Argentina sufre de inconsistencia temporal

Por Adrián Ravier. Publicado el 26/6/13 en http://opinion.infobae.com/adrian-ravier/2013/06/26/argentina-sufre-de-inconsistencia-temporal/

Es significativo el número de economistas que han llamado la atención acerca del cortoplacismo de las políticas económicas que se vienen aplicando en la Argentina, y la preocupación que se abre en el entorno político y económico para el mediano y largo plazo. Técnicamente, podemos definir este problema como inconsistencia temporal. En la política y en la economía, se trata de aquella situación en la que el gobierno tiene incentivos para abandonar un plan óptimo de largo plazo, reoptimizando constantemente sus políticas. Como su nombre lo indica, cada reoptimización es óptima en cada momento del tiempo, pero no lo son desde el punto de vista del plan original a largo plazo, y por lo tanto, dan lugar a resultados subóptimos o inferiores. De esta manera, la ausencia de una política de largo plazo y el interés del gobierno por ir reoptimizando sus políticas por períodos cortos de tiempo conduce a la Argentina a empeorar su situación de largo plazo.

Para ilustrar lo que estamos diciendo en términos más sencillos, podemos recordar aquella historia de Homero, el poeta de la Antigua Grecia, sobre Ulises y las sirenas. Ulises había escuchado que las sirenas seducían a los marineros de las embarcaciones con sus cantos para matarlos después. Si analizáramos la situación, el plan óptimo de los marineros sería navegar cerca de las sirenas, escuchar su bello canto, pero alejarse lo suficientemente pronto para evitar la muerte. Pero dado que Ulises conocía el fin de la historia, se da cuenta que ex-ante la política óptima sufre de inconsistencia temporal. Ulises encuentra una solución al problema. Pide a sus compañeros que lo aten a un mástil, y que no importa lo que suceda, cualquier orden posterior sea ignorada. Si bien no es óptima, porque se perderá el bello canto de las sirenas, esta solución le permitirá a los tripulantes mantenerse alejados del peligro, salvando su nave y su tripulación.

Cuando la embarcación pasó frente a las sirenas, efectivamente Ulises exigió a sus hombres que lo soltaran y llevaran la embarcación hacia ellas. Pero sus hombres respetaron el plan original, ignoraron la orden y salvaron sus vidas, la de Ulises y la embarcación.

La moraleja de esta historia para la política económica argentina es clara. Se necesitan reglas que impidan al gobierno verse seducido por el canto del pueblo.

El pensador clásico John Stuart Mill señaló que “la voluntad del pueblo no necesita control si es el pueblo el que decide”. Sin
embargo, Friedrich Hayek, premio Nobel de Economía de 1974, advirtió el error de aquella afirmación. Hayek comprendió muy claramente que en la actualidad la voluntad de la mayoría ya no determina lo que el gobierno hace, sino que el gobierno se ve forzado a satisfacer todo tipo de intereses especiales para lograr la mayoría. James M. Buchanan agregó más tarde que dado que los beneficios se concentran en pequeños grupos y los costos se dispersan en un gran número de personas, los primeros tienen incentivos para reclamar el beneficio de ciertas partidas presupuestarias, pero los segundos no tienen incentivos para invertir tiempo en oponerse.

Argentina necesita instituciones. Necesita reglas. Necesita de una Constitución Nacional que determine ex-ante lo que el gobierno puede o no puede hacer. De otro modo, la embarcación volverá a estrellarse.

Adrián Ravier es Doctor en Economía Aplicada por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, Master en Economía y Administración de Empresas por ESEADE y profesor de Macroeconomía en la Universidad Francisco Marroquín.

Historia cíclica de un país con buena gente

Por Aldo Abram. Publicado el 28/6/13 en http://opinion.infobae.com/aldo-abram/2013/06/28/historia-ciclica-de-un-pais-con-buena-gente/

Hace tiempo conocí a Rafael, un indigente que no siempre había vivido en esa situación de pobreza extrema. Antes era un comerciante de buen pasar, que estaba casado con una mujer a la que amaba mucho. Por esas cosas de la vida, su esposa decidió que el matrimonio no funcionaba y se divorciaron. Fue un duro golpe anímico para Rafael, que seguía amándola. Al poco tiempo, el país entró en una de sus periódicas crisis y lo agarró con las defensas bajas.

Lamentablemente, terminó perdiendo todo y eso le quitó las últimas ganas de luchar por reconstruir su vida, por lo que terminó viviendo en la calle y de la caridad. Se estableció en una plaza y pronto advirtió que podía hacer algunos manguitos cuidando los autos de quienes estacionaban allí para ir al centro, donde hacían trámites y compras. Rafael, como buena persona que era, se fue ganando a sus “clientes”, de los que recibía unas monedas (a voluntad), ya que les daba tranquilidad dejar su vehículo seguro.

Un cliente habitual era un hombre muy mayor, sin familia, con quien solía compartir conversación y así trabaron una buena relación. Este señor no sólo le daba una buena propina por cuidarle el auto, sino que a menudo lo invitaba a comer algo, para así poder charlar tranquilos. Un día dejó de venir a visitar a su amigo el “cuidautos”, que extrañaba sus charlas. Al tiempo, llegó un abogado que le avisó que había muerto y que él había heredado sus bienes. Un lindo auto, un departamento muy bien puesto y una galería en la que se alquilaban los locales.

Rafael dejó la plaza y el cuidado de vehículos. Se instaló en su nuevo hogar y empezó a gozar de una nueva vida. Los alquileres eran buenos y le permitían mantener un alto estándar de gastos. Además, no le faltaba generosidad y ayudaba a muchos de sus viejos amigos de infortunio. El problema es que el dinero no alcazaba para tanto y, además, para hacerle un adecuado mantenimiento a la galería que con el tiempo empezó a decaer. La situación se volvió tan grave que el contador aconsejó venderla a alguien que pudiera invertir lo necesario para ponerla nuevamente en valor. Así se hizo y Rafael siguió con su alto nivel de gasto hasta que un día se encontró que no le quedaba nada y que, incluso, había tenido que vender el auto e hipotecar el departamento. En definitiva, Rafael tuvo que volver a la plaza y a la vida que había abandonado unos años antes.

Esta historia nos puede servir de base para entender lo que, muchas veces, le sucede a algunas economías.

Cuando algunos países tienen la suerte de que el escenario mundial les sonría y los bendiga con favorables precios para sus productos exportables, los gobiernos suelen gastarse toda la plata en redistribuir riqueza sin prever cómo mantener su futura generación. Es lo que le sucedió a Venezuela que, en 10 años, tuvo una suba de más de 10 veces del valor del crudo y una entrada de varios cientos de miles de millones de dólares extras de ingreso que se gastó en una “gesta populista”. Así el chavismo llevó a la economía al estado de postración actual, asomándose al precipicio de una enorme crisis.

También, es la historia de la década “ganada” del kirchnerismo o, mejor dicho, desperdiciada. Comparada con el peor escenario inmediato anterior, la dura crisis de 2001-2002, es lógico que la situación haya mejorado muchísimo. Los índices de desempleo y de pobreza bajaron fuertemente. Muchos sectores de bajos ingresos se vieron beneficiados por generosos planes sociales y otros, no tan pobres, con enormes subsidios al consumo de servicios públicos e, incluso, bienes privados, como los combustibles y algunos alimentos. En general, hemos tenido niveles de consumo muy superiores a los que acostumbrábamos y nunca nos preguntamos si eran sostenibles o si dejábamos facturas por pagar.

El gasto de los distintos niveles del Estado se duplicó en términos del PBI y la cantidad de sus empleados creció más de 40%; a pesar de lo cual la calidad de las funciones que desarrollan no ha mejorado. Obviamente, esto implicó la necesidad de aumentar fuertemente la presión tributaria sobre el sector productivo, particularmente aquellos más eficientes que, con semejante mochila, se les volvió cada vez más difícil competir en la carrera del comercio internacional.

Por lo que no extraña que, a pesar de haber aumentado las exportaciones en más de 220%, Argentina haya sido el país de América del Sur que menos las incrementó durante los últimos 10 años.

También, se desincentivó la inversión en los sectores más productivos y, muchas veces, el intervencionismo estatal dio señales de asignación equivocada del capital, lo que ha hecho que la ganancia en eficiencia rondara la mitad de la lograda en la década anterior. Por otro lado, la falta de seguridad jurídica y funcionarios que se extralimitan en el ejercicio de sus funciones ahuyentaron a los inversores locales y extranjeros. Hoy los niveles de llegada de capitales productivos del exterior (IED) a la Argentina, medidos per cápita, son sólo superiores a los de Ecuador, Paraguay y Venezuela.

Los sectores productivos que fueron obligados a financiar al Estado o a subsidiar los consumos han quedado en una situación de extrema fragilidad. Fuerte caída del rodeo de ganado vacuno, las menores cosechas de trigo de los últimos cien años, producción y reservas de petróleo y gas que decrecen, servicios públicos que no cuentan con el mínimo de mantenimiento necesario, con los riesgos y la pésima calidad de prestación que eso significa. Va a llevar años de inversiones lograr recuperar a estos sectores.

Así llegamos a la actual situación, en la que para sostener niveles excesivos de gasto público se ha exprimido al Banco Central llevándolo a cobrarnos elevados impuestos inflacionarios. En tanto, la apropiación de las reservas terminó de debilitar su solvencia y su capacidad moderadora del mercado cambiario; lo que derivó en el cepo. Lamentablemente, los controles de cambio han demostrado ser desastrosos, no sólo en Venezuela, sino en la Argentina. En los últimos 70 años, tuvimos más de 20 planes con este engendro y todos terminaron mal. Empiezan a llegar las “cuentas” de un auge artificial populista y, ahora, nos encontramos que no hemos aprovechado la bonanza internacional para hacer las inversiones necesarias para generar riqueza y, encima, debemos afrontar las facturas que dejamos por pagar. Conclusión, más allá de algunos “parches” coyunturales como blanqueos o desdoblamientos cambiarios, que pretenderán extender la “fiesta” y evitar pagar los costos de tantos desmanejos, la realidad terminará imponiéndose al relato. En definitiva, nos encontraremos como empezamos esta historia, con mucha buena gente que vuelve a la pobreza.

Aldo Abram es Lic. en Economía y director del Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados de Argentina (Ciima-Eseade) .