Fútbol y anomia en la Argentina

Por Alejandra Salinas: 

 

La agresión con gas pimienta a los jugadores de River que salían a jugar el segundo tiempo del encuentro contra Boca coincidió ayer con mi clase sobre Carlos Nino y su análisis de la anomia social en la Argentina. En su ya clásico libro Un país al margen de la ley, Nino retrata a la sociedad argentina como un conjunto social donde abunda la falta de respeto a las normas jurídicas, morales y sociales; es una situación generalizada de anomia o “ilegalidad boba” en el sentido de que la inobservancia de las normas provoca situaciones donde la sociedad toda resulta perjudicada.

Según Nino la anomia argentina se observa tanto en el plano institucional como en el plano social. Del incumplimiento de las normas por parte de los actores políticos y económicos a lo largo de la historia argentina dan testimonio el contrabando, la anarquía, los privilegios, dictaduras, golpes de Estado y corrupción endémica. Nino postula que esta anomia institucional influye sobre la anomia social, ya que ésta “tiene ejemplo e inspiración en el manejo del poder público” (p. 85). En otras palabras, estaríamos en presencia de un “efecto de derrame perverso”,opuesto al “efecto derrame beneficioso” que Adam Smith asocia con la creación y distribución de riqueza en un sistema de libertad natural.

La anomia social así entendida es observable en la actividad económica, fiscal, vial, gubernamental y hasta académica, según lo describe Nino en el capítulo 3 de su libro. Analiza allí los casos de los accidentes de tránsito, la corrupción pública, la evasión fiscal, y la excesiva reglamentación gubernamental, entre otros, como signos de una cultura argentina que vive al margen de la ley. Algunos datos recientes parecen avalar sus afirmaciones: según una encuesta de Poliarquía e IDEA realizada entre 1.000 argentinos, un 40% está dispuesto a ir en contra de la ley si cree que tiene razón, un 80% piensa que el país “vive la mayor parte del tiempo fuera de la ley” y un 90% opina que los argentinos son “más bien desobedientes o transgresores” (http://goo.gl/YmjAVj).

Otros analistas han coincidido con el diagnóstico de Nino acerca de las causas y manifestaciones de la anomia social argentina. Por citar sólo algunas fuentes:

Carlota Jackish: “Pero el tema no se agota en el incumplimiento de normas viales, también se violan los códigos edilicios, se adulteran alimentos y medicamentos, se falsifican títulos profesionales, no se cumplen los horarios (la puntualidad en un sentido amplio es una norma que no sólo caracteriza a la vida civilizada, sino que mejora la eficiencia de la sociedad en general), se ensucian los espacios públicos y se pagan sobornos para no cumplir con determinadas normas” (“La anomia, una patología social argentina”, La Nación, 28 de septiembre de 1997).

Ricardo Sidicaro: “Suponer que la policía delinque no es anomia, es mucho más. [Es una] descomposición social. En situaciones de anomia los sujetos pierden su relación con las normas. Acá el problema pasa también por las instituciones que tienen que hacer cumplir esas normas. No es una persona que transgrede y hay un juez que aplica la norma. El que transgrede es el juez”. (“Anomia es poco decir, vivimos en descomposición”, Página12, 2002).

Eduardo Fidanza: “La anomia que me interesa destacar, no obstante, es la que se produce por una falla estructural de la clase dirigente. Se manifiesta como un fracaso en el ejercicio de la autoridad y afecta las percepciones y los comportamientos. Se trata de una patología que se contagia del poder y se transmite a los grupos sociales. Su víctima es la gente común. Los victimarios, aquellos que ocupan posiciones de poder. La anomia boba perjudica a todos, la anomia a la que me refiero somete a la sociedad en beneficio de sus elites” (“Decálogo de la anomia argentina”, La Nación, 2009).

A la luz de la historia reciente del fútbol argentino y de los hechos de ayer es obvio que habría que incluir en el listado de actividades anómicas al fútbol, tanto en su organización como sus prácticas. La falta de voluntad de la dirigencia política y deportiva para solucionar el tema de la violencia en el fútbol ilustra el tipo de anomia institucional que Nino condena, aquella que se gesta en las guaridas del poder; crece bajo la protección o indiferencia de quien sabe cuántas instancias gubernamentales y sus socios; se manifiesta en el descontrol y en última instancia la ridiculez que escandalizan y estigmatizan al fútbol argentino y a la sociedad en su conjunto.

¿Cómo empezar a revertir la anomia en el fútbol? Uno de los caminos sería imitar políticas exitosas extranjeras. Luego de una serie de incidentes y muertes en partidos de fútbol de su país, Margaret Thatcher reconoció el carácter social y político del problema, asumió la responsabilidad de combatirlo y lo hizo con éxito. Sus medidas incluyeron prohibir el ingreso a los estadios a los líderes violentos, combatir a las barras bravas infiltrando sus reuniones, judicializar a más de 5.000 fanáticos, otorgar créditos a los clubes para financiar la seguridad, e impulsar la transmisión masiva de los partidos (Fuente:  Román Gómez, http://goo.gl/lUplGi). Los expertos dirán si esto es viable o posible en nuestro país, si ya se intentó o, en su defecto, podrían confirmar la siguiente frase de Mark Twain: “El hecho es que la raza humana no sólo es lenta para pedir prestadas ideas valiosas – a veces persiste en no pedir prestado en absoluto”.

¿Cómo empezar a revertir la tendencia a la anomia argentina en general? La pregunta quizás suene demasiado ambiciosa e ingenua, y la idea de lograr tal cometido parece imposible. Sin embargo, elijo creer en la tarea de proponernos hacer algo al respecto. Como dijo Norberto Bobbio, “Respeto y aprecio, en cambio, al que actúa bien sin pedir garantías de que el mundo mejore y sin esperar, no digo premios, sino ni siquiera confirmaciones. Solo el buen pesimista está en condiciones de actuar con la mente despejada, con la voluntad decidida, con sentimiento de humildad y plena entrega a su deber” (N.Bobbio, Politica e cultura, en U. Eco, A paso de cangrejo. Debate, México, 2007, pp. 85-86, http://goo.gl/CLynzg).

Invito entonces a deliberar acerca de las formas y propuestas que asignaremos a este pesimismo trabajador.

 

Alejandra M. Salinas es Licenciada en Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales y Doctora en Sociología. Fue Directora del Departamento de Economía y Ciencias Sociales de ESEADE y de la Maestría en Economía y Ciencias Políticas. Es Secretaria de Investigación y Profesora de las Asignaturas: Teoría Social, Sociología I y Taller de Tesis de ESEADE.

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