Privacidad e intimidad

Por Gabriel Boragina. Publicado el 24/10/15 en: http://www.accionhumana.com/2015/10/privacidad-e-intimidad.html

 

“Seguramente el tema central del siglo XXI será el derecho a la intimidad. Es de trascendental importancia definir y redefinir derechos de propiedad para proteger la privacidad en vista de la alta tecnología que, entre otras cosas, permite vulnerarla. Pero nuevamente “no es culpa” de la tecnología sino de la forma en que se la emplee. La alta tecnología igual que el martillo y el mercado puede emplearse para fines morales o inmorales. Nos brindan extraordinarias posibilidades pero de nosotros depende su buen uso.”[1]

La alta tecnología es particularmente peligrosa en manos de los gobiernos. Esto, se puede decir, es una constante y puede sentarse como una regla general. El gobierno es el mecanismo de compulsión y coerción por excelencia, y sus fines se concentran fundamentalmente en dichas tareas, por ello que los gobiernos dispongan de medios tecnológicos refinados confiere un serio riesgo al resto de la sociedad civil. Pero, como bien dice el autor citado, no solamente el gobierno se torna amenazante mediante el empleo de tecnología sofisticada, sino que en numerosísimos casos, son los mismos particulares quienes se ponen en riesgo mediante el uso que ellos mismos dan a ciertas herramientas tecnológicas, sobre todo en materia informática, exhibiéndose de manera imprudente en sitios tales como las redes sociales que, con su auge, han puesto en evidencia asimismo la necesidad compulsiva de mucha gente a desnudar literalmente toda su privacidad e intimidad. Por supuesto, el uso que se le da a la tecnología tiene un soporte de corte teórico tras de sí:

“Hoy día observamos tres corrientes de pensamiento que aparecen en escena con alguna contundencia: el socialismo aplicado al medio ambiente que abarca hasta los más mínimos resquicios de la intimidad, el “political correctness” que proclama el relativismo cultural y el llamado socialismo de mercado que pretende simultáneamente tener la torta y comerla. Este trípode resulta sumamente prolífico y cala cada vez más hondo en el espíritu de numerosas personas.”[2]

El socialismo medioambiental -como podría perfectamente denominársele-, pretende, como bien se apunta en la cita, a interferir en la vida privada de las personas de muchísimas maneras diferentes, pero –fundamentalmente- tratando de dictar y de regular “qué es” lo que las personas “deben” consumir o no, o de qué modo emplear sus respectivas propiedades, al punto de disminuir precisamente sus derechos de propiedad al regular su uso, con pretexto de los efectos “potenciales” o “efectivamente contaminantes” que el uso de la propiedad privada “podría” causar en el entorno ambiental. La gran mayoría de los “argumentos” del socialismo ambiental no son más que meras excusas, para lograr el objetivo de siempre del socialismo en su más pura expresión: el control y final supresión de la propiedad privada. Pero también el tema tiene otras aristas a explorar:

“Estamos tan acostumbrados a que los gobiernos se infiltren en la intimidad de las personas que tiende a rechazarse la propuesta de abrogar el matrimonio civil. En verdad, constituye un atropello que el gobierno case o “descase”. Este campo debería librarse a las partes. Arreglos contractuales libres y voluntarios deberían acordar temas patrimoniales, uso de apellidos, custodia de los hijos, eventuales condiciones de separación, etc. El debate divorcio-antidivorcio es estéril y surge como consecuencia de la intervención estatal.”[3]

El matrimonio -como la mayoría de los temas que involucran a la familia- resulta claro para nosotros que se trata de una cuestión estrictamente privada y dentro de la órbita total de la intimidad de las personas. Los estados no tienen (no deberían tener en rigor) ningún rol a cumplir en estos asuntos. Sin embargo, es una de las zonas donde el intervencionismo estatal es mas aceptado que en ninguna otra, lo cual da cuenta de hasta qué punto nuestras sociedades llevan implícitas en su pensamiento y han incorporado en todos sus aspectos el más amplio intervencionismo estatal, incluso en esferas que son de índole privativa familiar como el matrimonio, y demás aspectos que bien se mencionan en la cita precedente.

“Claro que usar y disponer de lo propio no significa que se puedan violentar iguales derechos de terceros. De ahí es que debe resguardarse la intimidad de cada uno. Los actos privados que se hacen de modo tal que pretenden sustraerse del dominio público deben ser respetados. De lo contrario, la consideración a los distintos proyectos de vida se convertiría en pura declamación.”[4]

Es que lo propio involucra, con total claridad, también a lo íntimo y a lo privado, por eso el derecho de propiedad privada se extiende y comprende naturalmente lo íntimo y privado, en una palabra intimidad y privacidad son campos a los que pertenece la propiedad privada de cada persona. Estas zonas de privacidad no deben ser vulneradas por ninguna persona, ni “en nombre” de los estados, ni en nombre propio, caso contrario, no podría hablarse de un efectivo derecho de propiedad, sino de todo lo contrario a ello.

“Claro que si la gente anda desnuda por las playas y conversa en voz alta delante de los demás sobre sus intimidades, resulta claro que la intención no es resguardar nada sino más bien ventilarlo todo. De lo que se trata es de preservar la intimidad de quienes desean mantener su vida privada fuera de los alcances de los demás. Este derecho se desprende del derecho de propiedad sin interferencia de extraños. Esta es la razón por la que una Constitución que se precie de tal incluye la prohibición de entrometerse en los papeles, las conversaciones y los lugares privados, a menos de que se trate de un delincuente en cuyo caso se requiere de una orden judicial debidamente justificada. La preservación de la intimidad resulta indispensable además para la creatividad: Goethe subrayaba que “El talento germina en la intimidad”.”[5]

En un régimen liberal, entonces, el respeto a la intimidad y privacidad del vecino es un derecho fundamental que debe cumplirse y hacerse cumplir por todos y cada uno. Y, por supuesto, el gobierno ha de ser el primero en cumplirlo, ya que normalmente es el primero en violarlo, cosa que hace con frecuencia y con gusto.

[1] Alberto Benegas Lynch (h). El juicio crítico como progreso. Editorial Sudamericana. Pág. 109

[2] A. Benegas Lynch (h) El juicio….ob. cit. pág. 177

[3] A. Benegas Lynch (h) El juicio….ob. cit. pág. 126/127

[4] A. Benegas Lynch (h) El juicio….ob. cit. pág. 126/127

[5] A. Benegas Lynch (h) El juicio….ob. cit. pág. 126/127

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

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