El monopolio de la compasión.

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 13/10/14 en: http://www.lanacion.com.ar/1735043-el-monopolio-de-la-compasion

 

La pretensión de que sólo el estatismo es sensible al dolor de la pobreza, conspira contra las sociedades abiertas y destruye los incentivos para producir, imprescindibles para el desarrollo.

Resulta escandaloso que los estatistas de nuestro mundo pretendan ser los únicos que cuentan con el sentimiento de compasión hacia los pobres y los que sufren. Como es sabido, compasión significa la participación en la desgracia, compartir el dolor, ser solidario en la tragedia ajena, conmiseración con la pena del otro, sentir como propia la aflicción del prójimo.

Estos sentimientos nobles están presentes en toda persona de bien, nadie puede ser indiferente al padecimiento ajeno. No es patrimonio de cierta corriente de pensamiento. La cuestión de fondo radica en saber cuáles son los medios para aliviar esa situación.

En cualquier caso, la limosna propiamente dicha, la entrega de recursos materiales a la persona necesitada, es un camino. Pero el camino más potente estriba en ayudar a que se comprendan las recetas para el mayor bienestar posible por aquello de que «enseñar a fabricar una red de pescar es más ayuda que regalar un pescado». Lo primero perdura en el tiempo, mientras que lo segundo se agota cuando se ingiere el alimento (Santo Tomás de Aquino incluye el «enseñar al que no sabe» en la categoría de limosna que denomina «espiritual»).

En ese sentido, por mejores que sean las intenciones (recordemos que «la ruta al infierno está pavimentada con buenas intenciones»), el conspirar contra las sociedades abiertas destruye la creatividad y los incentivos para producir.

¿Cuántos intelectuales del liberalismo y equivalentes han venido trabajando sin cesar desde tiempo inmemorial en pos de valores y principios que mejoran las condiciones de vida de los más débiles? ¿Acaso puede decirse con algún dejo de rigor que los estatistas siempre autoritarios realmente son compasivos de las desgracias ajenas? ¿No son suficientes las experiencias fallidas de megalómanos que con la mayor de las arrogancias han alegado el bienestar de la gente, pero la han hundido en la miseria, al tiempo que con machacona frecuencia se han alzado con dineros públicos en el contexto de una farsa macabra?

Como tantas veces hemos reiterado, además de la necesidad de abrir de par en par las puertas de la creatividad que sólo se logra con marcos institucionales civilizados, quienes consideran que hay que adelantar los tiempos y ayudar a los desamparados de inmediato deben recurrir a la primera persona del singular y proceder en consecuencia o reunir interesados en colaborar con ese muy noble propósito. Lo que no es conducente es recurrir a la tercera persona del plural y pretender arrancar el fruto del trabajo ajeno para tal fin. Siempre que se dice que el aparato estatal debe ocuparse del asunto, hay que preguntar a cuáles vecinos hay que sacarles por la fuerza sus recursos. Esto es lo que suelen hacer los políticos en funciones, mientras acumulan canonjías.

Por otra parte, debe tenerse presente que la caridad y la solidaridad aluden a lo realizado voluntariamente, con recursos propios y, si fuera posible, de modo anónimo. El sustraer billeteras y carteras ajenas compulsivamente no es caridad ni filantropía, sino que se trata de un atraco. Este procedimiento degrada y prostituye la sagrada idea de caridad y se convierte en la mayor de las hipocresías.

Es de interés repasar lo ocurrido en muy diversos países antes de la irrupción del mal llamado Estado Benefactor (como queda dicho, el uso de la violencia es incompatible con la beneficencia). La cantidad de asociaciones de inmigrantes, cofradías, montepíos, fundaciones filantrópicas era notable y para los propósitos más diversos. Luego el ogro filantrópico confiscó jubilaciones e impuso el resto de la batería de medidas estatistas, con los resultados por todos conocidos.

No resulta posible ayudar a que las cosas mejoren si se destruye el derecho que, precisamente, permite incrementar las inversiones que, a su vez, es lo único que hace que se eleven salarios e ingresos en términos reales. La referida demolición ocurre cuando se proclaman pseudoderechos. Esto es así porque la contrapartida del derecho siempre implica una obligación. El que alguien gane cierto monto con su trabajo conlleva la obligación universal de respetar ese sueldo, pero si se alega un ingreso que no se obtiene y el gobierno otorga esa suma, necesariamente quiere decir que otros tendrán la obligación de proporcionar la diferencia, lo cual naturalmente significa que se lesionan sus derechos, por ello se trata de pseudoderechos (aspiraciones de deseos a espaldas del derecho).

Como también es sabido, el socialismo, en cualquiera de sus ramas, en mayor o menor grado, apunta al debilitamiento cuando no la eliminación de la propiedad privada vía el engrosamiento de las más extravagantes funciones del aparato estatal para manejar vidas y haciendas ajenas. Esta situación condena a todos a reducir su nivel de vida, especialmente a los más necesitados porque se contraen las tasas de capitalización.

La aludida institución de la propiedad privada constituye el arma más eficaz y en verdad única para asignar los siempre escasos recursos en las manos que mejor los administran a criterio de la gente, puesto que en el supermercado y afines votan todos los días según sus gustos y preferencias. A los que mejor los atienden los premian con ganancias y a los que no los satisfacen los castigan con quebrantos o menores beneficios. Por supuesto que lo dicho no se aplica cuando los empresarios se convierten en amigos del poder, puesto que sus beneficios los obtienen del privilegio y no del veredicto de sus congéneres, lo cual constituye una tremenda injusticia y una explotación a todas luces inaceptable.

Es muy paradójico que muchos de los que manifiestan sus preocupaciones por la condición social de otros que padecen pobrezas alarmantes se vuelquen a decididas y enfáticas recomendaciones como la redistribución de ingresos, el establecimiento de empresas estatales, reformas agrarias, control de cambios, impuestos asfixiantes, gastos siderales de los dineros públicos, deudas estatales astronómicas (internas y externas), regulaciones absurdas, entrometimientos en los precios, sindicalismos fascistas, entorpecimiento de la libertad de prensa, restricciones al comercio y a la producción, en otros términos, la imposición prepotente del Leviatán que convierte a las personas en engranajes de una maquinaria infernal que afecta gravemente la dignidad y la autoestima de quienes son honorables ciudadanos.

Tengamos en cuenta que la pobreza no se corresponde con los recursos naturales, ni con el clima o la etnia, sino con el respeto recíproco, que es el eje central de la sociedad abierta y que desaparece en la medida en que los gobiernos se extralimitan en sus funciones básicas de garantizar la justicia y la seguridad, que es habitualmente lo único que no hacen.

Países con abundantes recursos naturales como la mayoría de los africanos padecen hambrunas, pestes y miserias espeluznantes y otros países sin recursos naturales como Suiza o Japón gozan de niveles de vida muy altos. La geografía o la geología no son el problema, el tema se ubica de las cejas para arriba, es decir, en el uso adecuado de la estructura neuronal para percatarse de las ventajas de vivir en libertad, de allí la relevancia de la excelencia en materia educativa.

Desde que se comenzó a reflexionar sobre el liberalismo, las contribuciones han sido principalmente para evitar calamitosas situaciones de miseria y para que la gente pueda vivir en mejores condiciones, lo cual se logró en algunos lugares en la medida en que hubo el oxígeno del respeto recíproco en libertad. Así se hizo posible cortar de cuajo con la larga sucesión de hechos miserables que mantenían al planeta en una situación en la cual un grupo privilegiado de reyes, emperadores, sátrapas y sus cortes podían vivir con lujos a expensas de la mayoría que se arrastraba entre la mugre y la desesperanza.

No es posible que todos los esfuerzos para cambiar esta desgracia hayan sido en vano puesto que no pocos de los síntomas actuales parece que van en dirección a retrotraer las cosas a lo señalado. Por la compasión más elemental a los pobres del mundo, habría que estar en guardia frente a esta siniestra posibilidad que está avanzando a paso redoblado. Como bien se ha dicho, «el costo de la libertad es su eterna vigilancia».

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. En Administración. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer rector de ESEADE.

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