva. Hay que tener presente que nuestro país tiene una carga impositiva nefasta.

Necesita recaudar tanto para mantener este gasto público. El gasto se va, más que en subsidios a la energía, en sueldos de trabajadores del Estado.  Recordemos que en la última década se incorporaron al menos 2 millones de nuevos trabajadores al sector público. Y como el Estado no tiene recursos que nacen de un árbol, los sueldos de esos 2 millones extras salen de los bolsillos de todos los argentinos, incluido el bolsillo de los más humildes.

Además, hoy, por ejemplo un trabajador que se sube a las 5.30 de la mañana al tren está pagando alimentos que tienen en su costo un 40 por ciento de impuestos.

El verdadero ajuste fiscal que necesita hacer el gobierno no es (solamente) sacar los subsidios a la oferta de energía sino achicar el gasto. Los subsidios energéticos no llegaban a ser el 10 por ciento del gasto. El problema, entonces, no son solo estos subsidios.

La política kirchnerista decidió subsidiar la oferta (Edenor y Edesur) con el objeto de ganar la simpatía de los sectores populares de la Capital Federal. Y sin dudas lo logró.

Pero uno no puede evitar la realidad (el ajuste) a todos todo el tiempo. Este ahorro de US$4000 millones en subsidios ayudará solo un poco a mejorar las finanzas del arca pública y le complicará la vida a muchos otros porteños que se verán forzados a pagar subas extraordinarias impensadas en otros países del mundo.

Por el contrario, se podría haber hecho subas graduales y pensar en ir achicando el gasto en otros sectores más prescindibles como eliminar los subsidios a Aerolíneas Argentinas que pierde por año entre US$750 y US$1.000 millones. No creo que los sectores más populares lamenten mucho perder una aerolínea a la que nunca pudieron siquiera acceder a tomar.

Reiterando lo mencionado arriba, está bien la quita de subsidios pero eso es claramente innecesario al mirar la pintura completa. Es decir, se atacó al árbol y no al bosque. El primer paso, como le sucede a los adictos (en este caso, adictos al gasto) es admitir el problema. Lo demás siempre es más sencillo.

 

Belén Marty es Lic. en Comunicación por la Universidad Austral. Actualmente cursa el Master en Economía y Ciencias Políticas en ESEADE. Conduce el programa radial “Los Violinistas del Titanic”, por Radio Palermo, 94,7 FM.

La sacarina engorda

Por José Benegas. Pubicado el 29/1/16 en:  http://josebenegas.com/2016/01/29/sacarina/

 

— 101.
— ¿101? No puede ser.
— Pero es.
— Me pesé antes de salir, daba 98.

La enfermera siguió llenando los datos de Alfonso como si no hubiera escuchado. Era tan habitual que las balanzas de los pacientes dieran menos que la de precisión de 900 dólares del consultorio y que lo hicieran siempre cerca de las cifras redondas, que le aburría seguir la conversación. Alfonso quedó mirando a la espera de continuar la disputa pero no tuvo más remedio que desistir. La odió.

El médico nutricionista que le recomendó su clínico, el doctor Alvaro Alvarez, lo recibió con una sonrisa. Le explicó el resultado de los estudios que le había hecho y le dio una serie de recomendaciones, que podrían resumirse en la necesidad de una hora de ejercicio aeróbico diario, prohibición de grasas, no azucar, no alcohol, drástica reducción de harina y un recetario de cocina cuyo contenido más excitante era una manzana asada preparada con edulcorante. Todo eso durante tres meses hasta el próximo control.

Acostumbrado a negociar por su profesión de político, Alfonso intentó explicarle que había leído sobre los beneficios del vino, la fuente de proteínas que es el asado, la antidieta y otras muchas teorías que encontró en internet, pero Alvarez ni siquiera se mostró interesado. Apenas le dijo: “Señor diputado, entienda que usted es el que tiene el problema, no yo. Mi trabajo es hacer que viva muchos años, le acabo de dar mi mejor consejo. Usted es un adulto y se necesita un adulto para combatir sus problemas de salud”. Tras lo cual, con otra sonrisa, lo acompañó a la puerta y lo despidió.

¡Que hijo de puta! pensó Alfonso. Le contó al llegar a casa a Gabriela lo que le habían dicho.

“Que desastre”, comentó ella.

— ¿Pero le dijiste lo importante que es para vos el encuentro con tus amigos los domingos para ver el fútbol con pizzas y cervezas?

— Ni llegué a decirle eso, el tipo un témpano. Si lo vieras, una terrible insensibilidad. En ningún momento pareció interesarse por mi. Me trató como un robot contando calorías.

Se quedaron en silencio. Gabriela especulaba con que a ella le dijera lo mismo el tal doctor Alvarez, porque tenía su propio turno para la semana siguiente. Esa noche le preparó a su marido un zapallito hervido, medio huevo duro y una galletita de agua, acompañado con jugo diet de maracuyá. Ella se sirvió una milanesa que había quedado del almuerzo, con puré de papas, también con el jugo diet de maracuyá para mostrar solidaridad con su marido.

No hablaron durante toda la comida. Mientras tomaban el café y se incumplía la primera regla de no usar azucar, Alfonso comentó que no sentía ninguna diferencia, que no se sentía mejor. “¿Vos me ves mejor?”

Al día siguiente ahogó sus penas con una cerveza y unos salamines con su amigo Ivan, quién por suerte le dio una salida. Le habló de la Clínica Carr, que tenía una metodología muy eficiente para bajar de peso, basada en las necesidades emocionales de los pacientes. Justo lo que Alfonso necesitaba, algo más humano, menos “calculista”, dijo. Desde el mismo bar arregló un turno para el martes.

Se sentía feliz otra vez, esa noche festejaron con Gabriela con los riquísimos ravioles al whisky que ella hacía, receta de su madre. Durante el fin de semana aprovecharon para comer de todo, antes de empezar el nuevo régimen de la Clínica Carr. “Los gustos hay que dárselos en vida”, dijo Gabriela.

Ya el aspecto de la nueva Clínica le pareció mucho mejor a Alfonso. Estaba llena de aparatos, computadoras. En la sala de espera había un televisor 4K sintonizado en ESPN. Las enfermeras eran espectaculares, todas con minifalda. En otra pared había un cartel con el lema de la institución: “Bajar de peso con fe y esperanza”.

El doctor Axel Karlitos le cayó diez puntos. Un tipo fenómeno que hablaba de fútbol y de política. De verdad el día y la noche entre una y otra experiencia.

— Mire don Alfonso, vamos a ir de a poco, hasta que usted se acostumbre. Nosotros tenemos la filosofía de que la dieta tiene que adaptarse al paciente y no el paciente a la dieta. Lo que queremos es construir una relación y dejarnos interpelar por sus sensaciones.

— Magnífico doctor, estoy preparado para hacer lo que haya que hacer para estar bien.

— Muy bien, la actitud es lo primero. Empezaremos por reemplazar el azúcar por edulcorante. En tres meses vuelva para un control.

— ¿Nada más?

— Por ahora no.

— Bueno, si hay que hacer sacrificios se hacen doctor. La pizza y la cerveza son importantes para mi, porque los domingos nos reunimos con nuestros amigos a ver fútbol.

— Ok, no lo deje, pero sea moderado.

Alfonso pondría lo mejor de si. Estaba feliz por el trato humano que había recibido. En los meses siguientes fue bastante estricto con la prohibición del azúcar. El problema fue cuando vio a su clínico nuevamente y este le dijo que todos sus valores habían empeorado y que su peso estaba ahora en 120.

Desde todo punto de vista ese fue un momento clave en la vida de Alfonso. Se sentía estafado, que se habían burlado de él. Pensó en mucha gente que estaría pasando por circunstancias similares. El era ante todo, se decía en el taxi volviendo a su casa, un político. Un político se debe a la gente y si sus propias experiencias no lo hacían reflexionar para volcar todo su potencial hacia las personas de carne y hueso, ese político no servía para nada.

Esa noche se pusieron a trabajar con Gabriela en una nueva campaña, que en pocos meses lo llevaría a la fama nacional, a subir en las encuestas y a convertirse en la nueva figura del país. Primero la esbozó en un memo titulado “La sacarina engorda”. Ahí contaba cómo en la Clínica Carr le habían mentido acerca de la posibilidad de adelgazar con sacarina, cuando en verdad había comprobado en carne propia que engorda como pocas cosas que haya comido antes. Acusó a los médicos en general de vivir en un mundo aparte, sin pensar en la gente que solo quiere un poco de felicidad. Sobre todo aquellos que como él tenían una tendencia a engordar, esos eran los que merecían mayor comprensión de la sociedad. Proponía empezar por tirar la sacarina que cada uno tuviera en casa y subir videos a Youtube.

El memorandum fue publicado en el diario La Nación, después de que circulara por las redes sociales. En pocas semanas Alfonso había recorrido todos los medios como el nuevo gurú de la nutrición basada en la felicidad, no en la dieta que era una receta que venía importada desde los grandes centros de poder. Inició una campaña para prohibir la sacarina, juntando millones de firmas. El hashtag #LaSacarinaEngorda fue tendencia mundial durante varias semanas.

Su popularidad creció tanto que Partido decidió en agosto postularlo ese año para la presidencia. Aunque ni él lo podía creer, ganó las elecciones con el 61% de los votos, una semana después de que la Clínica Carr fuera clausurada por el intendente y el doctor Axel procesado y detenido por asociación ilícita.

Alfonso ordenó que inmediatamente después de jurar como presidente le tuvieran preparado el decreto prohibiendo la sacarina, sustancia propia del colonialismo cultural. Quería que el momento de la firma sea transmitido por cadena nacional.

Antes de que se encendieran las luces para la transmisión, Alfonso sentado en el sillón de Rivadavia sentía que había cumplido con el propósito de su campaña. Era feliz.

Fue el momento en que cayó de cara sobre la hamburguesa con queso y las papas fritas que le había preparado su nuevo nutricionista. La coca cola salió despedida y mojó al camarógrafo.

El presidente rodó por el piso y su presidencia llegó a su fin.

 

 

José Benegas es abogado, periodista, consultor político, obtuvo el segundo premio del Concurso Caminos de la Libertad de TV Azteca México y diversas menciones honoríficas. Autor de Seamos Libres, apuntes para volver a vivir en Libertad (Unión Editorial 2013). Conduce Esta Lengua es Mía por FM Identidad, es columnista de Infobae.com. Es graduado del programa Master en economía y ciencias políticas de ESEADE.