La consecuencia no intencional de un (otro) capricho presidencial

Por Alejandra Salinas: Publicado el 9/12/15.

 

La actual Presidente de los argentinos decidió no entregar el bastón de mando y la banda presidencial al Presidente electo que asumirá funciones mañana. Según Luis Alberto Romero, “… la ceremonia de transmisión del mando ha sido la parte más respetada de la vapuleada tradición republicana, quizá porque sus formas, rituales y símbolos remiten a otros que son muy viejos. En nuestra cultura occidental, llevan por vía directa a las monarquías medievales, y más atrás a la Roma republicana y a las polis griegas. Los antropólogos nos dicen que en cualquier sociedad humana el poder se ha organizado en torno de rituales semejantes” (“La reveladora telenovela del traspaso”, La Nación,  9-12-2015).

El acto tradicional de transmisión del mando ahora interrumpido es sin duda un simbolismo y no un requisito institucional, ya que la Constitución de la Nación Argentina sólo exige que “Al tomar posesión de su cargo el presidente y vicepresidente prestarán juramento, en manos del presidente del Senado y ante el Congreso reunido en Asamblea, respetando sus creencias religiosas, de: “desempeñar con lealtad y patriotismo el cargo de presidente (o vicepresidente) de la Nación y observar y hacer observar fielmente la Constitución de la Nación Argentina” (Artículo 93).

En estos días mucho se ha condenado y lamentado la decisión de la Presidente saliente de quebrar la tradición del traspaso de mando a raíz de sus motivaciones caprichosas, antes que por la falta de garantías o condiciones de seguridad y legalidad del acto en cuestión. La consecuencia más evidente de su decisión se traduce en la creación de un clima de inestabilidad para enturbiar la llegada al gobierno de un nuevo proyecto político, lo cual sumado a los discursos sobre la “resistencia” puede alimentar la confusión y el temor respecto del futuro político inmediato. Queda en manos del nuevo gobierno y de la ciudadanía argentina demostrar que un futuro de conciliación y respeto por la institucionalidad no sólo es necesario y deseable, sino también posible.

Independientemente de estas cuestiones, me interesa explorar aquí una consecuencia no intencional del capricho de la Presidente saliente, y que es la discontinuidad en la tradicional forma de transmisión del mando. Considerando que sólo se requiere constitucionalmente un juramento presidencial, debo admitir que no me resulta antipática la idea de abandonar las prácticas rituales que Romero asocia con el mundo antiguo, y de adoptar nuevas prácticas más a tono con una república moderna. Recordemos, a tal fin, que el espíritu de ésta es el auto-gobierno, la capacidad ciudadana para participar en la vida pública y la  institucionalización en rechazo del poder arbitrario o discrecional. Este espíritu se traduce en la soberanía de los derechos, la elección popular de los funcionarios públicos, la igualdad política, la publicidad y responsabilidad de los gobernantes por los actos que ejercieren durante su función, y la independencia de los poderes.

Por lo antedicho, imagino entonces a futuro una nueva ceremonia que no se base en el gesto de un Presidente entregando a otro el objeto-Gobierno de la Nación, simbólicamente representado en la banda y el bastón. A mi modo de ver esa transmisión refleja cierto personalismo y voluntarismo que históricamente ocasionó ya suficientes problemas en la vida política argentina. En cambio, una ceremonia donde el Presidente electo simplemente asuma sus funciones, con la Constitución en mano y de cara al pueblo, a mi juicio simbolizaría adecuadamente los dos ideales políticos de una república moderna: la fe institucional, la protección de derechos y los límites al poder personal (elemento Constitución), y el compromiso de conducir los asuntos públicos con un espíritu de transparencia, austeridad y rendición de cuentas ante quien constituye el evaluador y decisor político en última instancia (elemento pueblo). Como escenario de trasfondo de la ceremonia así entendida, ésta debiera celebrarse al aire libre, con la masiva presencia del público, de todos los legisladores de la Nación, y de otros funcionarios públicos locales y extranjeros.

Además de reflejar mejor los ideales republicanos, dejar de lado la transmisión y adoptar la simple asunción del mando evitaría repetir situaciones engorrosas como la que nos ocupa en estos días. Por último, el cambio sugerido apunta a evitar la confusión frecuente entre personalismo y fortaleza institucional. En este sentido la afirmación de que la situación argentina “ha puesto en evidencia la debilidad de las instituciones” (La Tercera, diario chileno), ilustra tal confusión: la situación argentina sólo refleja el capricho de una persona y el envejecimiento de ciertas tradiciones, pero no afecta en la menor medida la institucionalidad nacional. Mañana tendremos un nuevo Presidente, elegido por el voto de la mayoría, quien jurará de acuerdo a las normas y que intentará gobernar –al menos así lo ha anunciado- con criterios más republicanos y menos arbitrarios.

 

Alejandra M. Salinas es Licenciada en Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales y Doctora en Sociología. Fue Directora del Departamento de Economía y Ciencias Sociales de ESEADE y de la Maestría en Economía y Ciencias Políticas. Es Secretaria de Investigación y Profesora de las Asignaturas: Teoría Social, Sociología I y Taller de Tesis de ESEADE.

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