Reflexiones sobre mi NO originalidad (dedicado a todos los que odian a Mises – Hayek – Husserl – Gadamer – Feyerabend – Popper – Kuhn – etc etc etc……………..)

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 2/6/13 en http://gzanotti.blogspot.com.ar/

Uno de los aspectos más curiosos de mi vida académica es cierto tipo de elogios que recibo: son muy interesantes. En general recibo críticas, si, a veces muy duras, otras veces elogios muy cálidos, y hay que tener cuidado: ambos casos despiertan sentimientos de los cuales hay que estar cubierto y no siempre lo estoy.
 
Pero, como decía, hay cierto tipo de elogios que siempre me han llamado la atención. Yo en general trabajo con autores. Les veo su eje central, su núcleo central, y luego les doy una interpretación adicional donde muestro su no contradicción con Santo Tomás de Aquino, o muestro que sus inconsistencias son aparentes, etc. Entonces viene una respuesta típica, sea cual fuere el autor: no, Zanotti, ese NO es… (el que fuere: Mises, Husserl, Alien el 8vo. pasajero, etc.). No, ese NO es fulanito: ese sos vos (hasta me ha pasado con heideggerianos cuando les explico Santo Tomás). Sos VOS el que piensa así, ¿por qué no lo decís directamente y no se lo hacés decir a otro que te trae innumerables problemas? ¿Por qué no defendés tu propia originalidad, por qué te “atás” a ese, en el fondo, reverendo tarado?
 
O sea: los que me elogian de ese modo tan curioso, tentando, obviamente, a mi vanidad, en realidad ODIAN a mis “protegidos”. Están convencidos for ever and ever de que (ejemplos) Mises es un irremediable escéptico neokantiano, que su praxeología es mero materialismo; que el orden espontáneo de Hayek es una total contradicción e imposibilidad, que Husserl es un idealista irredimible, que Gadamer es un heideggeriano relativista, que Feyerabend fue un mal bicho irrespetuoso, que Popper es un relativista total, que Kuhn es un escéptico post-moderno, etc., etc., o –finalmente- que Santo Tomás no fue más que un inteligente aristotélico que ya no puede decir nada al mundo actual.
 
Cuando les demuestro, con todas las distinciones necesarias, con todo el trabajo hermenéutico necesario, que NO es así, cuando les muestro que, en el fondo, están leyendo mal, me dicen: no, esa es TU lectura. Eso es “tuyo” (¡gracias!!!), NO del autor.
 
Pero, ¿acaso soy yo tan original? ¿Soy YO el inventor de la praxeología de Mises, del orden espontáneo de Hayek, del mundo de la vida de Husserl, de los horizontes de Gadamer, de los paradigmas de Kuhn, de las conjeturas de Popper, del proceder contra-inductivo de Feyerabend, de los juegos del lenguaje de Wittgenstein? Porque ESOS son los EJES CENTRALES que YO defiendo, y NO son una proyección de categorías zanottianas sobre unos pobres imbéciles: son mi humilde identificación del núcleo central de GRANDES GENIOS y mi consiguiente demostración de que eos núcleos centrales son en última instancia VERDADEROS, aunque con los límites epocales y filosóficos del autor.
 
Por ende, enemigos for ever and ever de esos autores, gracias por defender mi originalidad, pero lamento desilusionarlos. Soy nada más que un comentarista, que identifica, en todos esos autores, perlas preciosas que ustedes no ven. Mi trabajo hermenéutico es descender a las profundidades del océano, identificar a los titanics hundidos en un océano profundo de incomprensiones y volverlos a la luz del sol, sin deformarlos, pero mostrando lo que realmente eran y son. No soy más que un buceador que nada (y cuando yo nado, no nadeo J) en infinitos océanos buscando luces olvidadas. Yo simplemente he construido un mundo donde cada una puede volver a brillar, de vuelta, en su lugar.

 Gabriel J. Zanotti es Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA).  Es profesor full time de la Universidad Austral y en ESEADE es Es Profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE.

 

Capitalismo y corrupción:

Por Gabriel Boragina. Publicado el 16/5/13 en http://economiaparatodos.net/capitalismo-y-corrupcion/ 

 Es frecuente que el vulgo asocie la corrupción con el sistema capitalista, e incluso muchos despistados sindiquen a este último como origen de la primera. Sin embargo, ha quedado ampliamente demostrado que la corrupción es un fenómeno inherentemente político y -más específicamente- tiene su origen en la detentación del poder político cuando este poder deviene en un sistema intervencionista. Como esta última es la situación de la mayoría de los países del mundo, es por dicha razón que, en casi todos ellos, se observen hechos de corrupción, a tal punto que podría sentarse una regla que dijera que a mayor grado de injerencia gubernamental en la economía, la corrupción tenderá -en idéntica o mayor proporción- a aumentar.

En un sentido inverso, la cada vez más amplia apertura de las economías mundiales devendrá en escalas menores de corrupción, hasta desaparecer casi por completo si el intervencionismo llegara a esfumarse. Entre intervencionismo y corrupción existe pues una relación de dependencia directamente proporcional de esta hacia aquel. Cuando aumenta el primero también lo hace la segunda. Podemos sintetizarlo con una fórmula que indique que el intervencionismo estatal siempre implicará corrupción (I ⇒ C) (en lógica proposicional el símbolo ⇒ denota implicancia). Si, en cambio, utilizáramos la teoría de los conjuntos describiríamos: C Є I (notación que significa que la corrupción pertenece o es un elemento del intervencionismo).

Y dado que el intervencionismo siempre es un fenómeno político (es decir, cuyo origen invariablemente es político) no puede nunca ser causado por los capitalistas ni por los empresarios, aunque muchos de estos se vean envueltos en los hechos de corrupción, no pocas veces porque no les queda ninguna otra alternativa, como veremos seguidamente.

Ludwig von Mises explicó este punto -con la claridad que lo caracteriza- ya hace tiempo de esta manera: “En un sistema de libre economía de mercado, ninguna ventaja pueden los capitalistas y empresarios derivar del cohecho de fun­cionarios y políticos, no siéndoles tampoco posible a estos últimos coaccionar a aquéllos ni exigirles nada. En los países dirigistas, por el contrario, existen poderosos grupos de presión que bregan bus­cando privilegios para sus componentes, a costa siempre de otros grupos o personas más débiles. En tal ambiente, no es de extrañar que los hombres de empresa intenten protegerse contra los abu­sos administrativos comprando a los correspondientes funciona­rios. Es más; una vez habituados a dicha mecánica, raro será que, por su parte, no busquen también privilegios personales, al ampa­ro de la misma. Pero ni siquiera esa solución de origen dirigista entre los funcionarios públicos y los empresarios arguye en el sentido de que estos últimos sean omnipotentes y gobiernen el país. Porque son los consumidores, es decir, los supuestamente gobernados, no los en apariencia gobernantes, quienes aprontan las sumas que luego se dedicarán a la corrupción y al cohecho.”[1]

En otras palabras, el dirigismo gubernamental ocasiona 4 efectos visibles inmediatos:

1. Una puja entre diversos grupos por los privilegios que otorga el gobierno.

2. La aparición de sectores beneficiados por las dádivas repartidas por el gobierno.

3. Los empresarios desfavorecidos por 2, tratan de protegerse comprando a los funcionarios que podrían brindarles tal resguardo.

4. Este mecanismo perverso se retroalimenta a sí mismo en una suerte de círculo vicioso que hace que se vuelva a 1, y repitiéndose más tarde el mismo ciclo: 1, 2, 3, 4….1…etc.

Básicamente, este es el circuito “intervencionismo (intrusión gubernamental)- corrupción” que se repite en forma constante donde el gobierno insista en obstruir el funcionamiento de la economía.

Queda claro pues que, el sistema de economía de libre mercado también llamado capitalista nada tiene que ver con la corrupción, ni en su origen, ni tampoco -obviamente- en su desarrollo ni en sus consecuencias. Y de las enseñanzas del maestro Mises podemos derivar que, a mayor intervención, mayor corrupción, lo que sintetizaremos en la siguiente fórmula: (+ i = + C)

La búsqueda de privilegios es una consecuencia necesaria de la corrupción gubernamental y no puede encontrar otra causa. En tanto el gobierno sea corrupto (lo será por definición si es intervencionista) y su corrupción se expanda, obligará mas y mas a los diferentes agentes económicos a entrar en su circuito diabólico de corrupción desenfrenada. Esto se ha visto y se sigue viendo en muchos países del mundo, y en Latinoamérica es notorio en la Venezuela chavista, Correa en Ecuador, Morales en Bolivia y los Kirchner en la Argentina como los casos más salientes del Cono Sur, lo que -a su turno- indica que el grado de interferencia de estos gobiernos en la economía de sus respectivas naciones es enormemente elevada (+ I = + C).

Por último, L. v. Mises aporta un dato de extrema importancia, por el cual nos explica que, dado que las sumas distraídas “que luego se dedicarán a la corrupción y al cohecho” son -en última instancia- aprontadas por “los consumidores, es decir, los supuestamente gobernados, no los en apariencia gobernantes” son aquellos y no los empresarios ni los capitalistas los que -en rigor- están financiando la corrupción y el cohecho. O sea -en otros términos- el gobierno estaría forzando a los consumidores a sostener dinerariamente el sistema corrupto impuesto por el mismo gobierno, sufragándolo a través de los empresarios y capitalistas. Estos serian -en tal sistema- un simple medio y no un fin en sí mismo de la corrupción (lo que no implica, desde luego, que, como simples intermediarios al fin de cuentas, no obtengan ningún rédito del mecanismo por el cual son utilizados). La mayor tajada, claro está, se la llevaría el gobierno, y en menor proporción empresarios y capitalistas, recayendo las mayores pérdidas sobre el conjunto de la sociedad civil. En definitiva, la corrupción empobrece a todos a la larga.

Sumas que, de otro modo, empresarios y capitalistas deberían invertir en producción y comercialización de bienes y de servicios, son desviadas para alimentar la corrupción gubernamental.


[1] Ludwig von Mises, La acción humana, tratado de economía. Unión Editorial, S.A., cuarta edición. , pág. 419 y 420

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero. 

 

Cepo a las exportaciones

Por Aldo Abram. Publicado el 31/5/13 en http://www.libertadyprogresonline.org/2013/05/30/cepo-a-las-exportaciones/

 Cuando el gobierno habla del actual modelo, lo presenta como “proexportador” y se basa en la impresionante evolución de las ventas al exterior que, desde 2002, acumulan casi un 220% de incremento. Sin embargo, cuando miramos qué ocurrió, en el mismo período, con los restantes países de la región, vemos que todos tuvieron un crecimiento de sus exportaciones superior al de la Argentina. Conclusión: un contexto internacional favorable impulsó las ventas locales al exterior, a pesar de que el “modelo” actuó como un lastre.

No es de extrañar. Es imposible pensar que políticas económicas como las retenciones y los cupos a la exportación pueden ser un incentivo. Sin embargo, hacia adelante la perspectiva es peor. Te preguntarás, ¿no era que un mayor dinamismo de Brasil y una buena cosecha garantizaban un buen 2013?

 

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La evolución de las exportaciones ha sido decreciente hasta el primer trimestre de 2013, a pesar de que la economía brasileña muestra una lenta mejora en su tasa de crecimiento. Es que los vecinos pueden querer comprar más productos en el exterior; pero los productores argentinos tienen que poder proveérselos a un precio competitivo respecto del de otros países. Y, ahí, empiezan nuestros problemas. Las crecientes restricciones a las importaciones obligaron a muchos productores a usar insumos locales de menor calidad y mayor precio; por lo que sus bienes finales son peores y más costosos. Por otro lado, se dificulta la posibilidad de bajar costos produciendo con stocks mínimos (“just in time”), aún en el caso de proveedores locales que incorporan insumos importados que pueden ser trabados en su ingreso al país. Todo esto es una mochila pesada a la hora de competir en los mercados mundiales.

Por otro lado, el Banco Central deprecia la moneda nacional para cobrar un creciente impuesto inflacionario y transferírselo al gobierno para que financie sus excesos de gasto; pero, con el cepo, no reconoce plenamente la devaluación del peso en el tipo de cambio oficial. Actualmente, el gobierno les paga, a quiénes producen bienes exportables, alrededor del 60% del valor real de sus dólares y esta diferencia se ampliará a medida que pase el tiempo. El problema es que la inflación sí se refleja totalmente en los costos de los productores que pierden competitividad. Ejemplo de ello, son las economías regionales y aquellas industrias que son relativamente menos eficientes, que ya han empezado a tener dificultades para poder producir a precios atractivos para los compradores extranjeros. Este impacto negativo tenderá a agravarse y, cada vez, mayor cantidad de sectores tendrán que reducir su nivel de actividad, inversión y empleo.

Es cierto, se está levantando la cosecha de soja, no estará a la altura de las expectativas más optimistas; pero no será mala. Por lo tanto, las exportaciones crecerán en los próximos meses. Sin embargo, cuando el productor vea que le pagan alrededor del 40% de lo que vale su producto afuera, contra más de 60% que cobraba en 2011, y se de cuenta de que, en 2014, será peor (cercano a 30%), invertirá mucho menos en la próxima siembra. Por lo tanto, los rendimientos serán menores e, incluso, en muchas áreas marginales de producción, no se va a sembrar. Es decir, aún el sector más eficiente de la economía va a tener serios problemas de competitividad gracias al cepo cambiario. Por ello, no extrañaría que, luego de un repunte coyuntural, volvamos a ver que las exportaciones se desaceleran e, incluso, vuelven a caer.

Algunos plantean que el problema se resuelve con un desdoblamiento cambiario. Por ejemplo, haciendo que gran parte de las exportaciones y las importaciones pasen por el actual “cepo”, pero llamándolo “comercial”, y se permita que el, hoy, mercado paralelo funcione legalmente como un tipo de cambio “financiero” o “turista”, por el que se realicen el resto de las operaciones. Esto puede permitir algún alivio coyuntural del aumento de la brecha y, por ende, brindar una brisa de aire al ahogo de los exportadores. Sin embargo, estos seguirán dependiendo de un “dólar oficial” que no reflejará la verdadera depreciación del peso y, por ende, no se resolverá nada, sólo demora un poco la crisis.

Entonces, ¿la única solución es devaluar? Error, esa pregunta asume la versión oficial de que “impusimos el cepo para no devaluar”; lo cual es falso. Lo que se deprecia es el peso y el Banco Central lo ha devaluado fuerte para cobrarnos el impuesto inflacionario que le ha estado transfiriendo al gobierno, para que financie sus excesos de gasto. Sin embargo, desde fines de 2011, no refleja esa pérdida de valor en el tipo de cambio oficial. De la misma forma, a principios de 2007, el gobierno intervino el INDEC para que no muestre el verdadero incremento del índice de precios al consumidor o, a principios de este año, “congeló” los precios en los hipermercados, para “ocultar” la verdadera inflación en las góndolas. El problema es que la mentira tiene patas, y vida, cortas.

Decir que el INDEC debería mostrar la verdadera inflación, de alrededor de 25%, en lugar del “dibujo” actual de poco más de 10%, ¿es pedir más inflación? No, es reconocer la realidad, que es lo que debería hacer el Banco Central con el valor del peso, que hoy debe rondar, como mucho, un octavo de dólar. Pueden seguir mintiéndose a sí mismos y a todos los argentinos; pero a costa de agravar los problemas y de que la realidad se imponga en forma desordenada, derivando en una típica crisis cambiaria y bancaria argentina.

¿Hay solución? Sí, pero no sin costo, ya que el daño está hecho. Sin embargo, se puede atenuar actuando sobre los problemas de fondo que nos llevaron a esta situación. El primero, un gasto público desmadrado que ha llevado a saquear al Banco Central, obligándolo a cobrarnos un creciente impuesto inflacionario y, al perder solvencia, implementar el nefasto cepo actual. Habrá que aprovechar su licuación inicial para, en un tiempo prudencial, reordenarlo reasignando eficientemente los recursos y, a partir de allí, hacer un manejo austero del erario público.

El segundo, son las políticas que han destruido la credibilidad y la seguridad jurídica de la Argentina, incentivando a los argentinos y extranjeros a huir de los activos locales y refugiarse en los del exterior. Una justicia cada vez más dependiente del poder político, cuya capacidad de defender los derechos ante los atropellos del gobierno de turno se diluye; expropiaciones o confiscaciones de empresas sin respetar los pasos que marca la ley, la Constitución Nacional y los acuerdos internacionales; las ilegales retenciones o cupos a la exportación; los “congelamientos” que se sustentan en normas inexistentes y en la capacidad de daño de un gobierno que usa arbitraria y hegemónicamente el poder; los ataques contra la libertad de expresión; la impunidad de la creciente corrupción; y una lista interminable a la que cada uno puede ir agregando lo que su buena memoria le permita.

Si convencemos a los argentinos y al mundo que no volveremos a avasallar sus derechos, entre ellos el de propiedad, puede ser que decidan volver a traer sus ahorros e inversiones. Esto permitiría superar más rápido los costos sociales y económicos de los desmanejos políticos de los últimos años.

Aldo Abram es Lic. en Economía y director del Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados de Argentina (Ciima-Eseade) .

 

Guatemala

Por Carlos Rodríguez Braun. Publicado el 1/6/13 en http://www.larazon.es/detalle_opinion/noticias/2448070/opinion+columnistas/guatemala#.UaSRILXOudk

Lo que dicen en Guatemala que sucedió allí es diferente de lo que dicen aquí. Aquí se afirma que en Guatemala estuvieron todos de fiesta porque la condena contra Ríos Montt fue el triunfo de la «justicia universal», porque unos malvados (militares, multinacionales, EE UU) reprimieron a unos «movimientos sociales que exigían cambios» y cometieron un «genocidio». Obviamente, sólo cabía celebrar la condena en el llamado «juicio del siglo». En Guatemala, sin embargo, la opinión no es unánime en absoluto, porque allí muchos saben que ese diagnóstico es la peor de las mentiras, porque es una media verdad. El Ejército perpetró atrocidades, sin duda, pero sus enemigos no eran «movimientos sociales», sino terroristas, culpables también de numerosos crímenes (véase Carlos Sabino: «Guatemala, la historia silenciada»). Y no está claro que haya habido genocidio, porque, como apunta Bertrand de la Grange, «la tropa era indígena de ambos lados; en cambio, el mando no lo era en ninguno de los dos» («Genocidio controvertido», http://goo.gl/fYXHU; cf. ow.ly/lcv1t y http://goo.gl/fc5DV). También en Guatemala leí abundantes denuncias sobre irregularidades a lo largo de todo el juicio, que recuerda José Raúl González Merlo (http://goo.gl/Eu0ql), y que han llevado hace pocos días a la anulación de la condena. Sospecho que estamos ante una nueva campaña de desinformación que pretende defender los «Derechos Humanos», pero cuya violación es selectivamente condenada en unos casos e ignorada en otros. 

El Dr. Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE.