El que apuesta al euro pierde (el metro, un ejemplo)

Por Enrique Blasco Garma. Publicado el 24/1/12 en http://www.ambito.com/diario/noticia_ee.asp?id=621427

El euro cumplió 13 años el 1 de enero. No obstante, importantes economistas y financistas vaticinaron el fracaso del sistema monetario basado en una moneda común para las 11 naciones que lo conformaban al inicio. Criticaban la falta de flexibilidad de un sistema que no permite que un país devalúe, ni reduzca las tasas de interés, independientemente del resto de las naciones. Sostenían que países con culturas y productividades tan desiguales no podrían convivir con la misma moneda, que no se pondrían de acuerdo en las decisiones, que existirían incongruencias insalvables en una unidad monetaria sin control político unificado. Y mil objeciones más. ¿Cómo los griegos, españoles, italianos podrían sobrevivir a la competencia alemana? ¿Cómo los europeos meridionales, perezosos y amantes del sol y del buen vivir podrían compartir la moneda de los industriosos europeos del norte?

Estos 13 años de convivencia efectiva están echando por tierra desconfianzas y vaticinios alarmistas. Los 11 países miembros iniciales se ampliaron ahora a 17 naciones que comparten la misma moneda y otros siete se unirán en los próximos años. Más aún, cinco otros países de la UE mantienen su moneda fijada al euro. Además, Suiza puso un techo al valor del franco, 1,2, en relación con el euro. Los 323 millones de habitantes de la eurozona gozan de una inflación menor que la del dólar y un ingreso por habitante envidiable, 47.700 dólares. El domingo pasado, Croacia aprobó en un plebiscito la incorporación a la Unión Europea; de ser confirmado por los 27 miembros actuales, se incorporará en julio de 2013.

Las nuevas ideas y los avances enfrentan incomprensiones y desconfianzas. El sistema métrico decimal, instaurado en Francia durante la Revolución, sufrió críticas semejantes. Se preguntaban: ¿cómo naciones y pueblos tan diferentes podrían emplear las mismas medidas, despojándose de la flexibilidad de modificarlas según las necesidades? Quienes se rían del argumento deberían saber que antiguamente las medidas eran flexibles según las circunstancias. Cuando las cosechas eran generosas, las medidas se ampliaban. El colmo, el grano que excede del borde del recipiente de medición, era grande cuando la cosecha era abundante y escaso cuando no lo era. Precisamente fue un gran progreso reconocer la ventaja de que las medidas (como las leyes) sean constantes, independientes de las circunstancias, de las personas y las situaciones. Esa concepción revoluciona creencias ancestrales.

Es lo mismo con la medida de valor. Que muchos países compartan la misma moneda revuelve las ideas de mucha gente y quita poder a los políticos locales. Especialmente, cuando las naciones se ponen de acuerdo en construir un banco central independiente. Con una política monetaria y financiera con objetivos estables. En el euro, el objetivo es la estabilidad de precios, definida como una inflación cercana al 2% anual, y la estabilidad del sistema financiero.

Los prejuicios contra el euro se intensificaron con la actual crisis económica, la más grave en 80 años. Para atenuar su impacto, los países emprendieron gastos y rebajas de impuestos, que acentuaron los déficits fiscales. Recordemos que las depresiones económicas reducen ingresos fiscales y expanden los gastos, especialmente subsidios al desempleo y otros. De modo que en 2010, varios observadores gritaron: ¡Ojo! Las deudas soberanas crecieron demasiado y resultan impagables. Decían: al carecer de un banco central propio, nadie asegura que se pagarán los servicios de esas deudas. La reacción de los inversores, naturalmente temerosos, fue desprenderse de bonos soberanos de las naciones más cuestionadas. Dado que los bancos poseen gran cantidad de esos bonos, sus patrimonios se contrajeron y los depositantes se retiraban. La crisis se agravaba y los rendimientos de los bonos alcanzaron valores insostenibles a largo plazo.

Sin entrar en las particularidades de cada situación nacional, la falta de un ente que coordine la política fiscal permitió diferentes evoluciones de la deuda. Los spreads se separaron según la visión de los analistas.

No obstante, la crisis seguía siendo financiera. Los inversores querían retirar sus acreencias, por desconfianza. Pero tampoco el mundo ofrece demasiados refugios rentables. La solución lógica vino de los dirigentes europeos: superando antagonismos, un pacto fiscal para ordenar las decisiones de endeudamiento soberano, apuntando a contener los déficits. Y el Banco Central Europeo BCE que saliera a cumplir sus objetivos, puntualmente el funcionamiento del sistema financiero, proveyendo de liquidez a los bancos.

Los que apuestan por el rompimiento perdieron y perderán, pues las ventajas de la Unión superan los posibles costos. Más de un milenio de carnicerías fratricidas, guerras, enfrentamientos civiles y comerciales fue demasiado costoso. Antes del euro, devaluaciones para aventajarse mutuamente y trabas a las importaciones. Los mercados y las potencialidades de las naciones aisladas que la integran son muy inferiores a los de la Unión Europea. «La suma de las partes es inferior al conjunto» es el precepto que guía a los dirigentes de cada nación de la UE, según demostraron con sus decisiones en la crisis.

Muchos analistas no comprenden la singularidad del euro, con sus instituciones singulares. Decía Jean Monnet, el inspirador de la UE: Europa se forjará en las crisis y será el resultado de esas crisis. Los gobiernos de los principales países saben que ayudando a Europa sostienen sus economías, el empleo y la paz mundial.

Enrique Blasco Garma es Ph.D (cand) y MA in Economics University of Chicago. Licenciado en Economia, Universidad de Buenos Aires. Es Economista del Centro de Investigaciones Institucionales y de Mercado de Argentina CIIMA/ESEADE. Profesor visitante a cargo del curso Sist. y Org. Financieros Internacionales, en la Maestria de Economia y C. Politicas, ESEADE.

Sustituir importaciones, un error:

Por Agustín Etchebarne. Publicado el 16/1/2012 en http://www.lanacion.com.ar/1440824-sustituir-importaciones-un-error

El fin de semana pasado, en la costa, escuché una conversación entre empresarios que analizaban la posibilidad de crear una empresa para producir localmente artículos que hasta hoy se importan. La idea consistía básicamente en hablar con el secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, quien está muy bien dispuesto a escuchar a los ejecutivos que se sumen al modelo, y pedir una protección arancelaria y paraarancelaria para montar una fábrica nacional para reemplazar importaciones.

En una primera visión suena muy positivo, todos parecen ganar. Los empresarios calculaban un retorno del 19% anual, atractivo principal con el cual buscaban socios para la aventura. El Gobierno logra que aumente la inversión, el empleo, la recaudación impositiva tanto por los aranceles como por los impuestos a la nueva fabricación nacional. Además, aumentan el consumo y la demanda agregada, y la economía aparentemente crece. ¡Qué fácil parece dirigir la economía!

Sin embargo, Federico Bastiat nos alertó, hace ya 150 años, que no creamos en falsas ilusiones; el buen economista tiene que investigar “lo que se ve y lo que no se ve”. Lo que se ve es la nueva fábrica, su producción, la recaudación fiscal, el superávit comercial. Pero lo que no se ve es que los consumidores se encontrarán con productos más caros. Es decir, que tendrán menos dinero para consumir en otros bienes y servicios. Al bajar la demanda de esos productos, caerá su producción, se reducirán las fábricas, despedirán empleados y reducirán sus aportes impositivos. Con lo cual el resultado final ya no parece tan simple. Habremos subsidiado a una industria inicialmente ineficiente a costa de otras industrias que logran competir en el mundo. Incentivamos a los ineficientes y desincentivamos a los más productivos.

La conversación con los empresarios continuó. Con una cerveza en la mano y los pies en la arena, inocentemente les pregunté qué iban a hacer si el próximo gobierno decidía reabrir la economía y reducir la protección. ¿Cómo van a competir con China y la India? ¿Cuál es nuestra ventaja comparativa en ese rubro o qué ventaja competitiva piensan desarrollar para competir a largo plazo en el mundo? La respuesta fue breve y concisa: “Los accionistas apuntaríamos a recuperar la inversión dentro de los 4 años del gobierno actual [de ahí el retorno esperado del 19% anual]. Y luego nos quedamos con la fábrica gratis y ya veríamos cómo negociar con el próximo gobierno para no cerrar y generar desempleo, o bien vender a algún extranjero”. Esta conversación fue real y estoy seguro de que se repite hoy por todo el país.

Esta película siempre termina de la misma manera. Casi todos los países de América latina mantuvieron la sustitución de importaciones, impulsada por las ideas de Raúl Prebisch, en las décadas posteriores a la segunda gran guerra. Mientras, en el sudeste asiático los países promovieron las exportaciones y la inserción en el mundo donde existía una tendencia a la apertura de las economías. Europa eliminó las barreras entre todos sus países y Estados Unidos propugnó tratados de libre comercio (TLC) por doquier. Otros países, como Chile, sucumbieron inicialmente a la tentación de la protección a la industria nacional, pero se sumaron tardíamente a liberar su comercio y ya tienen TLC con países que producen el 80% del PIB mundial.

Bela Balassa, en diversos artículos de la década del 70 y 80, mostró una abrumadora evidencia de que los países que se cerraron para desarrollar las industrias infantes crecieron mucho menos y perdieron posiciones, mientras que los países que se abrieron al mundo y acrecentaron su comercio, multiplicaron su PIB per cápita y destruyeron la pobreza.

La Organización Mundial del Comercio ha llevado los registros del flujo mundial de bienes y servicios y es sencillo comparar el resultado de los países que se abrieron y los que se cerraron.

La sustitución de importaciones protege a los empresarios de la competencia, al costo de perjudicar a los consumidores. Pero al final, la protección torna a la industria cada vez más ineficiente y menos competitiva en términos internacionales. En la conversación con los empresarios es fácil observar que el énfasis está puesto en la protección y en los contactos con el gobierno y no en los nuevos descubrimientos y las mejoras tecnológicas. Esa es la principal diferencia entre los entrepreneurs de Silicon Valley y nuestros empresarios vernáculos.

Nuestra industria, alejada de la competencia internacional, será progresivamente más vieja y obsoleta, y nuestros empresarios estarán cada vez más acostumbrados a caminar los pasillos oficiales y serán menos frecuentes las charlas con sus ingenieros. Hasta que alguien pretenda reinsertarnos en el mundo. En ese momento, el proceso de destrucción creativa reinstalado por la apertura de la economía va a arrasar con todas las vetustas fábricas y el costo, en términos de empleos y sufrimientos, inevitablemente será muy grande, tal como lo fue en los años 90.

La alternativa será seguir sin intercambio como lo hicieron los soviéticos durante muchas décadas. En ese caso, bastará viajar al exterior para observar la rapidez con la que nos distanciaremos de los países competitivos; dado que la velocidad del cambio tecnológico parece agigantarse, igual será la velocidad con la que nos separaremos del mundo desarrollado.

Agustín Etchebarne es Lic en Economía (UBA); Máster en Desarrollo Económico (ISVE), posgrado en Comercialización Estratégica de la (UB). Ex profesor de Análisis Económico y Financiero en la Facultad de Derecho de la UBA y profesor de ESEADE.