EL PAPA FRANCISCO Y LOS ECONOMISTAS

Por Alejandro A. Chafuén. Publicado el 8/12/13 en: http://www.elojodigital.com/contenido/12798-el-papa-francisco-y-los-economistas

 

Las recientes expresiones de orden económico emitidas por el Papa Francisco en su exhortación apostólica Evangelii Gaudium representan un llamado a aplicar un sistema de “Tercera Posición” “Tercera Vía” diseñado y administrado por expertos. Eso es lo que implícitamente se desprende de su conclusión: “El crecimiento en equidad exige algo más que el crecimiento económico, aunque lo supone, requiere decisiones, programas, mecanismos y procesos específicamente orientados a una mejor distribución del ingreso, a una creación de fuentes de trabajo, a una promoción integral de los pobres que supere el mero asistencialismo.”
El Papa Francisco no llama a la socialización del sistema económico ni nos brinda como ejemplo a naciones totalitarias o populismos irresponsables. El expresa “éste no es un documento social”, y recomienda el “Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia” como guía sustancial para el estudio y la reflexión sobre temas de economía. Sin embargo, como el Santo Padre no citó el punto 42 de la encíclica Centessimus Annus de Juan Pablo II, que legitima un sistema de libre empresa basado en el estado de derecho y el respeto de la dignidad humana y, dado que el lenguaje de esta exhortación a veces aparece como hostil hacia los mercados libres, numerosos economistas cristianos se han mostrado alarmados. Muchos se han preguntado si el Papa ha sido influenciado negativamente por la cultura peronista de la Argentina. El peronismo tiene, como uno de sus pilares, un sistema económico situado entre socialismo y capitalismo. Juan Domingo Perón fue un pionero de la “Tercera Posición”.
En Evangelii Gaudium, el Sumo Pontífice reafirma que “ni el Papa ni la Iglesia tienen el monopolio en la interpretación de la realidad social o en la propuesta de soluciones para los problemas contemporáneos.” La jerarquía consulta con muchos economistas. Uno de ellos es el Premio Nobel Joseph Stiglitz, quien tiene gran influencia en el Vaticano; muchos le dan crédito por haber vestido a las propuestas de Tercera Posición con un ropaje académico.
Los escritos de Stiglitz han tenido impacto en otro argentino muy influyente en el Vaticano: Monseñor Marcelo Sánchez Sorondo, canciller de la Pontificia Academia de las Ciencias. Stiglitz fue designado como miembro de la Pontificia Academia de las Ciencias Sociales, “hermana” menor de la Academia de Ciencias, en 2003, (Juán José Llach es miembro de la misma academia). Stiglitz ofició de presidente del Consejo de Consultores Económicos bajo el ex presidente estadounidense Bill ClintonJohn Allen, respetado observador del Vaticano, escribió en 2003 que Stiglitz “desde ese rol, ayudará a guiar las políticas del Vaticano en el terreno de los asuntos económicos”. Allen agregó que Stiglitz era el favorito de Sánchez Sorondo. Durante un programa patrocinado por el Acton Institute, tuve el privilegio de sentarme junto a Sánchez Sorondo, y me comentó que Stiglitz era, en efecto, su economista predilecto. John Allen iría aún más lejos, al afirmar: “Stiglitz interpreta que el equipo de Clinton cometió un error al aceptar que el gobierno debía mantenerse al margen de la política económica, permitiendo que el sector financiero dictase las reglas de juego. Por ende, es probable que Stiglitz le dé un mayor empuje a los lineamientos ya prefigurados con firmeza por Juan Pablo II, esto es, que las autoridades públicas deben intervenir en los asuntos económicos para garantizar que los beneficios de la globalización sirvan al bien común”.
La mayoría de las sentencias de alcance económico surgidas del Vaticano que perturban a los defensores y promotores del libre mercado se han visto precedidas de expresiones similares de parte de economistas notables. Esto es lo que sucede con la exhortación apostólica de Francisco. El párrafo que se ha ganado un mayor número de críticas entre los liberales es aquel que pone en duda  “las teorías del «derrame», que suponen que todo crecimiento económico, favorecido por la libertad de mercado, logra provocar por sí mismo mayor equidad e inclusión social en el mundo.” En inglés, la Exhortación usó el término “trickle-down”. Es difícil hallar economistas que sostengan que no existen excepciones para esta teoría. Es fácil encontrar altas tasas de crecimiento que coexisten con injusticia y falta de inclusión. La República Popular China y la India son buenos ejemplos en este sentido. Pero como señala un nuevo estudio del Fraser Institute, de reconocida reputación en el mundo liberal, hasta en Canadá existen aproximadamente 1.6 millones de personas que no puede cubrir sus necesidades básicas.
El uso de la expresión “trickle-down” -difícil de traducir y generalmente empleada para denigrar al libre mercado, dio lugar a muchas discusiones. Es probable que Evangelii Gaudium haya sido escrita originalmente en español. El Papa utilizó el término “derrame” que en inglés se traduce mejor bajo “spill-over” y resulta ser una palabra mucho menos politizada, pero que proviene de una traducción no tan buena de una de las versiones más populares en español del libro sobre la Riqueza de las Naciones de Adam Smith, supuesto padre de la economía liberal. En esta se tradujo la palabra extend (extender) como derrame. Adam Smith escribió que la gran multiplicación de la producción, que resulta de la división del trabajo “da lugar, en una sociedad bien gobernada, esa opulencia universal que se extiende [derrama] a los estratos más bajos de la población.” Smith jamás defendió la “autonomía absoluta del mercado”. Al remarcar la importancia de “una sociedad bien gobernada” daba prueba de no tener una confianza absoluta en las “fuerzas invisibles y la mano invisible del mercado.” 
Una letanía incompleta de otros lamentos en lo relacionado con admoniciones económicas del Papa incluyen: tener “una confianza burda e ingenua en la bondad de quienes detentan el poder económico y en los mecanismos sacralizados del sistema económico imperante”; apoyarse en “el fetichismo del dinero y en la dictadura de la economía sin un rostro y sin un objetivo verdaderamente humano”; la existencia de “una corrupción ramificada y una evasión fiscal egoísta”; y el “deterioro de las raíces culturales con la invasión de tendencias pertenecientes a otras culturas, económicamente desarrolladas pero éticamente debilitadas.”
Desde la publicación de la exhortación apostólica Evangelii Gaudium, los economistas católicos han estado aportando respuestas y análisis a cada uno de estos puntos. Yo enfatizaría los estudios empíricos que muestran que la libertad económica es el mejor antídoto para la corrupción. Aunque en tiempos de la presidencia de Carlos Saúl Menem parecía que Argentina era una excepción, con mediciones mostrando alta libertad económica y alta corrupción, pronto se volvió a la triste realidad, la menor libertad llevó a mucha más corrupción. También le haría recordar al Vaticano las contribuciones tan valiosas del desaparecido Wilhelm Roepke, que siempre enfatizó una “Economía Humana”, respetuosa de la libertad. Cada uno de nosotros ofrecerá distintos estudios y análisis.
La mejor contribución que los campeones de los mercados libres pueden efectuar es convertirse en economistas sobresalientes y convincentes, y captar la atención de los líderes más influyentes con la esperanza que estos incorporen sus verdades económicas a sus admoniciones morales. Un buen ejemplo a seguir es el de Gary Becker, Premio Nobel de la Universidad de Chicago, que ha sido miembro de la Pontificia Academia de las Ciencias desde 1997, o del español José T. Raga, que es miembro de la Academia Pontificia de las Ciencias Sociales. Al igual que Raga, la calidad de las investigaciones económicas de Becker y su respetuoso comportamiento en el Vaticano lo hicieron acreedor a esa posición. Los escritos de Premios Nobel procedentes de otras escuelas de pensamiento cercanas a la libre empresa, como ser F.A. Hayek y James Buchanan -de la Escuela Austríaca y las escuelas de Elección Pública, respectivamente- también merecen mayor atención de parte del Vaticano.
Juan Carlos de Pablo, uno de los mejores profesores en la Pontificia Universidad Católica (UCA) de Buenos Aires, -en donde he asistido y dado clases- les decía a sus alumnos que “si los economistas no saben de economía, ¿cómo pueden culpar a los obispos por sus conocimientos económicos insuficientes?”. El Papa Francisco ha reconocido la labor de los laicos en numerosas áreas, no solo en economía. Aquellos que profesamos la fe católica y estamos convencidos de la superioridad moral y económica del libremercado, tenemos el deber de acercarnos al Vaticano a través de un diálogo respetuoso y educado, única manera para que pueda resultar provechoso.

 

Alejandro A. Chafuén es Dr. En Economía por el International College de California. Licenciado en Economía, (UCA), es miembro del comité de consejeros para The Center for Vision & Values, fideicomisario del Grove City College, y presidente de la Atlas Economic Research Foundation. Se ha desempeñado como fideicomisario del Fraser Institute desde 1991. Fue profesor de ESEADE.

El presupuesto refleja un país de saqueadores

Por Roberto H. Cachanosky. Publicado el 15/12/13 en:

http://economiaparatodos.net/el-presupuesto-refleja-un-pais-de-saqueadores/

Argentina tiene un doble saqueo en este momento. Saquea la gente a los comercios y las casas de las personas y saquea el Estado a la población con impuestos y el impuesto inflacionario

La primera razón para que exista el Estado es que todos nos desarmamos y le delegamos el monopolio de la fuerza a un grupo de personas, elegidas mediante el voto, para que ejerzan ese monopolio, dentro de los límites que marca la constitución. Es decir, no le otorgamos el monopolio de la fuerza para que luego lo utilice en contra de nuestras libertades. Por el contrario, la primerísima función del Estado es utilizar ese monopolio de la fuerza para defender el derecho a la vida, la propiedad y la libertad de las personas. Defendernos del crimen común. Si esta condición no se da, no le encuentro sentido a la existencia del Estado. ¿Para qué delegar el monopolio de la fuerza a un grupo de personas elegidas, si no defienden el derecho a la vida, a la libertad y la propiedad de la gente?

El presupuesto nacional tiene previsto un gasto para 2013 de $ 628.712 millones. De ese monto solo $ 34.904 millones está en el rubro Servicio de Defensa y Seguridad, es decir solo el 5,6% del total de lo que gastará el gobierno nacional va a la función más elemental del Estado, y ojo que dentro de esa cifra están incluidos $ 1.439 millones para Inteligencia, algo que nadie sabe, salvo los que usan esos recursos, para qué sirve y qué hacen con ese dinero.

El 63% del gasto total de la administración nacional está englobado en lo que se denominan servicios sociales, que incluye las jubilaciones y pensiones más una serie de gastos llamados sociales, como subsidios a desocupados, AUH, etc.

En el rubro Servicios Económicos se gastarán, según el presupuesto inicial, sin incluir las modificaciones posteriores, $ 102.656 millones. ¿Qué comprende este rubro? Energía y combustibles, transporte (entre estos dos rubros se llevan más del 80% de los $ 102.656 millones) y otros ítems como agricultura, industria, comercio, turismo, etc. La deuda pública está en otro rubro aparte y representa el 9% del presupuesto.

Finalmente están los gastos destinados a la Administración Gubernamental, Legislativa, Judicial, Relaciones Exteriores, Administración fiscal, etc.

Para tener una idea del desmadre del gasto público, en el presupuesto de 2001 se preveía un gasto de $ 51.232 millones y caímos en default. Pero el dato relevante es que el actual gasto es 12 veces mayor al del 2001.

Si lo medimos en dólares, en 2001 se gastaban U$S 51.232 millones y en 2013 U$S 117.670 millones al tipo de cambio oficial promedio del año. Es decir, en dólares oficiales se  más que duplicó. Y la comparación es válida porque el tipo de cambio real oficial es casi igual al de diciembre de 2001.

Ahora bien, analizando estos datos está la definición del país que tenemos. Los recursos destinados a la defensa y la seguridad son mínimos y gastamos una fortuna en planes sociales, en actividades económicas del Estado que deberían ser realizadas por el sector privado y en miles de millones de pesos destinados a tener tarifas artificialmente bajas.

Es decir, Argentina tiene un doble saqueo en este momento. Saquea la gente a los comercios y las casas de las personas y saquea el Estado a la población con impuestos y el impuesto inflacionario para financiar una serie de gastos que apuntan más al clientelismo político que a la llamada solidaridad social.

De acuerdo a un trabajo de la Fundación Libertad y Progreso, en 2012 el Estado Nacional manejó 58 planes “sociales” llegando a 18 millones de beneficiarios. Estamos hablando del 44% de la población. A estos planes habría que agregarles los planes sociales provinciales y municipales y veríamos cifras siderales que, supuestamente, están destinados a contener a la gente más humilde. Sin embargo, la gente humilde no tuvo problemas en salir a saquear comercios, lo cual nos lleva a la conclusión que ese gastadero de dinero no contiene a nadie.

¿Y por qué no se contiene a nadie? Porque Argentina es una país de saqueadores, con el Estado a la cabeza dando el ejemplo. Buena parte de la población y empresarios quieren vivir a costa del trabajo ajeno. Pretenden ser mantenidos por el otro. Empresarios que se creen con derecho a tener mercados cautivos para saquear a los consumidores, gente que se cree con derecho a vivir sin trabajar y que otros lo mantengan o le paguen la casa y cosas por el estilo.

Alguna vez un presidente uruguayo dijo, sin advertir que la cámara de televisión estaba grabando, que los argentinos éramos todos unos chorros, del primero al último. Aunque nos duela, la realidad es esa. Todos queremos vivir a costa del trabajo ajeno, que es lo mismo que ser un ladrón, con la diferencia que en vez de ir con un revolver a robar le pedimos al Estado que use el monopolio de la fuerza para que le robe a nuestros semejantes para que nos entregue el fruto del botín. El Estado se vuelve cómplice del ladrón que quiere vivir del trabajo ajeno, y para eso utiliza la expoliación legal.

Como dice Bastiat en su ensayo La Ley:

Es absolutamente necesario que este asunto de la expoliación legal se resuelva, y no hay más que tres soluciones:

Que los menos expolien a los más.

Que todos expolien a todos.

Que ninguno expolie a nadie.

Hay que elegir entre expoliación parcial, expoliación universal o ausencia de expoliación.

La ley no puede perseguir sino uno de aquellos tres resultados.

¿En qué situación estamos? En que todos expolien a todos. Expolición o saqueo universal  en términos de Bastiat. Los ladrones comunes nos saquean y el Estado nos saquea para “planes sociales” (clientelismo político) y políticas económicas activas, mientras tanto, el Estado gastando escasos recursos en seguridad, tenemos a los ladrones comunes que también nos roban y matan aun cuando la policía no está de huelga.

En todos contra todos, nadie tiene interés en invertir. Produce lo necesario para vivir, pero la Argentina no ofrece, en este sistema de saqueo generalizado, un futuro de progreso. Por el contrario, genera más pobreza porque cada vez se produce menos. ¿Para que producir si el Estado me saquea con impuestos y la inflación?

En definitiva, los saqueos que vimos la semana pasada, son solo parte de un saqueo generalizado, claro que más violentos.

Pero al ver cómo ante la huelga de la policía la gente se organizó en defensa propia para frenar los saqueos, concluimos que aún sin este Estado custodiándonos la gente termina defendiéndose. Eso sí, defenderse del saqueo de los ladrones parece ser más fácil que defenderse del saqueo del Estado, porque el Estado tiene el monopolio de la fuerza y lo usa contra de la gente decente que trabaja y produce diariamente.

El día que se termine con el saqueo del Estado universal, entonces el presupuesto asignará los recursos para lo que fue creado, esto es: defender la vida,  la libertad y la propiedad de las personas. Y no harán falta planes sociales de contención. La contención la darán las inversiones que crearán puestos de trabajo para que cada uno viva del fruto de su esfuerzo personal. Tenemos que pasar del saqueo universal al vivir del fruto de nuestro trabajo. Así de simple.

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE.

Argentina: estatismo y anarquía

Por Martín Krause, publicado el 15/12/13 en:  http://www.latercera.com/noticia/opinion/ideas-y-debates/2013/12/895-556299-9-argentina-estatismo-y-anarquia.shtml

PARA THOMAS Hobbes, el contrato social que creaba al Estado permitía salir del estado de naturaleza, donde la vida era pobre, corta, bruta, infeliz; donde prevalecía la lucha de todos contra todos. Qué diría el filósofo inglés si viera a la Argentina acercarse a esa misma situación, ahora con un Estado que pretende ser omnipresente, pero que no logra cumplir sus funciones más básicas.

Es que en la visión de su actual gobierno, el Estado tiene una función fundamental a la cual todas las demás han de subordinarse: redistribuir ingresos. No siempre de arriba para abajo, por supuesto, y debe incluir también en el reparto a los mismos gobernantes. Por eso la negación del problema de la seguridad, que llegara a convertirse en el más importante para los ciudadanos.

La inseguridad es también un problema de distribución, y cuando ésta se solucione ya no habrá más crímenes ni robos. Por eso la inexistencia de mecanismos institucionales para determinar el sueldo de los policías, los que terminan abandonando sus funciones y dejando “zonas liberadas”. Por eso su falta de recursos en tiempos de gasto público récord.

Este es un lado del problema. El otro tiene que ver con la premura con que muchos aprovechan la situación para desarrollar su propia “política de inclusión social”, destruyendo un supermercado para llevarse un televisor LCD. ¿Qué es lo que explica la facilidad con que estas personas justifican el robo a un supermercado del que han sido clientes por años y al que seguramente intenten volver en una semana? ¿A qué se debe semejante crisis de valores?

La respuesta, por supuesto, es compleja, pero está claro que quienes están “arriba” (y no sólo en el gobierno), tienen más exposición social y transmiten más mensajes con sus ejemplos que el resto de los mortales. El actual gobierno, en particular, se ha encargado de fomentar la creencia de que los “derechos” se defienden en la calle, no en la justicia. Y no es un juez quien decide si un derecho ha sido violado, sino solamente el que se siente agraviado. Y en esa forma de defender “derechos” no importa que se violen los derechos de los demás. En todo caso, ellos deberían salir a la calle también.

Por otro lado, se ha encargado de enfatizar que el derecho de propiedad es relativo. Si ellos expropian empresas petroleras sin pagar, ¿por qué no podré yo expropiar a un supermercado chino? La distribución del ingreso no depende de lo que uno obtenga ofreciendo algo a los demás, que ellos estén dispuestos a pagar; depende de la fuerza y de la violencia, de los contactos con el poder o del clientelismo, del empleo público, los subsidios.

Si la corrupción es noticia permanente, en éste y en anteriores gobiernos, y nadie va preso, ¿es justo que vaya preso yo por romper un vidrio?

Y Hobbes que pensaba que ese Leviatán nos iba a dar la paz. Pero si viera a la Argentina de hoy tal vez se acercaría a Locke. El problema es limitar al Leviatán, que comparte aquella definición de la guerra que nos brindara en su mejor canción el hoy muy oficialista León Gieco (Sólo le pido a Dios): “es un monstruo grande y pisa fuerte, toda la pobre inocencia de la gente”.

El actual gobierno ha fomentado la creencia de que los “derechos” se defienden en la calle. Y no es un juez quien decide si un derecho ha sido violado, sino solamente el que se siente agraviado.

 

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade).

La incontinencia estatal

Por Enrique Aguilar: Publicado el 13/11/13 en:  http://www.elimparcial.es/america/la-incontinencia-estatal-130651.html

Un estudio reciente llevado a cabo por el Instituto Argentino de Análisis Fiscal y divulgado por el diario La Nación, reveló que el Estado argentino aumentó su tamaño en un 60 % desde el año 2000, medido este incremento sobre la base del “gasto primario nacional, provincial y municipal en relación al producto bruto interno”.

Según se afirma también en el informe, lo dicho significa que si durante el período 2000-2006 la estructura estatal representaba el 26,5% de la economía del país, ese porcentaje se ha elevado hoy a una cifra que representa más del 42%, con la administración nacional ostensiblemente a la cabeza de ese crecimiento, seguida por las provincias y, en tercer lugar, los municipios.

Por cierto que semejante incremento no se vio reflejado en estos años en la generación de una nueva infraestructura vial, ni en el mejoramiento de los servicios educativos, ni en una adecuada cobertura sanitaria, una disminución de los índices de inseguridad o una mayor equidad distributiva, sino en el reparto indiscriminado de subsidios y una gran expansión del empleo público que los ciudadanos han debido financiar mediante impuestos de diferente género (a las ganancias, a los débitos y créditos bancarios, a los ingresos brutos, etc.) y derechos de exportación: una presión tributaria que se ha vuelto, además, manifiestamente distorsiva y que, al ser en gran medida no co-participable, no beneficia a los niveles subnacionales que se ven, por consiguiente, obligados a imponer nuevos tributos propios para costear sus erogaciones.

Pienso que tarde o temprano estos números se volverán insostenibles y que el Estado no tendrá más remedio que ordenar sus cuentas en virtud de los límites que de seguro le impondrá la propia realidad. Que hayamos perdido prácticamente la lucha contra el narcotráfico, o que nos desayunemos hoy con el dato, verificable a ojos vistas, de que el 5% de la población argentina (más de 2,5 millones de personas) vive en condiciones de absoluta precariedad en villas de emergencia radicadas en distintas provincias y, en particular, en el llamado conurbano bonaerense, son testimonio paradójico (o no) de este Estado que ha crecido enormemente a expensas de la sociedad, en la cual no reinvierte lo necesario.

Enrique Edmundo Aguilar es Doctor en Ciencias Políticas. Decano de la Facultad de Ciencias Sociales, Políticas y de la Comunicación de la UCA y Director, en esta misma casa de estudios, del Doctorado en Ciencias Políticas. Profesor titular de teoría política en UCA, UCEMA, Universidad Austral y FLACSO,  es profesor de ESEADE y miembro del consejo editorial y de referato de su revista RIIM.

El mapa de la tristeza

Por Mario Vargas Llosa. Publicado el 15/12/13 en: 

El libro póstumo recién publicado de Guillermo Cabrera Infante se titula Mapa dibujado por un espía pero debería llamarse más bien El mapa de la tristeza por el sentimiento de soledad, amargura, indefensión e incertidumbre que lo impregna de principio a fin. Cuenta los cuatro meses y medio que pasó en La Habana, en el año 1965, adonde había viajado desde Bruselas —era allí agregado cultural de Cuba— por la muerte de su madre. Pensaba regresar a Bélgica a los pocos días, pero, cuando estaba a punto de embarcarse para el retorno a su puesto diplomático junto con sus dos pequeñas hijas, Anita y Carola, recibió en el aeropuerto de Rancho Boyeros una llamada oficial, indicándole que debía suspender su viaje pues el ministro de Relaciones Exteriores, Raúl Roa, tenía urgencia de hablar con él. Regresó a La Habana de inmediato, sorprendido e inquieto. ¿Qué había ocurrido? Nunca llegaría a saberlo.

El libro narra, a vuela pluma y a veces con frenesí y desorden, los cuatro meses siguientes, en que Cabrera Infante vuelve muchas veces al ministerio, sin que ni el ministro ni alguno de los jefes lo reciba, descubriendo de este modo que ha caído en desgracia, pero sin enterarse nunca cómo ni por qué. Sin embargo, al día siguiente de llegar, Raúl Roa lo había felicitado por su gestión como diplomático y anunciado que probablemente volvería a Bruselas ascendido como ministro consejero de la embajada. ¿Qué o quién había intervenido para que su suerte cambiara de la noche a la mañana? Por lo demás, le seguían pagando su sueldo y hasta le renovaron la tarjeta que permitía hacer compras en las tiendas para diplomáticos, mejor provistas que las bodegas cada vez más misérrimas a las que acudía la gente común. ¿Lo consideraba el gobierno un enemigo de la Revolución?

La verdad es que no lo era todavía. Había tenido un conflicto con el régimen en 1961, cuando éste clausuró Lunes de Revolución, revista cultural que Cabrera Infante dirigió durante los dos años y medio de su prestigiosa existencia, pero en los tres años de su alejamiento diplomático en Bélgica había sido, según confesión propia, un funcionario leal y eficiente de la Revolución. Aunque algo desencantado por el rumbo que tomaban las cosas, da la impresión que hasta su regreso a La Habana de 1965 Cabrera Infante todavía pensaba que Cuba enmendaría el rumbo y retomaría el carácter abierto y tolerante del principio. En estos cuatro meses aquella esperanza se desvaneció y fue allí, mientras, confuso y temeroso por su kafkiana situación de incertidumbre total sobre su futuro, deambulaba por sus amadas calles habaneras, veía la ruina que se apoderaba de casas y edificios, las enormes dificultades que el empobrecimiento generalizado imponía a los vecinos, el aislamiento casi absoluto en que se había confinado el poder, su verticalismo y la severidad de la represión contra reales o falsos disidentes, y la inseguridad y el miedo en que vivía el puñado de amigos que todavía lo frecuentaban —escritores, pintores y músicos casi todos ellos— cuando perdió las últimas ilusiones y decidió que, si salía de la isla, se exiliaría para siempre.

Vive entregado en su fuero más íntimo a la voluntad de cortar para siempre con su país

No lo dijo a nadie, por supuesto. Ni a sus más íntimos amigos, como Carlos Franqui o Walterio Carbonell, revolucionarios que también habían sido alejados del poder y convertidos en ciudadanos fantasmas, por razones que ignoraban y que los tenían, como a él, viviendo en una angustiosa y frustrante inutilidad, sin saber lo que ocurría a su alrededor. Las páginas que describen el vacío cotidiano de ese grupo, que trataba de atenuar con chismografías y fantasías delirantes, entre tragos de ron, son estremecedoras. El libro no contiene análisis políticos ni críticas razonadas al gobierno revolucionario; por el contrario, cada vez que asoma el tema político en las reuniones de amigos, el protagonista enmudece y procura alejarse de la conversación, convencido de que, en el grupo, hay algún espía o de que, de un modo u otro, lo que allí se diga llegará a los oídos del Ministerio del Interior. Hay algo de paranoia, sin duda, en este estado de perpetua desconfianza, pero tal vez ella sea la prueba a la que el poder quiere someterlos para medir su lealtad o su deslealtad a la causa. No es de extrañar que, en estos cuatro meses, comenzara para Cabrera Infante aquel vía crucis psicológico que, con el tiempo, iría desbaratando su vida y su salud pese a los admirables esfuerzos de Miriam Gómez, su esposa, para infundirle ánimos, coraje y ayudarlo a escribir hasta el final.

La publicación de este libro es otra manifestación del heroísmo y la grandeza moral de Miriam Gómez. Porque en él Guillermo cuenta, con una sinceridad cruda y a veces brutal, cómo combatió el desaliento y la neurosis de aquellos cuatro meses seduciendo a mujeres, acostándose a diestra y siniestra, y hasta enamorándose de una de esas conquistas, Silvia, que pasó a ser por un tiempo públicamente su pareja. Este y los otros fueron amores tristes, desesperados, como lo es la amistad y la literatura y todo lo que Cabrera Infante hace y dice en estos cuatros meses, porque a lo que de veras vive entregado en su fuero más íntimo es a su voluntad de escapar, de cortar para siempre con un país para el que no ve, en un futuro próximo, esperanza alguna.

Escrito con total espontaneidad, conmueve mucho más que si hubiera sido revisado

No fue una decisión fácil. Porque él amaba profundamente Cuba, y, en especial La Habana, todo lo que había en ella, principalmente la noche, los bares y los cabarets y las bailarinas y sus cantantes, y la música, el clima cálido, las avenidas y los parques —¡y sus cines!— por los que pasea incansablemente, recordando los episodios y las gentes asociados a esos lugares, como para que su memoria tomara debida cuenta de ellos en todos sus detalles, sabiendo que no volvería a verlos, y poder recordarlos más tarde con precisión en sus ensayos y ficciones. En efecto, es lo que hizo. Cuando por fin, luego de esos cuatro meses, gracias a Carlos Rafael Rodríguez, líder comunista con el que el padre de Cabrera Infante había trabajado en el partido muchos años, Guillermo consiguió salir de Cuba con sus dos hijas, rumbo a España y al exilio, se llevó con él su país y le fue fiel en todo lo que escribió. Pero nunca se resignó a vivir lejos de Cuba, ni siquiera en los momentos en que obtuvo los mayores reconocimientos literarios y vio cómo la difusión y el prestigio de su obra lo compensaban de la feroz campaña de denigración y calumnias de que fue víctima durante tantos años. Aunque decía que no, yo creo que nunca perdió la esperanza de que las cosas fueran cambiando allá en la isla y de que, algún día, podría volver físicamente a esa tierra de la que nunca había logrado desprenderse. Probablemente sus males se agravaron cuando, en un momento dado, tuvo que reconocer que no, que era definitivo, que nunca volvería y moriría en el exilio.

Me ha impresionado mucho este libro, no sólo por el gran afecto que sentí siempre por Cabrera Infante, sino por lo que me ha revelado sobre él, sobre La Habana y sobre esa época de la Revolución Cubana. Conocí a Guillermo cuando era todavía diplomático en Bélgica y se guardaba muy bien de hacer críticas a la Revolución, si es que entonces las tenía. En la época que él describe yo estuve en Cuba y ni vi ni imaginé lo que él y los demás personajes de este libro vivían, aunque estuve con varios de ellos muchas veces, conversando sobre la Revolución, y convencido que todos estaban contentos y entusiasmados con el rumbo que aquella tomaba, sin sospechar siquiera que algunos, o acaso todos, disimulaban, representaban, y, debajo de su entusiasmo, había simplemente miedo. Antoni Munné, que, al igual que los dos libros póstumos anteriores, ha preparado esta edición con desvelo, ha puesto al final una Guía de Nombres, que da cuenta de lo ocurrido luego con los personajes que Cabrera Infante compartió estos cuatro meses; es una información muy instructiva para saber quiénes cayeron efectivamente en desgracia y sufrieron aislamiento y cárcel, o se reintegraron al régimen, o se exiliaron o suicidaron.

Ha hecho bien Antoni Munné en dejar el texto tal como fue escrito, sin corregir sus faltas, algo que sin duda Cabrera Infante se propuso hacer alguna vez y no le alcanzó el tiempo, o, simplemente, no tuvo el ánimo suficiente para volver a enfrascarse en semejante pesadilla. Así como está, un borrador escrito con total espontaneidad, sin el menor adorno, en un lenguaje directo, de crónica periodística, conmueve mucho más que si hubiera sido revisado, embellecido, transformado en literatura. No lo es. Es un testimonio descarnado y atroz, sobre lo que significa también una Revolución, cuando la euforia y la alegría del triunfo cesan, y se convierte en poder supremo, ese Saturno que tarde o temprano devora a sus hijos, empezando por los que tiene más cerca, que suelen ser los mejores.

Mario Vargas Llosa es Premio Nobel de Literatura y Doctor Honoris Causa de ESEADE.

La Economía de la Escuela Austriaca no es pseudociencia – Parte II

Por Adrián Ravier. Publicado el 14/12/13 en:  http://puntodevistaeconomico.wordpress.com/2013/12/14/la-economia-de-la-escuela-austriaca-no-es-pseudociencia-parte-ii/

 

La primera parte de mi réplica a José Luis Ferreira dejó pendiente el punto metodológico. En esta segunda parte me propongo explicar brevemente cómo proceden los economistas austriacos, como un complemento a lo ya señalado por Juan Ramón Rallo, aspectos que comparto plenamente y que ya compartimos en nuestro blog.

Puede resultar paradójico, pero así como los austriacos han denunciado el abuso de la matemática por parte de los profesionales de esta disciplina (Ver Juan Carlos Cachanoksy aquí y aqui), también sostienen que el método adecuado para la economía es precisamente el mismo que el de las matemáticas. Sin entrar en el debate de si las matemáticas son o no una ciencia, diremos que las matemáticas son un cuerpo de teoremas abstractos, vacíos de contenido empírico, que se deducen lógicamente de ciertos axiomas. Luego, bajo ciertas definiciones, las matemáticas –y también su hija, la geometría- tienen numerosas aplicaciones en el mundo real.

La praxeología precisamente sigue este método. Define un axioma como punto de partida, y deduce de él una serie de teoremas, que podemos llamar leyes económicas teóricas, porque son de aplicación universal y vacías de contenido empírico.

El enfoque es claramente anti-positivista (Friedman 1953), porque sostiene que no es posible refutar las leyes económicas que se deducen del axioma central a través de la evidencia empírica. Un ejemplo de las matemáticas que acostumbra ofrecer Juan Carlos Cachanosky en sus clases puede resultar útil para mostrar el punto. Imaginemos que yo deposito 4 manzanas en una heladera vacía. Luego mi esposa me comenta que depositó otras 8 manzanas en la heladera. Ahora imaginemos que al abrir la heladera cuento 13 manzanas. ¿Refuta el caso los respectivos teoremas de las matemáticas? Claro que no. Al aplicar los axiomas y teoremas deducidos lógicamente sobre el mundo real, debo hacer ciertas observaciones empíricas, subjetivas, ajenas al modelo. Luego, los errores de predicción (pasados y futuros) no son necesariamente problemas del modelo teórico. A lo sumo, nos pueden prender una luz de alarma de que puede haber allí un problema. Para refutar un teorema matemático se necesita una demostración lógica en la deducción de los teoremas. Para refutar una ley económica del tipo austriaco también se necesita una demostración lógica en la deducción de los teoremas.

¿Podemos sostener entonces que los teoremas de la matemática o la economía son siempre verdaderos y que es imposible su refutación? Claro que no. Todos los teoremas son construcciones teóricas abiertas al debate, pero no debemos confundir la contrastación o refutación de estos teoremas, respecto de la contrastación o refutación de las predicciones empíricas que surgen de aplicar estos teoremas. En el primer caso, necesitamos lógica para desmantelar el sistema. En el segundo, las observaciones sobre hechos empíricos pueden ayudarnos a identificar un problema.

¿Y qué podemos decir de los axiomas? Por conveniencia metodológica los axiomas se toman como válidos, indiscutibles y no se contrastan directamente con la evidencia empírica. Sin embargo, al introducirnos en el “arte” de la predicción, sí se contrastan los axiomas de un modo indirecto. Esto es lo que llamamos macro-predicciones que pondrán a prueba el conjunto del sistema que incluirá desde el axioma de punto de partida, hasta los teoremas teóricos deducidos y las observaciones subjetivas y empíricas del analista. Un error en la predicción, sin embargo, no anula al sistema, ni al axioma de punto de partida. El analista deberá empezar por el final, analizando si sus observaciones subjetivas fueron correctas, y si no encuentra errores allí, volver la atención sobre la deducción de los teoremas.

Dicho esto, hay que decir que Menger (1871, 1884) sólo dio los primeros pasos en la construcción de este sistema. Böhm Bawerk ofreció algunos avances más tarde en su trabajo en tres tomos, Capital e Interés (1884-1889-1921). Pero corresponde a Mises el mérito de ofrecer una primera sistematización integrada de la economía, específicamente en su tratado La Acción Humana (1949). Hoy contamos además con nuevas contribuciones que reforzaron esa línea de trabajo, pero aquí me interesa destacar el notable aporte del profesor Zanotti en el que ofrece un ordenamiento epistemológico de la economía de la acción humana, que permite mostrar con mayor claridad los elementos de la praxeología: 1) un sub-núcleo central no falsable, que surge de una descripción del axioma praxeológico central y una descripción de los 24 teoremas o leyes económicas teóricas que se pueden deducir de ese axioma; 2) una serie dehipótesis auxiliares, de carácter empírico, que son fundamentales para pasar de las leyes económicas teóricas al análisis de la economía pura de mercado, del intervencionismo y del socialismo; 3) una descripción de los teoremas o leyes económicas empíricas que describen la economía pura de mercado, y que se pueden deducir del axioma central + las leyes económicas fuertes + hipótesis auxiliares; 4) una descripción de los teoremas o leyes económicas empíricas que describen la teoría general del intervencionismo, describiendo en particular aquellos teoremas que advierten de las consecuencias de la acción estatal al distorsionar los precios que surgen en una economía pura de mercado; 5) una descripción de los teoremas o leyes económicas empíricas que describen el socialismo, definido bajo la propiedad pública de los medios de producción. (Zanotti 2009)

Todo esto intentamos resumirlo en el siguiente cuadro, el que además presenta ejemplos concretos de cada uno de estos teoremas o sub-hipótesis auxiliares, para que el lector se haga una correcta imagen del planteamiento del profesor Zanotti.

Zanotti

 

 

Fuente: Elaboración propia a partir de Zanotti, 2009.

¿Pero qué entendemos nosotros por ley económica? La respuesta es compleja porque existen tantas definiciones de “ley” como “filósofos de la ciencia”. Nosotros diremos que “ley económica” es aquel teorema que se deduce directa o indirectamente del axioma praxeológico central. Pero debemos advertir que en este sistema coexisten distintos tipos de leyes.

Del cuadro se pueden deducir precisamente tres diferentes tipos de leyes económicas. Para definirlas utilizaremos cuatro ejemplos concretos de teoremas, todos los cuales forman parte del sistema praxeológico. En este caso, nos concentraremos en cuatro leyes que están conectadas, pero que son de naturaleza diferente, a saber, 1) la ley de utilidad marginal; 2) la ley del intercambio; 3) la ley de formación de los precios; 4) la ley de control de precios máximos.

Diremos que la primera es una ley económica en sentido fuerte, universal, vacía de contenido empírico: “El valor otorgado a las unidades de un bien formado por n unidades es mayor que el otorgado a las unidades del mismo bien formado por n+1 unidades y menor que el otorgado a las unidades del mismo bien formado por n-1 unidades (ley de utilidad marginal)” (Zanotti, 2009, p. 34). Partiendo del axioma praxeológico central de “la acción humana” su deducción es lógica y sólo puede ser refutada mediante esta herramienta.

Tomemos ahora la ley del intercambio: “La ley de utilidad marginal y la [hipótesis auxiliar de la] división del trabajo constituyen dos condiciones necesarias para el intercambio de bienes y servicios (mercado). Según la hipótesis auxiliar 3ª, en la cooperación social cada persona concentra su labor en aquello para lo cual posee mayor productividad. Por lo tanto, cada persona dispondrá de mayor cantidad de unidades del bien que produce que del bien que no produce. Luego, dada la ley de utilidad marginal (axioma 9), si A produce a y si B produce b, el valor de las unidades de a será para A menor que para B, y el valor de las unidades de b será menor para B que para A. En ese caso, cada persona valora menos lo que posee que lo que no posee, y dado el axioma 1, tenderá a realizarse el intercambio.” (Zanotti, 2009, pp. 37-38)

Puede confundir al lector que aquí Zanotti define como axioma 1 y 9, lo que nosotros definimos inicialmente como teoremas. Lo que ocurre es que dentro del sistema representado en el cuadro No. 2, hay dos sub-sistemas axiomático-deductivos. El primero tiene como axioma a la acción humana, esto es, el axioma praxeológico central, del cual se derivan los 24 teoremas praxeológicos. El segundo sistema, tiene como axiomas a los 24 teoremas praxeológicos, de los cuales se derivan luego los teoremas de la economía pura de mercado, el intervencionismo y el socialismo.

Volviendo sobre la ley del intercambio, no podemos asumir a priori que siempre habrá intercambio. Para ello debemos asumir la existencia de más de un individuo y una determinada interacción social entre ellos. Pero esa cooperación social y también la división del trabajo requieren como condicionante de ciertas instituciones –que Zanotti coloca como hipótesis auxiliares-, como por ejemplo, el derecho de propiedad o la libertad de contratos, los que no necesariamenteaparecen en el mundo real. Hubo otros tiempos, y hay hoy muchos lugares, en que tales asociaciones voluntarias no ocurrieron, ni ocurren. La teoría de los juegos, por ejemplo, se preocupa precisamente por mostrar centenares de situaciones en que los agentes no cooperan.

Luego, bajo todo lo dicho, podemos pasar a la ley de determinación de los precios: “Oferta y demanda encuentran una valoración común en el precio. Si A demanda 3 b y por ellos ofrece 2 a, y B demanda (valora) 2 a pero por ellos ofrece 1 b, no hay intercambio. Luego, para que haya intercambio el valor esperado mínimo del oferente (‘yo no vendo por más de…’) debe ser menor o igual al valor esperado máximo del demandante (‘yo no compro por más de…’). Luego, si se produce el intercambio, oferente y demandante se han encontrado, comunicado, en una valoración en común que se denomina precio. El precio no es entonces el precio esperado del vendedor ni del comprador, sino el precio en el momento del intercambio. Es el encuentro de expectativas entre oferente y demandante lo que se denomina precio.” (Zanotti, 2009, pp. 38-39)

Estos dos teoremas, el de la ley de intercambio y la ley de formación de precios son para nosotros leyes económicas empíricas que nos permiten comprender una parte de la economía pura de mercado. No podemos calificarlas como leyes “fuertes” porque no son vacías de contenido empírico.

Finalmente, el profesor Zanotti nos recuerda la ley de precios máximos que es generalmente aceptada en el campo de la microeconomía: “toda fijación de un precio por debajo de lo que el mercado lo hubiera fijado (precio máximo) genera una retracción de la oferta y un aumento en la demanda, lo cual implica un faltante en el mercado.” (Zanotti, 2009, p. 70)

Esta ley económica también es empírica, porque se basa en una intervención del estado sobre un aspecto de la economía pura de mercado. Pero si bien es una ley económica empírica, debemos advertir que no es parte de la economía pura de mercado, sino de una teoría más amplia del intervencionismo.

Ceteris paribus, puede observarse que una política económica (bien o mal intencionada) que fije esos precios, en un nivel diferente al que genera el propio mercado, producirá con el tiempo una reacción del mercado quenecesariamente conducirá a un efecto contrario al buscado.

Podemos tomar como ejemplo, el teorema enunciado arriba que resume la ley de control de precios máximos. Concretamente, esta ley muestra que si el gobierno desea intentar bajar el precio de la carne o la leche a un nivel inferior al que el mercado determina, los incentivos a una mayor demanda y a una menor oferta contribuirán a su escasez, lo que más tarde hará elevar aun más su precio de mercado, lo que agravará indeseablemente el problema inicial.

Advertirá el lector que esta ley aplica a todos los bienes y a todos los servicios, incluyendo la salud y la educación, y también, como ha demostrado Gary Becker, al mercado de las drogas, los órganos humanos, el matrimonio, la discriminación o el crimen organizado. (Becker, 1976).

El cuadro trabaja finalmente el caso del socialismo, lo cual es relevante para mostrar que el sistema no limita su utilidad únicamente al caso específico del capitalismo, sino a todos los sistemas económicos posibles. Si definimos socialismo como ausencia de propiedad privada, entonces surge un nuevo teorema: “El cálculo económico es imposible bajo el socialismo.” (Zanotti, 2009, p. 88).

En comparación con la economía pura de mercado, uno puede notar lógicamente que la ausencia de propiedad privada de los medios de producción, implicará ausencia de mercados para esos medios de producción. Sin estos mercados, no habrá precios para esos medios de producción, lo que implica lógicamente que no es posible realizar cálculo económico, lo que en definitiva es una guía para la función empresarial en cuanto a qué bienes y servicios deben ser producidos. Cabe notar que este teorema elaborado por Mises (1922) anticipó el caos en la producción que habría en cualquier economía que rechace la propiedad privada de los medios de producción.

Mark Blaug –uno de los tratadistas de mayor prestigio en la historia de las ideas- reconoció que “de forma lenta y extremadamente reacia he llegado a darme cuenta de que ellos (los teóricos de la Escuela Austriaca) están en lo cierto y de que todos los demás hemos estado equivocados”, afirmando además, al evaluar la aplicación del paradigma neoclásico cara a justificar la posibilidad del cálculo económico socialista, que es algo “tan ingenuo desde el punto de vista administrativo como para dar risa. Sólo aquellos emborrachados con el modelo de equilibrio estático perfectamente competitivo pueden haberse tragado semejante tontería. Yo mismo fui uno de los que se la tragó en mis años de estudiante en los 50 y ahora no hago sino maravillarme ante mi propia falta de agudeza.” (Blaug y Marchi, 1991, p. 508)

Demás está decir que Ferreira y los economistas de la corriente principal, podrán rechazar esta metodología, pero lo que no queda claro, al menos para quien escribe es por qué lo rechazan, y mejor aun, por qué tal proceso no sería científico.

Quizás deban comprender la praxeología como un único gran modelo que integra todo el análisis económico. Quizás los elementos de punto de partida, el axioma central y sus teoremas deducidos, no deban ser tomados por ellos comoindiscutibles, sino como simples supuestos. Pero de cualquier forma, el modelo tiene sus ventajas respecto de las metodologías alternativas, tomando como principal ejemplo, el poder integrar los campos de estudio en un solo modelo. De ahí la “superioridad” del enfoque que muchos observamos en este paradigma respeto de sus alternativas.

Para cerrar, hay que señalar que el enfoque austriaco está abierto a debate. Los teoremas mencionados son sólo un punto de partida, que deberá ser corregido y ampliado por nuevos economistas en el futuro. Afirma el propio Zanotti:

“El desarrollo de estos teoremas puede ser continuado y perfeccionadoad infinitum. Los ideales de ‘ciencia terminada’ ya hace mucho tiempo que concluyeron. La epistemología ha dado un verdadero progreso con el tema de los límites del conocimiento humano, en las ciencias naturales, ciencias sociales y formales. […] Trabajos como estos no sólo no cierran los temas sino que los abren a mayores desarrollos. Pero esa apertura tiene que ver con un orden epistemológico  de los contenidos. Tal ha sido nuestro principal intento.” (Zanotti, 2009, pp. 90-91)

 

Adrián Ravier es Doctor en Economía Aplicada por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, Master en Economía y Administración de Empresas por ESEADE y profesor de Macroeconomía en la Universidad Francisco Marroquín.

For my English Speakers Friends: Pope Francis and Free Economy in the Evangelii gaudium

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 15/12/13 en:  http://gzanotti.blogspot.com.ar/2013/12/for-my-english-speakers-friends-pope.html

1.      Introduction
Francis’ Apostolic Exhortation Evangelii Gaudium[1] (EG) is not a text on economy: it is a fine and substantial magisterial reflection about the topic of evangelization in our days, a most extensive subject whose analysis exceeds the humble purposes of this article, and must await a later occasion.
However, Francis’ diagnosis of current circumstances holds some judgments on economic issues that have once again caused admiration and adhesion among free market critics, as well as concern or outright rejection among free market advocates. It is not, of course, the first time this happens. The same happened with Quadragesimo Anno, 1931, Mater et Magistra, 1961, Populorum Progressio, 1967, Laborem Excercens, 1981, and Solicitudo Rei Socialis, 1988. When talking about the content of those documents, I have always done the same: I have clarified semantic nuances and have drawn a distinction between the general principles of the Church’s Social Doctrine and its prudential applications.[2] In this case, I will further add an attempt at dialogue between the horizon of the Austrian School of Economics (ASE) and the one wherefrom Francis writes.
2.      Horizon of pre-understanding in the Austrian School of Economics
In order to understand what the ASE means when it mentions “free market”, we must analyze the core of the theory of the market process, largely developed in a research program made up by authors such as Mises, Hayek, Israel Kirzner, and even Rothbard. I therefore propose to analyze the theoretical structure of Mises’ treatise on Economics, Human Action.[3]There, Mises divides his analysis into three broad areas: the analysis of market economy, socialism, and a hampered economy. When Mises discusses market economy, he refers to what –in my own terms– is a phenomenological analysis of the market itself, as a dynamic process tending towards a balance situation yet never attaining it, under the institutional assumption of private property, that is, of free access to the market and absence of state controls. Interventionism, instead, is a market hampered precisely by those controls whose absence is assumed in a free market. In Part Six of his treatise on economy (a key work),Mises analyzes these interventions with utmost clarity: intervention through progressive income taxes, restrictions to production through customs tariffs, monetary intervention through monetary nationalization by central banks and controls on interest rates, confiscation of natural resources, infringements to the right of association through corporatist unionism, price and salary controls. The list is not restrictive, yet what is interesting is that is makes up the essence of real economy as Mises regarded it back in 1949, when his treatise was published. That is to say, in Mises’ view, a hampered economy was not the Soviet Union; it was Europe and the USA already in 1949, not to mention other regions, of course.
Added to this must be the studies by Hayek about the rejection to perfect competition as wrongly approaching the economic problem –a criticism appearing mainly in seminal articles published in 1936, 1945 y 1946.[4] Contrary to the models assuming perfect knowledge, Hayek claims that the economic problem lies in how to coordinate supply and demand expectations under the dispersed and restricted knowledge of offering and demanding parties. And this is possible only under three conditions: one, free entry to the market –which implies equality under the law and absence of legal monopolies in a market; two, the ability to learn from one’s mistakes as a compensating factor of the dispersed knowledge; and three, free prices as synthesizers of the dispersed knowledge and, thus, as signs of the relative scarcity of goods and services in the market. This implies that the market is always a coordination process, yet never perfect coordination, and that government intervention, by affecting prices, affects the necessary signs for this coordination. Mises includes all this in his treatise on economy, already speaking of the learning ability as the entrepreneurial factor. In 1962, Rothbard further adds his unrivaled treatise on monopoly,[5] where he emphasizes the ASE’s rejection of the perfect competition theory, while in 1973, Israel Kirzner systematized it all in his theory viewing market as a process vs. market in balance, through the entrepreneurial factor.[6] It is no coincidence that 1974 is considered the ASE’s revival around the world.
None of the above was written by bored people, unmindful of others. Rather, they were driven by an “emancipatory” spirit, that is, an ideal concerned with eradicating poverty and attaining development for the peoples. This may be observed, above all, in the life of L. von Mises.[7]
Still, the fundamental conclusion of this point is the following:
a)  Free market is not “the markets” or today’s “real capitalism”, which might be called crony capitalism, though I would rather call it a hampered economy.
b)    Free market has nothing to do with the perfect competition models assuming perfect knowledge, perfect efficiency “or kindness” of the intervening agents.
c)    Free market really occurs when all three conditions formerly mentioned by Hayek are allowed to act; the greater or lesser distancing of these three conditions is the measure of a greater or lesser free market.
3.      Analysis of Francis’ “free market” criticism in light of the foregoing considerations
As I have mentioned under heading 1 above, it is not the first time that we face this problem.  The Encyclical Letter Quadragesimo Anno, by Pius XI, dates from 1931 and raises strong criticism to what is labeled as liberal capitalism and “international imperialism of money”. And yet –what a coincidence–, this criticism arises right in the aftermath of the 1929 Crash, where the economic crisis is precisely the one described and forecasted by Mises in 1912[8] as the basic effect of state intervention in the capital market, currency and interest rate.
What now occurs is similar, yet worsened. The hampered economy in the USA and Europe has grown deeper. In the light of the ASE, we are not facing a free market crisis, but rather an increasingly worse crisis of the hampered economy; all the more so after 2008.
In light of the foregoing, the main paragraphs of the Evangelii Gaudium on economic issues are worth discussing. Our comment will be in italics.
3.1. “… Just as the commandment “Thou shalt not kill” sets a clear limit in order to safeguard the value of human life, today we also have to say “thou shalt not” to an economy of exclusion and inequality.” Such an economy kills. (He is right; such an economy kills. Human beings dying of malnutrition, hunger, subhuman life conditions are counted by the millions and millions. But this results from underdevelopment, and underdevelopment results from the lack of investment caused by all the interventionist measures analyzed by Mises. Mises says: “…Vast areas –Eastern Asia, the East Indies, Southern and Southeastern Europe, Latin America– are only superficially affected by modern capitalism. Conditions in these countries by and large do not differ from those of England on the eve of the “Industrial Revolution.” There are millions of people for whom there is no secure place left in the traditional economic setting. The fate of these wretched masses can be improved only by industrialization. What they need most is entrepreneurs and capitalists. As their own foolish policies have deprived these nations of the further enjoyment of the assistance imported foreign capital hitherto gave them, they must embark upon domestic capital accumulation. They must go through all the stages through which the evolution of Western industrialism had to pass. They must start with comparatively low wage rates and long hours of work. But, deluded by the doctrines prevailing in present-day Western Europe and North America, their statesmen think that they can proceed in a different way. They encourage labor-union pressure and alleged prolabor legislation. Their interventionist radicalism nips in the bud all attempts to create domestic industries. Their stubborn dogmatism spells the doom of the Indian and Chinese coolies, the Mexican peons, and millions of other peoples, desperately struggling on the verge of starvation”[9]). How can it be that it is not a news item when an elderly home­less person dies of exposure, but it is news when the stock market loses two points? This is a case of exclusion. (He is right. But the “exclusion” of the millions to which Mises refers is caused by underdevelopment, in turn resulting from the absence of a free market as understood by Mises). Can we continue to stand by when food is thrown away while people are starving? This is a case of inequality. (He is right. But in economy, food is thrown away when governments interfere in the agricultural market with minimum prices, thus producing leftovers in the market).  Today everything comes under the laws of competition (not competition as understood by the ASE, because today there is no free entry to the market) and the sur­vival of the fittest, where the powerful feed upon the powerless. (Yes, such is the case when more powerful lobby groups get perks from the government, as is so clearly explained by the Public Choice School.[10] This is not the case in a free economy, that is, one where no privileges are granted by the government). As a consequence, masses of peo­ple find themselves excluded and marginalized: without work, without possibilities, without any means of escape. Human beings are themselves considered consumer goods to be used and then discarded. We have created a “throw away” culture which is now spreading. (He is right: a human being is not a consumer good. But this happens when there is endemic unemployment, produced by the minimum wages and union privileges strongly criticized by Mises in Human Action and in Socialism –1922).[11]  It is no longer simply about exploitation and oppression, (it is worth bearing in mind that exploitation, if implying reference to Marxist added value, must be reinterpreted, because the theory of Marxist added value, being based on the theory of Smith’s working value and Ricardo’s production cost, is false)[12] but something new. Exclusion ultimately has to do with what it means to be a part of the society in which we live; those excluded are no longer society’s underside or its fringes or its disenfranchised – they are no longer even a part of it. The excluded are not the “ex­ploited” but the outcast, the “leftovers”. (Yes, this is the result of underdevelopment for NOT having respected free market. Ultimately, it is understandable that Francis regards the current economy as a free market; of course, the USA, Europe, and Latin America are not North Korea. Unless the ASE is born in mind, such is the case. But we have already seen that today’s economy is far from being a free market, a “market process”: it is a hampered economy and much more: it is a wicked game of lobby groups revolving around the central government that distribute, at their discretion, a fixed pie that does not grow for lack of investment and the evident limit of public budget, as finely described by J. Buchanan: a “rent seeking society”[13]).
3.2. “… In this context, some people continue to defend trickle-down theories which assume that economic growth, encouraged by a free market, will inevitably succeed in bringing about great­er justice and inclusiveness in the world. (Well, this is not the case of the ASE. According to their economists, free market does not produce an intrinsic enrichment of some, wherefrom wealth is randomly poured over others. The essence of the question is that saving enables investments, new capitals and new projects, essentially resulting in an increase in the demand for work, and consequently, an increase in the real salary.That is to say, general enrichment is a necessary feature, rather than a random trait or “spilled over” from the free market, except if it is hampered by confiscatory taxation, bureaucratic controls, inflation and confiscation, as is standard practice in Latin America. Moreover, in a free market, entrepreneurs do not necessarily become wealthier, unless they are protected by the state, therefore no longer being a free market. Many of their projects fail and incur in losses, thus enabling common good to benefit only from entrepreneurial projects that rightly meet the demand by consumers). This opinion, which has never been confirmed by the facts, (now, if Francis philosophy accepts my saying, I would speak of a phenomenological analysis of social reality) expresses a crude and naïve trust in the goodness (yes, such is the trust of those who deny the original sin, but not of the ASE economists –who have always conceived a free market operating for normal people under normal incentives: free market is not for saints, it is for everybody) of those wielding economic power (well, in a free market, “power” is vested in the consumer, while in a hampered economy, “power” is wielded by the state) and in the sacralized workings (rather than workings, free market is a human process) of the prevailing economic system (I would say that the ASE economists have never sacralized anything, nor have I, having expressly criticized “market clericalism”[14]).
3.3. “…One cause of this situation is found in our relationship with money, since we calmly accept its dominion over ourselves and our societies. The current financial crisis can make us overlook the fact that it originated in a profound human crisis: the denial of the primacy of the human person! We have created new idols. The worship of the ancient golden calf (cf. Ex 32:1-35) has returned in a new and ruthless guise in the idol­atry of money and the dictatorship of an imper­sonal economy lacking a truly human purpose. The worldwide crisis affecting finance and the economy lays bare their imbalances and, above all, their lack of real concern for human beings; man is reduced to one of his needs alone: con­sumption.(This is one of the central points of a misunderstanding that affects us all. The 2008 international financial crisis illustrated what for the ASE is the theory of the economic cycle. It was mainly outlined by Mises in 1912 [15]–enabling to predict, to some extent, the 1929 crisis–; Hayek added significant observations on capital in 1931,[16]and it is a central part of the present works on the current situation by the ASE economists in the United States. The theory’s central axis is that if the government expands the currency to the capital market through monetary expansion, the interest rate tends downwards, fostering unsubstantiated investment projects which, when the expansion ceases, fall, producing bankruptcies and widespread unemployment. This is the product of state intervention, not of free market. There has always been greed, fondness for money and worship of wealth, incompatible with Christianity; yet it is not human flaws that have caused financial crises, but state intervention in the capital market).
While the earnings of a minority are grow­ing exponentially, so too is the gap separating the majority from the prosperity enjoyed by those happy few (As we have seen, this is produced by underdevelopment, itself caused by state intervention).
This imbalance is the result of ide­ologies which defend the absolute autonomy of the marketplace and financial speculation. (As we have seen, if by “absolute autonomy” we mean free market as understood by the ASE, then such autonomy simply means that the state does not expand the monetary offer, thus artificially lowering interest rates. I do not see why it must be labeled “absolute”, since all the banking system is governed by the basic rules of respect for contracts). Con­sequently, they reject the right of states, charged with vigilance for the common good. (The ASE does not deny that the government is the agent in charge of guarding the Rule of Law; it does deny, though, that the increase of monetary offer is beneficial. In other words, I do not see why, in order to be a Catholic, one must necessarily subscribe to Keynes). A new tyranny is thus born, invisible and often virtual, which unilaterally and relentlessly imposes its own laws and rules. (Yes, such is the tyranny of the governments that affect the monetary offer and produce poverty and underdevelopment, the economy that kills). Debt and the accumulation of interest also make it difficult for countries to realize the potential of their own economies and keep citizens from en­joying their real purchasing power. (The indebtedness of the poor countries is due to government-to-government loansnot to free market. In a free market, there can be no public debt, because governments do not have entrepreneurial ventures. Already in 1949, Mises criticized the Monetary Fund,[17] and P. Bauer[18] has clearly explained the statist origin of international debt, which must obviously be condoned, yet on the other hand, never restarted). To all this we can add widespread corruption and self-serving tax evasion, which have taken on worldwide di­mensions. (Yes, corruption is outrageous, but it stems from –as we have seen- the mafias of lobby groups dependent on the government –which has nothing to do with free market–; from a myriad of government regulations –which have fostered bribery to evade them–; and from the replication of state agencies where lobby groups deposit their bribes). The thirst for power and possessions knows no limits. (Yes, so was described by Adam Smith in The Wealth of Nations). In this system, which tends to devour everything which stands in the way of in­creased profits, whatever is fragile, like the envi­ronment, is defenseless before the interests of a deified market, which become the only rule. (Again, rather than a deified market, it is the state turned into God what causes this situation).
3.4.“…Today in many places we hear a call for greater security. But until exclusion and inequal­ity in society and between peoples are reversed, it will be impossible to eliminate violence. The poor and the poorer peoples are accused of vio­lence, yet without equal opportunities the differ­ent forms of aggression and conflict will find a fertile terrain for growth and eventually explode. When a society – whether local, national or glob­al – is willing to leave a part of itself on the fring­es, no political programmes or resources spent on law enforcement or surveillance systems can indefinitely guarantee tranquility. This is not the case simply because inequality provokes a violent reaction from those excluded from the system, but because the socioeconomic system is unjust at its root. (Francis is absolutely right. There is no in-depth solution for insecurity in prisons filled with people without the slightest chance, who since their early childhood have been abused, undernourished, drugged, deprived from schooling and more, and who will surely continue filling marginalized echelons of society while underdevelopment lasts. Then again, this underdevelopment, this murderous underdevelopment stems from government statism, particularly in the case of Latin American governments. A stable constitutional democracy, a respected Rule of Law, a market economy, upholding equal conditions under the law and absence of privileges, are the key to exit poverty). Just as goodness tends to spread, the toleration of evil, which is injustice, tends to ex­pand its baneful influence and to under­mine quietly any political and social system, no matter how solid it may appear. If every action has its consequences, an evil embedded in the structures of a society has a constant potential for disinte­gration and death. It is evil crystallized in unjust social structures, which cannot be the basis of hope for a better future. We are far from the so-called “end of history”, since the conditions for a sustainable and peaceful development have not yet been adequately articulated and realized. Today’s economic mechanisms promote inordinate consumption, yet it is evident that unbridled consumerism combined with inequal­ity proves doubly damaging to the social fabric. (Again, definitely right; let us merely add that promotion of consumption may only occur on account of inflationary policies which, by expanding the monetary basis, unnecessarily foster demand for goods and services whose offer fails to increase due to controls that halt investment and produce capital flight).
3.5. “…Solidarity is a spontaneous reaction by those who recognize that the social function of property and the universal destination of goods are realities which come before private property. (Perfect; we have repeatedly mentioned that private property in a free market enables it to fulfill its social role.[19]If the offerer DOES NOT receive protections by the state, either they earn a profit before their competitors on account of their better services, or they go bankrupt. The possibility of natural monopolies is almost impossible if tariffs are zero and the producer has all the international competition ahead of them). The private ownership of goods is justified by the need to protect and increase them, so that they can better serve the common good; (this is what we meant: Mises himself tells that such is the social role of ownership)[20] for this reason, solidarity must be lived as the decision to restore to the poor what belongs to them. (Yes, when the government stops swindling with inflation, when it ceases to levy confiscatory taxes, the poor are restored of what the statist policy took from them). These convictions and habits of solidarity, when they are put into practice, open the way to other structural transformations and make them possi­ble. (Yes; only a developed market economy will leave margins of available resources for non-profit foundations and all kinds of charitable associations having nothing to do with profitability). Changing structures without generating new convictions and attitudes will only ensure that those same structures will become, sooner or lat­er, corrupt, oppressive and ineffectual. (This is a significant assertion. Market economies have resulted from the practice and thinking of Western Judeo-Christian societies. They may expand into other cultures, yet the origin of their main virtues –industriousness, contract fulfillment, saving, frugality, respect for the Rule of Law– are Judeo-Christian).
3.6. “…The need to resolve the structural causes of poverty cannot be delayed, not only for the pragmatic reason of its urgency for the good order of society, but because society needs to be cured of a sickness which is weakening and frustrating it, and which can only lead to new crises. Welfare projects, which meet cer­tain urgent needs, should be considered merely temporary responses. (Absolutely right). As long as the problems of the poor are not radically resolved by rejecting the absolute autonomy of markets and financial speculation (here lies the central axis of this dialogue: as we have said, Francis regards a hampered economy as “the absolute autonomy of the marketplace”. Instead, I propose him to interpret social and economic reality from another viewpoint, specifically, to consider that the financial market is a problem when the government expands the monetary basis and affects the interest rates –such being the case in the USA as well as in Argentina)and by attacking the structural causes of inequality, no solution will be found for the world’s problems or, for that matter, to any prob­lems. Inequality is the root of social ills. (Inequality is lack of distribution. Surely, it is a duty that budgets be distributed in justice. But in a society pierced by scarcity, where, after the original sin, bread must be earned by the sweat of our face, the crucial problem lies in knowledge dispersion and lack of coordination to minimize such scarcity. That is to say, the main issue is to produce. Of course, God has created everything for every human being, but after the original sin, goods must be produced through hard labor and sweat. A work and production ethics is, therefore, as significant as an ethics of distribution). 
 3.7. “…We can no longer trust in the unseen forc­es and the invisible hand of the market (In my understanding, the “invisible hand” analogy is, indeed, invisible. It is a question of interpreting the market in the light of what have been expressed by Hayek. It is not an automatic mechanism, nor is it to assume that people will be magically good. It has to do with the government’s “visible hand”, intervening the prices as a synthesis of disperse information, erasing the signs of the market, as are the prices. This certainly turns “invisible” what is scarce or not in terms of consumer demand, as explained by Hayek in The Use of Knowledge in Society.[21] Therefore, what the “invisible hand” analogy means is that when the government does not intervene, the offer comes closer to the demand, “learning” to read the prices. If anyone fails to learn, they melt down into bankruptcy, this being vital to preserve the common good. Hence, a market economy can be trusted; there is nothing “invisible”, except that people usually fail to see the direct consequences of their actions: Francis “does not see” that when he praises San Lorenzo, producers of San Lorenzo football shirts receive a higher demand; still, so happens, and there is nothing wrong in it, unless the football shirt producer would have made an arrangement with the Argentine government at the expense of all). Growth in justice requires more than economic growth, while presupposing such growth: it requires de­cisions, programmes, mechanisms and process­es specifically geared to a better distribution of income, the creation of sources of employment and an integral promotion of the poor which goes beyond a simple welfare mentality. (Francis is right: mere assistencialism does not suffice. A reform of the existing structures must be carried out, and I am therefore proposing, with all respect and affection for Francis, the reflection that what he calls market are indeed statist structures that curb development. Apart from that, as I have explained on other occasions,[22] Hayek does not deny income redistribution at a municipal level, provided it is not inflationary, confiscatory or monopolistic. What ASE advocates reject is the monopoly of national governments, the welfare state –in crisis both in USA and in Europe, not merely on grounds of its inefficiency and inverted population pyramid, but also of a radical injustice: it places the principle of subsidiarity at risk. The redistribution admitted by Hayek is otherwise fully compatible with the research program where the municipal government role becomes one of a club good). I am far from proposing an irresponsible populism, but the economy can no longer turn to remedies that are a new poison, such as attempting to increase profits by reducing the work force and thereby adding to the ranks of the excluded. (Now, as we have seen, this happens when there are no clear rules in a market economy. When profit is pursued, new investments are promoted, therefore implying an increase in labor demand –because capital goods result from work, intelligence and creativity applied to natural resources, in turn entailing demand for labor and decrease in unemployment).
4.      Conclusion
I hope this dialogue be fruitful. A dialogue always implies disposition towards empathy in order to close horizon gaps. Why is it that those who have been trained after Scannone or Dussel, on the one hand, cannot sit in dialogue with those of us who have been trained after Mises and Hayek? Is it that the lack of communicability of paradigms must be so insurmountable? I think not. All the more so, when intentions are the same: to put an end to poverty, underdevelopment, hunger, malnutrition, and any subhuman life conditions of the peoples. And these expressions are made by a lay person who shares Francis’ calls to live the Gospel in a more authentic spirit, to decentralize the Church’s government, to reach the peripheries, to look with mercy, to hear with the heart. I hope Francis, a Pope open to dialogue, may open himself up to this dialogue ––so unusual, yet so significant.
[2] Zanotti, G.J: Economía de Mercado y Doctrina Social de la Iglesia (Ed. de Belgrano, Buenos Aires, 1985). Second Edition: EdicionesCooperativas, Buenos Aires, 2005.
[3] Sopec. Madrid, 1968.
[4] “Economics and Knowledge”; “The Use of Knowledge in Society”; “The Meaning of Competition”, respectively, all in Individualism and Economic Order, Chicago University Press, Midway Reprint 1980.
[5] Man, Economy, and State, Nash Publishing 1970, chapter 10.
[6] Competencia y empresarialidad (1973) Unión Editorial, Madrid, 1998, and The Meaning of Market Process, Routledge, 1992.
[7] Zanotti, G.J.: “La filosofía política de Ludwig von Mises”, in Procesos de Mercado, Vol. VII, Nro. 2,Fall 2010.
[8] The Theory of Money and Credit, Liberty Fund, 1981.
[10] Cfr Buchanan, J,:  “Miperegrinajeintelectual”, Tópicos de actualidad, CEES, March 2001;  El cálculo del consenso, Espasa-Calpe, Madrid, 1980; The Limits of Liberty, University of Chicaco Press, 1975;  The Logical Foundations of Constitutional Liberty, Liberty Fund, 1999, Vol. I.
[11] Socialismo, Instituto de Publicaciones Navales, Buenos Aires, 1968.
[12] Refutation to added value by Marx, in Live of Marx, in chapter 8, Book I of the monumental work by E. von BohmBawerk, Capital and Interest (Liberty Press, 1959), dated 1884. This work is as significant and extensive as Marx’sCapital, and is its counter-face; yet it is absolutely ignored by Marxists, and also by those who claim to be non-Marxist.
[13] Op.cit., The Logical Foundations of Constitutional Liberty.
[14] Zanotti, G.J.: “Economy and Culture in the Thought of John Paul II”, in Logos, A Journal of Catholic Thought and Culture; 1:2 1997.
[15] The Theory of Money and Credit, op.cit.
[16] Precios y Producción, Unión Editorial, 1996.
[17] La Acción Humana, op.cit. pg. 591
 [18] Crítica de la teoría del desarrollo, Orbis, 1983.
 [19] Economía de mercado y Doctrina Social de la Iglesia, op.cit., chapter III.
 [20] La Acción Humana, op.cit, pg. 823.
 [21] Op.cit.
 [22] In “Igualdad y desigualdad según desiguales paradigmas”, in Empresa y Humanismo (2004), Vol. VII Nro. 2, pp. 259-254.

 

Gabriel J. Zanotti es Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA).  Es profesor full time de la Universidad Austral y en ESEADE es Es Profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE.

Reflexión de domingo: “Perón y el asalto de las pensiones”

Por Adrián Ravier. Publicado el 15/12/13 en:

http://puntodevistaeconomico.wordpress.com/2013/12/15/peron-y-el-asalto-de-las-pensiones/

Juan Domingo Perón ofreció un discurso el 30 de noviembre de 1973, porCadena Nacional, respecto del sistema previsional. Decía entonces lo que se puede ver en este video:

“Nosotros comenzamos a estudiar estos problemas cuando todos nuestros viejos estaban abandonados. No quisimos hacer un sistema previsional estatal porque yo conocía y he visto ya en muchas partes que estos servicios no suelen ser ni eficientes ni seguros. Dejándolo al Estado libre de una obligación que siempre mal-cumple. Es la experiencia que tengo en todas las partes donde este sistema lo he conocido, que hay en varias partes. Bien señores, ¿qué paso después? En 1956, el Estado acuciado quizás por la necesidad, echó mano a los capitales acumulados por las cajas, es decir, se apropió de eso. Para mí eso es simplemente un robo, porque no era plata del Estado, sino de la gente que había formado esas sociedades y esas organizaciones. Claro que lo descapitalizaron. He visto un decreto secreto por el cual se sacaron 65.000 millones para auxiliar a otros que no tenían nada que ver con las Cajas de Jubilaciones y Pensiones que nosotros habíamos creado. Es decir señores, se las asaltó. Fue un asalto. Entonces naturalmente que después de ese asalto los pobres jubilados comenzaron a sufrir las consecuencias de una inflaciónque no pudo homologar ningún salario, ni ninguna jubilación. Y llegaron a cobrar en la proporción como poder adquisitivo de la desvalorización de esa moneda. Cuando nosotros dejamos el gobierno en 1955, el dólar estaba en el mercado libre a 14,50 y ahora estos pobres tenían que cobrar a razón de un dólar de 1400 pesos. Entonces era lógico, señores. Cualquiera hubiera sido el arreglo que se hiciera esto no tenía arreglo. Lo que pasa es que se habían desfalcado las cajas. ¡Las habían asaltado! Y las cajas como todas las organizaciones económicas y financieras tienen sus límites. El límite está indicado por su capital. Una vez que le han sacado el capital es inútil que se pretenda buscarle soluciones de otra manera.”

Lo que decía Perón es una muestra de lo que hoy es sabido por todos. El sistema de previsión social “de reparto” que experimentó la Argentina hasta 1994 es el principal responsable de la precariedad con la que han vivido los jubilados y pensionados. La característica central de este sistema es que la contribución de los trabajadores se destina a financiar las prestaciones de los jubilados. Este sistema, que ha quebrado sucesivamente a lo largo de nuestra historia y que podríamos denominarlo como “coactivo”, no ha sido en el pasado, y no es en el presente, ni previsor ni social. Los actuales jubilados reciben sumas de dinero que no guardan relación con las contribuciones que han ido realizando durante su vida activa.

El cambio introducido al sistema en 1994, si bien lo reformó en cierto modo, conservó la naturaleza “coactiva” del sistema, ya que se le negó al trabajador la posibilidad de decidir sobre su patrimonio. Es cierto que se crearon las Administradoras de Fondos de Jubilaciones y Pensiones (AFJP), que han tenido como objetivo la administración de las contribuciones de los trabajadores. Sin embargo, estas agencias no compitieron en el mercado libre con otras posibles inversiones previsionales dentro y fuera del país, sino que recibieron compulsivamente una porción fija de los salarios de todos los trabajadores, cobraron comisiones astronómicas en relación con los sistemas vigentes en otros países del mundo y lo más importante: no se les permitió gestionar el cien por cien de los fondos según sus propios criterios, sino de acuerdo a las directrices aprobadas por el Gobierno. En definitiva, fueron más bien gerentes del Estado, que empresas privadas.

Cristina Kirchner envió en su momento un proyecto al Congreso para intentar modificar este sistema. Pero en lugar de girar hacia la dirección correcta, es decir, hacia un sistema privado voluntario, decidió empeorar la situación eliminando las AFJP y volviendo a un sistema de reparto.

En lugar de eliminar la “coacción” que obliga a los trabajadores a elegir o bien por las AFJP locales (aprobadas por el Gobierno) o bien por el sistema de reparto, la propuesta pasó por suprimir las AFJP y, con ellas, el ínfimo espacio con el que contaba el mercado. El proyecto tuvo como objetivo apropiarse de los fondos acumulados en el sistema, esto es, casi treinta mil millones de dólares e impagar la deuda de los últimos catorce años. Al mismo tiempo, los más de nueve millones de trabajadores debieron contribuir de forma obligatoria al sistema de pensiones de reparto público, lo que equivale a una cifra superior a los trescientos millones de dólares mensuales. Recordemos que un año antes de presentar este proyecto de ley, se ofreció la posibilidad a los trabajadores de pasar de las AFJP al sistema público, y sólo entre un 20% y un 30% aceptó el cambio (es decir, entre el 70 y el 80% de los trabajadores permaneció en el sistema de las AFJP). Los argentinos no deseaban regresar a los sistemas de reparto justamente porque conocen sus consecuencias tan bien explicadas por el propio Perón. Ya en 2009, los legisladores de la oposición denunciaron lo que era lógico, que la ANSES estaba manejando los fondos con arbitrariedad, sin informes públicos y sin los controles que se prometieron a la hora de conseguir rápidamente los votos en el Congreso.

¿Cuánto del dinero transferido de las AFJP hoy mantiene ANSES? ¿Que proporción de esos activos son bonos del gobierno (de difícil cobro en el futuro)? Son preguntas simples, que hasta el momento nadie responde. Lo cierto es que ante la crisis fiscal en la que ya está el gobierno, y que lamentablemente se profundizará en los próximos años, los que sufrirán serán precisamente nuestros viejos. Hay quienes dicen que las jubilaciones y las pensiones son algo demasiado importante para dejarlo en manos del mercado. Yo pienso que las jubilaciones y las pensiones son algo demasiado importante para dejarlo en manos del Estado. En una sociedad libre, el Estado no debería imponer ningún sistema de jubilación. En su lugar, tendría que permitir que hubiera tantos como los que establezcan los interesados según sean sus preferencias y sus situaciones económicas.

Adrián Ravier es Doctor en Economía Aplicada por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, Master en Economía y Administración de Empresas por ESEADE y profesor de Macroeconomía en la Universidad Francisco Marroquín.

 

Repasando a Keynes

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 12/12/13 en:

http://independent.typepad.com/elindependent/2013/12/repasando-a-keynes.html

Todas las acciones políticas, cualquiera sea su color, son consecuencia de previas elucubraciones intelectuales que influyen sobre la opinión pública que, a su turno, le abren caminos a los buscadores de votos. John Maynard Keynes escribió con razón que “Las ideas de los economistas y de los filósofos políticos, tanto cuando están en lo cierto como cuando no lo están, son más poderosas de lo que se supone corrientemente. Verdaderamente, el mundo se gobierna con poco más. Los hombres prácticos, que se creen completamente libres de toda influencia intelectual, son generalmente esclavos de algún economista difunto”.

El párrafo no puede ser más ajustado a la realidad. Keynes ha tenido y sigue teniendo la influencia más nefasta de cuantos intelectuales han existido hasta el momento. Mucho más que Marx, quien debido a sus inclinaciones violentas y a su radicalismo frontal ha ahuyentado a más de uno. Keynes, en cambio, patrocinaba la liquidación de la sociedad abierta con recetas que, las más de las veces, resultaban mas sutiles y difíciles de detectar para el incauto debido a su lenguaje alambicado y tortuoso.

Hemos consignado antes que los ejes centrales de su obra mas difundida (Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero, México, Fondo de Cultura Económica, 1936/1963)) consisten en la alabanza del gasto estatal, el déficit fiscal y el recurrir a políticas monetarias inflacionistas para “reactivar la economía” y asegurar el “pleno empleo” ya que nos dice  en ese libro que “La prudencia financiera está expuesta a disminuir la demanda global y, por tanto, a perjudicar el bienestar”.

Tal vez los trabajos mas lúcidos sobre Keynes estén consignados en el noveno volumen de las obras completas del premio Nobel en Economía F.A. Hayek (The University of Chicago Press, 1995), en el meduloso estudio de H. Hazlitt traducido al castellano como Los errores de la nueva ciencia económica(Madrid, Aguilar, 1961) y  en la extraordinaria obra de W. H. HuttKeynesianism: Prospect and Retrospect (Chicago, Henry Regenery, 1963). Numerosas universidades incluyen en sus programas las propuestas keynesianas y no como conocimiento histórico de otras corrientes de pensamiento, sino como recomendaciones de la cátedra. Personalmente, en mis dos carreras universitarias y en mis dos doctorados tuve que estudiar una y otra vez las reflexiones keynesianas en el mencionado contexto. Todos los estatistas de nuestro tiempo han adoptado aquellas políticas, unas veces de modo explícito y otras sin conocer su origen. Incluso en Estados Unidos irrumpió el keynesianismo mas crudo durante las presidencias de Roosevelt: eso era su “New Deal” que provocó un severo agravamiento de la crisis del treinta, generada por las anticipadas fórmulas de Keynes aplicadas ya en los Acuerdos de Génova y Bruselas donde se abandonó la disciplina monetaria.

Las terminologías y los neologismos mas atrabiliarios son de su factura. No quiero cansar al lector con las incoherencias y los galimatías de Keynes, pero veamos solo un caso, el que bautizó como “el multiplicador”. Sostiene que si el ingreso fuera de 100, el consumo de 80 y el ahorro 20, habrá un efecto multiplicador que aparece como resultado de dividir 100 por 20, lo cual da 5. Y préstese atención porque aquí viene la magia de la acción estatal: afirma que si el Estado gasta 4 eso se convertirá en 20, puesto que 5 por 4 es 20 (sic). Ni el keynesiano más entusiasta ha explicado jamás como multiplica ese “multiplicador”.

En definitiva, Keynes apunta a “la eutanasia del rentista y, por consiguiente, la eutanasia del poder de opresión acumulativo de los capitalistas para explotar el valor de escasez del capital”. Resulta sumamente claro y específico lo que escribió como prólogo a la edición alemana de la obra mencionada, también en 1936, en plena época nazi: “La teoría de la producción global, que es la meta del presente libro, puede aplicarse mucho mas fácilmente a las condiciones de un Estado totalitario que la producción y distribución de un determinado volumen de bienes obtenido en condiciones de libre concurrencia y un grado considerable de laissezfaire”.

Como es sabido, hay ríos de tinta explicando los errores de Keynes, pero, fuera de los libros señalados, hay dos ensayos que resultan de gran interés. Se tratan de “The Critical Flow on Keynes´s System” de Robert P. Murphy y “Dissent on Keynes: A Critical Appraisal of Keyneisn Economics” de Mark Skousen.

En el primero, el autor se detiene especialmente en el plano laboral donde muestra las consecuencias perniciosas de intentar derretir salarios en términos reales a través de la inflación monetaria en momentos en que hay consumo de capital manteniéndo los salarios nominales inalterados, un engaño que se sugiere en lugar de permitir que los niveles se adaptan a la situación imperante sin introducir las alteraciones en los precios relativos que indefectiblemente provoca la inflación. Por otra parte, destaca la incomprensión del fenómeno del desempleo de Keynes y, consecuentemente, su propuesta de encarar obras públicas que en definitiva significan detraer recursos del sector privado para faenas no productivas, lo cual se traducen en un empeoramiento en el nivel de vida de todos.

En el segundo ensayo, Skousen describe las falacias de sostener que Keynes fue “el salvador del capitalismo” en lugar de su victimario, en el mismo contexto cuando actualmente se apunta a “la crisis del capitalismo” en lugar de percatarse que el sistema imperante consiste en el estatismo. En ese trabajo, el autor detalla los consejos del keynesianismo de controlar precios y salarios, al tiempo que propugna el deterioro del signo monetario, el deficit fiscal, el incremento del gasto público y, unas veces de facto y otras de jure, la nacionalización de empresas.

Es raro no encontrar algunos aciertos, incluso en autores cuyos textos están plagados de falacias. Tal es el caso de Keynes, como el párrafo que apuntamos al abrir esta nota. Para cerrar, agrego otra verdad que señala este autor en la misma obra que venimos comentando: “Un parte demasiado grande de la economía matemática reciente es una simple mixtura, tan imprecisa como los supuestos originales que la sustentan, que permiten al autor perder de vista las complejidades e interdependencias del mundo real en un laberinto de símbolos pretenciosos e inútiles”.

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. En Administración. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer Rector de ESEADE. 

Capitalism and Labor Share (Young and Lawson)

Por Nicolás Cachanosky. Publicado el 11/12/13 en: http://puntodevistaeconomico.wordpress.com/2013/12/11/capitalism-and-labor-share-young-and-lawson/

La idea de la explotación del capital sobre el trabajo esa una idea muy arraigada en Latino América. Esta concepción viene, a mi juicio, acompañada de varios mitos (aquí menciono algunos sobre distribución del ingreso.)

En un reciente paperAndrew A. Young y Robert T. Lawson deciden mirar más de cerca el “labor share” o la participación del factor trabajo (por unidad de capital) sobre la totalidad de los ingresos. Lo que encuentran es, justamente, lo mismo que Marx: países más capitalistas poseen una mayor porción del ingreso en manos del factor trabajo. Dejo unas interesantes reflexiones de la introducción y luego algunos comentarios de sus resultados.

 

Most economists would use the term capitalism in reference to an economic system where resources are allocated through free exchange against a backdrop of well-defined and enforced private property rights. The term is somewhat unfortunate in that it connotes favoritism towards a specific “class” – namely, the capitalists; presumably at the expense of their workers. But this is not surprising. The use of the word in reference to an economic system originated with socialist historians.1 It is perhaps more felicitous to refer to a system of economic freedom. (pp. 1-2)

Este sesgo terminológico se encuentra aún muy arraigado. Al hablar de capitalismo se están trayendo las negativas y sesgadas connotaciones asociadas a esta palabra. Términos como “libertad económica” o “liberalismo clásico” me parecen que aún mantienen un mayor grado de neutralidad.

Young y Lawson se preguntan si es cierto que sociedades más “capitalistas” o más “libre mercado” muestran una mayor proporción del ingreso nacional yendo a manos de los “capitalistas.” Su respuesta es que no, que la mayor parte de la renta va a manos del factor trabajo. Esto debería ser claro, a mayor capital per cápita, la productividad marginal del trabajo aumenta más que la productividad marginal del capital (que de hecho, ceteris paribus, cae.)

Estos son los 10 paíse con mayor y menos labor share en el trabajo de Young y Lawson. El primer número es el labor share y el segundo número es el valor del índice de libertad económica.

  1. Suiza: 0.599 – 8.118
  2. Estados Unidos: 0.593 – 8.149
  3. Suecia: 0.591 – 6.660
  4. Reino Unido: 0.568 – 7.506
  5. Nepal: 0.564 – 5.629
  6. Dinamarca: 0.546 – 7.130
  7. Canadá: 0.540 – 7.883
  8. Japón: 0.536 – 7.208
  9. Holanda: 0.534 – 7.669
  10. Bélgica: 0.534 – 7.436
  1. Senegal: 0.239 – 5.304
  2. Irán: 0.235 – 5.054
  3. Ecuador: 0.235 – 5.200
  4. Tanzania: 0.223 – 4.791
  5. Benin: 0.219 – 5.066
  6. Nigeria: 0.208 – 4.357
  7. Burundi: 0.206 – 4.600
  8. Kuwait: 0.201 – 6.371
  9. Chad: 0.177 – 5.178
  10. Níger: 0.163 – 5.047

En lugar de observar algunos casos puntuales, Young y Lawson estudian 93 países por un período de 39 años. El siguiente gráfico muestra una primera aproximación al correlacionar libertad económica (EFW) con labor share. Ya sea mirando toda la muestra o separando la muestra entre paises OECD y no-OECD la correlación posee el mismo signo: a mayor libertad económica mayor porción del ingreso que queda en el factor trabajo.

Young - Labor sharePor supuesto, puede haber otros factores que expliquen esta relación aparte de la libertad económica. Por lo tanto, Young y Lawson estiman una serie de regresiones con distintas especificaciones y variables control para tratar de ver si estos resultados se mantienen, que es lo que sucede. De hecho, la relación positiva entre libertad económica y labor share se mantiene en todas sus regresiones. Sus conclusiones son que un incremento de un desvío estándar en la libertad económica (EFW) se asocia con incremento de 1/3 del desvío estándar del labor share.

Los componentes del índice que más explican un incremento en el labor share es mayor libertad en (1) el comercio internacional y (2) mayor libertad al sistema financiero, negocios y mercado de trabajo (en ambos casos con mayor incidencia en el grupo no-OECD.) El primero argumento con resultados opuestos a los de la explotación internacional y el segundo poniendo dudas sobre la “explotación” de “Wall Street y la meca (visual) del capitalismo explotador improductivo.” Estos resultados también sugieren que los mercados de trabajo más libres son los que resultan en una mayor proporción del ingreso a manos del factor trabajo.

Uno de los tantos ejercicios que los autores realizan es comparar dos regresiones, una usando el PBI real como variable control y otra sin el PBI real. El dejar de lado el PBI real el factor explicativo de la variable de libertad económica se incrementa más de un 80%. Esto quiere decir que la libertad económica tiene una relación directa con la participación del ingreso del factor trabajo cuando asumiendo que el tamaño de la torta es fija. Esto también quiere decir que el crecimiento de la torta viene acompañado con porciones más grandes al factor trabajo.

El análisis también encuentra que el tamaño de gobierno no posee una relación directa, haciendo eco de los estudios que sugieren que esta variable no se mide de modo tal que tenga una relación directa con la libertad económica (gobierno grande pero con pocas regulaciones o gobierno chico pero muy autoritario en materia económica.)

Los resultados sugieren, en sus distintas regresiones, que si la motivación es incrementar el labor share, entonces es más, no menos, capitalismo (libre mercado) lo que hace falta.

Nicolás Cachanosky es Doctor en Economía, (Suffolk University), Lic. en Economía, (UCA), Master en Economía y Ciencias Políticas, (ESEADE) y Assistant Professor of Economics en Metropolitan State University of Denver.