LET BERGOGLIO BE BERGOGLIO

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 15/3/13 en http://gzanotti.blogspot.com.ar/

Me van a decir: ya se está dando el gusto. Por lo tanto, ¿a qué me refiero?

En cierto sentido, se ha cerrado un ciclo.
 
Con Juan XXIII –que también hacía cosas “bergoglioanas” todo el tiempo, o al revés- comenzó el Vaticano II. Nunca serán suficientes las veces que haya que explicar lo que el Vaticano II significó, no porque haya habido un cambio en la esencia de la Fe –lo que suponen tanto sus detractores como los que querrían que antes del Vat. II no hubiera habido Iglesia- sino por la puerta contingente que cerró. La puerta de documentos pontificios importantes que, enfrentados al Iluminismo racionalista y al laicismo napoleónico, no distinguieron, sin embargo, entre Iluminismo y Modernidad y mezclaron lo esencial con lo contingente. Pío XII inició el camino y Juan XXIII lo anuncia explícitamente. Documentos como Gaudium et spes, Dignitatis humanae, Nostra aetate, etc., cierran esa puerta y abren otra, que estaba en la tradición de la Iglesia pero había que redescubrirla. Una Iglesia que llama al diálogo con todos, una Iglesia que proclama la libertad religiosa basada en el respeto a la conciencia, una Iglesia que distingue laicismo de laicidad, al mismo tiempo que reafirma totalmente la Fe de siempre.
 
Pablo VI sigue el camino. Pero, claro, expectativas diversas sobre el Vaticano II producen una crisis. Ya se anuncian los lefebvristas que ponen al Credo y a la Quanta cura en el mismo nivel, retroalimentados por aquellos que pensaban que el Vaticano II era sexo, droga y rock and roll. La cuestión se le va de las manos a Pablo VI, a pesar de sus esfuerzos, y la Iglesia queda sumida en una total confusión de la cual no ha terminado de despertar. La mayor parte de los católicos, sin darse cuenta, ya sean obispos, presbíteros, religiosos o laicos, pierden la Fe y convierten a la Iglesia en una bonita, colorida y variopinta ONG con buenas intenciones, exactamente como lo describió este Jueves el papa Francisco.
 
Viene luego Juan Pablo I, otro Juan XXIII, otro Francisco, pero Dios tenía otros planes. Juan Pablo II intenta poner todo en su lugar. Con Ratzinger como su mano derecha, intenta explicar, intra muros y extra muros, que el Vaticano II es la Iglesia de siempre. Importantes documentos intentan poner un freno a novedades doctrinales incompatibles con el depositum fidei al mismo tiempo que se siguen afirmando los textos fundamentales del Vaticano II. Juan Pablo II tiene gestos revolucionarios que cierran aún más esa puerta contingente anterior. Pide perdón por los pecados de coacción cometidos por los católicos a lo largo de la historia, y con su cuerpo temblando por el Parkinson, y con su espíritu firme y valiente, acerca su mano al Muro de los Lamentos poniendo fin al espantoso antisemitismo que ensombreció tanto al rostro de la Iglesia. Igual, Lefebvre le da un portazo, mientras que los Boofs y los Kuhns lo acusan –y no se lo perdonaron nunca- de ser la misma reencarnación de Torquemada.
 
La elección de Ratzinger era cantada. Mano derecha de JPII, era él quien podía continuar su misión, a pesar de las dudas, dada su diferente personalidad. Pero Benedicto XVI sorprende. No intenta imitar a JPII, y yo defenderé siempre su santa indiferencia por la imagen, la diplomacia y la estrategia. Y aparece un teólogo sencillo, afable, bondadoso, totalmente diferente a una imagen de dureza, precio que hubo de pagar por su difícil puesto anterior. Al mismo tiempo, sus documentos tienen una profundidad de fe y teología, una armonía entre razón y fe, que serán inigualables durante mucho tiempo. Pero destaca entre ellos lo de siempre: la intención de explicar que el Vaticano II y el depósito de la fe están hechos el uno para el otro. Su hermenéutica de la reforma y continuidad del Vaticano II quedará en la historia de los documentos intra-eclesiales más importantes, aunque sus contemporáneos no supieron entenderlo. Habló personalmente con Fellay por un lado y con Kuhn por el otro pero no hubo caso. El Vaticano II llegó parta quedarse pero no para entenderse.
 
En medio de todo esto, las crisis intra-eclesiales: la curia como el nido de víboras de siempre, las indisciplinas por falta de Fe, los magisterios paralelos, el caos total y completa en materia doctrinal, el rechazo sordo pero audible al extraordinario Catecismo de la Iglesia Católica, el escándalo espantoso de los abusos sexuales, etc., etc…….
 
De repente, el impacto. Benedicto XVI renuncia. Sorpresa, estupor, desánimo. Yo había rogado que fuera a vivir a Santa Sabina, en Roma, con los dominicos, pero no que renunciara. ¿Un santo portazo? Es muy posible, pero tal vez nunca se sepa.
 
En medio de todo esto, Francisco. Otra conmoción. Un hombre sencillo, bueno, afable, caritativo, austero, des-acartonado, de una profunda Fe y espiritualidad. Un hombre cuyo estilo –hasta ahora, una clara y virtuosa espontaneidad al lado de la razón instrumental del estado del Vaticano- ya está dando sorpresas, anuncios, mensajes….
 
Pero sobre él pesan, dado todo el panorama anterior, enormes expectativas. Todos, creyentes y no creyentes, estamos esperando algo. Y es comprensible. Pero hemos entrado, por ende, en el supermercado de nuestra imaginación, hemos tomado de las góndolas diversos anhelos y hemos llegado a la caja con un papa a nuestra medida, y lo estamos proyectando en Francisco.
 
Pero esa, ¿es la actitud correcta? Y de nosotros, los creyentes, ¿es la actitud que deriva de la Fe?
 
Todos estamos fascinados con la humildad y la sencillez de Bergoglio, cosa que los argentinos ya conocíamos y era un permanente mensaje a nuestras peores costumbres culturales. Todos estamos maravillados de que haya pagado su cuenta, de que haya viajado en el bus, de que haya pedido ser bendecido (esto no es ninguna anécdota), etc., reabriendo con ello el camino y estilo iniciado por Juan XXIII.
 
Pero Francisco, ¿qué hará? ¿Qué escribirá? ¿Cómo enfrentará los problemas de la Iglesia, intra-muros y extra-muros?
 
Esperemos. No le pidamos tanto. Dejémoslo ser él mismo (ser uno mismo es suficiente milagro en estos tiempos). Estoy seguro que todos nos vamos a desilusionar en relación a las diversas películas que hayamos proyectando. Pero no. No proyectemos nada. Dejémoslo ser. La Iglesia ha sido atravesada por diversos tsunamis de gran intensidad. Las aguas volverán al equilibrio cuando Dios disponga. Mientras tanto este hombre bueno, pacífico, ya es luz, ya es diamante que está cortando los muros humanos de la Iglesia.

Gabriel J. Zanotti es Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA).  Es profesor full time de la Universidad Austral y en ESEADE es Es Profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE.

 

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