Vuelve a Europa la sinrazón nacionalista

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 28/5/14 en http://www.lanacion.com.ar/1695062-vuelve-a-europa-la-sinrazon-nacionalista

 

Es  alarmante el parecido con los nazis que ponen de manifiesto las plataformas de los partidos políticos europeos que han obtenido éxitos electorales varios en los recientes comicios para lograr escaños en el Parlamento Europeo; esto ratifica las tendencias que se vienen observando de un tiempo a esta parte.

Todos los medios de comunicación mundiales informan acerca de estos hechos bochornosos para el futuro de la humanidad. Así, los recuentos de votos dan por resultado un espectáculo lamentable, sobrecogedor y realmente triste. Es como si la humanidad no hubiera padecido (y los padece) los estragos de la xenofobia nacionalista.

Con suerte diversa, pero siempre mostrando incrementos notables en el caudal electoral, el proceso electoral europeo ha exhibido resultados llamativos en favor de los nacionalismos: en Francia, el Frente Nacional; en Inglaterra, el Partido Independiente del Reino Unido; en Alemania, el Partido Alternativa para Alemania; en Dinamarca, el Partido del Pueblo Danés; en Suecia, los Demócratas Suecos; en España, Podemos; en Austria, el Partido de la Libertad; en Grecia, el Amanecer Dorado; en Italia, la Liga del Norte, y en Hungría, el Movimiento por una Hungría Mejor.

Ésta es la cara visible de la siempre nociva derecha que, aliada a veces con ciertas manifestaciones conservadoras, apunta a imponer una cultura alambrada (si es que se puede aludir a “cultura” en este contexto) sobre la base de esperpentos y dislates como los del “ser nacional” y la “cultura nacional y popular”.

Desde la perspectiva de la sociedad abierta, el globo está fraccionado en naciones, y éstas a su vez en provincias y municipios, al solo efecto de evitar los riesgos descomunales que un gobierno universal supondría para los derechos individuales. Pero de allí a tomarse seriamente las fronteras (establecidas por contiendas bélicas y accidentes geológicos) hay un trecho insalvable. El comercio de bienes y servicios y los movimientos migratorios libres constituyen expresiones de progreso y, sobre todo, de respeto recíproco. El espíritu liberal sólo adhiere al uso de la fuerza cuando hay lesiones de derechos, pero nunca a recurrir a métodos agresivos cuando se trata de arreglos contractuales libres y voluntarios.

Hannah Arendt explica: “No importa cuál sea la forma que adopte un gobierno mundial que centralice el poder del globo, la misma noción de una fuerza soberana sobre toda la Tierra que detente el monopolio de la violencia sin control ni limitación por parte de otros poderes no sólo constituye una pesadilla de tiranía, sino que significa el fin de la vida política”.

Los problemas que tienen lugar hoy en el planeta se deben a deudas públicas colosales (sean internas o externas), gastos gubernamentales astronómicos, déficits fiscales alarmantes, impuestos insoportables, regulaciones absurdas y asfixiantes, manipulaciones monetarias y cambiarias y otras restricciones persistentes al comercio libre. Sin embargo, como una manifestación tragicómica y grotesca, se endosan los problemas a un capitalismo inexistente o raquítico, situación en la que los mencionados partidos políticos (y muchísimos otros) reclaman la intensificación del estatismo y la xenofobia, esto es, más de lo mismo.

La cultura cercada de los nacionalismos se sustenta en la barbarie, es decir, en la premisa de que debe preservarse LA NACION de “la contaminación” que provocarían aquellos aportes generados fuera de las fronteras. Esta visión troglodita supone que lo local es siempre un valor, y un desvalor lo foráneo. Así se destroza la cultura, que siempre es el resultado de donativos y de incorporaciones cruzadas.

Quienes subrayan la “identidad nacional” no se percatan de que la cultura no es un concepto estático: nuestra cultura personal de hoy no es la misma que la de ayer. También ocultan un vacío interior y un marcado complejo de inferioridad. Éste es el motivo por el que la concepción tribal y antisemita del franquismo hacía que se proclamaran bellaquerías sobre la divinidad del caudillo, del mismo modo que lo han hecho todos los dictadores latinoamericanos.

El relativismo inserto en el nacionalismo condujo a sostener monstruosidades como “la verdad alemana”. Como ha escrito Julien Benda, el concepto de verdad es un obstáculo para los nacionalistas, ya que en rigor se trata de una noción universal.

El afecto al terruño es natural, y es saludable el apego a las buenas tradiciones, pero muy distinto es el declamar un amor telúrico y agresivo para con otros países. Como destaca Fernando Savater, “cuanto más insignificante se es en lo personal, más razones se buscan de exaltación en lo patriótico”, opinión que coincide con lo consignado por Juan Bautista Alberdi: “El entusiasmo patrio es un sentimiento peculiar de guerra, no de la libertad”.

Como, por ejemplo, señalaron Darwin y Spencer Wells, la idea de “raza” deriva de estereotipos y abstracciones imposibles de concretar. En nuestros tiempos, los sicarios nazis, debido a que tatuaban y rapaban a las víctimas para distinguirlas de sus captores, sostuvieron que “la raza es una cuestión mental”, calcando el polilogismo clasista de Marx para aplicarlo a un polilogismo racial.

Las raíces intelectuales del nacionalismo deben verse en quienes fomentaron la autarquía, la confrontación con toda manifestación de lo extranjero y el patrioterismo de la más baja estofa, que conduce a los antropomorfismos más ridículos y a “vivir con lo nuestro”. También entre nosotros, los escritos de destacados nacionalistas abrieron las puertas a la revolución fascista del 30 y al advenimiento del peronismo.

En esta línea argumental, la tragedia mayúscula del desempleo se debe a regulaciones laborales que pretenden colocar por decreto los salarios y equivalentes en niveles superiores a las tasas de capitalización, en lugar de centrar la atención en la mejora de marcos institucionales que, al garantizar derechos de propiedad, facilitan la inversión, que es el único factor que al hacer de apoyo logístico al trabajo permite elevar su productividad y, consecuentemente, los salarios e ingresos en términos reales.

La expresión “inmigración ilegal” es contraria al cosmopolitismo inherente a la sociedad abierta y suscribe las mismas falacias del mal llamado “proteccionismo”, que demanda mayor erogación por unidad de producto; así, naturalmente, hay menos productos, lo que se traduce en niveles de vida inferiores, especialmente para la gente que más necesita, en beneficio de empresarios prebendarios que asaltan al consumidor del modo más cruel. Es una vergüenza el muro construido en Estados Unidos con la idea de bloquear la entrada de inmigrantes que buscan mejorar sus situaciones y que, como han detallado autores como Julian Simon, benefician al país receptor.

Desafortunadamente, las izquierdas han abdicado de su rol en los prolegómenos de la Francia revolucionaria de oponerse a los abusos de poder, para aliarse a los megalómanos que apuntan a manejar vidas y haciendas ajenas exhibiendo una superlativa falta de respeto y, necesariamente, concentrando ignorancia, puesto que el conocimiento está fraccionado y disperso en millones de personas. Éste es el estrecho parentesco entre derechas e izquierdas al que, entre otros, se refiere extensamente J.F. Revel, quien subraya el enemigo común de estos primos hermanos: el liberalismo.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. En Administración. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer Rector de ESEADE.

 

 

 

 

 

 

MARCOS INSTITUCIONALES: EL ORIGEN

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Hoy en los países civilizados se da por sentado que los marcos institucionales compatibles con una sociedad abierta resultan esenciales para el progreso. Desarrollos como el tronco principal de las tradiciones de pensamiento de Law & Economics y Public Choice parten de ese supuesto al efecto dar paso a la estrecha vinculación ente el derecho y la economía. Escuelas como la Austríaca y la de Chicago se basan -con criterios distintos- en la estrecha conexión entre esas áreas vitales.

 

Es interesante entonces indagar acerca del origen del tratamiento sistemático de aquellos marcos. Habitualmente se sitúa en John Locke, pero si bien fue un inicio decisivo en la historia no es el origen del referido tratamiento sistemático donde más bien debe ubicarse a Algernon Sidney quien escribió antes que Locke sobre algunos de los mismos temas, aunque una obra no tan ordenada y con divergencias como en el caso del llamado “estado de naturaleza”, el modo de presentar asuntos como la tributación, el abuso de poder en las asambleas populares y el mayor refinamiento por parte de Locke de asuntos como el origen de la propiedad y los poderes del gobierno.

 

Sidney y Locke por conductos separados conspiraron contra Carlos II (que fue repuesto en el trono después de Cromwell), el primero fue sentenciado a muerte mientras que el segundo pudo escapar de Londres antes que se precipitaran los acontecimientos. Por esto es que se demoró hasta 1698 la publicación del libro de Sidney titulado Discources Concerning Government (escrito entre los años 1681 y 1683), quince años después de la muerte de su autor y diez años después de la obra cumbre de Locke, la que como es sabido fue complementada posteriormente por Montesquieu y tantas otras contribuciones hasta el presente.

 

Sin duda que hay antecedentes que se remontan a la antigüedad: las agudas consideraciones de Cicerón 50 AC, los escritos de miembros de la Escolástica Tardía, especialmente los de Francisco Suárez y Francisco de Vitorialos tratados de Richard Hooker y Hugo Grotius y en la práctica del derecho, con suerte diversa, el Código de Hamurabi (circa 1750 AC), los Mandamientos (especialmente el “no matar”, “no robar” y “no codiciar los bienes ajenos”, circa 1250 AC), la democracia ateniense, el common law, el derecho romano, la Carta Magna de 1215 y los Fueros de Aragón de 1283 donde se estableció el juicio de manifestación más de veinte años antes del habeas corpus en Inglaterra (aunque las bases se sentaron con el interdictio,también en la Roma antigua).

 

Sidney escribió su obra también como una refutación a Patriarcha: A Defence of the Natural Power of Kings against the Unnatural Liberty of the People de Robert Filmer. Así, Sidney resume con ironía su posición respecto al derecho divino de los reyes al escribir que “como ha dicho no hace mucho una persona ingeniosa [Richard Rumbold] hay algunos que han nacido con coronas en sus cabezas y todas las demás con monturas sobre sus espaldas”.

 

La obra se divide en tres grandes capítulos subdivididos en secciones en 600 páginas correspondientes a la edición de 1990 (Indianapolis, Indiana, Liberty Fund). En el primer capítulo -especialmente en las secciones quinta y sexta- el autor se detiene a considerar el fundamento de los derechos de las personas quienes a través de la razón y la experiencia descubren lo que está en la naturaleza de las cosas y que las formas de gobierno deben ser consistentes con la protección de esos derechos. En este sentido escribe que “La libertad consiste solamente en la independencia respecto a la voluntad de otros” y “por el nombre de esclavo entendemos a aquel que no puede disponer de su persona ni de sus bienes porque está a la disposición de los deseos de su amo” y subraya la importancia de limitar el poder del gobierno porque “si estuviera dotado de poder ilimitado para hacer lo que le plazca y no fuera restringido por ninguna ley, si se vive bajo tamaño gobierno me pregunto que es la esclavitud”.

 

Sostiene que es un contrasentido utilizarlo a Dios como respaldo de monarquías absolutas y otros gobiernos despóticos que ponen a la par “el gobierno de Calígula con la democracia de Atenas”, ni falsear la interpretación bíblicas para suscribir atropellos al derecho de los gobernados “puesto que la violencia y el fraude no pueden crear derechos” ya que “Aquello que es injusto no puede nunca cambiar su naturaleza” por el hecho de ser un gobierno el que dictamine.

 

En el transcurso del segundo capítulo, Sidney se explaya en la necesidad de normas o reglas generales para la convivencia, lo cual no debe confundirse con decretos reales que avasallan derechos. En esta línea argumental el autor inicia una confrontación con lo que después se denominaría positivismo legal. En este sentido sostiene que el renegar de mojones extramuros de la ley positiva “abjuran” del sentido de las normas justas y las “usurpan lo cual no es más que una violación abominable y escandalosa de las leyes de la naturaleza”.  Destaca que “Aquello que no es justo no es Ley; y aquello que no es Ley no debe ser obedecido” (fórmula tomista). Vincula también la Justicia con la institución de la propiedad en línea con el “dar a cada uno lo suyo”, en cuyo contexto enfatiza que “La propiedad es un apéndice de la libertad; es imposible que un hombre tenga derechos a la tierra y a los bienes si no goza de libertad”.

 

Finalmente, en el tercer y último capítulo surge el tema del derecho de resistencia a los gobiernos opresivos, tema que más adelante fue recogido en la Declaración de la Independencia estadounidense y de todos los gobiernos liberales. En este sentido, declara que “El único fin por el que se constituye un gobierno y por lo que se reclama obediencia es la obtención de justicia y protección, y si no puede proveer ambos servicios, el pueblo tiene el derecho de adoptar los pasos necesarios para su propia seguridad”.

 

Y sigue diciendo que “El magistrado […] es por y para la gente y la gente no es por y para él. La obediencia por parte de los privados está sustentada y medida por las leyes generales y el bienestar de la gente y no puede regirse por el interés de una persona o de unos pocos contra el interés del público. Por tanto, el cuerpo de una nación no puede estar atado a ninguna obediencia que no esté vinculada al bien común”.

 

Concluye que “sería una locura pensar que una nación puede estar obligada a soportar cualquier cosa que los magistrados piensen oportuno contra ella”.

 

Sidney influyó sobre William Penn en cuanto a la necesaria tolerancia y libertad religiosa, quien luego fundó Pennsylvania en Estados Unidos donde propugnó la completa separación entre el poder y la religión como antecedente fundamental para la “doctrina de la muralla” jeffersoniana y bregó por el respeto irrestricto a los derechos individuales.

 

Thomas Jefferson, en carta dirigida a John Trumbull el 18 de enero de 1789 escribió que la obra que comentamos de Sidney “es probablemente el mejor libro sobre los principios del buen gobierno fundado en el derecho natural que haya sido publicado en cualquier idioma”. Y, a su vez, John Adams el 17 de septiembre de 1823 le escribió a Jefferson sobre el mismo libro en donde consigna que constituye “un iluminación en moral, filosofía y política”. Friedrich Hayek en Los fundamentos de la libertad manifiesta que “Entre los puntos que toca Sidney en Discourses Concerning Government, esenciales para nuestro problema [y se refiere a su definición de libertad ya citada en esta artículo]”.

 

El día de su ejecución sus verdugos leyeron párrafos de su Discourses como pretendidas pruebas de su sentencia a muerte y Sidney les entregó una nota en la que, entre otras cosas, subraya que “Vivimos una era en la que la verdad significa traición”.

 

Para cerrar esta nota, recordemos que, como se ha dicho, es el único caso en el que actúan como patrones quienes reciben sus sueldos de otros, es decir, los gobernantes proceden como dueños  cuando son los gobernados los que financian sus emolumentos.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. En Administración. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer Rector de ESEADE.

Mises sobre las causas de las crisis económicas

Por Martín Krause. Publicado el 26/5/14 en: http://bazar.ufm.edu/mises-sobre-las-causas-de-las-crisis-economicas/

 

Los alumnos de Historia del Pensamiento Económico I de la Facultad de Ciencias Económicas leyeron “Las causas de las crisis económicas” de Ludwig von Mises, una conferencia que dictara en Febrero de 1931 a un grupo de industriales alemanes en lo que ahora es República Checa.

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La conferencia comienza criticando el argumento marxista sobre la “anarquía” de la producción en el mercado, ya que no hay nadie en participar que esté organizando el proceso y luego analizando ciertas aspectos básicos sobre el funcionamiento de una economía de mercado. Los subtítulos nos muestran un poco los temas: “El papel y el poder de los consumidores” y “Producción destinada al consumo”, para señalar cómo son las preferencias de los consumidores las que guían las decisiones de los capitalistas. Estos compiten entre sí para satisfacer las necesidades de los consumidores y con cada centavo que estos gastan determinan quien gana y quien pierde.

Lamentablemente ese funcionamiento del mercado se ve distorsionado por todo tipo de intervenciones de distintos sectores que buscan algún tipo de protección o privilegio. Así, los siguientes subtítulos son: “Carácter pernicioso de la política de los productores”, sobre lo que volverá más adelante.

Aquí viene el corazón de su teoría del ciclo económico, que desarrollara ya en su libro “La Teoría del Dinero y del Crédito”, publicado en 1912, la cual presenta en forma muy sintética. Y si bien no está desarrollada como lo está en el libro, permite comprender lo esencial de su argumento. En términos económicos modernos, Mises señala que las crisis económicas no son “endógenas”, esto es, inherentes al funcionamiento de los mercados, producto de una falla en estos; sino que con “exógenas”, producto de las políticas monetarias expansivas que artificialmente incrementan el crédito generando un “boom”, que ahora hemos dado en llamar “burbujas”.

La baja artificial de la tasa de interés incentiva proyectos de inversión que no se habían desarrollado a la tasa antes existente (asumamos por un momento que esa tasa era la tasa “natural”, fruto de la oferta y la demanda de ahorro en el mercado). Esa tasa menor genera esos nuevos proyectos que demandarán recursos que no están disponibles, por lo que estos emprendedores los buscarán donde estén ahora empleados, elevando su precio.

En sus palabras:

“La expansión del crédito no puede incrementar la oferta de bienes reales. Simplemente produce un reordenamiento. Desvía las inversiones de capital del curso prescripto por el estado de la riqueza económica y de las condiciones del mercado. Obliga a la producción a tomar caminos que no habría seguido a menos que la economía experimentara un incremento de los bienes materiales. Como resultado, la reactivación carece de una base sólida, No es una verdadera prosperidad. Es una prosperidad ilusoria. No se ha desarrollado debido a un incremento de la riqueza económica, sino porque la expansión crediticia creó la ilusión de que se ha producido tal incremento. Tarde o temprano se pondrá de manifiesto que esta reactivación económica se ha edificado sobre arena.

Tarde o temprano, la expansión del crédito mediante la creación de medios fiduciarios adicionales deberá llegar a su fin. Incluso si los bancos quisieran continuar indefinidamente con esta política no podrían hacerlo, ni siquiera si se vieran obligados a aplicarla por la influencia de fuertes presiones exteriores. El continuo incremento de la cantidad de medios fiduciarios conduce a incesantes aumentos de los precios. La inflación sólo puede continuar mientras persista la opinión generalizada de que ese proceso inflacionario se detendrá en un futuro previsible. Sin embargo, una vez que se afianza el convencimiento de que no se puede detener la inflación, se desencadena el pánico. Para evaluar el valor del dinero y de los artículos primarios el público toma en cuenta de antemano los futuros aumentos de precios, es decir, las expectativas inflacionarias. En consecuencia, los precios siguen su desenfrenada carrera rompiendo todos los límites. El público le da la espalda al dinero que está comprometido por el incremento de los medios fiduciarios y “huye” hacia las divisas, las barras de metal, los “valores reales” o el trueque. En suma, la moneda se viene abajo.”

Luego señala como otras interferencias, tales como el intento de los sindicatos de fijar salarios que no son los de mercado, o productores de materias primas con los precios de sus productos, La voracidad fiscal y el aumento de los impuestos a la producción, empeoran y multiplican la crisis.

Concluye:

“Las periódicas crisis de cambios cíclicos en las actividades comerciales son el resultado de los intentos, emprendidos reiteradamente, de rebajar las tasas de interés que se desarrollan en un mercado no controlado. Estos intentos se llevan a cabo mediante la intervención de la política bancaria -es decir, recurriendo a la expansión del crédito a través de la creación adicional de billetes de banco y depósitos de cheques que no tienen un cien por ciento de respaldo oro–, con el objeto de producir un “boom”. La crisis que ahora estamos sufriendo es también de este tipo. Sin embargo, va más allá del típico ciclo de depresión económica, no sólo por su magnitud sino también por su carácter, porque las interferencias en los procesos del mercado que provocaron la crisis no se limitaron únicamente a influir sobre la tasa de interés. Las intervenciones también afectaron directamente a las tasas salariales y a los precios de los productos primarios.”

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade).

Crear empleo o crear valor

Por Nicolás Cachanosky. Publicado el 21/5/14 en: http://opinion.infobae.com/nicolas-cachanosky/2014/05/21/crear-empleo-o-crear-valor/

 

El 19 de Mayo el Indec informó los datos de desempleo para el primer trimestre del 2014. Los resultados no muestran una mejora en el índice de desempleo y se prestan a la interpretación que sugiere que se ha estancado la creación de empleo a la par de una posible disminución en la fuerza laboral (menos gente buscando empleo.) Esto, sumado a las dudas que los indicadores del Indec presentan, genera incertidumbre sobre la situación del mercado laboral. El organismo oficial de estadística (al que tan fácil le resulta criticar estimaciones privadas) ha tenido que admitir importantes correcciones en sus principales indicadores. ¿Será el de desempleo el próximo índice a ser revisado?

El desempleo para los 31 aglomerados urbanos se ubicó en un 8.7%. Si se le suman la subocupación demandante (quienes trabajan pocas horas a la par buscan otros trabajo) se llega a un 14.2%. En el primer cuatrimestre del 2013 el desempleo se ubicaba en el 7.9% llegando al 13.4% si le agregamos la subocupación demandante. Hay otros tres indicadores que muestran problemas en el mercado laboral. En primer lugar el Índice de Demanda Laboral (UTDT) [CABA y GBA] de febrero del 2014 se encuentra un 15% por debajo del mínimo de la crisis del 2001. En segundo lugar el desempleo de largo plazo (desempleo por más de 12 meses) para el 2012 (último dato disponible en el Banco Mundial) es del 27.8%, mientras que para Brasil y México estaba en 14.6% y 1.7%. Esto quiere decir que ya en el 2012 el 27.8% de los desempleados llevaban al menos 12 meses en esa situación. Altas tasas de desempleo de largo plazo pueden indicar aumentos en un desempleo estructural muy difícil de reducir. En tercer lugar, una baja participación laboral. La población económicamente activa se encuentra en torno al 45% de la población en condiciones de trabajar (tasa de actividad en el informe del Indec). Los bajos salarios reales y los distintos subsidios al desempleo atentan contra la oferta de trabajo.

Junto con la inflación, el desempleo debe ser de las condiciones económicas más sensibles para el votante. De allí la importancia que el político suele dar a estos indicadores y su interés en políticas para crear empleo. ¿Cuántas veces el oficialismo y la oposición han hecho referencia a la necesidad de crear puestos de trabajo? ¿Cuántas veces el oficialismo ha puesto el acento en las políticas para crear empleo?

Crear empleo es fácil. Crear valor (trabajo que cree más valor del que consume en el proceso productivo), en cambio, es difícil. Cualquier gobierno puede muy fácilmente crear empleo. Si un país con una economía débil tiene unas 100 personas desempleadas, lo único que debe hacer su dirigencia política es que el Ministerio de Trabajo y Desarrollo Social de este país ponga en marcha un “plan trabajar” por el cual se contrata a 50 personas para que caven pozos por la mañana y a los otros 50 para que los tapen por la tarde, repitiendo esta tarea todos los días. La tasa de desempleo baja a 0% y el PBI aumenta por el incremento en la producción de pozos. Las estadísticas confirman las políticas keynesianas de gasto público que tanto inspiran al oficialismo (claro, los indicadores económicos están inspirados en esas teorías). El análisis económico, en cambio, sugiere que indistintamente de lo que digan las estadísticas, cavar pozos lejos está de solucionar los problemas económicos del país. Del mismo modo, bajar el desempleo vía empleo público tampoco es solución. 

Supongamos ahora que en lugar de contratar a los desempleados para cavar y tapar pozos se contrata a estos 100 desempleados para producir autos (hace unos días se supo que el equipo económico K le pidió a las automotrices que no lleven adelante despidos y suspensiones laborales). En lugar de imaginar a 100 personas cavando y tapando pozos, tenemos la imagen mental de 100 personas produciendo autos que podemos ver, tocar y usar. Ya no es obvio, como en el caso de los pozos, que la producción de autos sea una medida equivocada. Producir autos, sin embargo, puede ser tan “ridículo” (económicamente hablando) como producir pozos. El valor económico no se encuentra ni en el tamaño ni en las cualidades físicas de lo que se produce, el valor económico es subjetivo y personal, por lo tanto no es susceptible de ser cargado en la planilla Excel de Kicillof y Costa.  Así como los pozos no crean valor económico y por lo tanto no contribuyen al desempeño económico del país, subsidiar la construcción de bienes que no son rentables (¿industria automotriz en Argentina?) es igual de contraproducente. En términos económicos, producir autos que el mercado no está dispuesto a pagar (sin subsidio, protección, etc.) es equivalente a producir pozos. El ejemplo de los pozos apela expresamente al ridículo para separar la ilusión estadística de resultados económicos. Que a los ojos una actividad económica nos parezca rentable de ninguna manera quiere decir que así lo sea.

Los funcionarios públicos suelen caer presa de la ilusión estadística de creer que porque se crea empleo, entonces se crea valor. La relación es la inversa. Es cuando el mercado crea valor que se aumenta la demanda de trabajo y se baja la tasa de desempleo, el trabajo artificial producto de políticas públicas no pueden garantizar la creación de valor. Lamentablemente los políticos que se arrogan el decidir el destino económico del país se dejan llevar por el valor del índice de desempleo y no por si el trabajo creado por sus políticas públicas crea o consume valor que otros producen. Que el trabajo que vemos creado por las políticas públicas no sea visualmente “ridículo” no quiere decir que las políticas públicas sean exitosas.

El rol del Estado no es crear valor. El rol del Estado es mantener la ley y el orden; que es para lo que está institucional y estructuralmente preparado. Si el Estado protege instituciones de mercado, entonces no tendrá que apelar a ilusiones estadísticas para esconder el desempleo bajo la alfombra de series económicas. El bajo desempleo en Japón, por ejemplo, no se debe al éxito de sus “planes trabajar”, se debe al desarrollo económico sustentado sobre un marco institucional más serio y consistente que el Argentino.

 

Nicolás Cachanosky es Doctor en Economía, (Suffolk University), Lic. en Economía, (UCA), Master en Economía y Ciencias Políticas, (ESEADE) y Assistant Professor of Economics en Metropolitan State University of Denver.

El Banco Central está en una encrucijada

Por Enrique Blasco Garma. Publicado el 21/5/14 en http: http://blascogarmaconsulting.blogspot.com.ar/2014/05/el-banco-central-esta-en-una-encrucijada.html

 

En la nota de Ámbito Financiero del 13 del corriente, descubrimos nuevos condicionantes a las decisiones futuras del BCRA. Ellos son producto y consecuencia de elevar la tasa de interés reconocida en los pases pasivos y títulos emitidos por la entidad rectora, cuando prácticamente sus activos no generan renta. Y de esterilizar toda la base monetaria creada con los créditos al Gobierno. Cualquier empresario y contador se alarmaría ante esta situación crítica. Los créditos del BCRA al Gobierno superan 5 veces su patrimonio y no generan rentabilidad. Mientras el monto de los títulos emitidos, de su propia deuda, son mayores que el patrimonio y cuesta un 25% anual. El ente rector del sistema financiero, el encargado de supervisar a los bancos y demás entidades crediticias, al tiempo que garantiza la solvencia de la estructura financiera argentina, tiene un patrimonio debilitado y en proceso de deterioro creciente.
Al 30 de abril de 2013, el patrimonio de la entidad era de 108.000 millones de pesos. En el activo distinguimos dos activos principales. Las reservas internacionales netas, por 170.000 millones de pesos (21.000 millones de dólares). Y los créditos al Gobierno, por unos 550.000 millones de pesos. Tales créditos al Gobierno son de dos clases principales. En pesos, unos 190.000 millones. En dólares, equivalentes a unos 360.000 millones de pesos.

 

El pago de intereses para absorber la liquidez creada por el financiamiento en pesos al Gobierno sumará unos 120.000 millones de pesos en los próximos 16 meses, en las condiciones actuales, monto superior a su patrimonio actual. Para evitar fundir al banco, su directorio deberá hacer un fino equilibrio. Al pagar tasas del 25% anual sobre sus crecientes pasivos debería devaluar el peso a un ritmo aún más alto para no licuar su patrimonio. Reiteramos, el costo de intereses, por lo ya emitido y los nuevos endeudamientos, superará al patrimonio social del último balance mensual, lo cual resultaría en la descapitalización absoluta. Por ello, es imperioso que los activos externos de la entidad aumenten de valor. Un resorte es devaluar el peso. Otra posibilidad sería que el Gobierno reconociera mayores intereses por el crédito que le concede el BCRA. Lo ideal es una tasa por lo menos igual a la pagada por el endeudamiento del BCRA. Pero el hacerlo expandiría el déficit fiscal.

Ya no se trata de devaluar por razones de “competitividad” de la economía nacional, visión que no es adecuada ni justificada, mostramos en varias notas en Ámbito Financiero. Ahora, la devaluación del peso empuja a aumentar la tasa de interés pagada, lo cual obliga a devaluar para mantener la solvencia de la entidad. Consecuencias de decisiones no analizadas en profundidad suficiente. La devaluación no sólo acelera la inflación, brindando “ganancias” de tipo de cambio real efímeras, sino que lleva a aumentar las tasas para frenar los incentivos a las compras de divisas, y renuencia a liquidarlas por parte de individuos y empresas. La buscada mejora cambiaria, para alentar producciones y mayores saldos de comercio exterior, provoca alzas de costos financieros y disminución de la demanda interna. El tiro por la culata.

 

Éstos no son los únicos conflictos. La calidad del balance de la entidad está condicionada por la magnitud del crédito al Gobierno nacional, que equivale a más de 5 veces el patrimonio neto del BCRA. Contabilizado a valor nominal, muy superior al posible valor de realización o de mercado. Si ese crédito se registrara al valor de realización, el ente rector perdería su capital. En la medida que el BCRA va financiando los vencimientos del Gobierno con acreedores externos, pagando de sus reservas internacionales, aumenta el crédito y disminuyen las reservas, debilitando aún más la solvencia de la entidad. El ejercicio postula que el BCRA sólo esteriliza la base monetaria creada por el financiamiento en pesos al Gobierno. Las compras o ventas de divisas en el mercado son monetizadas. Si éste no fuera el caso, y se intentara esterilizar parte del dinero creado con las compras de divisas, el problema sería aún más acuciante.
Enrique Blasco Garma es Ph.D (cand) y MA in Economics University of Chicago. Licenciado en Economia, Universidad de Buenos Aires. Es Economista del Centro de Investigaciones Institucionales y de Mercado de Argentina CIIMA/ESEADE. Profesor visitante a cargo del curso Sist. y Org. Financieros Internacionales, en la Maestria de Economia y C. Politicas, ESEADE.

La Competencia “perfecta”

Por Gabriel Boragina. Publicado el 26/5/14 en: http://www.accionhumana.com/2014/05/la-competencia-perfecta.html

 

Se ha dicho de la misma:

“En un extremo de la clasificación tenemos la competencia perfecta, atomística o pura, que caracteriza a un mercado perfectamente competitivo. En este caso el número de oferentes es infinito, o prácticamente infinito, para cada uno de los bienes que se producen, y el número de demandantes también lo es; no existe limitación alguna para la entrada al mercado y, por lo tanto, ninguna de las fuerzas que compiten está en condiciones de determinar los precios a los que se llega en el mismo; tampoco hay economías de escala significativas, de modo que ningún vendedor puede crecer para dominar o controlar el mercado. Este modelo abstracto puede generalizarse a toda la economía, para demostrar la interdependencia de los mercados parciales existentes y la movilidad de los diferentes factores productivos.”[1]

En una palabra, se trata de un supuesto completamente irreal, por eso mismo es correcto llamarla “modelo” y no “teoría” como se lo hace a veces. Dado que el mundo real es imperfecto, carece de sentido referirse a la “competencia perfecta” como algo que se de o pudiera darse de alguna manera en la realidad.

Tal como expresamos antes, otros de los problemas metodológicos en ciencias sociales y en economía específicamente hablando, es haber centrado la atención de los estudiosos sobre los modelos de la llamada “competencia perfecta”. “Los supuestos de la “competencia perfecta” son que existe completo conocimiento de todos los elementos relevantes por parte de los que actúan en el mercado, lo cual, a su turno, implica equilibrio general. También supone que los bienes y servicios ofrecidos son homogéneos y llevados a cabo por un gran número de empresas “pequeñas”, ninguna de los cuales ejerce influencia sobre el precio. Por último, la ‘competencia perfecta’ supone ausencia de restricciones y costos en el movimiento y convertibilidad de recursos.”[2]

Analizaremos a continuación los supuestos de la competencia perfecta y formularemos las críticas correspondientes.

1.            Conocimiento perfecto: La acción implica ineludiblemente incertidumbre, lo que ya de por sí da con tierra con el primer supuesto implícito del postulado de “la competencia perfecta”. Como señalan Rothbard y Mises (entre otros), en un mundo de conocimiento perfecto la demanda por mantener dinero caería a cero. Carecería de sentido el dinero, el cálculo económico y la economía misma. No habría empresarios ni competencia. El conocimiento perfecto y el equilibro llevarían a la paralización de nuevos descubrimientos.

2.            Homogeneidad: contradice el sentido mismo de la competencia. No habrá competencia si todo lo ofrecido y demandado es de iguales características. Se acercaría a una situación donde habría un sólo bien.

3.            Ausencia de costos: es un supuesto completamente irreal introducido en el modelo para simplificar sus ecuaciones. En la vida real no hay nunca ausencia de costos. Por el contrario, conforme enseñan los austriacos no hay acción sin costo, ya que el mero hecho de actuar implica -en sí mismo- un costo: el costo de tratar de alcanzar una situación más satisfactoria que la que se intenta abandonar.

4.            Inexistencia de restricciones: erróneamente asimilada a la situación de un mercado “libre” el argumento de la “competencia perfecta” lleva a los que basan sus análisis en ese equivocado modelo, a sugerir restricciones al mercado por concluir que en el mundo real la competencia no aparece. Prebisch es uno de ellos. Ciertamente no se advierte de qué manera puede “esperarse” que “aparezca” la competencia –paradójicamente- restringiéndola, como postulan este último tipo de autores.[3]

Tal como vemos, se tratan de supuestos irreales que –extrañamente- se han adoptado como el paradigma del mercado “libre”. Volveremos nuevamente, en el curso de estas páginas, a ocuparnos del tema de la “competencia perfecta”, señalando los problemas que la adopción de esta errónea (aunque popular) tesis ha acarreado y sigue aun acarreando en el estudio de la economía.

Friedrich A. von Hayek radica en el conocimiento el concepto de competencia pero con un sentido distinto al del convencional. Y así nos explica:

“El conocimiento al cual me refiero consiste más bien en una capacidad para descubrir las circunstancias especiales, lo que sólo será efectivo si los poseedores de este conocimiento son informados por el mercado acerca de qué clase de bienes o servicios son requeridos y cuál es la urgencia de esta necesidad.

`Esto debe bastar para indicar a cuál tipo de conocimiento me refiero cuando llamo a la competencia “un método de descubrimiento”. Habría mucho que agregar para revestir con carne concreta los huesos desnudos de esta afirmación, y, de este modo, poder demostrar toda su importancia práctica. Pero debo contentarme con indicar brevemente, en esta forma, lo absurdo que es el procedimiento usual de iniciar el análisis con una situación en que todos los hechos son supuestamente conocidos. Esta es una situación que la teoría económica, curiosamente, denomina “la competencia perfecta”. Esta no deja lugar, en parte alguna, a la actividad llamada competencia, la que se supone que ya ha ejecutado su tarea.”[4]

 

*Fragmento tomado de nuestro libro La ciencia económica. Ediciones Libertad. 2010.

[1] Carlos Sabino, Diccionario de Economía y Finanzas, Ed. Panapo, Caracas. Venezuela, 1991. Voz “competencia”.

[2] Alberto Benegas Lynch (h). Fundamentos de análisis económico. Editorial Abeledo-Perrot. 11º edición. Pág. 50

[3]Ampliar en Benegas Lynch (h) Fundamentos…p. 43 a 54. v. Ludwig von Mises, La acción humana, tratado de economía. Unión Editorial, S.A., cuarta edición, p. 537-567.

[4]Friedrich A. von Hayek. “La competencia como proceso de descubrimiento”. Esta conferencia, fue pronunciada originalmente en una reunión de la Philadelphia Society, en Chicago, el 29 de marzo de 1968; luego fue repetida, en alemán, el 5 de julio de 1968, ante el Institut für Weltwirtschaft de la Universidad de Kiel. Primeramente se publicó la versión en alemán, en “Kieler Vorträge”, N. S. 56, Kiel, 1968, y luego en los ensayos completos del autor, bajo el título de Freiburger Studien (Tübingen, 1969). La versión en inglés, con la segunda sección incluida, se publicó en New Studies in Philosophy, Politics, Economics and the History of Ideas (Londres: Routledge & Kegan Paul, Ltd., 1978).

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero. 

 

JOHN LAW, HÉROE DE NUESTRA ÉPOCA

Por Alberto Benegas Lynch (h)

Muy bien ha dicho Hans Sennholz que “confiarle el manejo del dinero al gobierno es lo mismo que entregarle un canario a un gato hambriento”. Es curioso pero todavía hay quienes seriamente proponen que el aparato estatal administre la moneda “pero bien manejada” sin percatarse que, en definitiva, se está poniendo en manos de los políticos en funciones el patrimonio de la gente que nunca puede interponer una demanda frente al saqueo gubernamental. Y tengamos en cuenta que la denominada independencia de la banca central es del todo irrelevante frente a este problema puesto que quedan en pie las encrucijadas que apunto a continuación.

 

Esto es así puesto que los banqueros centrales están siempre y en toda circunstancia frente a la decisión inexorable entre tres caminos posibles: expandir, contraer o dejar inalterada la base monetaria y cualquiera de las tres avenidas que se elijan se alteran los precios relativos respecto a lo que hubieran sido de no haber mediado la intervención estatal. Este deterioro en los precios relativos necesariamente malguía la asignación de los escasos factores productivos con lo que disminuyen los salarios e ingresos en términos reales.

 

Los alquimistas del fine tuning y otras sandeces, son incapaces de imaginar siquiera la posibilidad que la gente ponga de manifiesto sus preferencias respecto a los activos financieros que desea utilizar en sus transacciones. Vuelvo a referirme a los premios Nobel en Economía Friedrich Hayek que escribió el libro titulado La privatización del dinero y Milton Friedman que en Moneda y desarrollo económico consigna que “Llego a la conclusión de que la única manera de abstenerse de emplear la inflación como método impositivo es no tener banco central. Una vez que se crea un banco central, está lista la máquina para que empiece la inflación” y en lo último que escribió en materia monetaria Money Mischief concluye que “la moneda es un asunto demasiado serio como para dejarlo en manos de banqueros centrales”.

 

Y esto no es una cuestión secundaria de política económica sino que se trata del elemental respeto al derecho al fruto del trabajo ajeno, muy especialmente de la consideración a la integridad moral y material de los más necesitados. Desde Aristóteles en la Ética a Nicómaco se ha destacado la importancia del dinero hasta la prepotencia de los autoritarios que ven en la manipulación monetaria una fuente muy potente para controlar a sus súbditos. El dinero no es un asunto menor: hace al respeto a la propiedad privada tal como lo vieron los Padres Fundadores en Estados Unidos por lo que originalmente se opusieron a la idea de una banca central (recién en lo que se denominó la revolución del año 1913 se instaló, para lo cual se requirió una reforma constitucional).

 

Desde antiguo los gobiernos vienen falsificando moneda en provecho propio, los relatos de Marco Polo sobre lo que se consideró el insólito descubrimiento que en China había papel moneda eclipsó el hecho de haber sido pioneros en la imprenta. Pero la forma sistemática y metódica de fabricar moneda inconvertible en base a largos razonamientos expuestos en extensos escritos con pretensión académica se sitúa con la aparición en escena de John Law. Un escosés heredero de cuantiosos recursos, jugador empedernido pero estudioso de sistemas bancarios y crediticios, primero propuso una banca central al Parlamento escocés basado en la contrapartida del valor de la tierra lo cual no fue aceptado y, además, finalmente se fugó de la justicia escocesa que lo condenó por haber matado a una persona en un duelo.

 

Volvió a presentar su proyecto esta vez en el continente europeo al regente -Duque de Orleans- después de la muerte de Luis XIV en pleno desorden fiscal y monetario. En esta oportunidad logró su cometido y fundó y dirigió personalmente la Banque Generale en 1716 como un banco central con el monopolio de emitir en Francia que a poco andar se transformó en Banque Royale con la imposición del curso forzoso y, al mismo tiempo, el gobierno le encomendó la dirección de la empresa Mississippi pergeñada por el mismo Law teóricamente respaldada por la tierra estadounidense de Luisiana. Los resultados de las ejecuciones de los referidos proyectos estallaron por los aires en 1720 con la hiperinflación provocada por la banca central y la burbuja financiera del esquema Mississippi, todo muy detallado en la bibliografía que menciono más abajo. Estallido que arrasó con la “soberanía” del papel falsificado en gran escala y comprometió aun más al “soberano”, y, sobre todo, intensificó la liquidación de la única y genuina soberanía cual es la de los gobernados (considerados súbditos de jure por el gobierno de entonces y súbditos de facto por los de nuestros tiempos).

 

Pero lo interesante para esta nota periodística es resaltar la argumentación y la terminología que empleaba John Law y su correlato con la utilizada hoy por las “autoridades monetarias” y sus apologistas. Subrayaba Law la trascendencia de “cuidar el valor de la moneda” y en esa dirección de estar atentos a “los ratios clave” en un contexto de “absoluta independencia de la banca central y su cuidadoso manejo del sistema de reserva fraccional”. Vale la pena abundar en algunos pasajes de los escritos de Law a los efectos de ilustrar lo dicho.

 

En su Money and Trade Considered with a Proposal for Supplying the Nation with Money  escribe que “se reconocerá que no hay otro medio para mejorar nuestra condición que el aumento de nuestro numerario […] Los objetos dependen del comercio y el comercio depende del numerario y así, para ser potentes y ricos con relación a las otras naciones, deberíamos tener numerario en la misma proporción [de esas naciones y de la producción]”.

 

En Considérations sur le Comerse et sur l´Argent afirma que “El crédito que promete un pago en moneda metálica no puede extenderse más allá de una cierta proporción que debe observar con esta moneda metálica y de tal moneda sólo tenemos una cantidad tan módica que el crédito al que ella podría servir sería muy poco considerable”.

 

En Lettres sur le Nouveau Systéme des Monnaies dice que “Es como si hubieran substraído una parte de las lanas o sedas que hay en el Reino para convertirlas en signos de transacciones: ¿no sería más fácil que se las devolviera a sus usos naturales y que se aplicaran como signos de transacciones materias que por si mismas no sirvieran para nada? Aun habría una mayor ventaja en estos signos aplicados a esta clase de materias y es que nadie estaría nunca tentado de desviarlas de su verdadero uso que es el de circular […] ¿Para que emplear la moneda metálica? Cualquier papel hará el mismo servicio y más barato”.

 

En Mémoires sur les Banques señala que “Todas las monedas del Reino pertenecen al Estado, representado en Francia por el Rey y le pertenecen precisamente como las carreteras y grandes caminos, no para encerrarlas en sus dominios, sino, al contrario, para impedir que nadie las encierre en los suyos”. Por último, en Troisiéme Letrre sur le Nouveau Systéme des Finances explica que “el curso forzoso es superior al curso libre”.

 

Charles Gide en la obra que cito enseguida concluye respecto a los trabajos de Law que “Nunca se ha rechazado con un cinismo más completo el derecho de propiedad de la moneda ni se ha afirmado con menos hipocresía el derecho eminente del Estado sobre los bienes de los súbditos”.

 

En resumen, como ha escrito Juan Bautista Alberdi en Estudios económicos: “No hay más que una esperanza de que el papel-moneda de Estado, una vez establecido y convertido en hábito, desaparezca, y es la de que arruine y entierre al gobierno que lo ha creado”.

 

Como señala Murray Rothbard en el primer tomo de An Austrian Prespective on the History of Economic Thought los dos discípulos más destacados de John Law fueron George Berkeley y John Maynard Keynes. Además de esta obra, por si interesara indagar en consideraciones sobre Law y, especialmente su vinculación con Keynes, puede consultarse de Charles Rist Historia de las doctrinas relativas al crédito y la moneda. Desde John Law hasta la actualidad, de José Antonio Aguirre El poder de emitir dinero. De J. Law a J. M. Keynes, de Elgin Groseclose Money and Man. A Survey of Monetary Experience, el ensayo de Charles Mackay “The Mississippi Scheme” y el libro de Martin A. Larson The Federal Reserve and our Manipulated Dollar. Cualquier coincidencia actual con John Law no es casual sino más bien causal.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. En Administración. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer Rector de ESEADE.