LOS NIÑOS NACEN

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 20/10/13 en: http://gzanotti.blogspot.com.ar/2013/10/los-ninos-nacen.html

 

He “atendido” a muchos chicos y chicas entre sus 18 y 25 años, como profesor y confidente. Los he visto sufrir al extremo su búsqueda del amor sincero, sus expectativas frustradas, sus problemas vocacionales, sus peleas con sus padres, sus angustias, sus obsesiones, sus fobias, sus corazones abiertos, heridos y anhelantes, y su escepticismo, su desencanto, su rabia, su llanto.
Diez o veinte años después, los veo, a muchos de ellos, felices, radiantes, colocando las fotos de sus hijos en Facebook. Es como si todo hubiera sido curado, redimido, por esos dos ojitos indescriptiblemente bellos. Y no es que nacieran de una primera relación perfecta. Muchos de ellos nacieron cuando no eran deseados, de la pareja odiada o repentina, de la situación difícil, del imbécil con el que no sé cómo me casé, de la loca esa, etc. Otros nacen de una mejor relación, pero después de muchos años de frustración y búsqueda en todo sentido.
Pero nacen.
 La vida se abre paso. Allí, en el medio de todos nosotros, los neuróticos woodyallinescos que lo trajimos al mundo, está él, el divino perverso polimorfo, poli-morfando todo J y mirando divertido a estos locos adultos que constituyen su insólito mundo. Allí, en medio del abuelo con pañales, de la tía soltera e histeroide que dice “suerte que no me casé”, del padre que no entiende nada, de la madre que abraza desesperadamente a su niño, su único hombre confiable; en medio de tíos con cara de poker y sobrinos mirando todo el día a su celular, en medio de todo ellos, en medio de todos nosotros, con nuestro presente pintoresco y nuestro pasado angustioso, está el. El niño. El nació. Y con su vida, con sus llantos, sonrisas y miradas, con el pipí que sale para cualquier lado y su olorosa y adorable caquita, con sus gu-gu, ga-ga, gue-gue, que anuncian el habla que está aprendiendo, con su fiebre que sube y que baja, con su quedarse dormido en nuestros brazos, derritiendo nuestras entrañas, con todo eso, parece decirnos que… Basta. Que la vida sigue, que no hay tiempo para angustias. El bebé parece redimir nuestro aferramiento a la neurosis. El pone las cosas en su lugar y le da a todo su justa importancia. Ya no hay tiempo para nuestros pequeños odios, rencores y pases de factura; algunos parientes que parecían ser una molestia de repente dejarán de serlo y otros se borrarán de golpe, y sabremos apreciar la diferencia entre ayudar y molestar, entre hablar y decir sandeces, entre tomar decisiones o vivir paralizados en duelos no resueltos. No, ya no hay tiempo: ellos mandan y si somos neuróticos normales sabremos obedecer.
Pero cuidado, no es automático, y no es mágico. Si nos distraemos, puede ser un parche que dure un buen tiempo, pero cuando el último pájaro del nido voló, volveremos a lo de siempre. ¿No era un tiempo para recomenzar? Cuando ese bebé tenga 40 y sea igual de tonto que nosotros, ¿no habremos pasado nuestra amargura de una generación a otra? Ese nacimiento, ¿no era un momento para crecer nosotros también? Y de ese crecimiento, ¿no saldrá acaso un diálogo cotidiano, diario, permanente, al principio como canción de cuna y luego como la mirada verdaderamente adulta que el hijo necesita? Y de ese crecimiento, de ese haberse dejado transformar por la vida, ¿no saldrán años con más sabiduría? También he visto amigos de mi edad que han convertido su paternidad en una ofrenda y aunque estén más gordos, J su mirada ha aligerado el peso de sus neurosis juveniles. Y sus hijos, aunque humanos, tienen la mirada hacia adelante.
Los niños nacen. Como la luz del sol en una mañana de verano, ellos limpian y cauterizan las heridas de nuestro corazón: sus ojos limpian los nuestros. Pero no mágicamente. Cuando nazca tu niño, hazte niño y crece con él. Es una segunda vida, una segunda oportunidad, una bendición, una verdadera redención.
 Gabriel J. Zanotti es Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA).  Es profesor full time de la Universidad Austral y en ESEADE es Es Profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE.

LA IMPORTANCIA DE LOS BUENOS MODALES

Por Alberto Benegas Lynch (h)

“El hábito no hace al monje” reza un conocido proverbio a lo que mi amigo Jacques Perriaux agregaba “pero lo ayuda mucho”. Las formas no necesariamente definen a la persona pero ayudan al buen comportamiento y hace la vida más agradable a los demás.

 

Hoy en día, en gran medida se ha perdido el sentido del buen hablar. En primer lugar, debido al uso reiterado de expresiones soeces. Las denominadas “malas palabras” remiten a lo grotesco, a lo íntimo, a lo repugnante y a lo escandaloso. Los que no recurren a esas expresiones no es porque carezcan de imaginación, es debido a la comprensión del hecho de que si se extiende esa terminología todo se convierte en un basural lo cual naturalmente se aleja de la excelencia y las conversaciones bajan al nivel del subsuelo. Por su parte, los términos obscenos empobrecen el lenguaje y como éste sirve para pensar y para la comunicación, ambos propósitos se ven encogidos y limitados a un radio estrecho.

 

Entonces, aquello de que “el hábito no hace al monje, pero lo ayuda mucho” pone en evidencia una gran verdad y es que las apariencias, los buenos modales y, en general, la estética, tienen una conexión subliminal con la ética. Cuanto más refinados y excelentes sean los comportamientos y más cuidados los ámbitos en los que la gente se desenvuelve, más proclive se estará a lograr buenos resultados en la cooperación social y el indispensable respeto recíproco como su condición central.

 

Esto  no significa que un asesino serial pueda estar encubierto y amurallado tras aparentes buenos modales, significa más bien que se tiende a reforzar y a abrir cauce al antes mencionado respeto recíproco. Se ha dicho en diversas oportunidades que en la era victoriana había mucho de hipocresía, lo cual es cierto de todas las épocas pero no cambia el hecho de que en esa etapa de la historia el ocultamiento de lo malo traducía un sentido de vergüenza que luego se perdió bajo el rótulo de la sinceridad que pusieron al descubierto las inmoralidades más superlativas con la pretensión de hacerlas pasar por acciones nobles.

 

Las normas morales aluden al autorrespeto y al respeto al prójimo en las respectivas preservaciones de las autonomías individuales basadas en la dignidad y autoestima. De más está decir que lo dicho nada tiene que ver con el dinero sino con la conducta, lo que ocurre es que en las sociedades abiertas los que mejor sirven los intereses de los demás son los que prosperan desde el punto de vista crematístico y, por ende, se espera de ellos el ejemplo, lo cual en los contextos contemporáneos ha mutado radicalmente puesto que en gran medida los patrimonios no son fruto del servicio al prójimo sino de la rapiña lograda con el concurso de gobernantes que se han extralimitado en sus funciones específicas de proteger derechos para, en su lugar, conculcarlos. Mal puede esperarse ejemplos de una banda de asaltantes.

 

La literatura, la escultura, la pintura y la música son evidentemente manifestaciones de cultura por antonomasia. Sin embargo, en la actualidad, tal como he consignado antes, por ejemplo, Carlos Grané apunta en El puño invisible: arte, revolución y un siglo de cambios culturales que el futurismo, el dadaísmo, el cubismo y similares son manifestaciones de banalidad, nihilismo, vulgaridad, escatología, violencia, ruido, insulto, pornografía y sadismo (en el epígrafe de su libro aparece una frase del fundador del futurismo Filippo Tomaso Marinetti que reza así: “El arte, efectivamente, no puede ser más que violencia, crueldad e injusticia”).

 

¿Qué ocurre en ámbitos cada vez más extendidos en aquello que se pasa de contrabando como arte? Es sencillamente otra manifestación adicional de la degradación de las estructuras axiológicas. Es una expresión más de la decadencia de valores. En este sentido se conecta la estética con la ética. No se necesitan descripciones acabadas de lo que se observa en muestras varias que a diario se exhiben sin pudor alguno: alarde de fealdad, personas desfiguradas, alteraciones procaces de la naturaleza, embustes de las formas, alaridos ensordecedores, luces que enceguecen, batifondos superlativos, incoherencias múltiples y mensajes disolventes. En el dictamen del jurado del libro mencionado de Grané -que obtuvo el Premio Internacional de Ensayo Isabel Polanco (presidido por Fernando Savater), en Guadalajara- se deja constancia de “los verdaderos escándalos que ha vivido el arte moderno”.

 

¿Qué puede hacerse para revertir semejante espectáculo? Solo trabajar con paciencia y perseverancia en la educación, es decir, en la trasmisión de principios y valores que dan sustento a todo aquello que puede en rigor denominarse un producto de la humanidad, alejándose de lo subhumano y lo puramente animal, en un proceso competitivo de corroboraciones y refutaciones que apunten a la excelencia y no burlarse de la gente con apologías de la fealdad y explotar el zócalo del hombre con elogios a la indecencia, la ordinariez y a la tropelía.

 

Incluso la forma en que nos vestimos trasmite nuestra interioridad. La elegancia y la distinción se dan de bruces con los piercing, los tatuajes, los pelos teñidos de colores chillones, estrambóticas pintarrajeadas del rostro y las uñas, la ropa zaparrastrosa y estudiados andrajos en el contexto de modales nauseabundos, ruidos guturales patéticos que sustituyen la fonética elemental. La bondad, lo sublime, lo noble y reconfortante al espíritu naturalmente hacen bien y fortalecen las sanas inclinaciones. El morbo, el sadismo, lo horripilante y tenebroso dañan la sensibilidad y afectan lo mejor de las potencialidades del ser humano.

 

Hace años con mi mujer observamos en un subterráneo londinense un enorme cartel con la figura de Michel Jackson con los labios pintados, cambios en la pigmentación y operaciones y estiramientos varios en el que se leía “If this is the outside, what goes on in the inside?”. También ingleses que trasmitían radio en el medio de la nada en África durante la Segunda Guerra Mundial lo hacían vestidos de smoking “to keep standards up”.

 

El deterioro en los modales que subestima la calidad de vida al endiosar la grosería y lo chabacano, también tiende a anular el sentido de las expresiones ilustrativas que se consideran pasadas de moda tales como caballero y dama pero que se utilizaban para indicar conductas excelsas que presuponen buenas conductas. Ya Confucio, quinientos años antes de Cristo, escribió que “Son los buenos modales los que hacen a la excelencia de un buen vecindario. Ninguna persona prudente se instalará donde aquellos no existan” y, en 1797, Edmund Burke sostenía que para la supervivencia de la sociedad civilizada “los modales son más importantes que las leyes”.

 

Estimo que antes de las respectivas especializaciones profesionales, debiera explorarse el sentido y la dimensión de la vida para lo cual hay una terna de libros extraordinarios que merecen incorporarse a la biblioteca: The Philosophy of Civilization de Albert Schweitzer, Adventures of Ideas de Alfred N. Whitehead y Human Destiny de Lecomte du Noüy. Después de esa lectura tan robusta y de gran calado, entre otras muchas cosas, se comprenderá mejor el apoyo logístico que brinda la cobertura de los modales al efecto de preservar las autonomías individuales.

 

Termino esta nota periodística con una nota a pie de página sobre cambios de formas y modas que son en verdad neutras sobre las que nada hay que objetar. Tengo in mente lo que viene ocurriendo con las librerías a raíz de la irrupción de los ebooks. Al cierre de la célebre cadena Borders, ahora se agrega la clausura de la librería Universal de Miami que ha hospedado a tantos hispanoparlantes. Personalmente no concibo la posibilidad de reemplazar la mirada sobre los lomos en mi biblioteca, ni el olor a tinta, ni la satisfacción de acariciar el papel. Puede que sea un tanto anticuado, pero siento que en mi biblioteca están muchos de mis amigos a los que necesito recorrer con la vista diariamente como una especie de liturgia o gimnasia ritual que abre las puertas del alma y prepara y sirve de introito a las faenas de la jornada.

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. En Administración. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer Rector de ESEADE.

 

Tres décadas y un problema llamado déficit fiscal

Por Nicolás Cachanosky. Publicado el 9/10/13 en: http://opinion.infobae.com/nicolas-cachanosky/2013/10/09/tres-decadas-y-un-problema-llamado-deficit-fiscal/

Tras tres décadas desde la vuelta a la democracia, el kirchnerismo se asoma al fin de su período con una situación económica con serias complicaciones e incluso con la posibilidad de terminar con otro default internacional. De hecho, las tres décadas democráticas estuvieron signadas por serios problemas económicos como la hiperinflación de fines del 80, la crisis del 2001 y los actuales desequilibrios monetarios. Sin embargo no hay nada nuevo bajo el sol en lo que concierne al origen de los problemas económicos de las últimas tres décadas, que estuvieron marcadas por el mismo problema: déficit fiscal, déficit fiscal y déficit fiscal…

Analizar el caso argentino con énfasis en políticas públicas sin poner la lupa en el problema del déficit fiscal es pasar por alto el problema de fondo. Es como sostener que el problema del adicto al alcohol son los síntomas, o la marca que consume, pero no la adicción al gasto público. El problema de errar en el diagnóstico es que fácilmente puede llevar a proponer solución aquello mismo que produce el problema en primer lugar. Una nueva ronda de tragos para combatir la resaca no es una solución de largo plazo. Ciertamente, tener déficit fiscal algún que otro año no es un problema serio, como no lo es tomarse una copa de vino durante la cena, el problema es la acumulación de déficits fiscales a niveles insostenibles. El problema no es la copa de vino, es la sumatoria. Expandir el gasto público para combatir las secuelas de una crisis de origen fiscal difícilmente lleven a buen puerto.

Cuando Menem asume la presidencia la emisión monetaria ya no era un medio efectivo para financiar el gasto. El gobierno de Alfonsín ya había agotado esa herramienta llevando al país a un caso inédito de hiperinflación. La “maquinita” ya no era una herramienta viable para financiar al Tesoro. Luego de algunos traspiés, el nuevo esquema de convertibilidad le ató las manos a un banco central incapaz o desinteresado en proteger el valor de la moneda. El desequilibrio fiscal, sin embargo, no desapareció. Lo que se modificó fue la fuente de financiamiento. El adicto al déficit fiscal cambió su bebida de elección sin modificar su dañino comportamiento. El proceso de privatización implicó un ingreso de recursos por la venta de activos y la eliminación de empresas estatales fiduciarias a cambio de empresas contribuyentes al fisco. El proceso de privatización (algunas bien hechas, otras mal hechas) no tuvo nada que ver con un súbito ataque de “neoliberalismo” en el peronismo de turno, sino que tuvo que ver con serias necesidades de recursos. Ya no causa sorpresa que el mismo partido (en algunos casos los mismos políticos) que defendieron las privatizaciones hayan defendido las nacionalizaciones del gobierno K siempre y cuando esto permita patear hacia adelante los problemas de caja.

La venta de activos, sin embargo, posee un límite, eventualmente ya no quedan activos por privatizar. La otra fuente importante de recursos a lo largo de los 90 fue la toma de deuda con organismos internacionales. Dada la ley de convertibilidad, el BCRA no estaba autorizado a emitir pesos sin la correspondiente entrada de dólares (situación convenientemente flexibilizada a medida que pasaban los años.) El gobierno, en lugar de financiarse con el BCRA, lo hacía con los organismos internacionales. El gobierno de Menem no solucionó el problema del gobierno de Alfonsín, sino que encontró una nueva manera de prolongarlo en el tiempo. Es un error de diagnóstico ver en los 90 un gobierno “neoliberal” (alcanza con ver cuántos puntos de la receta neoliberal del Consenso de Washington no se cumplieron) por el contrario, fue una época típicamente keynesiana, donde el gasto público tuvo precedencia sobre el equilibrio fiscal.

De la misma manera que la emisión monetaria no es sostenible de manera indeterminada, tampoco lo es la deuda pública en dólares. Eventualmente el peso de la deuda fue tal que el sistema colapsó en el 2001. Entre 1991 y el 2001 el gasto público aumentó un 90.8%, el PBI lo hizo en un 49.3%. Es decir, la deuda pública creció casi al doble de velocidad de la economía. Imagínese lo que pasaría con sus finanzas personales si aumenta el gasto de su tarjeta de crédito un 90.8% en este período pero sus ingresos sólo lo hacen un 49.3%. Eventualmente el banco le va a cortar el crédito y pedirle que salde su deuda. Ahora lleve ese problema a dimensión país: el resultado es la crisis del 2001. La irresponsabilidad financiera a escala familia no deja de serlo a escala país. La diferencia es que usted no puede defaultear y trasladarle el costo a sus acreedores, que es lo que hizo el gobierno en el 2001.

Como es costumbre política, cuando el déficit fiscal se vuelve insostenible priman las medidas de corto plazo sobre las soluciones de fondo. En lugar de equilibrar las cuentas fiscales, se prefirió declarar un histórico default internacional (vitoreado cual “barra brava” en el honorable Congreso de la Nación), instaurar dos corralitos, y proceder con una devaluación que llevó el tipo de cambio de 1ARS = 1USD a 3ARS = 1USD. Estas medidas lo que hicieron  fue transferir el costo del ajuste a los acreedores externos, a los importadores y a los tenedores de pesos. Cuando por impericia o desinterés en el manejo fiscal se llega a un punto crítico como lo fue el 2001, donde ya no es posible pasarle el problema al próximo gobierno de turno, el debate no es si debe o no hacerse un “ajuste”, sino quien va a pagar el ajuste dado que el mismo es inevitable. El gobierno K, en cuyo relato reniegan de aplicar una ajuste, de hecho produce un duro ajuste al imponer un cepo cambiario, una inflación real superior al 20%, cerrar virtualmente las importaciones, tener una deteriorada infraestructura energética y de transporte, etcétera. Los gobiernos suelen preferir trasladar el ajuste a sus representados antes que hacerse cargo de sus propios desmanejos económicos.

Gracias a la devaluación y al default, los primeros años post 2001 mostraron superávit gemelos (fiscal y comercial). Pero dos problemas quedaron irresueltos. En primer lugar, más allá del atraso cambiario a fines de los 90, la devaluación de Duhalde no equilibró el mercado externo, sino que se pasó de un atraso cambiario a un adelanto cambiario. Esto produce rentabilidades artificiales en el sector exportador, que no dudará en reclamar socorro al estado partenalista bajo el nombre de “tipo de cambio competitivo” cuando la rentabilidad artificial comience a reducirse hacia su real valor de mercado. Bajo el esquema 1ARS= 1USD, uno puede comprar bien por 100ARS en Argentina o 100USD en el exterior. Bajo un esquema de 3ARS= 1USD los precios domésticos aumentan hasta que el precio local es 300ARS y el internacional es de 100USD. Es decir, se vuelve a una situación similar a la del “1 a 1.” Comprar a 300ARS en Argentina o a 100USD en el exterior es lo mismo dado el tipo de cambio 3ARS= 1USD. Pueden cambiar los números, pero la situación económica es la misma a la del “1 a 1.” Esto explica la alta inflación de los años post-crisis.

El segundo problema que quedó sin resolver fue el del gasto público, que eventualmente erosionó el superávit fiscal. El problema de fondo de las dos décadas pasadas fue repetido una vez más sin desviarse del libreto. Así como en los 90 el menemismo tuvo que cambiar la fuente de financiamiento del gasto público y se recurrió a la venta de activos (privatizaciones) y deuda pública, el gobierno K también tuvo que cambiar sus fuentes de financiamiento. En lugar de privatizar, se confiscaron (con procesos de dudosa constitucionalidad) cajas y flujos de fondos siendo el caso de lasAFJP posiblemente uno de los casos más claros. Dado el cierre al mercado financiero internacional, se procedió a tomar deuda cara con Venezuela y cancelar deuda barata (con el FMI), aumentar la presión impositiva a niveles asfixiantes (cómo en el intento de la Resolución 125) y hacer uso una vez más del BCRA para financiar al Tesoro. Todo esto son síntomas de que en los últimos 30 años la Argentina persiste en cometer el mismo error sin atender a los motivos de fondo.

El radicalismo de Alfonsín, el peronismo de Menem y el peronismo K ofrecen en términos de desmanejo fiscal la misma receta. Las diferencias en política económica no se debieron a diferencias ideológicas o partidarias, sino a las circunstancias económicas de cada momento que impedían ciertos métodos de financiamiento del déficit fiscal, viéndose obligados a buscar métodos alternativos. El adicto al alcohol puede verse forzado a cambiar de barman si su bar predilecto se encuentra cerrado, pero no por ello soluciona su adicción. La inflación de fines de los 80, la deuda pública de los 90 y la inflación actual no cayeron del cielo, sino que tienen su origen en gobiernos adictos a las políticas populistas que le llevan a descuidar el equilibrio fiscal necesario para un sendero de crecimiento estable a largo plazo.

Cambiar el método de financiamiento del déficit fiscal no soluciona el problema, simplemente le cambia el maquillaje. Creo que fue un ministro español quien dijo que el déficit fiscal no es de derecha ni de izquierda, ni del socialismo ni del libre mercado, es de gobiernos eficientes. Los serios problemas económicos que afligen al país hoy día no hay que buscarlos en discursos ideológicos, conspiraciones internacionales ni grupos concentrados de poder. El problema tiene nombre y apellido: déficit fiscal. La clase política dirigente debe mirarse en el espejo si quiere encontrar la causa de los problemas económicos del país.

Nicolás Cachanosky es Doctor en Economía, (Suffolk University), Lic. en Economía, (UCA), Master en Economía y Ciencias Políticas, (ESEADE) y Assistant Professor of Economics en Metropolitan State University of Denver.

Una solución de mercado para la Villa 31

Publicado por Adrián Ravier el 13/10/13 en: http://opinion.infobae.com/adrian-ravier/2013/06/13/una-solucion-de-mercado-para-la-villa-31/

El análisis económico nos permite comprender que cuando algo es de todos, en realidad no es de nadie. Y cuando ciertas tierras no son de nadie, aparece lo que la literatura denomina “la tragedia de la propiedad común”, en el sentido de que todos quieren aprovecharse del recurso y comienzan los conflictos.

Ronald Coase, premio Nobel de Economía, ha demostrado directa o indirectamente que la problemática medioambiental, o incluso el problema de ciertas especies en extinción, podría resolverse asignando derechos de propiedad. Una extensión de aquellas ideas también nos permite observar que asignar los derechos de propiedad es la solución de mercado que necesita la Villa 31.

La Villa 31 es un asentamiento que surge en 1932 y desde entonces no ha parado de crecer. Ciertas familias ocuparon los terrenos públicos y construyeron sus casas precarias. Al tiempo tuvieron hijos y cuando éstos se casaron, se les construyó un nuevo hogar en el piso de arriba.

Tal es así que en 2001 el censo mostraba más de 12.000 habitantes y ahora ese número se duplicó. Hay inseguridad y hay tierras que se ganaron a los tiros. La Policía Metropolitana no puede evitar que se ingresen materiales y se sigan construyendo nuevas casas, las que al no tener ningún tipo de regulación ni control (ni privado, ni público) significan un riesgo enorme. Un incendio, por ejemplo, podría crear una catástrofe.

El Gobierno de la Ciudad y el Gobierno nacional no hacen nada al respecto. Como sus antecesores, sólo son observadores de una realidad que los supera. La Villa 31 ha tenido censos y hay buena información respecto de las familias que viven en cada hogar. En los últimos meses incluso se comenzaron a comercializar estas propiedades, sin escritura, pero con boletos de compraventa.

La pregunta que queda es: ¿cómo solucionaría el mercado este problema? Y la respuesta es simple, cuando uno conoce la obra de Ronald Coase. Lo que la Villa 31 necesita es que se asignen los derechos de propiedadLa tierra ya no es pública, es de quienes allí viven. Lo que se necesita es que se les reconozca la propiedad, que el Gobierno nacional o de la Ciudad de Buenos Aires, el que tenga la competencia, les otorgue la escritura, y a partir de ahí surgirán incentivos para mejorar las construcciones edilicias, construir cloacas, agua corriente, servicios públicos, seguridad privada, asfalto de calles, pago de impuestos y todo lo que en las afueras de la Villa 31 resulta normal.

Las ventajas son muy claras, pero ¿cuáles son los riesgos? Quizás se incentive a inmigrantes y a personas sin techo que habitan en la ciudad a tomar otros asentamientos y esperar una solución similar. Pero esto no ocurrirá en tierras privadas, sino en otras tierras públicas.

Mi impresión es que cuanto antes se asignen los derechos de propiedad de las tierras públicas, los problemas asociados a esas tierras se resolverán. El Estado no necesita administrar tierras públicas y la experiencia muestra que cuando lo hace, lo hace mal.

El problema de las viviendas es un problema mundial. Argentina tiene tierras públicas a montones, tanto en la Ciudad de Buenos Aires como en el interior del país. Cuánto se ganaría si a las personas que hoy carecen de propiedad se les asignara un terreno donde construir su hogar.

Adrián Ravier es Doctor en Economía Aplicada por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, Master en Economía y Administración de Empresas por ESEADE y profesor de Macroeconomía en la Universidad Francisco Marroquín.

El manejo en las crisis

Por Alejandro A. Tagliavini. Publicado el 16/10/13 en: http://www.panamaamerica.com.pa/notas/1656459-el-manejo-las-crisis-#.Ul51JzmcCSY.facebook

Según el FMI, en 2014, con un aumento del 6.1% en su PIB, Perú liderará el crecimiento de Sudamérica. Seguirían Guyana (6%), Bolivia (5%), Chile (4.6%), Paraguay

Según el FMI, en 2014, con un aumento del 6.1% en su PIB, Perú liderará el crecimiento de Sudamérica. Seguirían Guyana (6%), Bolivia (5%), Chile (4.6%), Paraguay (4.6%), Colombia (4.5%), Surinam (4.5%), Brasil (4%) y Uruguay (4%). Los que registrarán los menores crecimientos son Venezuela (2.3%), Argentina (3.5%) y Ecuador (3.9%). Aunque este organismo revisó las perspectivas, ya que Latinoamérica no sería ajena a la desaceleración global, la región ve rebajadas sus previsiones para 2013 en cuatro décimas, hasta el 3%, y en cinco décimas, hasta el 3.4%, para 2014, porque bajan las dos mayores economías: Brasil y México, que se verían afectadas por la caída de la demanda mundial y de los precios de las materias primas.

Estos dos países todavía dominan el listado de las primeras 50 firmas de la región en 2013, en el que hay 15 de México y 13 de Brasil, seguido de Chile, con 9 empresas, a pesar de tener la séptima parte de la población mexicana y menos de la décima de la brasilera, según Millward Brown Optimor y Brand Analytics. Destaca el ascenso de Corona, que en 2012 ocupaba el séptimo lugar y hoy está primera con un valor de mercado de $6,620 millones, seguida de Telcel (6,577), SKQL, otra cervecera, esta vez brasilera (6,520) y Petrobras (5,762), y en quinto lugar aparece la chilena Falabella (5,611). La primera colombiana es Ecopetrol, en el puesto 7, con valor de mercado de $5,137 millones; la primera peruana, en el puesto 31, es el Banco de Crédito (1,636), y la primera argentina es YPF, en el puesto 41, con $1,272 millones. Y de Venezuela… ninguna.

La economía venezolana depende del Estado y este es un pésimo modelo de management. Durante su última gestión importante, el Gobierno no consiguió convencer a China para un auxilio económico en efectivo, diversificando la ayuda, a través de un crédito que no estuviera atado a proyectos de infraestructura como lo está el Fondo Pesado. La negativa de China ha dejado al Gobierno con pocas vías para afrontar la dura escasez de divisas que afecta el suministro de bienes.

En fin, tras cuatro días de tiroteos en el centro comercial de Nairobi, entre el comando somalí Al Shabab y las fuerzas de seguridad, Elliot Prior, un niño británico de 4 años, para proteger a su madre herida en una pierna y a su hermana de 6, se interpuso a uno de los terroristas y le dijo que era “un hombre muy malo”. Increíblemente, se compadeció del niño y su familia, le pidió perdón, le regaló barras de chocolate, y horas más tarde los dejaron escapar. Así se manejan las crisis, de forma “privada” (en contraposición con el monopolio de la violencia estatal), con coraje y en paz.

 Alejandro A. Tagliavini es ingeniero graduado de la Universidad de Buenos Aires. Es Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California y fue miembro del Departamento de Política Económica de ESEADE.

Estado y “políticas públicas”

Por Gabriel Boragina. Publicado el 13/10/13 en http://www.accionhumana.com/

La suposición de que el mercado opera dentro de un marco de anarquía es lo que ha dado origen al intervencionismo y -dentro de este- a una subespecie del mismo que recibe el respetable título de “políticas públicas”. Sin embargo, como bien señala el Dr. Krause:

“Los mercados no funcionan en un “vacío” de normas. Por el contrario, necesitan de ellas para coordinar los planes de los individuos, de forma tal de articular sus acciones y guiar sus decisiones de producción hacia la satisfacción de sus necesidades. Los mercados no son perfectos, esto supondría que los seres humanos lo somos. Entre los problemas que se presentan en su funcionamiento, suelen mencionarse las imperfecciones en la competencia, externalidades, bienes públicos e información asimétrica.”[1]

Para “superar” estas supuestas “deficiencias” es que se proponen las “política públicas”.

“Pero la solución a los problemas de fallas de mercado a través de políticas públicas no es tan obvia. Aunque la “mano visible” del estado parece una solución, no quiere decir esto que sea una solución efectiva. Puede haber serios problemas para implementar una política pública adecuada, y además, puede ser muy difícil lograr que se aplique en forma eficiente.”[2]

La mera proposición de políticas públicas no es -en rigor- suficiente y, como veremos más tarde, ni siquiera es necesaria:

“Además, el proceso de elaboración y decisión sobre políticas públicas necesita de sólidas instituciones que permitan su implementación en aras del bien común, evitando las presiones de los sectores afectados y superando los problemas de información e incentivos que afectan al mercado.”[3]

Este es un escollo importante, ya que en los hechos, observamos a diversos grupos de presión y de interés reclamar una política pública “a su medida y satisfacción”, generándose una suerte de “competencia salvaje” entre ellos, por ver qué sector social logra cazar las mejores y mayores políticas públicas. La competencia social se transforma -en este supuesto- en una lucha despiadada por la captura de mayores y mejores privilegios. Como se observa en este caso, son las ofertas de políticas públicas la que generan un ambiente social caótico.

Es importante no confundir políticas públicas con normas y -en suma- con el concepto de calidad institucional:

“la calidad institucional promueve la calidad ambiental en tanto consideramos a la primera, como lo hace el ICI, no solamente como políticas públicas sino como la existencia de normas que generan incentivos para la protección del medio ambiente, tal como los derechos de propiedad claramente definidos, precios que reflejen las valoraciones de los consumidores y la real escasez del recurso y la libertad contractual.”[4]

Estas normas permiten que los actores sociales (no necesariamente ni deseablemente políticos) sean quienes encaren las más idóneas políticas públicas.

El profesor A. Benegas Lynch (h) explica la razón por la cual se destinan más recursos a las políticas públicas que a la enseñanza:

“Es de gran importancia conectar este análisis con las llamadas “políticas públicas” por una parte, y por otra, con la investigación y la enseñanza. Si se analiza la cantidad de fondos que reciben instituciones que se dedican a políticas públicas o a propuestas coyunturales se observará que son cuantiosos en relación a los magros recursos que reciben instituciones dedicadas a la investigación y la enseñanza. Esto es así porque generalmente las políticas públicas y los comentarios coyunturales se entienden mejor puesto que están más al alcance de un mayor número de personas. Además, estos temas excitan a la gente que quiere acercarse al calor del poder político. Por otra parte la investigación y la enseñanza son más difíciles de abordar por el común de la gente y están alejadas de los vericuetos del poder.”[5]

Esto sucede porque, en la mayor parte de los casos, las llamadas “políticas públicas” en realidad no son otra cosa que políticas estatales, y de “públicas” bastante poco tienen, puesto que en definitiva terminan beneficiando a ciertos sectores sociales a costa de otros postergados. En última instancia, concluyen constituyendo un sistema de repartos de prebendas y de privilegios a unos a costa de los demás. Estos últimos, generalmente, son aquellos más alejados del amparo del calor del poder político.

Los partidarios de las políticas públicas suelen desdeñar la teoría a favor de la práctica. Pero:

“no hay políticas públicas o análisis de coyuntura que no se basen en la teoría. Esta podrá ser defectuosa o idónea pero no hay comentario práctico que no esté sustentado en un esqueleto teórico. Pretender buenas políticas públicas sin andamiaje teórico-conceptual es lo mismo que pretender que existan productos farmacéuticos sin investigación médica. El menosprecio por la investigación y la transmisión de teorías inexorablemente conduce a políticas públicas de peor calidad. Revalorizar el estudio teórico es uno de los cometidos más importantes de la sociedad moderna.”[6]

Sin embargo, la experiencia histórica demuestra que las llamadas “políticas públicas”, confluyen en el asistencialismo. Murray N. Rothbard nos da cuenta del fracaso de las “políticas públicas” en EEUU, lo que desembocó la “explosión del asistencialismo”:

“Esta “explosión” fue creada, en parte de manera intencional, y en una mayor parte en forma inconsciente, por funcionarios y empleados públicos que llevaban a cabo políticas públicas en relación con una “Guerra contra la Pobreza”. Y estas políticas fueron defendidas y promulgadas por muchas de las mismas personas que luego se mostraron perplejas ante la “explosión del asistencialismo”. No es sorprendente que tardaran en darse cuenta de que el problema que intentaban resolver era el mismo que habían creado.”[7]

Este proceso también fracasó en Latinoamérica, donde la “explosión del asistencialismo” dio paso al clientelismo político, que explotan los populismos de todo signo y color político hasta hoy.

 


[1] Martín Krause. “Índice de Calidad Institucional” 2012, pág. 8.

[2] Krause M. Op. Cit. Pag. 8

[3] Krause M. Op. Cit. Pag. 8

[4] Krause M. Op. Cit. Pag. 41

[5] Alberto Benegas Lynch (h). El juicio crítico como progreso. Editorial Sudamericana. Pág. Pag. 166.

[6] A. Benegas Lynch (h) ob. Cit. pag. 166-167

[7] Murray N. Rothbard. Hacia una nueva libertad. El Manifiesto Libertario. Pág. 171-173

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero. 

ME VOY A CAMBIAR LOS FAROS DEL AUTO Y LUEGO DE SEXO

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 13/10/13 en http://gzanotti.blogspot.com.ar/2013/10/me-voy-cambiar-los-faros-del-auto-y.html

La reciente decisión de una madre de luchar por el cambio de identidad sexual de su hijo plantea nuevamente el tema de la homosexualidad, ahora llevado a los menores. Desde luego que se podría decir mucho, desde la psicología, si el menor que es genética y anatómicamente varón tiene la libertad legal, como un adulto, de cambiar a mujer. Pero no es el tema que trataremos hoy. Vayamos directamente a esta cuestión: ¿y qué si fuera adulto?
Los que presuponen que un adulto tiene derecho a elegir su identidad sexual –luego pasaremos a la parte legal- presuponen un esquema filosóficamente dualista, donde, por un lado, habría una entidad de autonomía absoluta, el yo, que no está atado a nada sino que también puede cambiar todo en lo que se refiere a su cuerpo, como un auto al cual se le cambian las ruedas, los faros, etc., todas las partes si es necesario, y el diseño incluso.
Pero ello implica entonces que el yo es a-sexuado. Habría un yo que elige su sexo, como elige su código moral o dónde va a vivir (no son ejemplos en el mismo nivel, claro). O sea que la esencia del yo sería, en última instancia, elección con base en nada. Y el cuerpo sería una de esas tantas cosas que, merced a la biotecnología, se puede cambiar para lo que fuere y por lo que fuere.
Hay dos problemas filosóficos allí.
Primero, el dualismo yo-cuerpo. El yo sería una cosa y el cuerpo otra. Pero, después de toda la fenomenología actual sobre el cuerpo, ¿se puede volver a ese platonismo de modo tan simple? El viejo chiste “yo no fui, fue mi mano”, implica que, precisamente, somos una unidad: si mi mano te toca, yo te toco. Y si alguien dice “no me toques” ello implica: a) que estás tocando al yo del otro, b) que el otro dice “no me toques” al yo del otro. No somos yo por un lado y un cuerpo por el otro. Somos un cuerpo viviente (leib) consciente de sí mismo, por eso puede decir “yo”, pero no un yo aislado, sino un yo esencialmente corpóreo que está en esencial relación con otros yoes también esencialmente corpóreos, donde todos sus actos comunicativos (el gesto, la palabra, la mirada, las manos) son la misma persona hablando.
El sexo nos pertenece de ese modo. Yo, Gabriel, soy esencialmente varón. Lo vio bien Edith Stein cuando fijo que la forma sustancial es además individual. Una persona es esencialmente femenina o masculina, pero no puede haber una persona que no sea varón o mujer, como no puede haber una persona que no tenga manos, aunque pueda haber un problema de identificación psicológica con las propias manos o aunque pueda haber habido una malformación por la cual nazca con tres manos o con ninguna.
Negar esto no es negar una religión, como habitualmente se supone, sino que es negar toda la fenomenología del cuerpo contemporánea.

Lo que estamos diciendo es ontológico, no psicológico, en este caso. No negamos el drama de los que se sienten de sexo diferente a su sexo genético y anatómico, no estamos minimizando su dolencia. Sólo decimos que desde la unidad ontológica yo-cuerpo, su sexo es uno.

Pero hay otro problema, mucho más aporético. Habitualmente quien está convencido de la autonomía absoluta de su propio yo tiene terror a la palabra “naturaleza” que “limite” lo que su propio yo puede hacer. ¿Por naturaleza no podemos volar, o somos mortales? O no, podemos volar con un avión (y eso no es ninguna objeción contra nuestra naturaleza) o ya venceremos a la muerte, dicen algunos trans-humanistas. Heidegger se quedó corto. El ser ya no es para la muerte.
Pero volvamos. El yo, supuestamente, no tiene naturaleza, y por eso podría decidir absolutamente lo que quiere. Pero entonces su naturaleza es la total elección. Esa es entonces su naturaleza. Por ende el yo debería poder decidir, para ser coherente, no ser absolutamente autónomo. ¡Ah no, eso no! Pero entonces, ¿se está admitiendo un límite “natural” a lo que el yo puede hacer?
Pero entonces, alguien me dirá, ¿está usted llamando a la prohibición legal del cambio de sexo? No, lo que estoy diciendo es que no tiene fundamentaos filosóficos para hacerlo, porque nadie puede dejar de ser quien es. Si Florencio es genética y anatómicamente varón, no es que su cuerpo sea varón y él no: EL es varón. Si tiene un problema de identificación con eso, puede ser psicoanalíticamente tratado, como Freud mismo dijo.

 

Pero si llevó su problema psicológico al extremo, se pone hormonas femeninas, se viste de mujer y se corta su pene, por un lado tiene toda nuestra comprensión, como con cualquier trastorno psicológico grave, y, por el otro, tiene el art. 19 de la Constitución, que le garantiza su derecho a la intimidad personal. Por ende no tiene de qué preocuparse en cuanto a su libertad civil, y tiene derecho al respeto como todo ser humano, pero no puede demandar jurídicamente a alguien que no estuviera de acuerdo, en público, con su decisión, porque en ese caso el que está violando los derechos individuales es él.

 

Gabriel J. Zanotti es Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA).  Es profesor full time de la Universidad Austral y en ESEADE es Es Profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE.

La enfermedad de CFK confirma a Hayek

Por Roberto H. Cachanosky. Publicado el 13/10/13 en: http://economiaparatodos.net/la-enfermedad-de-cfk-confirma-a-hayek/

La enfermedad de la presidente ha dejado en evidencia que está rodeada de los peores elementos de la sociedad.

Aun a riesgo de ser reiterativo, casi hasta el cansancio, vuelvo a citar parte del capítulo 10 de Hayek de su libro Camino de Servidumbre.

El título del capítulo 10 es: Por qué los peores se colocan a la cabeza. Dice Hayek: “La probabilidad de imponer un régimen totalitario a un pueblo entero recae en el líder que primero reúna en derredor suyo a un grupo dispuesto voluntariamente a someterse a aquella disciplina totalitaria que luego impondrá por la fuerza al resto”. Y más adelante agrega: “Hay tres razones principales para que semejante grupo, numeroso y fuerte… no lo formen, probablemente, los mejores, sino los peores elementos de cualquier sociedad”. Y enumera las siguientes tres razones:

1)   …si deseamos un alto grado de uniformidad y semejanza de puntos de vista,  tenemos que descender a las regiones de principios morales e intelectuales más bajos, donde prevalecen los más primitivos y <comunes> instintos y grupos.

2)   …el segundo principio negativo de selección: será capaz de obtener el apoyo de todos los dóciles y crédulos que no tienen firmes convicciones propias, sino  que están dispuestos a aceptar un sistema de valores confeccionado, si se machaca en sus orejas con suficiente fuerza y frecuencia

3)   Parece casi una ley de la naturaleza humana que le es más fácil a la gente ponerse de acuerdo sobre un programa negativo, sobre el odio a un enemigo común, sobre la envidia a los que viven mejor, que sobre una tarea positiva. La contraposición del <nosotros> y el <ellos>, la lucha contra los ajenos al grupo, parece ser un ingrediente esencial de todo credo que enlace sólidamente a un grupo para la acción común.

Este libro, escrito en 1943 describe, en gran medida, la Argentina actual. El kirchnerismo – cristinismo es claramente un proyecto autoritario que necesitó rodearse de gente que reúne las tres características mencionadas por Hayek. Bajos morales principios morales e intelectuales, gente que no tiene convicciones propias y trabajar sobre un programa negativo, la confrontación entre el <nosotros> y <ellos>.

Más allá de la suerte que tuvo el kirchnerismo-cristinismo con la evolución de la economía mundial y el precio de la soja, que le permitió inicialmente financiar la fiesta populista, el proyecto era perpetuarse en el poder mediante la alternancia Néstor Kirchner y Cristina Fernández. Fallecido el santacruceño, se buscó instalar la re reelección de CFK para lograr el Cris for ever y así continuar con el proyecto hegemónico.

Otra de las claves del proyecto hegemónico era subordinar a gobernadores e intendentes mediante el uso de la caja, al tiempo que se desplegaba un amplio programa clientelar mediante los llamados planes sociales, iniciando una persecución de todo aquel que piensa diferente y estimulando la confrontación mediante el invento de inventados enemigos que, supuestamente, conspiraban contra el proyecto nacional y popular.

Con CFK esta construcción de poder se acentuó o aceleró a partir del 2011 cuando ganó las elecciones. A la legión de enemigos inventados se le agregaron la justicia, los medios, los periodistas, economistas, conspiradores que trabajan para destruir la Argentina desde el exterior y cosas por el estilo.

A los discursos en cadena de la presidente se le sumaron las agresiones verbales de ministros, legisladores y seguidores de diferentes colores (Bonafini, D’Elía, etc.) y nunca falta el estúpido que quiere ser más papista que el Papa y pasa de la agresión verbal a la agresión física.

Obviamente que con un mando tan férreo como el que ejerce CFK, ninguno de sus colaboradores más estrechos puede tener un vuelo intelectual propio. Si las órdenes de CFK son inapelables y nadie puede discutirlas, por definición quienes permanecen en sus puestos junto a ella no entran en la categoría de libre pensadores (acaba de confesarlo Juliana Di Tullio.

Basta con ver algunos de sus “colaboradores” para advertir que los principios de Hayek se cumplen. El vicepresidente no solo está sospechado y denunciado por casos de corrupción, sino que además es de una frivolidad que exaspera a la gente al punto que es uno de los miembros del gobierno con peor imagen, con lo cual tratan de esconderlo lo más posible y no se cansan de decir que es presidente transitoriamente pero la que manda es CFK mientras se recupera de la enfermedad. Una forma elegante de decir: “miren que este inútil no los gobierno. Es en chiste lo de presidente”.

Moreno entra en el primitivismo económico más atroz, al tiempo que demuestra su incapacidad para solucionar los problemas. Fracasó en bajar la inflación, en contener el dólar, en el blanqueo y semiparalizó la economía con sus prohibiciones de importación.

Marcó del Pont ha destrozado el patrimonio de BCRA y lleva el récord de pérdida de reservas.

Lorenzino llegó al punto de hacer el papelón del siglo diciendo “me quiero ir” cuando le preguntaron por la inflación en una entrevista.

Abal Medina parece limitarse a repetir los tuits de CFK cuando tiene que expresar una idea. No se sale del libreto. Es como si los tuits de CFK fueran su libro de cabecera.

Kicillof, genio de la estatización de YPF no sabe para dónde agarrar. No encuentran capitales para ampliar la producción.

Los de La Campora, entre otras lindezas, están pulverizando Aerolíneas Argentinas y el listado sigue.

Antes de que CFK tuiera su problema en la cabeza por la cual tuvo que ser operada, se tomaban medidas erradas. Ahora quedó en evidencia que sin ella nadie se atreve a hacer nada por miedo a meter la pata y que, con la vuelta de la jefa, sea defenestrado o zarandeado por inepto.

La enfermedad de CFK dejó al descubierto que la presidente se ha rodeado de los peores elemento de la sociedad, situación que se refleja en la incertidumbre sobre quién gobierna, incertidumbre que está instalada en la sociedad. No se trata de hablar de piloto automático, sino de contar con un equipo de colaboradores eficientes que pueden mantener el barco a flote si el capitán se ausenta por alguna razón. Basta con ver las piruetas que tienen que hacer para que Boudou aparezca lo menos posible en público y mantener en suspenso si asumía como presidente mientras la presidente pasaba el período de recuperación, para advertir que no es, justamente, un elenco de notables el que secundan a Cristina Fernández.

El matrimonio construyó su poder hegemónico con tendencias autoritarias. La subordinación de sus colaboradores debía tener las tres características que marca Hayek en camino de servidumbre. Por eso, si bien Cristina Fernández no tiene capacidad para gobernar eficientemente el país, entendiendo por capacidad la formación intelectual que se requiere para lograr un crecimiento de largo plazo y su relación con la calidad institucional, tampoco ninguno de sus colaboradores o seguidores dispone de esa capacidad. El fanatismo populista y autoritario los aleja de la categoría de estadistas, de gente capacitadas. Como dice Hayek: “…es más fácil a la gente ponerse de acuerdo sobre un programa negativo, sobre el odio a un enemigo común, sobre la envidia a los que viven mejor, que sobre una tarea positiva. La contraposición del <nosotros> y el <ellos>, la lucha contra los ajenos al grupo, parece ser un ingrediente esencial de todo credo que enlace sólidamente a un grupo para la acción común.” Esto es lo que construyó el kirchnerismo. El ellos versus el nosotros. El amigo y enemigo. Y esa construcción no se logra con gente ilustrada. Por eso, al faltar CFK por enfermedad, queda en evidencia que estamos en manos de los peores elementos de la sociedad porque nadie sabe cómo puede continuar la gobernabilidad si falta la CFK. Y no porque ella sea una estadista de fuste, sino porque no buscó rodearse de gente ilustrada para confiarle la administración del país.

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE.

Democracia en venta

Por Carlos RODRÍGUEZ BRAUN Publicado el 04/10/2013 en: http://www.elcultural.es/version_papel/LETRAS/33416/Democracia_en_venta

El autor se refiere al recientemente aparecido libro. “Democracia en Venta”, de la autora italiana Loretta Napoleoni:

Nos hemos ocupado en El Cultural del anterior éxito de la economista italiana Loretta Napoleoni (Roma,1955): Economía canalla (http://goo.gl/5s4D6). Vuelve ahora con otro, que también es un disparate, pero no carece de ton ni de son, porque todo apunta sistemáticamente a que la libertad es mala. Identifica el capitalismo occidental con el canibalismo, nada menos, y asegura que el pérfido euro “parece confirmar que también en la época posmoderna el capitalismo, para prosperar, sigue necesitando delinquir y ejercer la violencia”.

No espere usted ningún análisis del socialismo, ninguna comparación con lo que sucede cuando el capitalismo es aniquilado. Pero las alusiones son claras: aquí lo malo sobreviene tras la crisis del comunismo, porque el capitalismo “ha utilizado la Unión Europea para seguir creciendo de la única manera que sabe: con la violencia y la colonización”. Podía haber preguntado en muchos países de Europa cómo crece el socialismo. Pero no: su idea es probar que el liberalismo va contra la democracia, y eludir la ponderación del respeto a la democracia cuando no hay liberalismo. Es entretenida cuando dice, por ejemplo: “desde la caída del muro de Berlín, la idea de que un Estado deba mantenerse en pie mediante un sistema ininterrumpido de préstamos siempre se ha abierto camino”; desde la caída del Muro, no antes; le haría gracia a Felipe II. El papel lo aguanta todo: “hoy en día sólo tienen voz los países sin deudas”.

Asocia al euro con la libertad que detesta, sin percibir que ha venido asociado a un crecimiento del poder político; igual que lamenta que Europa esté arrasada por un curioso “liberalismo” que se traduce en impuestos cada vez más altos. Hay desvaríos insólitos como la alabanza de la prohibición de la usura, que hoy sólo mantienen, y de aquella manera, los regímenes islámicos; o inquietantes, como la identificación entre pueblo y Estado.Hay topicazos marxistas como que el trabajo es una mercancía, y fantasías comunistas basadas en las mismas falacias que tantas víctimas han ocasionado, tras la consigna de “derrocar la ecuación hombre = mercancía y subordinar la economía a las necesidades y exigencias de la población y no a las del mercado”. Semejantes dislates encajan con una teoría económica tan insolvente que le permite soltar perlas como las siguientes: “la calidad de nuestra vida está directamente relacionada con la capacidad del Estado para garantizar cierto nivel de servicios, lo cual sólo es posible con un gasto público adecuado…los principios de cooperación y de competencia son inconciliables…la comunidad crea bienestar mediante el gasto público”.

Y tras proclamar que la deuda podría resolverse utilizando las reservas de oro, pide salir del euro, como si ello constituyera el Bálsamo de Fierabrás: a ver si alguien le explica que si devaluar la moneda fuera la receta de la prosperidad, Argentina sería rica y Suiza paupérrima. Me ha gustado en particular su recomendación de “anexar al Estado entidades de control como el Banco Central, que deberá volver a manos públicas”, cuando la banca central no sólo es pública sino que es lo que más se parece a la planificación socialista.

El Dr. Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE.

LA PREPOTENCIA DEL PODER

Por Alberto Benegas Lynch (h)

Son casi infinitos los ejemplos de abusos del Leviatán, pero en esta nota aludo a un aspecto del caso irlandés derivado de la época de Isabel I de Inglaterra, país este, a pesar de muchas y reiteradas tropelías, caracterizado por la más civilizada evolución del derecho especialmente a partir de la Carta Magna de 1215, una larga historia de donde pueden extraerse muy buenos ejemplos pero también injusticias severas.

 

Antes de analizar el caso, conviene primero recordar sumariamente el origen de esta reina (donde también se estampan otros atropellos): su padre, Enrique VIII, se cansó de su mujer Catalina de Aragón, hija de los Reyes Católicos de España, y se enamoró de Ana Bolena, hermana de una de sus anteriores amantes. Al efecto de lograr que la Iglesia Católica anulara su matrimonio recurrió a el texto del Levítico (20, 21) en el que se consigna que será maldecido quien contraiga nupcias con la mujer de su hermano. Como Catalina se había casado con Arturo Tudor hasta que éste murió tempranamente, el rey insistía en que su matrimonio era nulo. Su casamiento pudo tener lugar debido a que el papa Julio II, por medio de una bula, dejó sin efecto el correspondiente “vínculo de afinidad” decretado en el derecho canónico que imposibilitaba casamientos que incluían vínculos del tipo señalado.

 

Buena parte de la estructura de poder en Inglaterra se dedicó sin éxito durante meses a presionar al nuevo papa Celemente VII para que abrogue la bula de su predecesor. El casamiento se llevó a cabo de igual manera y Enrique VIII se autoproclamó “jefe supremo de la Iglesia de Inglaterra” ante el arzobispo de Canteburry de donde parte la Iglesia Anglicana separada de Roma (ya cuatro siglos antes, cuando Enrique III intentó unificar la ley en el fuero civil y dejar de lado el eclesiástico -y por ello el asesinato del arzobispo Thomas Becket- comenzaron los problemas con el catolicismo). En todo caso, de la así establecida pareja real (a la que se opuso el canciller Thomas Moore, lo que le costó la cabeza en sentido literal) nació Isabel a quien una Ley de Sucesión a su medida proclamaba heredera al trono al efecto de dejar de lado a María hija de Catalina, reina destronada ésta quien al poco tiempo murió. Cuando el rey dejó de atraerle Ana y comenzó sus andanzas con Jane Seymour, declaró que aquella había cometido adulterio y por tanto la condenó a muerte y promulgó una nueva Ley de Sucesión para esta vez consignar que Isabel era bastarda y que el futuro hijo o hija de Jane -la nueva desposada- sería coronado/a en su momento, al tiempo que muy paradójicamente se empleó el “vínculo de afinidad” para anular su último matrimonio basándose en el inaudito argumento que, como queda dicho, había sido amante de su hermana. Luego se sucedieron tres mujeres más en medio de embrollos de tenor equivalente, pero de cualquier modo Isabel fue coronada después de muerto de tuberculosis su hermanastro Eduardo VI, decapitada su prima Jane Grey luego de su reinado de nueve días y muerta su hermanastra María después de haber desatado una implacable persecución a los no católicos durante los cinco años de su reinado (de allí proviene lo de Bloody Mary y esta fue una de las razones por las que más adelante John Locke en sus escritos sobre la materia excluyera a católicos y ateos de la necesaria tolerancia) y habiéndose liberado la misma Isabel de prisión y de un destino funesto en la Torre de Londres por conspiradora.

 

Isabel I no solo promulgó la Ley de Supremacía y Uniformidad al efecto de imponer el protestantismo a pesar de las resistencias y rebeliones locales en la ya maltratada Irlanda (que contaba con un admirable sistema pacífico y muy fértil de cooperación social, tal como lo documentan autores de la talla de W. I. Miller, J. Penden y la compilación de R. F. Foster en su The Oxford History of Ireland), primero con la incursión normanda y después la invasión organizada por Enrique VIII en 1536 lo cual se completó de modo férreo con la mencionada reina en medio de represiones brutales a ese pueblo (según consigna M. Duchein en Isabel I de Inglaterra, por cierto no sonaba nada amistoso Richard Binham, uno de los delegados militares ingleses en Irlanda, al proclamar que “este pueblo no puede ser gobernado más que por la espada, pues no hay diferencia entre un irlandés y un lobo hambriento”).

 

Ya he escrito antes en detalle sobre el caso irlandés, país de donde proviene buena parte de mi familia (Galway) pero en un artículo periodístico no resulta posible abarcar todo el problema de modo que centraré la atención en una derivación importante de la aludida invasión isabelina que se refiere a reiterados problemas referentes a la asignación de los derechos de propiedad, situación que se tradujo en una pobreza espeluznante que llegó a su pico de crisis en el siglo XVIII e hizo eclosión en el siguiente con la mal llamada “hambruna de la papa” que generó una situación desesperante de una magnitud como pocas en la historia de la humanidad.

 

Una nutrida bibliografía se refiere a este desgraciado problema. Tal vez los trabajos más destacados sean los ensayos de T. Bethell “Why Did Ireland Starve?” y de D. J. Webb “British-Irish Relations” y los libros de P. Johnson Ireland: Land of Troubles, C. Woodham-Smith The Great Hunger, J. Mokyr Why Ireland Starved,W. F. Lecky A History or Ireland, I. Butt Land Tenure in Ireland: A Plea for the Celtic Race y también J. O`Connor History of Ireland. Como se ha hecho notar, es interesante observar que en la primera edición de Principios de Economía Política de T. Malthus el autor atribuía todo el problema irlandés a la sobrepoblación pero en la segunda edición introduce un punto crucial al escribir respecto a este caso que “Hay ciertamente una deficiencia fatal en una de las grandes fuentes de prosperidad: la perfecta seguridad de la propiedad”. Contemporáneamente T. Sowell ha mostrado que toda la población del planeta cabe en el estado de Texas con 600 metros cuadrados por familia tipo y que Somalía tiene la misma densidad poblacional que Estados Unidos y que Calcuta también la tiene igual que Manhattan. El problema es de marcos institucionales, lo cual hace que en un lugar se hable de hacinamiento y en otro de prosperidad con idéntica población. Lo mismo ocurría en Irlanda en la época señalada: tenía la misma densidad poblacional que Inglaterra.

 

Pues bien ¿qué hizo que a mediados del siglo XIX los irlandeses sufrieran esa colosal hambruna y emigrara la mitad de su población y que muriera de hambre la octava parte de su gente? Las respuestas comunes atribuyen la calamidad al hongo que atacó cosechas de papa (pylophthaora infestans) o que los irlandeses son indolentes y apáticos. Ninguna de las dos cosas se sostienen. Lo primero porque ese hongo también se esparció con la misma intensidad y en el mismo tiempo por Bélgica y Escocia sin que haya producido los efectos mencionados. Lo segundo se da de bruces con la situación relativa de los irlandeses antes de la conquista efectiva inglesa que incluye áreas cultivadas en proporciones mayores que las de Inglaterra, Holanda y Suecia del período considerado (y tampoco se condice con el éxito logrado por la mayor parte de esta gente en los diversos lugares en los que se establecieron, especialmente en Argentina y en Estados Unidos).

 

La explicación satisfactoria consiste en que los conquistadores ingleses confiscaron las propiedades de los irlandeses y alquilaban las tierras arrebatadas a los antiguos propietarios en condiciones que no resultaban viables para la explotación (además de los contraincentivos de tamaña expropiación). A esta situación lamentable se agrega al antes referido problema religioso que, por ejemplo, significaba que en la época de Isabel I ningún católico podía heredar, ni arrendar y si era denunciado por contrariar estas disposiciones, en recompensa por la delación el denunciante se quedaba con la propiedad correspondiente. También afectó gravemente la calidad de los marcos institucionales la abolición del Parlamento irlandés y las centralizadas legislaciones que emanaban de Londres.

 

Bethell -de cuyo trabajo citado hemos extraído valiosos datos  y referencias bibliográficas sobre este espinoso y fundamental asunto- enfatiza en su ensayo el valor de la institución de la propiedad privada y que el caso irlandés revela que los incentivos correspondientes resultan indispensables al efecto de asignar eficientemente los siempre escasos recursos y así permitir los mejores niveles de vida que las circunstancia permitan y alejarse de “la tragedia de los comunes”.

 

En todos los períodos históricos pueden encontrarse tradiciones y medidas saludables y políticas desastrosas. Lo mismo ocurrió durante el largo reinado de Isabel I del que surgieron buenas ideas pero también serios problemas cuyos efectos se prolongaron con notable fuerza: atropellos a pueblos enteros y ayudas fraternas, al tiempo que se iba gestando una sólida concepción del derecho como proceso de descubrimiento y no de diseño o ingeniería social, en franca contradicción con mandatos arbitrarios y contrarios a la justicia según la clásica definición de Ulpiano de “dar a cada uno lo suyo”.

 

Los atropellos del Leviatán producen consecuencias horrendas, para citar un ejemplo del momento es oportuno reproducir una información de Associated Press basada en documentación del Pentágono vinculada a la manía de involucrarse en guerras. Allí se destaca que durante el año 2012 se suicidaron 349 soldados estadounidenses en servicio activo, lo cual supera los 215 muertos en combate en Afganistán durante el mismo período.

 

Robin G. Collingwood publicó en Oxford un muy divulgado ensayo en el que escribe que las civilizaciones se derrumban cuando la gente ya no cree más en sus valores, del mismo modo que quien es acosado por el intenso frío y en lugar de moverse para entrar en calor, se deja morir.

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. En Administración. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer Rector de ESEADE.