Sin inversiones no se supera la pobreza :

Por Alejandro Alle Publicado el 15/5/12 en: http://www.elsalvador.com/mwedh/nota/nota_opinion.asp?idCat=50839&idArt=6899985

 El documento publicado por CEPAL hace unos días bajo el título “La inversión extranjera directa (IED) en América Latina y el Caribe” ilustra claramente sobre la diferencia entre los magros US$ 386 millones de IED recibidos por El Salvador en 2011 y los montos muy superiores captados por sus vecinos. Permite, además, reflexionar sobre el camino a seguir para cambiar dicha realidad.

En el año 2011 Panamá recibió US$ 2,790 millones de IED; Costa Rica US$ 2,104 millones; Honduras US$ 1,014 millones; Guatemala US$ 985 millones, y Nicaragua US$ 968. En otras palabras, El Salvador no recibió ni el 5% de los US$ 8,247 de IED que llegaron a la región.

Y tampoco es que Centro América haya sido el paraíso de la IED: Chile recibió US$ 17,299 millones y Colombia US$ 13,234 millones. El Salvador debería dejar esa negativa costumbre autocomplaciente de compararse sólo con Centro América. Una costumbre que, como muestran los números, ya ni de autocomplacencia sirve.

Sean de un color o del otro…, quienes pretendan politizar las cifras carecerán de argumentos: el promedio de IED en el período 2000-2005 fue de apenas US$ 325 millones: la IED era muy baja antes. Y sigue siendo muy baja ahora.

La excepción de 2007, cuando El Salvador recibió US$ 1,551 millones de IED, se explica totalmente por la venta de los bancos. Fue un simple cambio de accionistas y no una nueva inversión.

Ocurre que si bien las cifras de IED sirven como referencia general, hay ciertas distorsiones puntuales como la citada (que tuvo un coletazo en 2008), que deberían computar adjunta una “desinversión nacional directa”…, que eso es lo que fue la venta de los bancos. Ni buena ni mala. Apenas una venta de acciones.

La manía de clasificar las inversiones por nacionalidad suele llevar a la torpeza de olvidar que cuando se trata de una compra-venta de acciones no debería computarse como inversión, porque su neto es cero.

Las evidencias internacionales sobre la correlación entre la productividad de un país y la calidad de vida de sus habitantes son abrumadoras. Los intentos por negarlas sólo pueden provenir de la estupidez.

Y la única manera de mejorar la productividad de un país es propiciando la llegada de nuevas inversiones, tanto en el área pública como en la privada. Haciéndolo con seriedad, porque con US$ 300 millones anuales de IED (neta…) no se supera la pobreza ni se llega a ninguna parte.

Con altos niveles de productividad, además, no sólo se favorece la llegada de nuevas inversiones sino que se mejora la rentabilidad de las inversiones existentes. Y siendo la rentabilidad un formidable aliciente para generar riqueza (al menos así son las cosas en este planeta…), se completa un círculo virtuoso: productividad, rentabilidad, generación de riqueza, crecimiento económico.

De eso, en definitiva, se trata la competitividad, que según la certera definición del Foro Económico Mundial, es el “conjunto de instituciones, políticas, y factores que determinan el nivel de productividad de un país”. Porque productividad y competitividad son sinónimos.

Finalmente, para que el crecimiento económico derive en desarrollo económico y humano, que al fin de cuentas es lo que importa…, tiene que funcionar el siempre invocado pero rara vez verificado “efecto derrame”. Ese efecto por el cual los beneficios de liberar los mercados llegarían, de manera directa o indirecta, a toda la población en términos de mejor calidad de vida.

En gran parte de América Latina, y El Salvador no fue la excepción, no faltaron los ingenuos que creyeron que la institucionalidad ya no sería importante. Y tanto desde la derecha como desde la izquierda se alentó al populismo como alternativa. Quien no lo vea que abra los ojos.

Los latinoamericanos pareciéramos tener una particular predisposición para condimentar los análisis de política económica con argumentos pseudo-ideológicos. Burdas ofensas a la inteligencia. Así nos va.

Pero no tenemos excusas, porque el camino al desarrollo siempre estuvo bien señalizado.

Hasta la próxima.

Alejandro Alle es Ingeniero. Máster en Economía (ESEADE, Buenos Aires). Columnista de El Diario de Hoy.

 

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