Una grieta moral

Por Sergio Sinay: Publicado el 15/12/15 en: http://sergiosinay.blogspot.com.ar/2015/12/una-grietamoral-por-sergio-sinay-muchas.html

 

Muchas diferencias se integran creando nuevas realidades. No ocurre así con las diferencias de valores. Estas son irreconciliables.

 

Toda relación humana nace en la diversidad. No existen dos personas iguales. Complementar e integrar diferencias, crear desde ellas nuevas realidades, aprender a vivir con lo disímil son desafíos constantes, un requisito de existencia. Lo contrario, e imposible, sería vivir encerrado en una sala cuyas paredes fueran espejos. Una invitación a la psicosis.

Hay diferencias que son naturalmente complementarias y existen otras que invitan a una tarea constante y consciente para alcanzar el punto en el cual del blanco y el negro nace el gris con todos sus matices. Estas piden la construcción de puentes, trabajo que se debe emprender desde ambas orillas. En la pareja, en la amistad, en los negocios, en el deporte, en las ciencias, en las familias, en los grupos de trabajo, en los consorcios, en todos los ámbitos donde los seres humanos se nuclean las diferencias están en el aire que se respira. Alimentan ideas, amplían horizontes, estimulan nuevos paradigmas.

Pero no todas son complementarias ni integrables. Las hay irreconciliables. Se puede diferir en formas de llevar adelante proyectos conjuntos, en gustos, en preferencias literarias, musicales y cinematográficas, en costumbres cotidianas, en ritmos, en ideas futbolísticas, en pertenencias políticas partidarias, en el enfoque de fenómenos sociales y culturales y hasta en prioridades a la hora de convivir. En eso y en varias cosas más. Ello no necesariamente significa la ruptura de un vínculo, el fin de una historia compartida. Convivir en el desacuerdo es una experiencia enriquecedora, a la que solo los humanos podemos acceder, porque nuestra condición incluye la razón, la conciencia y, a partir de ellas, la capacidad de pensar de un modo no determinista, es decir libre.

Las diferencias irreconciliables son pocas. Pero son irreconciliables. Aparecen cuando las ideas se convierten en dogmas, cuando no se aceptan las disimilitudes naturales, cuando no se respeta lo ancestral del otro. Y, sobre todo, cuando se trata de valores. Los valores morales están más allá de modas, de épocas, de preferencias, de teorías, de gustos, de creencias, de cálculos. No son relativos. Al menos, no cabe plantearlos así. Matar, mentir, robar, corromper, difamar, dañar conscientemente, abusar, cosificar a las personas no son actos que se justifican a voluntad del que los comete o del que los avala. La coexistencia humana exige un pacto moral de base por el cual ninguna de esas acciones será cometida, con la muy delicada excepción de que con ello se preserve una vida. Y esto no le cabe a la corrupción, a la difamación, al abuso, a la cosificación ni a la manipulación perversa. Ningún fin justifica los medios, y siempre los medios deberían justificar el fin.

Habría que contemplar esto cuando se habla con cierto voluntarismo y liviandad de cerrar la grieta que el gobierno derrotado en noviembre produjo y alentó en la sociedad argentina durante años de corrupción e intolerancia extremas. Esa grieta fue un precipicio y produjo dolorosas rupturas, hirientes injusticias, irreparables difamaciones. Se sostuvo y amplió con mentiras desvergonzadas que se dispararon dese la cima del poder y se recogieron y ratificaron hacia abajo con ceguera y fanatismo, más irresponsables cuanto más recursos informativos e intelectuales se disponía para no convertirse en cliente o en cómplice (ya fuera rentado o gratuito). Quienes se pararon en ese lado de la grieta avalaron una corrupción exhibicionista, prepotente, letal e imperdonable que dejó muertos (los de Once y tantos más), pobres, indefensos, desnutridos, y enfermos. No hay inocencia en ese aval.

La grieta no fue política. Fue moral. Incluyó la mala fe (la sigue incluyendo en algunos autoritarios trasnochados, ignorantes cívicos, que hablan de “resistencia”, como si el país hubiese sido invadido, o que envían cartas abiertas al nuevo presidente vanagloriándose de una pureza que no tuvieron a la hora de masticar las migas que el poder les arrojaba). Las grietas morales son irreconciliables, no hay pegamento que las cierre. Acaso haya que vivir con esta durante un largo tiempo, hasta comprender cuál fue el mecanismo (y la pasividad social) que la produjo y crear el antídoto para que no se repita.

 

Sergio Sinay es periodista y escritor, columnista de los diarios La Nación y Perfil. Se ha enfocado en temas relacionados con los vínculos humanos y con la ética y la moral. Entre sus libros se cuentan “La falta de respeto”, “¿Para qué trabajamos?”, “El apagón moral”, “La sociedad de los hijos huérfanos”, “En busca de la libertad” y “La masculinidad tóxica”. Es docente de cursos de extensión en ESEADE. 

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