Deudas y pagos

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 26/4/15 en: http://www.libremercado.com/2015-04-26/carlos-rodriguez-braun-deudas-y-pagos-75469/

 

El presidente Obama dijo en una oportunidad que el gran aumento de la deuda pública durante su mandato no era preocupante porque una gran parte no estaba en manos extranjeras: “Nos la debemos a nosotros mismos”. El premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz dijo que el impago de la deuda no es malo: “Los períodos de cesación de pagos marcan el comienzo de la recuperación económica”, y puso como ejemplo mi Argentina natal.

El argumento de que la deuda pública no importa si el Estado la coloca entre sus súbditos es una antigua falacia mercantilista: es como si una mano le debiera a la otra, decían. Los economistas clásicos, desde Adam Smith, refutaron la idea y sostuvieron que la supuesta bondad de esa deuda simplemente indicaba que al Estado le resultaba más fácil colocarla puesto que podía subir los impuestos a los mismos que la compraban, cosa que no podía hacer con los compradores extranjeros. En la época actual, con deudas denominadas en monedas cuya emisión a menudo los propios Estados controlan, se añade que es más fácil para los Estados expropiar a sus súbditos con impuestos explícitos, con inflación (un impuesto implícito) y con impagos que tienen consecuencias menos nocivas para los gobernantes, que además pueden forzar la colocación con medidas (por ejemplo, sobre bancos o fondos de inversión o pensiones) difícilmente aplicables a los acreedores foráneos.

Los clásicos concluían de todo ello que había que limitar las emisiones de deuda pública, salvo en caso de guerra, porque era un recurso mediante el cual el Gobierno podía aumentar el gasto público sin necesidad de recaudar en cada momento para sufragar el gasto de cada momento. No era, por tanto, inocuo que la deuda fuera colocada localmente, entre otras cosas porque, al revés de lo que dijo Obama, esos “nosotros mismos” no somos iguales ante la ley: el Estado es más poderoso que los ciudadanos.

Una variante de la trampa conforme a la cual la deuda no importa si es comprada por nacionales es que tampoco importa no pagarla. Es lo que dicen Stiglitz y muchos otros con demasiada precipitación. Es verdad que la Argentina creció después de declarar el default a comienzos de 2002, pero ese año el PIB cayó un 12%, y después el país tuvo dos considerables ventajas de las que sus incumplidores gobernantes se beneficiaron. La primera, bien conocida, fue la apreciable subida en los precios de las materias primas. La segunda, sobre la que se reflexiona menos, es que el país no sufrió mucho con la reciente crisis financiera porque tampoco registró la burbuja previa. En efecto, al haber impagado la deuda… nadie quería prestarle. Pero de ahí a decir que el default es bueno porque después de él la economía crece hay un considerable trecho.

El argumento de los que recomienda impagar nunca pondera los efectos negativos de esa medida. Sostienen, así, que si un país deja de pagar, entonces puede destinar el dinero a otras cosas, como políticas monetarias y fiscales expansivas, lo que reanima la economía bajando los tipos de interés. Todo ello puede tener efectos perjudiciales, que rara vez son tenidos en consideración, del mismo modo que nunca se atiende a los intereses de las personas físicas y jurídicas que prestaron dinero a los Estados en su día, sólo para que después les digan tararí.

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE.

¡Invierta en Argentina, ganará poca plata!

Por Iván Carrino. Publicado el 18/4/15 en:  http://www.ivancarrino.com/invierta-en-argentina-ganara-poca-plata/

 

Nuestros dirigentes no paran de sorprender. Durante una de sus últimas apariciones públicas, esta vez en el lanzamiento de un modelo automotriz que comenzará a ser fabricado en el país, la presidente habló sobre la inversión y sorprendió a todos con una teoría que va a contramano del saber convencional.

En su discurso, afirmó:

Escucho hablar mucho en estos días de inversión y demanda, y que hay que reducir la demanda, que es reducir los salarios, para aumentar la inversión. No, señores. Para aumentar la inversión, hay que disminuir un cachito la rentabilidad, o traer alguna de la que se llevaron afuera.

Ahora bien, por un lado, habría que aclarar que “la que se llevaron afuera” ya no es tanta porque hace tres años que el cepo cambiario impide el giro de utilidades de las empresas al tiempo que restringe cualquier vía legal para sacar dólares del país. Esta realidad se verifica con datos que el propio Banco Central se encarga de divulgar. Desde 2007 hasta la imposición del control de capitales, las empresas giraron al exterior un promedio de USD 3.300 millones por año. Sin embargo, a partir de 2011, el promedio anual se desplomó un 70% a USD 968 millones, a causa de las restricciones.

Por otro lado, tenemos que detenernos en esta idea de que para aumentar la inversión no es necesario reducir el consumo (como lo haría cualquier persona o familia), sino ¡reducir las ganancias!

Imagínese un afiche de propaganda que usted mira en la vía pública. El afiche busca invitarlo a que veranee en un lugar determinado. Digamos, una playa en el caribe. Sin embargo, en lugar de mostrar una imagen de una pareja en la orilla de una playa inmensa en el medio de un día soleado y con agua cristalina, el aviso muestra una playa sucia, en medio de una lluvia torrencial y a la pareja abrigada hasta el cuello. A su vez, el cartel tiene un slogan: “Venga a veranear a nuestra playa, tendrá una semana fatal”. No hay que ser muy despierto para darse cuenta que pocos serán los interesados en vivir esa experiencia.

Lo mismo sucede con el concepto esgrimido por el gobierno. Lo que escapa a su razonamiento es que, al igual que quien está buscando destinos para disfrutar una semana de vacaciones, el mundo está lleno de inversores buscando oportunidades de invertir, y lleno, a su vez, de opciones que compiten para atraer ese ahorro y convertirlo en una inversión rentable.

En ese sentido, lo que buscan los inversores es precisamente aquellos proyectos de negocios donde puedan incrementar, duplicar y, por qué no, multiplicar sus ganancias con el correr del tiempo. Y eso no tiene nada de malo ya que, en el proceso, estarán beneficiando a todos aquellas personas que voluntariamente decidirán comprar el producto o servicio que este negocio ofrezca. Además, el nuevo negocio aumentará la demanda de trabajadores, incrementando el nivel de empleo o, en su defecto, los salarios reales.

En el caso de que la inversión sea “solamente” financiera, el beneficio también está allí, ya que los fondos se destinarán a financiar, en definitiva, un proyecto productivo que, de otra manera, no podría haberse comenzado.

Así, teniendo en cuenta lo que el inversor tiene en mente, los diferentes destinos posibles compiten constantemente para seducir y atraer esos capitales. En este marco, los países y jurisdicciones dentro de ellos se exigen al máximo por reducir los impuestos, ofrecer seguridad jurídica, permitir libertad en el flujo de capitales y en la compra venta de divisas. El objetivo es que cada posible inversor se sienta cómodo en el destino que elija y, además, seguro de que si su inversión es exitosa, podrá disfrutar plenamente de los beneficios derivados de ella.

Por último, una reflexión adicional: ¿no es razonable pensar en la frase de la presidenta totalmente al revés? ¿Qué empresa invertirá más en un país determinado: la que está generando beneficios, o la que no los está generando? El análisis es sencillo, si no hay ganancias, no hay nada que se pueda volver a invertir en el negocio, mientras que si las ganancias son grandes, o mejor aún, enormes, entonces es mucho mayor la cantidad de capital disponible para volver a invertir en el país.

Como se imaginará, si se considera lo que expusimos hasta acá, lo que debería hacer el gobierno es todo lo contrario a sugerir que para aumentar la inversión hay que reducir “un cachito” las ganancias. De hecho, para transformarse en un país rico, Argentina necesita una enorme cantidad de inversiones, y para atraerlas, el mensaje debe ser el opuesto: “venga a la Argentina, aquí maximizará sus ganancias”.

Por supuesto, el mensaje debe ser acompañado de hechos concretos, como sostener reglas de juego claras que respeten la propiedad privada, un marco de leyes flexibles y amigables con los capitales, un valor real del dólar y la eliminación de los controles de precios que reducen la rentabilidad de muchos sectores productivos del país, entre tantas otras reformas.

Todos estos temas los podremos ir analizando en otras notas más específicas sobre esos temas. Pero por lo pronto, hoy tenemos que quedarnos con esta idea: para incrementar la inversión y, por lo tanto, hacer que la producción y el bienestar crezcan, no hay que reducir las ganancias, sino tener la expectativa clara de que estas podrán incrementarse al máximo en el futuro. Y después de eso, por supuesto, hacer las cosas bien para que esta expectativa se vuelva una realidad.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Trabaja como Analista Económico de la Fundación Libertad y Progreso, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y profesor asistente de Economía en la Universidad de Belgrano.

Aplazados en calidad institucional países socialistas latinoamericanos

Por Belén Marty: Publicado el 24/4/15 en: http://es.panampost.com/belen-marty/2015/04/24/paises-socialistas-latinoamericanos-aplazados-en-calidad-institucional/#.VTqXWyHcxkE.facebook

 

Venezuela está por debajo, incluso, de Cuba, en el ránking de Libertad y Progreso (Maduradas)

Los países latinoamericanos con Gobiernos autodenominados “socialistas” son los peor evaluados a nivel mundial en el último Indice de Calidad Institucional, que elabora la Fundación Libertad y Progreso de Argentina, incluso en posiciones similares a países como Sudán del Sur, Zimbawe, Eritrea y Gabón.

Argentina, gobernada desde 2003 por el kirchnerismo, es el país que más descendió en los últimos diez años. Solo en 2014, Argentina cayó por debajo de China, Uganda y Líbano. Este país bajó —solo desde 2005— 56 lugares, y se encuentra hoy en el puesto 137 entre 193 países analizados.

El documento, que fue realizado por el académico y profesor Martín Krause, toma ocho indicadores de reconocidos organismos internacionales y los promedia. Entre otros están el Indice de Libertad Económica (Fundación Heritage e Instituto Fraser), “Haciendo Negocios” (Banco Mundial), “Vigencia del Estado de Derecho” (Banco Mundial), “Voz y Rendición de Cuentas” (Doing business, Banco Mundial) y “Percepción de Corrupción” (Transparencia Internacional).

Por el contrario, los países líderes en cuanto a la calidad de sus instituciones en el índice 2015 son Suiza, Nueva Zelanda, Finalndia y Dinamarca. En una mirada más a largo plazo, aquellos que más han mejorado su calidad en los últimos 20 años son Georgia (ascendió 81 puestos), Rumania (subió 49), Croacia (creció 45) y Bulgaria (trepó 40).

Por su parte, en nuestra región, los países que más han mejorado desde 1996 son Perú, que ascendió 20 lugares en el índice; y Colombia (15 puestos más). Brasil también ascendió cinco puestos, a pesar del escándalo de corrupción de Petrobras destapado en el último año.

Los socialismos, con baja calidad institucional

Bajo la misma mirada de largo plazo, la nota, desde 1996, la vienen dando los desempeños de Bolivia (bajo 99 puestos), Argentina (bajo 93), Ecuador (cayó 81), Venezuela (descendió 75) y Paraguay (menos 61).

“Estos resultados señalan las consecuencias de las reformas de estilo socialista bolivariano que en mayor o menor medida se implementaron a partir de este siglo en algunos de los países de peor desempeño”, sostuvo Krause, profesor de Economía de la Universidad de Buenos Aires.

El estudio también señala que desde 2006, la tendencia es muy parecida: Los peores lugares van para Argentina, Bolivia, Belice, Surinam, Venezuela, Ecuador y El Salvador.

“Comparando el desempeño desde 1996 que se menciona más arriba, con éstos, se desprende que Argentina aceleró su deterioro relativo en los últimos años en relación al resto”, explicó el profesor y autor del índice.

“Esas diferencias [entre tener instituciones sanas y no tenerlas] condenan a miles y millones de personas a vivir en la opresión y en la pobreza”, sostiene el informe.

Añade: “Los ciudadanos de algunos de estos países están más oprimidos que los ingleses antes de la Magna Carta”.

El corto plazo: Resultados del índice 2015

Los últimos veinte países del ranking 2015 son: Corea del norte (193), Cuba (192), Eritrea (191), Sudan del Sur (190), Afganistán (189), Turkmenistán (188) y Venezuela (197).

En America Latina, los países con peor calidad de instituciones son Venezuela (184), Cuba (173), Haiti (165), Ecuador (151), Bolivia (139), Argentina (137), Honduras (130), Paraguay (124), Guyana (122) y Nicaragua (114).

Entre su análisis, el informe destaca la importancia de comprender el papel que cumplen las instituciones para revertir definitivamente su deterioro. Para el autor del informe, el camino para el progreso de la región es la vigencia de los derechos individuales, una mayor cantidad y una mejor calidad de las oportunidades para que puedan aprovechar los habitantes de cada uno de estos países.

“En definitiva, aquellos países que tienen una buena calidad institucional o aquellos que la han mejorado, en particular en relación con las instituciones de mercado —y dentro de ellas aquellas que protegen la inversión y la actividad emprendedora—, muestran un mejor desempeño económico y, con ello, ofrecen más oportunidades de progreso a sus habitantes”, concluye el estudio.

Belén Marty es Lic. en Comunicación por la Universidad Austral. Actualmente cursa el Master en Economía y Ciencias Políticas en ESEADE. Conduce el programa radial “Los Violinistas del Titanic”, por Radio Palermo, 94,7 FM.

¿Quién y cómo regula los mercados?

Por Gabriel Boragina. Publicado el 25/4/15 en: http://www.accionhumana.com/2015/04/quien-y-como-regula-los-mercados.html

 

Lo que mal se llama “neoliberalismo” no es otra cosa que estatismo. Las crisis económicas siempre son generadas por los gobiernos. Si a estas crisis gubernamentales se les quiere llamar “neoliberales” pues ello queda a gusto de quien quiera usar esta palabreja. En lo personal, preferimos usar términos más exactos y más técnicos, designando a los responsables directos de las crisis económicas, que siempre son los gobiernos, mediante las manipulaciones que de continuo intervienen en los mercados adulterándolos y provocando, en última instancia, crisis como todas las que conocemos.
Al aburrido estribillo antiliberal que dice -ignorantemente- que los mercados no se autoregulan le contestamos que ello depende de qué tipo de mercado estemos hablando. Si se refieren a los mercados actuales, intervenidos por los gobiernos, resulta obvio que ellos están regulados por los gobiernos, y es esta la causa por la cual los mercados no se autoregulan: si ya están intervenidos por los gobiernos difícilmente puedan esos mercados autoregularse, ya que el gobierno con su intrusión precisamente se los está impidiendo.
Pero si, en cambio, estamos hablando de los mercados libres, aquí es evidente que estos mercados siempre se autoregulan. Claro que ello, invariablemente, en la medida que el gobierno no los estorbe. Lo importante en este punto es comprender bien cómo es el proceso a través del cual los mercados se autoregulan. Decimos que estos mercados se autoregulan porque ellos no operan en el vacío, sino que se mueven dentro de un contexto competitivo, lo que -a su turno- supone la existencia de un sistema de libre competencia, sin el cual los mercados no podrían autoregularse. Inserto el elemento competencia dentro del concepto de mercado, decimos, entonces, que los mercados se autoregulan. Si -en cambio- excluimos el elemento competencia del significado de mercado, a la sazón debemos expresar que los mercados libres son regulados por la competencia. Todo depende de si incluimos o excluimos el factor competencia dentro de la noción de mercado. Si decimos “mercado libre”, el factor competitivo ya está encerrado dentro de dicha significación. Por eso hablamos -en este caso- de mercados libres y no simplemente de mercados “a secas”. La diferenciación es crucial.
Si aislamos a los mercados de su contexto competitivo, luego la única forma de regularlos sería a través del gobierno. Pero esto implicaría que las decisiones que, de ordinario y diariamente -dentro de ese entorno competitivo- toman los consumidores, serian reemplazadas por los decretos de los burócratas. Es decir, supone pasar el control de los mercados desde los consumidores hacia los burócratas. Y -lamentablemente- esto último es (ni más ni menos) lo que sucede hoy en día en la mayor parte de los países del mundo.
Tal hecho afecta la vida de las personas comunes y corrientes en una medida mayúscula. En términos cotidianos, involucra que un funcionario del gobierno presume saber más y conocer mejor dónde el lector debería comprar sus zapatos, comida, ropa, vivienda, viajar, pasar sus vacaciones, etc. o dónde no debe hacerlo, en qué momentos u oportunidades, y qué precio debería pagar por cada una de esas cosas, por más que el lector desee u opine lo contrario que el burócrata. Y ocurre muy a menudo que, las decisiones del burócrata contrarían en mucho -o en todo- a las del lector. Así son los mercados regulados por los gobiernos.
Supongamos que el peluquero adonde el lector va -desde hace tiempo- a cortarse el cabello deba cobrar $ 10 el corte para poder pagar un alquiler (proporcional) de $ 8. Imaginemos ahora que el gobierno decide regular el mercado de peluqueros e impone que el corte no puede cobrarse más de $ 7. ¿Resultado? La regulación del mercado hará que el lector se quede sin su peluquero preferido. Porque no puede pagar un alquiler proporcional de $ 8 si su ganancia va a ser de $ 7.
Conjeturemos ahora que el gobierno decide regular el mercado de los alquileres, y que -en consecuencia- decreta que los locales de peluquería no pueden cobrar alquileres en más de $ 5. ¿Qué acontecerá en este caso? Simple: el propietario del local le dirá al peluquero inquilino que deberá desalojar el local de peluquería, con lo cual -también en este supuesto- el peluquero deberá cerrar e irse. Nuevamente, el lector ha perdido a su peluquero predilecto. En otras palabras, lasregulaciones del mercado siempre perjudican a la gente.
El mismo efecto negativo para el consumidor sobreviene si el gobierno regula estos mercados subiéndole los impuestos al peluquero, al dueño del local, etc.
Si el burócrata decide regular el mercado de peluquería con un impuesto a las ganancias de $ 3 por corte de cabello, siendo que -en nuestro ejemplo- la ganancia neta del peluquero era de $ 2, el peluquero del lector debe liquidar el negocio. Los enemigos del mercado dirán que no es así porque en este caso el peluquero subirá el precio del corte a $ 14. Pero se equivocan, porque el peluquero no puede hacer eso, dado que $ 10 era lo máximo que su clientela le permitía cobrar. Si quisiera subir el importe, empezaría a perder clientes en una cantidad igual a la diferencia existente entre el precio de mercado y lo que él quisiera aumentar por sobre ese monto. Y el negocio de todo comerciante no es perder clientes, sino ganarlos. Cuanto más subiera la cuantía por sobre esos $ 10 más clientes huirían presurosamente de su peluquería. Y como su mercado está regulado por el gobierno y a $ 10 incurre en pérdidas en virtud de dicha regulación, entonces la única salida que le queda es la quiebra, que a la larga, es el corolario de todos los mercados regulados estatalmente.
Este es un caso práctico de mercados regulados por el gobierno y no por el consumidor.
Tal como vimos, el impuesto impide que la competencia funcione, porque al elevar los costos del empresario lo empuja a que se salga del mercado. Y si los costos que el empresario tenía antes del impuesto ya eran de por si altos, un nuevo impuesto -o el acrecimiento de la alícuota de cualquiera que ya estuviera pagando antes- directamente lo barre del mercado.

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

DEFAULT DE LA OPOSICIÓN ARGENTINA

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Me refiero a los políticos de mi país. Ofrecen un espectáculo bastante patético por cierto. Y no es que quiera cargarles todas las tintas puesto que me doy cuenta que la articulación de sus discursos está limitado por lo que la opinión pública pueda digerir lo cual, a su vez, depende del clima educativo en cuanto a la trasmisión de valores y principios compatibles con la sociedad abierta. Si no se llevan a cabo las suficientes faenas educativas no resulta posible cambiar el discurso político.

 

En verdad la así llamada oposición no se opone al “modelo” que se viene aplicando desde hace décadas y décadas en Argentina, a saber el manotazo al fruto del trabajo ajeno. Nos hemos apartado grandemente de la visión alberdiana que por otra parte colocó a esta nación a la vanguardia de las naciones civilizadas, en cuya situación llegaban oleadas de inmigrantes para “hacerse la América” en vista de las condiciones atractivas de vida que se ofrecían en estas costas solo comparables con las que tenían lugar en los Estados Unidos. Era la época en que se prestaba mucha atención al dictum de Alberdi en cuanto a preguntarse y responderse “¿Qué exige la riqueza de parte de la ley para producirse y crearse? Lo que Diógenes exigía de Alejandro: que no le haga sombra” y que “El ladrón privado es el más débil de los enemigos que la propiedad reconozca. Ella puede ser atacada por el Estado, en nombre de la utilidad pública”. Luego todo esto esfumó y se trocó por un estatismo rampante vía politicastros instalados en los gobiernos que pretenden manejar a su antojo vidas y haciendas ajenas.

 

En este contexto, el rol de la oposición es hoy en nuestro país realmente pobre. Cada candidato sostiene que manejará “eficientemente” el fruto del trabajo ajeno. No hablan de recortar funciones gubernamentales y, por ende, no mencionan la necesidad de recortar el gasto público al efecto de engrosar los bolsillos de la gente y aliviar la crisis fiscal. Más aun, hay temas en los que no se trata de entender de economía sino de pura esquizofrenia al declamar que hay que reducir impuestos sin reducir el gasto estatal y ocultar que las tarifas no pueden manejarse como si los costos pudieran resolverse por decreto. No hay otra posibilidad: o se trata de una ignorancia superlativa o de un engaño mayúsculo, en cualquier caso la disyuntiva no despierta confianza.

 

A los autodenominados opositores les disgusta el lenguaje, la arrogancia supina y los pésimos modales de los gobernantes que hoy están instalados en el poder,  pero suscriben y pretenden adoptar el eje central de lo que se viene ejecutando. No quiero dar nombres porque el tema es de ideas, pero demos solo unos poquísimos ejemplos para ilustrar lo dicho.

 

El sistema de previsión social. Al momento todos concuerdan en que se hizo bien en expropiar los recursos de quienes preferían estar en un sistema de capitalización y no en uno de reparto donde, como es sabido, actuarialmente es un sistema quebrado que se base en el esquema Ponzi. Y no estoy diciendo que el sistema anterior era bueno ya que se basaba en la obligación de aportar ya sea en un plan o en otro (además solo en las empresas autorizadas por el gobierno de turno,  lo cual desde luego excluía también a empresas radicadas en el extranjero). Desde que se creó el sistema jubilatorio se basó en esa obligación en lugar de permitir que cada uno haga lo que estime pertinente con su dinero. Más aún, en el caso argentino los antes referidos inmigrantes ahorraban en la compra de terrenos y departamentos lo cual fue liquidado por las leyes de alquileres y desalojos. Tras esta argumentación falaz por la que se obliga a la gente a aportar para su vejez está la premisa de que, de lo contrario, la gente no dispondrá de fondos para subsistir. Pero aquí hay dos temas básicos: en primer lugar si esto fuera correcto, cuando el jubilado cobra su pensión habría que destinar policías al mejor estilo del Gran Hermano orwelliano para que no la gaste en alcohol o en diversiones malsanas y, en segundo lugar, en los ya de por si pésimos sistemas de reparto el aparato estatal echa mano a los recursos por lo que nadie cobra jubilaciones razonables ni se puede vivir con lo que se cobra (salvo las jubilaciones de privilegio generalmente de burócratas). No se necesita ser un experto en matemática financiera para percatarse de la estafa. En resumen, ningún candidato hace honor al derecho de propiedad.

 

Segundo ejemplo, el caso de Aerolíneas Argentinas, que se conoce con la absurda e irrisoria denominación de “línea de bandera” y que arroja pérdidas por valor de dos millones de dólares cada veinticuatro horas. Todavía seguimos con la sandez de las “empresas estatales” sin percibir que no  se puede jugar al empresario ya que no se trata de un simulacro o un pasatiempo. En rigor, la empresa requiere poner en riesgo recursos propios. Los incentivos en uno y otro caso son de naturaleza completamente distinta. Como se ha puntualizado, la forma en que se toma café y se prenden las luces son distintas en uno y otro caso. Los cuadros de resultados guían permanentemente la asignación de los siempre escasos recursos, proceso incompatible con los ámbitos de la politización.

 

La constitución misma de una empresa estatal significa derroche de capital puesto que de no mediar la coacción, el usuario hubiera destinado de otro modo el fruto de su trabajo (y si lo hubiera destinado en la misma dirección resulta superflua la intromisión estatal). Incluso si la “empresa estatal” arrojara ganancias -que no es el caso- habría que preguntarse si las tarifas no están demasiado altas. El único modo de conocer como debe operarse es en el mercado abierto y competitivo. Desde luego que esto no significa que se otorguen privilegios ni concesiones, como queda dicho se trata de asignar derechos de propiedad. Si el área en cuestión es estratégica o de seguridad mayor es la razón para que funcione bien y, por tanto, más razón que el emprendimiento no se encuentre en manos de la burocracia. En última instancia,  el término “eficiencia” en la asignación de recursos solo tiene sentido cuando la respectiva colocación se lleva a cabo libre y voluntariamente. Carece de sentido desde la perspectiva de quien le roban la billetera que el ladrón alegue que asignará los fondos “eficientemente” en tareas comunitarias. Por eso resulta tragicómico cuando los candidatos machacan que no hay que reducir el gasto público sino “hacerlo más eficiente”.

 

Un último ejemplo es el de los subsidios, en general los candidatos se resisten a considerarlos como si los integrantes del gobierno fueran los que los financian de su propio peculio, cuando en verdad cada vez que se anuncia que el aparato estatal entregará tal o cual suma de dinero o dispondrá de plazos más largos y tasas de interés menores a las de mercado,  son los vecinos los que se están haciendo cargo. No hay magias posibles. Se torna insoportable considerar a la sociedad como un inmenso círculo en el que cada uno tiene las manos metidas en los bolsillos del prójimo. Resulta llamativo que muchos de los candidatos suscriben las medidas “redistributivas” del actual elenco gobernante solo que dicen que “hay que llevarlas a cabo sin corrupción”, es decir, el antedicho modelo del manotazo al fruto del trabajo ajeno pero “sin corrupción”. Sin duda que este comentario no es para subestimar la inmoralidad de la corrupción pero un sistema autoritario sin corrupción no hace a la gente más libre ni próspera. Además, “redistribuir” significa que el gobierno vuelve a hacer por la fuerza lo que ya distribuyó en paz la gente en el supermercado y afines.

 

Incluso el presidenciable del partido que se siente visto como apartado del populismo (aunque en su gestión haya incrementado en términos reales el gasto, la deuda y los impuestos), ahora unido con otras dos fuerzas partidarias también comandadas por dos personas decentes, declaró que  “reivindico el cien por cien de las banderas peronistas” y su principal asesor de imagen sostiene que ese partido “es el único partido de izquierda que hay en la Argentina”, que él sabe de eso porque “siempre fui un tipo de izquierda” y que el peronismo le parece “genial”. Las antedichas declaraciones tal vez expliquen que la juventud de ese partido haya fabricado remeras con el rostro del referido presidenciable con el gorro del Che Guevara. Estos comentarios van en parte para que en el exterior se comprenda y calibre en algo nuestros problemas políticos en relación al partido a veces estimado por personas consideradas sensatas como “el menos malo” de las ofertas existentes.

 

Los opositores mantienen que si acceden al poder habrá justicia pero si ésta significa “dar a cada uno lo suyo” según la definición clásica, no resultará posible lograr el cometido por las razones antes expuestas en cuanto a la subestimación y ataque a la propiedad privada. Lo único que tal vez resulte posible en un nuevo gobierno es evitar que se esté asesinando en la calle como ocurre permanentemente en la actualidad. También, conjeturo que al mostrar el nuevo gobierno mejores modales con el resto del mundo, es posible que entren capitales que contribuyan a mejorar la situación, aunque si no se toman medidas de fondo, a poco andar, luego del exitismo inicial con el cambio de gobierno (que ya hemos vivido en otras oportunidades), luego de este entusiasmo inicial decimos se caerá nuevamente en los consabidos pozos de desilusiones que nos han acompañado luego de los  primeros tramos de una nueva gestión.

 

Como hemos puntualizado al comienzo, el asunto fundamental consiste en la educación. Mientras este aspecto no sea considerado debidamente, no existirán discursos razonables de políticos que se dirijan a una audiencia que comprende y acepte valores como los alberdianos. Y no se diga que esta es una faena de largo plazo porque es lo que se ha venido repitiendo desde hace más de siete décadas. Cuanto antes se empiece más rápidos serán los resultados. Desde la vereda de enfrente a lo que venimos diciendo, cito por enésima vez a Antonio Gramsci quien ha escrito: “tomen la cultura y la educación y el resto se dará por añadidura”.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer rector de ESEADE.

El Poder de la Persuasión – Luis del Prado

Lecciones de Shakespeare sobre comunicación

En cualquier decisión de cierta complejidad, hay involucradas un gran número de variables.

La clave, como decía el sabio Peter Drucker i, consiste en identificar el factor crítico, es decir el problema cuya solución resuelve todos los demás.

Pero, incluso cuando se identifica el factor crítico para la toma de una decisión, las cosas no ocurren si uno no es capaz de comunicar efectivamente esa decisión y sus probables consecuencias a los demás.

El poder de la persuasión a través de la palabra hablada o escrita es un requisito fundamental para el liderazgo efectivo y muchas veces no es valorado en su real dimensión.

No importa cuán brillantes sean las ideas de un líder. No significan nada si no es capaz de comunicarlas a sus seguidores.

En el presente artículo vamos a analizar dos de los más famosos discursos de Shakespeare para demostrar que la persuasión no tiene que ver solamente con lo que uno dice o, incluso, de la manera en que lo hace, sino de una adecuada evaluación de la relación que se mantiene con la audiencia y de la elección de un enfoque adecuado que permita conseguir los objetivos de la comunicación.

Shakespeare deja en claro los dos requerimientos de la persuasión: lo que uno comunica debe ser simple, pero movilizador.

Por supuesto, algunos líderes son capaces de convencer a su auditorio solamente con la fuerza de su credibilidad y de su prestigio.

Pero mucho más a menudo, se necesita disponer de herramientas técnicas vinculadas con la oratoria.

Marco Antonio, uno de los mejores oradores de Shakespeare, utiliza la repetición, la imaginación y la emoción para conquistar a su audiencia.

La situación a la que se enfrentaba Marco Antonio era la siguiente: una pandilla de conspiradores, encabezada por Bruto y Casio había asesinado al emperador Julio César.

Lo emboscaron en el Capitolio, el centro de la escena política de la ciudad, para demostrar que estaban matando al César por el bien de Roma.

El argumento de los asesinos fue que Julio César estaba tratando de transformar la república en una monarquía para obtener poder absoluto.

Bruto presentó el caso delante de la multitud y ésta pareció compartir sus razones. Pese a la reticencia de Casio, Marco Antonio logró convencer a Bruto para que le permitiera decir una oración fúnebre.

El discurso que Shakespeare pone en los labios de Marco Antonio es una obra maestra de la persuasión.

Sabiendo que iba a enfrentar a una audiencia hostil, utilizó técnicas comunicacionales para transformar a la masa en una herramienta que le permitiera lograr sus propios objetivos.

Si alguien quiere persuadir a un auditorio agresivo y hostil, debe construir un argumento de tal manera que la conclusión surja de manera obvia.

Pero debe tenerse mucho cuidado con revelar información antes de tiempo. Si Marco Antonio hubiera comenzado su oración fúnebre con las conclusiones (que Bruto y Casio eran dos traidores), la multitud lo hubiera asesinado en el acto.

La gente acababa de escuchar los sólidos argumentos de Bruto para justificar que el asesinato de César era lo más conveniente.ii

No he amado poco a César, pero amo más a Roma.

¿Preferiríais que César viviera y morir todos esclavos a que esté muerto César y todos vivir libres?

Porque César me apreciaba, le lloro; porque fue afortunado, le celebro; como valiente, le honro;pero por ambicioso, lo maté.

Lo que dice Bruto es bastante elemental: César era demasiado ambicioso, estaba a punto de destruir la República Romana y de quitarle la libertad a todos, de modo que no hubo más alternativa que actuar patrióticamente, destruyéndolo primero a él iii.

¿Quién hay aquí tan abyecto que quisiera ser esclavo? ¡Si hay alguno, que hable, pues a él he ofendido!

¿Quién hay aquí tan estúpido que no quisiera ser romano? ¡Si hay alguno, que hable, pues a él he ofendido!

¿Quién hay aquí tan vil que no ame a su patria? ¡Si hay alguno, que hable, pues a él he ofendido!

Aguardo una respuesta

Bruto era un intelectual que tenía fama de ser una persona honesta y mesurada. Utiliza argumentos consistentes, repite las frases y logra la aprobación de la gente.

Cuando sube al podio Marco Antonio, lo hace entre murmullos de desaprobación de la multitud.

Esta es una situación que, tarde o temprano, cualquier líder debe enfrentar en el mundo organizacional, ya sea por ejemplo, un planteo de empleados disconformes, una presentación ante un directorio escéptico o cualquier otra situación similar.

La ventaja de Marco Antonio es que él sabía que la audiencia estaba en contra suya.

Comienza pidiendo a la gente que lo escuche, asegurando que el objetivo de su oración era “inhumar a César, no elogiarlo”. Pero rápida y sutilmente inicia su argumentación iv.

¡El mal que hacen los hombres les sobrevive! ¡El bien queda frecuentemente sepultado con sus huesos! ¡Sea así con César! El noble Bruto os ha dicho que César era ambicioso. Si lo fue, su falta fue grave, y gravemente lo ha pagado.

Marco Antonio repite el argumento de Bruto, pero instala una duda (“si lo fue…”). Además, dice que acepta las palabras de Bruto “porque es un hombre honorable”.

Marco Antonio conocía el prestigio de Bruto y no cometió el error de atacarlo. Pero logra posicionarse a sí mismo cuando declara que César “era su amigo fiel y muy cercano”.

Con este módico bagaje conseguido, Marco Antonio continúa citando algunas hazañas innegables de César que beneficiaron a todo el pueblo. v

Trajo infinitos cautivos a Roma, cuyos rescates llenaron el tesoro público.

¿Hizo esto parecer ambicioso a César?

Siempre que los pobres dejaran oír su voz lastimera, César lloraba.

¡La ambición debería ser de una sustancia más dura!

No obstante, Bruto dice que era ambicioso, y Bruto es un hombre honrado

Marco Antonio conocía perfectamente a su audiencia. No era un intelectual, sino un destacado militar y deportista, por lo que le da a su discurso un toque popular.

De todos modos, concede que Bruto ha dicho que “César era ambicioso” y repite que Bruto es “un hombre honorable”.

Ese es uno de los mecanismos más efectivos que utiliza Marco Antonio: repite una y otra vez que Bruto es un hombre honorable, pero no en el contexto del asesinato de Julio César, como lo probará más adelante.

Para construir su caso, Marco Antonio mezcla la emoción con hechos conocidos por la audiencia, como, por ejemplo, la vez que él mismo le ofreció tres veces la corona a César en un acto público y él se rehusó a aceptarla.

Marco Antonio le asegura a la audiencia que no está desacreditando las palabras de Bruto, cuando es exactamente lo que está haciendo.

Pero, antes que sus compatriotas se den cuenta de ello, pasa al siguiente nivel, tratando de aprovechar la intensidad emocional del momento.

Como un gran actor, rompe en lágrimas afirmando vi

¡Mí corazón está ahí, en ese féretro, con César, y he de detenerme hasta que torne a mí…!

La imagen es fuerte y funciona. Marco Antonio realmente está apenado por la muerte de César, pero usa su emoción para lograr su objetivo, no deja que la emoción se apodere de él.

La audiencia siente pena por Marco Antonio, quien está llorando, pero al mismo tiempo está pendiente de la reacción que provoca su llanto en la gente.

En ese momento, Marco Antonio percibe que la gente está empezando a creer en él. Logró una conexión emocional con su audiencia. La emoción es la herramienta más poderosa para la persuasión.

Shakeapeare nos muestra que las personas individuales pueden ser racionales, pero la masa no lo es.

Freud afirma vii :

Cuando el individuo forma parte de una “masa”, se genera una especie de “alma colectiva” que lo hace pensar, sentir y obrar de manera diferente. En la masa se diluyen las personalidades individuales y lo heterogéneo se funde en lo homogéneo…

La masa es influenciable y crédula. Un principio de antipatía se convierte en segundos en un odio feroz. La masa tiene sed de obedecer, por lo que se somete a aquel que se erige en su líder.

Marco Antonio sabe que está fortaleciendo su posición, por lo que continúa diciendo viii:

Si estuviera dispuesto a provocar una rebelión y a exaltar la cólera en vuestras mentes y corazones, sería injusto con Bruto y con Casio, quienes, como todos saben, son hombres honrados

Esta es una flagrante mentira. Provocar una rebelión fue su objetivo desde el inicio. Esa habilidad prueba que Marco Antonio es un orador astuto y es el que ha tenido éxito en capturar las emociones de la multitud. Sabiendo que la audiencia es suya, da el golpe de gracia.ix

…he aquí un pergamino con el sello de César. Lo hallé en su gabinete y es su testamento.

La multitud le ruega a Marco Antonio que lea el testamento. Debido a la emoción del momento, nadie se pregunta cómo puede ser que habiendo muerto César hace menos de media hora, Antonio haya tenido tiempo de buscar y encontrar el testamento.

Marco Antonio demora y la multitud está cada vez más de su lado. Va a leer el testamento, por supuesto, pero no sin antes seguir enardeciendo a la masa en contra de Bruto y Casio.

Marco Antonio invita a la gente a acercarse al cuerpo de César para dar rienda suelta a sus lágrimas.

En ese pico emocional, denuncia el asesinato de César como una “traición sangrienta”. La multitud está dispuesta a ir a quemar la casa de Bruto

Ese es el momento en el cual Marco Antonio expone el supuesto contenido del testamento de César apelando a la imaginación de la audiencia:x

Les deja como legado además todos sus paseos, sus quintas particulares y sus jardines recién plantados a este lado  del Tíber. Se los deja a perpetuidad a ustedes y a sus herederos como parques públicos para que puedan pasear y recrearse. ¡Éste era un César! ¿Cuándo tendrán otro semejante?

Le tomó solo quince minutos dar vuelta la voluntad de una multitud que lo hubiera linchado si reconocía al principio de su discurso que iba a criticar a Bruto y a alabar al César.

En el medio de su discurso insiste:xi

¡Yo no vengo, amigos, a concitar sus pasiones! Yo no soy orador como Bruto, sino, como todos saben, un hombre franco y sencillo, que amaba a su amigo, y esto lo saben bien los que públicamente me dieron licencia para hablar de él. ¡Porque no tengo ni talento, ni elocuencia, ni mérito, ni estilo, ni ademanes, ni el poder de la oratoria, que enardece la sangre de los hombres! Hablo llanamente y no os digo sino lo que todos ustedes ya saben.

Por supuesto, Antonio probó con creces ser alguien que sabía cómo enardecer el corazón de su audiencia. Al final de la escena, un sirviente resume el éxito de Antonio, asegurándole que Bruto y Casio habían sido vistos en las puertas de Roma “cabalgando como locos”.

Por supuesto, no se afirma que todos aquellos que tengan que convencer a una audiencia mientan o sean tan tortuosos como lo fue Marco Antonio.

Pero la lección pasa por el uso de las técnicas que tiene disponibles un orador: la repetición planificada de palabras y frases clave, la apelación a la imaginación y la capacidad de generar una conexión emocional con la audiencia.

Marco Antonio no menosprecia la inteligencia de los que lo escuchan. Hace que cambien de opinión con hechos concretos y tiene en mente tanto los intereses de la audiencia como sus propios objetivos.

Otro gran orador que aparece en las obras de Shakespeare es el Rey Enrique V.

En su famosa arenga entes de la batalla de Agincourt, Enrique se dirige a sus hombres, que se sienten hambrientos, exhaustos y desesperanzados.

Por eso mismo, hay cuestiones que el Rey no menciona: el miedo, el cansancio, la inferioridad numérica. Los soldados ya conocen esa realidad.

Lo que hace Enrique es elegir dos conceptos que lo conecten emocionalmente con su audiencia: el honor y la hermandad.

Durante su discurso, repite estas cuestiones, usando la imaginación para inspirar a cada uno de los soldados a que se vea a sí mismo regresando a casa después de la batalla.

Como la batalla coincide con la fecha en que se celebra la fiesta de San Crispin, ese día se recordará por siempre en Inglaterra a los combatientes.

Shakespeare completa el cuadro, de modo que cada soldado tenga claro que cuando vuelva a su hogar no solo estará rodeado de su familia, sino también de los nobles, su “banda de hermanos”.xii

Los ancianos olvidan; pero cuando todo esté olvidado, recordarán las hazañas que hicieron este día.

Entonces nuestros nombres aflorarán en sus labios de modo fluido: Harry, el Rey, Exeter y Bedford, Warwick y Talbot, Salisbury y Gloucester.

El hombre honrado deberá educar a su hijo para que no pase el día de San Crispin, desde hoy hasta el fin del mundo,sin que se acuerden de nosotros

Y si, a pesar de todo, algún soldado seguía con dudas, Shakespeare describe la manera en que serán recordados los veteranos de Agincourt por la posteridad:xiii

Nosotros somos pocos, pocos y felices, una banda de hermanos;

Aquel que hoy derrame su sangre junto a mí será mi hermano.

Por muy humilde que sea, este día ennoblecerá su condición.

Y los nobles en Inglaterra se lamentarán de no haber estado aquí. Y se sentirán inferiores cuando alguien les cuente que peleó con nosotros.

Es de imaginar el efecto que produjeron esas palabras en las tropas que lo escuchaban, compuesta por campesinos pobres y mugrientos y obreros reclutados para la guerra, que estaban a punto de combatir a los franceses, como soldados del Rey, su hermano.

El Enrique V de Shakespeare, al igual que Marco Antonio, usa la repetición (el honor, el dia de San Crispin, el hecho que nunca serán olvidados), la imaginación (el orgullo de mostrar las heridas de la  batalla, generaciones recordando sus nombres en cada aniversario) y la emoción (el proyecto de la fama y la inmortalidad y el hecho de convertirse en “hermanos” del Rey).

Es cierto que, en muchos casos, los discursos no necesitan ser tan emocionales como los de Marco Antonio o Enrique. La credibilidad del orador y la lógica del discurso pueden ser igualmente movilizadoras.

De modo que debemos estar dispuestos a hacer el esfuerzo de transformar nuestros discursos chatos y aburridos en otros que estén pensados en función del auditorio y que, por supuesto, logren movilizarlo.

Napoleón dijo una vez:Lo que distingue a los seres humanos de los animales es su imaginación. Un soldado no enfrenta la muerte para ganar unas monedas o para obtener una condecoración. Lo hace solamente cuando alguien llega a encender su corazón.”

Los verdaderos líderes son capaces de persuadir a sus seguidores que son parte de un equipo con una misión común y que, al final de la tarea, serán debidamente recompensados.

Así como la mayoría de las personas que trabajan, cualquiera sea su tarea, la audiencia de Enrique necesitaba un propósito, que alguien les mostrara el significado de aquello que estaban por emprender.

i Drucker, Peter. (1972), La gerencia de empresas. (Cap. 28: Las decisiones). Editorial Sudamericana, Buenos Aires.

ii Shakespeare, William. Julio César. Acto 3 Escena 2

iii Shakespeare, William. Julio César. Acto 3 Escena 2

iv Shakespeare, William. Julio César. Acto 3 Escena 2

v Shakespeare, William. Julio César. Acto 3 Escena 2

vi Shakespeare, William. Julio César. Acto 3 Escena 2

vii Freud, Sigmund. (1955). Obras completas. Volumen XVIII. Amorrortu Editores. Buenos Aires, Argentina.

viii Shakespeare, William. Julio César. Acto 3 Escena 2

ix Shakespeare, William. Julio César. Acto 3 Escena 2

x Shakespeare, William. Julio César. Acto 3 Escena 2

xi Shakespeare, William. Julio César. Acto 3 Escena 2

xii Shakespeare, William. Enrique V. Acto 4.Escena 3

xiii Shakespeare, William. Enrique V. Acto 4. Escena 3

Liberalismo, “mano invisible” y mercados “imperfectos”

Por Gabriel Boragina. Publicado el 18/4/15 en: http://www.accionhumana.com/2015/04/liberalismo-mano-invisible-y-mercados.html

 

Muchos antiliberales siguen pensando que el liberalismo cree como existente la famosa “mano invisible” de Adam Smith. Ignoran que el liberalismo no cree en la existencia de la famosa “mano invisible”, que no fue más que una metáfora del profesor escocés (quizás no expresada de manera afortunada) de cómo las personas persiguiendo sus propios intereses mejoran la condición de sus semejantes sin proponérselo siquiera, e inclusive, aun en contra de dicha intención. Pero la metáfora de la “mano invisible” fue sólo eso: una metáfora. La “mano invisible” no fue ni es una mano “real” sólo que no visible. Sin embargo, en 1871 en Viena nace la Escuela Austriaca de Economía con Carl Menger a la cabeza, que explica un liberalismo SIN “mano invisible” o, mejor expresado, donde la “mano invisible” se vuelve visible, materializándose en la acción de millones de personas, como lo ha explicado Ludwig von Mises. Es el liberalismo del que hablo.

Esos mismos antiliberales están tan confundidos, que hasta llegan a afirmar que esa fantasmal “mano invisible” impone desocupación a través del establecimiento de salarios mínimos.

Los salarios mínimos son de factura de los gobiernos, no de los mercados. El mercado genera salarios de mercado. No salarios mínimos. Estos siempre son obra de políticos, no de los mercados. Y mientras los salarios mínimos políticos generan desempleo, los salarios de mercado crean empleo. En suma, la única manera de construir empleo es a través de la libertad salarial, que es de donde surgen los salarios de mercado.

Es verdad que no existe un liberalismo “puro”. ¡Ese es precisamente el problema! Y justamente por ausencia de un liberalismo puro es que tenemos las crisis económicas. También es cierto cuando afirman que conseguir un liberalismo puro es muy difícil, por no decir imposible. Pero desde el momento en que sabemos que si tuviéramos un liberalismo puro las crisis desaparecerían por completo, nuestros esfuerzos deberían concentrarse en tratar de conseguir la mayor aproximación posible hacia un liberalismo puro. La tendencia debería ser -en este caso- tratar de orientar todas nuestras energías en obtener el liberalismo más puro posible, aun cuando seamos conscientes que siempre van estar operando las fuerzas antiliberales, que harán que el objetivo de un liberalismo puro sea bastante difícil de lograr. Nuevamente, y como en otros casos, tomar conciencia de lo difícil o imposible que sería llegar a un liberalismo puro debería ser un aliciente para aproximarnos lo máximo posible a él, y no elegir el camino contrario, el del antiliberalismo.

En cuanto a que los mercados son “imperfectos”, no conozco a nadie que lo niegue, pero a este respecto son aplicables las mismas consideraciones que hemos hecho en el punto anterior en relación al liberalismo puro. Los mercados no van a ser “más perfectos” porque el gobierno los regule y controle, salvo que se piense que los gobiernos son “perfectos” cosa en la que yo en modo alguno creo. La experiencia histórica y cotidiana se han encargado de probar que los gobiernos son mucho más imperfectos que los mercados ¿cómo se espera que un enteimperfecto como es un gobierno pueda hacer “más perfectos” a los mercados, o fuera el mismo gobierno “más perfecto” que el mercado? Lo imperfecto no hace perfecto a nada ni a nadie. Sería un contrasentido afirmar lo contrario. Es imposible tal cosa.

Pero, simultáneamente, pensar o sugerir que los gobiernos puedan ser o actuar de manera “más perfecta” que los mercados es, además de empírica y teóricamente falso, un argumento antidemocrático. Presumamos que en un país tenemos los partidos políticos A, B, C, y D. Sigamos conjeturando que en el gobierno está -al momento- el partido B, que se cree “más perfecto” que el mercado (ya sea que se imagine a si mismo de esa manera, o así los supongan sus adeptos). Bajo esta hipótesis, ese partido no debería abandonar nunca el poder, porque no puede admitirse que los demás partidos también se consideraren “más perfectos” que el mercado. Si ya habría uno que “lo sería”, y -para “mejor”- ya está en la cima del poder ¿por qué cambiarlo? Y si a los mercados se los reputan tan “malos” o tan “imperfectos”, el trillado estribillo antiliberal que los gobiernos son “más perfectos” (o, lo que es lo mismo, “menos imperfectos”) que los mercados sería suficiente para justificar cualquier tiranía. Ya que si el gobierno cambiara de partido en el poder, se correría el “riesgo” de que accediera al Ejecutivo algún otro partido “menos perfecto” que el mercado y que B, con el consiguiente “peligro” de que -en este caso- el mercado empiece a hacer todas las “maldades” que los antiliberales le atribuyen continuamente.

Ya hace tiempo que sostengo que las crisis económicas las originan los gobiernos, no el mercado, ni el capitalismo. Se han dado muchísimas pruebas de ello, pero entre las más importantes recordemos que el sistema económico capitalista no está vigente en el mundo de nuestros días desde hace varias décadas. En su lugar, el sistema económico mundial es el estatista, no el capitalista. Esto es muy fácil de comprobar. Si el sistema fuera capitalista, todas las firmas y empresas del mundo serian privadas, no reguladas ni restringidas por ningún tipo de legislación, todo el mundo pagaría impuestos mínimos, no existiría desempleo, el producto bruto interno no pararía de crecer, los bienes y servicios serían más abundantes, mientras los precios bajarían, los salarios aumentarían, etc. Este sería el escenario más parecido a un mundo capitalista. Sin embargo, todos sabemos que esto no es lo que está sucediendo en el mundo de nuestros días. Más bien ocurre todo lo contrario.

Los antiliberales usan como sinónimos las palabras “liberalismo” y “neoliberalismo”. Pero en realidad, ambas palabras no significan lo mismo. Esto se revela cuando se le pide al antiliberal que describa lo que según él es el “neoliberalismo”. Entonces, citan como ejemplo países con monopolios, oligopolios, impuestos altos, salarios bajos, desempleo, elevado gasto público, inflación, etc. No obstante, todas estas cosas no son fruto del liberalismo, sino de su contrario del antiliberalismo. Y es –curiosamente- al antiliberalismo al que se le llama “neoliberalismo”, con lo cual la confusión que tienen los antiliberales es mayor todavía, porque no se reconocen como culpables de las políticas que propician, ni de los resultados que ellas producen, que no son más que los nombrados antes en parte.

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.