Ni “menemismo” ni “kirchnerismo” ¡Peronismo!

Por Gabriel Boragina. Publicado el 14/2/16 en: http://www.accionhumana.com/2016/02/ni-menemismo-ni-kirchnerismo-peronismo.html

 

Hay que calar hondo en la esencia del peronismo para comprender la naturaleza de este movimiento que ha sido protagonista de buena parte de la historia reciente de la Argentina. Los análisis parciales y segmentados de la cuestión a nada conducen que no sea a desvirtuar la auténtica naturaleza de este fenómeno político que ha concitado la atención de analistas de todo tipo.

Lamentablemente, se ha consolidado en muchos casos -tanto en la jerga periodística como en la cotidiana- al tratar temas políticos, distinguir los gobiernos de Menem y de los Kirchner con los neologismos “menemismo” y “kirchnerismo” respectivamente, como “disímiles” al peronismo. Este uso -y abuso- desafortunado de tal nomenclatura ha contribuido y sigue contribuyendo a desdibujar precisamente la intima estructura que subyace detrás del peronismo; de sus integrantes, partidarios y -por sobre todas las cosas- de sus candidatos.

Los rótulos que criticamos, son utilizados de manera ex profeso por los mismos miembros del partido peronista, apenas avizoran el rumbo equivocado de sus candidatos ya accedidos al poder, pero también muchas veces -en forma inadvertida- por personas no-peronistas o antiperonistas que emplean los términos en apariencia diferenciadores, y -sin demasiada conciencia de ello- entran “a jugar el juego” perverso al que “juegan” los peronistas, que detrás de cada fracaso de sus gobiernos buscan dejar intacta “la doctrina del movimiento”.

La realidad, no obstante, es que:

“El peronismo es un formidable dispositivo de poder que ha podido transitar sin inconvenientes desde el populismo liberal de Menem hasta el populismo socialdemócrata de Kirchner. Lo que le importa realmente es el poder: clerical, izquierdista, liberal, conservador, son simples detalles funcionales a la estrategia fundamental.

No es indiferente al destino de una república que el oficialismo sea hegemónico. El precio que pagan las instituciones y la credibilidad pública es muy alto. Discutir el poder exclusivamente en el interior del oficialismo enrarece el debate, lo miserabiliza y lo transforma en una disputa salvaje por cuotas de poder, donde lo único que está ausente son los problemas reales de la sociedad.”[1]

Creo que la cita anterior es una de las mejores definiciones que he encontrado acerca del peronismo, si no es la mejor de todas. Palabras que, redactadas durante los tres sucesivos y prolongados gobiernos de los nefastos Kirchner, describen con singular sutileza los contornos de un “movimiento político” que ha hundido al país en la más profunda de las ciénagas desde su mismo inicio en el año 1946 y en todas las continuas oportunidades en que la Argentina tuvo la desgracia de padecer a sus candidatos triunfantes.

Pero la habilidad del peronismo no consintió solo en disfrazarse con los atuendos del liberalismo o de la socialdemocracia, también supo ser socialista:

“Hacia 1973, el discurso político predominante se formulaba en términos de causas populares, lucha anti-imperialista, liberación de la dependencia externa, combate contra el capital, etcétera, promoviéndose una intervención mayor aún del Estado en la actividad económica. Las elecciones celebradas en marzo de 1973 permitieron el acceso a los cuadros burocráticos de elementos de izquierda, en medio de disputas por el poder político entre las facciones revolucionaria y de derecha del movimiento fundado por Perón, en un ambiente de violencia terrorista.”[2]

Esto era lógico, dado que el peronismo es fundamentalmente una forma de populismo y el populismo se caracteriza por no contar con ninguna ideología específica propia, sino que va modificando su discurso conforme van cambiando las circunstancias políticas y sociales. Dado que “la lógica” peronista es la conquista del poder por el poder mismo, va de suyo que Perón no trepidó en utilizar esos elementos de izquierda para logra su tercer gobierno en el año indicado.

“En ese contexto político fue lanzado un amplio programa de reforma estructural “dirigista”, nacionalista y con objetivos de redistribución de ingresos, además de un llamado pacto social entre corporaciones gremiales obreras (CGT), de pequeños empresarios (CGE) y el Estado, destinado a sustentar políticas de estabilización coyunturales (controles de precios y ganancias). El plan se tradujo en alrededor de cuarenta leyes y acuerdos, aunque parte considerable de las medidas nunca llegaron a ser concretamente implementadas. Fue elevado al Congreso un proyecto de ley agraria, nunca aprobado, que disponía la expropiación de las tierras improductivas; fueron ampliadas las funciones de las juntas de carnes y de granos, a efectos de acentuar la intervención estatal en el comercio exterior, complementadas por la manipulación del tipo de cambio y nuevos impuestos ad valorem a la exportación (“retenciones”); también la estructura arancelaria fue manipulada discrecionalmente con el propósito de dirigir el proceso de industrialización. La ley de promoción industrial, que facultaba al gobierno para subsidiar proyectos de interés nacional, preveía las corrientes facilidades impositivas e incluso el diferimiento de ciertas obligaciones fiscales (impuesto a las ventas, luego I.V.A.) por hasta quince años, sin ajuste por inflación. Se sancionó asimismo una ley de inversiones extranjeras, con el objeto de combatir la penetración de capitales extranjeros, en especial en el sector industrial; se intensificaron las vinculaciones comerciales con los países del bloque socialista; la reforma financiera incluyó la llamada “nacionalización de los depósitos bancarios”; se dictaron bajo estas ideas nuevas leyes del trabajo (de asociaciones profesionales y de contrato de trabajo), de seguridad social y de servicios de salud.”[3]

Esta fue –a grandes rasgos- la política económica adoptada por Perón al asumir el gobierno argentino en 1973. No pueden sorprender la notables similitudes –salvando ciertos detalles específicos- entre las medidas patrocinadas por el propio Perón con las tomadas por el matrimonio Kirchner años mas tarde. Y esto sólo respecto de la dirección económica, soslayando por el momento idéntica similitud con el resto de las políticas seguidas por los mismos personajes en áreas ajenas a la económica. ¿Cómo ante esto podría decirse que los gobiernos de los Kirchner no habrían sido peronistas sin demostrar al enunciar tal falacia el enorme disparate que se profiere?

[1] Nota del traductor en Murray N. Rothbard. Hacia una nueva libertad. El manifiesto libertario.  pág. 27.

[2] Alberto Benegas Lynch (h) Entre albas y crepúsculos: peregrinaje en busca de conocimiento. Edición de Fundación Alberdi. Mendoza. Argentina. Marzo de 2001. pág. 312-313

[3] Alberto Benegas Lynch (h) Entre albas y …ob. cit. pág. 312-313

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

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